12/08/2007

Robin Lane Fox

"En la Atenas clásica no había un Bush que decidiera sin escuchar la voz de la calle"

Texto de José Martí Gómez
Fotos de Montserrat Velando

Robin Lane Fox,

historiador que ha dedicado
45 años al estudio del mundo clásico de Grecia y Roma, publica su gran obra sobre la época, centrada en cómo era la vida cotidiana de esas civilizaciones. Ameno en la escritura y de sutil ironía en el diálogo, Oliver Stone ha recurrido a este catedrático inglés como asesor para la película "Alejandro".

De unos dioses inmortales y de la lucha por la libertad y la justicia. De impuestos y de tecnologías, de lujo y libertinaje. De moral y sociedad, y de cómo sobrevivir a emperadores arbitrarios y crueles. Y también de Alejandro Magno y de Aníbal, de Julio César, Marco Antonio y Cleopatra. De eso tratan las ochocientas páginas del apasionante viaje por Grecia y Roma escritas por el profesor inglés Robin Lane Fox. Lo fascinante de "El mundo clásico, la epopeya de Grecia y Roma" (editado por Critica) es que te sumerge en la vida cotidiana de la época. No es de extrañar que Oliver Stone requiriese del asesoramiento de Lane Fox al rodar "Alejandro". Catedrático de Historia Antigua, este profesor con agudo sentido de la ironía tiene también un sutil sentido para percibir el valor de la pequeña anécdota que retrata un momento fugaz de la historia. "Es un reto que le pidan a uno escribir una historia de casi novecientos años", escribe Lane Fox en el prólogo de su libro. Es un reto que para sintetizar sus ochocientas páginas se disponga solamente de diez folios. Pero Lane Fox lo pone fácil. No en balde colabora en "The Financial Times " y sabe, por tanto, de síntesis.

Su libro empieza con el emperador Adriano y se cierra con él. ¿Por qué?
Escribo al final de mi libro que largos siglos de cambio en el ámbito de la justicia, la libertad y el lujo se ocultan tras el panorama que veía Adriano desde el jardín de su villa. Adriano fue el primer emperador que tuvo una idea clara sobre el hermoso legado de un pasado clásico que él idealizó tras viajar por sus territorios pero que no supo comprender.

¿Justicia, libertad y lujo son conceptos básicos para entender el mundo antiguo?
Eran los tres temas centrales de aquellos tiempos. Desde mi punto de vista, debemos enfatizar que eran tres temas importantes para los actores que vivieron en aquel momento y lo son hoy para ayudarnos a explicar los grandes cambios de la antigüedad. El sentimiento que aquellos pueblos tenían respecto a la justicia podía llevarles a revoluciones cuando creían que esa justicia se vulneraba. Puede sonar muy actual el hecho de que, para justificar su invasión, Alejandro Magno acusaba a Persia de injusticias. Fue en Grecia donde se inventó la libertad con el nombre de democracia y ello fue posible porque vivieron sin reyes y sin sacerdotes. En la Atenas clásica todo era puesto en cuestión, todo se debatía. Fue la combinación de libertad política, de justicia y de ausencia de fundamentalismos lo que hizo florecer la civilización griega. Con Roma fue distinto. En el mundo de los emperadores romanos, la gente vivía con una crisis de libertad personal. La habían perdido, como en el siglo XX se perdió en la URSS y el Este de Europa.

En su libro, ¿qué abunda más como material de trabajo, el cuento popular, la leyenda o la evidencia histórica?
La evidencia histórica. He dedicado cuarenta y cinco años de mi vida al estudio de ese periodo de la historia trabajando sólo con la evidencia de los hechos históricos de griegos y romanos. Es cierto que a veces me he preguntado si lo que estudiaba se podía probar históricamente porque no siempre hay textos, documentos, que lo prueben. No todo es evidente, son muchas las veces en las que nos encontramos sin respuesta ante las preguntas que nos formulamos.
“ En Grecia se votaba de forma personal sobre cada cuestión, pero era un mundo sin derechos humanos, y hasta Aristóteles creía que había esclavos por naturaleza”.

