Mijail Barishnikov
Su última aventura le mantiene en contacto con los jóvenes talentos

Usted ha trabajado con los grandes, Ballanchine, Graham, Cunningham, Béjart, Taylor, Trisha Brown… ¿Qué le aporta a alguien con su experiencia bailar a las órdenes de Ek?
Ek te conduce por una especie de acrobacias psicológicas. Evita explicarte la historia, así que nunca sabes si lo que sucede en la coreografía está en la línea del pensamiento, la memoria, la fantasía, el deseo… fascinante. “Place” es sobre todo y sobre nada. Un encuentro entre dos personas. ¿Amantes, matrimonio? Quién sabe, y sin embargo luego todos creen haber entendido la historia. Mats está muy preparado, busca la verdad de las expresiones, y Ana es muy intuitiva, gran actriz. Un reto.
¿Cómo logra usted presentar un trabajo tan particular como el de Ek y evitar la frustración de quienes creen que van a ver al gran Baryshnikov del clásico?
¡Ja! La vida es un cúmulo de accidentes. Pero la gente de la danza en España ya conoce a Mats, su versión de “Giselle”... y Ana es española. Fue hace 15 años que le conocí, trabajando con su madre, Birgit Cullberg. Y ahora me llama. “¿Quieres hacer una pieza?” Es una llamada del cielo, sobre todo cuando no eres coreógrafo. Te llama alguien del ballet Cullberg y lo dejas todo.
¿Por qué no le llamaba usted?
¿Sabe?, no importa cuánto desee yo trabajar con Mats o Pina Bausch. No se molesta a esa gente. Trabajan con quien desean.
¿Usted no?
No. No les puedo llamar, no quiero estar al final de la cola. Y no porque yo sea una “prima donna”. Reciben llamadas todo el tiempo. Todas las compañías del mundo quieren una coreografía de Ek, de Forsythe… y eso es bueno, pero inconveniente a veces, porque al final su repertorio es similar.
¿Y cómo planearon presentarlo?
Había que pensar en cómo y cuándo, porque no quiero tener las actuaciones vendidas con antelación a todos esos festivales. Akram Khan, por ejemplo, sigue de gira dos años porque le han financiado ¡diez festivales distintos! Yo no puedo trabajar así. A nosotros nos han producido un par de amigos, claro que nadie saca dinero...
Usted financia su Baryshnikov Arts Center a través de su fundación, pero, dígame, aparecer en varios capítulos de “Sexo en Nueva York” como novio de Carrie Bradshaw ¿es un modo de hacer dinero para producciones?
También eso, sí. No voy a entrar en detalles financieros. Con este centro quiero crear sinergias, apoyar a nuevos creadores, promover culturas, como hice con la catalana a iniciativa del Institut Ramon Llull, pero tenemos una bolsa para proyectos especiales, como el de alumnos de la escuela Juilliard o la Tisch con los que he bailado esos tres años. Hace unas semanas dimos la última representación juntos; una pena. Se han graduado ya y han cogido trabajos de verdad. Ahora estoy solo.
¿Acaso usted no es un trabajo de verdad?
No, no. Conmigo sólo hacen gira de verano, al acabar el curso. Ahora están uno en la compañía Bastsheva, otro con Trisha...
La Hell’s Kitchen es cambiante.
Sí. Invito a gente a trabajar conmigo. De hecho es el nombre del sitio, no de la compañía, pues el centro está en esa área histórica de Nueva York. Esos chavales se han ido. Es interesante y triste.
¿Cree que va a tomarle mucho más tiempo al público entender que si usted baila lo que baila no es porque ya no pueda con la dificultad técnica de un Corsario?
No me importa lo que la gente piense. Suena grosero, pero es así. ¿Sabe cómo se organizó el montaje con Ek? Mats quiso que ocupara toda una velada, y había que añadir algo nuevo. Pensó en Jiri Kylian, son amigos, y le sugirió que hiciera algo para mayores de 40 años, con el Nederlands Dans Theater 3. “¡Esperemos que no haga algo para gente con silla de ruedas, ja, ja, en plan Nederlands 4!”, pensamos. Pero Kylian tenía otros compromisos, así que hizo una película. Mats dijo que el público sueco entendería la combinación, pero para el Teatro Español había que pensar en algo distinto. Su público es más popular. Había que abrigar la película con dos coreografías.
Este espectáculo, con bailarines mayores de 40, ¿encerraba alguna crítica a la tiranía de la danza que exige cuerpos jóvenes?
Uno siempre puede ir a ver la compañía de Nacho Duato, en la que hay gente preciosa, pulida, sexy, con líneas hermosas. Te guste o no, es admirable. Pero no soy del tipo de audiencia que quiere ver bailar, yo quiero que me mueva el teatro. Cualquier exposición a la que voy, ópera, concierto…, quiero volver a casa con algún tipo de experiencia. Me interesa esa emoción, producida por ver a esa gente o por la experiencia que esa gente tiene al actuar. No tiene nada que ver con la edad, sino con las experiencias del bailarín, de la persona. Si se transmite y la gente queda tocada, es perfecto.
¿Madura la audiencia de la danza?
Hace años que vengo a España, pero aún no conozco la mentalidad. Veo flamenco desde hace 15 años, gente de todas las generaciones y también aficionados. Ver gente joven bailar es la mejor experiencia voyeurística que se pueda tener, sí.