Y planteadas esas dudas, ¿cómo actúa el historiador?

Lo mejor es parar, tratar de buscar datos que permitan reformular de forma distinta la pregunta para así obtener la respuesta.

¿Y llegan respuestas?
Sí. Y a veces son sorprendentes. La evidencia histórica puede resultar muy diferente a la del mito o la leyenda.

Aquella gente fue ágil descubriendo los impuestos.
Oh, sí.

También fueron precursores en el arte de sobornar.
Absolutamente de acuerdo.

¿Quién destacó más implantando impuestos? ¿Grecia o Roma?
Los romanos. Y lo hicieron con poca burocracia. Basándose sobre todo en los gobiernos locales. Respecto a los griegos, hubo una diferencia fundamental en lo que respecta a este tema: en Atenas pagaban los ricos. En el imperio romano ocurrió a la inversa: los ricos hicieron que los impuestos los pagasen los pobres.

En la época que usted estudia hay algo de mundo británico: desprecio al trabajo, culto al deporte que Inglaterra asumiría en "colleges" que inspirarían el renacer moderno del olimpismo, y homosexualidad entre las elites universitarias.
(Riendo.) Lo de la homosexualidad en Gran Bretaña no es sólo cosa de elites universitarias. Es un hecho que deporte, sexo, impuestos y trabajo son aspectos de la vida que acompañan a todos los ciudadanos, más allá de lo que usted define como mundo británico. Si echamos una ojeada al mundo precristiano, no vemos diferencias.

Me ha parecido de una mezquindad absoluta que se tratase de engañar a los dioses con ofrendas en las que los donantes se habían comido previamente la carne y sólo dejaban los huesos. Me recuerda a la gente que en España engañaba a Dios diciendo que ganaba menos para tener una bula más barata.
Lo de dar los huesos a los dioses después de haberse comido la carne creo que era una sabia decisión. Decían que a raíz de eso Zeus se enfadó mucho y por eso, como venganza, forzó a los hombres a trabajar e inventó a las mujeres.

¿Un mundo de tiranos y de crueldad?
Fue un mundo sin derechos humanos, con esclavos por todas partes. A nosotros nos resulta muy difícil imaginar hoy que los esclavos fuesen considerados como objetos, como animales. Pero incluso Aristóteles creía que algunos hombres no podían razonar y, por naturaleza, eran esclavos.

Entre Platón y Aristóteles, ¿quién aguanta hoy mejor?
Platón. Fue el primero en escribir como un genio y con un poder de imaginación que le hace inventor de la ciencia ficción y de los efectos especiales de las películas. Su historia del hombre en la cueva, leída sentados alrededor de un fuego en las universidades de Oxford, Cambridge o Salamanca tiene hoy la misma fuerza que cuando Platón la escribió: explica el mundo a través de las sombras que se reflejan fantasmagóricamente en la pared como si fuesen efectos especiales de una película de George Lucas sobre la Guerra de las Galaxias.

Describe un mundo que tiene connotaciones con el actual en lo que respecta a decadencia política, a desprecio de la autoridad y, siempre que se pueda, quebrantando la ley.
De acuerdo en todo menos en lo referente a la decadencia de la política. En la Atenas clásica, desde quinientos años antes de Cristo hasta Alejandro Magno, los ciudadanos votaban de forma personal sobre cada tema puesto en cuestión. Los ciudadanos eran el Estado. No había un presidente, como hoy lo son Bush o Blair, que decidiera por ellos mismos sin escuchar la voz de la calle. Los atenienses eran inteligentes, sabían lo que votaban y exigían que se cumpliese lo votado.
“ Platón fue el primero en escribir como un genio e inventó la ciencia ficción; explicó el mundo a través de las sombras como si fuesen efectos especiales de George Lucas”.

¿Hemos retrocedido?

La democracia ha avanzado en derechos humanos, en la supresión de la esclavitud, en el voto de la mujer y en la consolidación del viejo principio de que todo ciudadano es un voto, pero hemos retrocedido en el valor que el voto tiene hoy sobre la gobernabilidad del Estado. Dicho esto no debemos olvidar que esos derechos de los que hablamos como conquistas democráticas siguen vulnerados en gran parte del mundo, incluso en estados de Norteamérica en los que parece que, a estas alturas, todavía no saben contar bien los votos.

"La peor angustia del mundo estriba en tener conciencia de muchas cosas pero no poder controlar ninguna", dice uno de los personajes que aparecen en su historia. Tampoco en esto el mundo ha cambiado.
Es un texto de Herodoto acerca del banquete que persas y tebanos celebraron antes de la batalla de Platea. Lo podemos completar añadiendo que la cosa más difícil es saber la verdad, y lo dramático es que aunque llegues a saberla, tus líderes no la escucharán. Pongamos un ejemplo actual: la guerra de Iraq. Nos preparamos para invadir aquel país, lo invadimos y no lo podemos controlar. Los líderes políticos que planificaron la invasión no escucharon voces que, basándose en la experiencia, aconsejaban no hacer esa guerra, que ha sido un fracaso terrible de políticos, diplomáticos y militares. La invasión de Iraq ha sido una experiencia de fracaso que parece extraída de unas páginas de Herodoto.

¿Seguimos prisioneros de lo ineluctable?
No.

¿No es usted fatalista, como muchos de los personajes de aquel mundo?
No. Los griegos tampoco lo eran. No me confunda usted con un persa. Los griegos, cuando tomaban una decisión, creían que era la correcta.

Entremos en lo lúdico: se lo montaban bien los patricios romanos que para no molestarse en levantarse para practicar el sexo ya empezaban la cena reclinados en un diván y allí atraían al objeto sexual de sus deseos.
Riendo.) Los griegos también lo hacían así. Era una práctica para después de cenar. Pero no siempre.

Los romanos, como los ciudadanos de cualquier gran ciudad de hoy, ya se quejaban de que la vivienda era cara.
Durante las guerras civiles, los precios bajaban y en los años de paz los gobernadores cogían mucho dinero de los países del imperio y regresaban a Roma a comprar y comprar viviendas, cuyos precios subían.

Es lo que pasa en Londres con los rusos.
Tiempo de mucho consumo.

Sí.
Incluso de refinamiento hasta en la pasta dentífrica. Si comparamos la que usaba la emperatriz Livia con la usada por Mesalina, el cambio diríamos que era exótico: Mesalina usaba un dentífrico con resina de lentisco de Quios, sal del norte de África y cuerno de ciervo pulverizado.

Un emperador habló de clemencia, justicia y piedad. La frase recuerda la de Azaña en la guerra civil española: paz, piedad y perdón.
Hay dos grandes ejemplos sobre esto. Uno en Atenas, cuando los demócratas atenienses decidieron que no se debía perseguir más a los ciudadanos que habían sido culpables de que estallara una guerra civil. Como comunidad, decidieron que debían seguir adelante perdonando. En Roma, la clemencia se convirtió en la virtud de Julio César, que fue generoso como para perdonar a senadores que se le oponían. Algunos de ellos preguntaron: "¿Pero quién es él para perdonarnos?". Hay una diferencia entre el acuerdo público de perdón que toma una comunidad y la clemencia personal otorgada por un déspota. Los emperadores romanos posteriores a Julio César también otorgaron clemencias pero, como se preguntaban los senadores del tiempo de Julio César, cabe que nos preguntemos quiénes eran ellos para poder perdonar si sólo eran hombres como nosotros, a los que la gracia de otorgar perdón les venía dada por su poder omnímodo alejado del sentido democrático al estilo ateniense.
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