La otra cara de las supermujeres
Iciar Bollaín
Llegó al cine por casualidad, de adolescente, y desde entonces Iciar Bollaín se ha labrado una rica trayectoria como actriz y directora, elaborando un cine personal y sin artificios. Una mirada lúcida, lejos de estereotipos y a menudo enfocada
al universo femenino. Si en su anterior y premiado filme, "Te doy mis ojos", abordó el drama del maltrato a la mujer, su última película, "Mataharis", reflexiona sobre el amor, la incomunicación y la conciliación familiar y laboral –de eso ella sabe mucho– de tres mujeres detectives: Najwa Nimri, Nuria González y María Vázquez.

Realizadora atípica, pues procede del mundo de la interpretación (como la histórica Ana Mariscal, Mireia Ros, Silvia Munt, Laura Mañá o Maria Ripoll), presenta ahora su cuarta película, esperada ansiosamente tras el éxito de la anterior. “Te doy mis ojos”, con Laia Marull y Luis Tosar, avalada por 7 Goyas principales en el 2004, logró algo más que el fervor del público. Recibió el clamor de los parlamentarios europeos, que, puestos en pie, ovacionaron calurosamente el primer filme proyectado en aquel hemiciclo. Algo nada amable sobre un asunto tan delicado como la mujer maltratada y las claves para explicarse tal horror.
Su nuevo filme, “Mataharis”, cambia de escenario. Y como una de las peculiaridades de su obra es el factor sorpresa, se apoya en un soporte de género, el cine negro, repleto de detectives y espionajes. “Quería hablar de mujeres y trabajo y entonces me enteré de que en China había una agencia de detectives donde todas eran mujeres.” A partir de ahí ha hilvanado sólidamente una reflexión sobre el amor, las contradicciones de la trepidante vida moderna y la conciliación que, forzosamente, ha de establecer la mujer que trabaja, aunque sea de detective, con su pareja, su familia, el medio social y el laboral. “Por otra parte –apunta la directora–, el trabajo de las detectives te planta en la calle, y eso enriquece la película. Y te enfrenta al dilema de la confianza: ¿tenemos derecho a espiarnos entre nosotros?, ¿terminaremos poniéndonos un detective unos a otros, en plan Orwell?”
Su paso por el Festival de San Sebastián y las primeras proyecciones ante académicos, críticos y público son el comienzo de un prometedor recorrido, nuevamente, para esta encantadora niña terrible que comenzó, como todas ellas, arrinconando muñecas, ejerciendo de “chica mala” y haciéndose actriz de cine en la adolescencia, con la fantasía siempre a galope.
Había tenido una infancia feliz, con muchos niños bulliciosos a su alrededor, incluida su gemela, Marina, ahora cantante lírica. Una época repleta de cuentos surgidos de la imaginación paterna y de positiva seguridad proveniente de una madre, profesora de música, firme y progresista. Iciar era una muchacha pelirroja, espabilada y algo colgada, como correspondía a la época, mediados de los años 80, y a su edad, 15 años. Pasaba largas horas en el madrileño parque de Berlín, transgrediendo normas con su “troupe”, que incluía, entre otros, al actor Alberto San Juan. Eso, durante las clases del instituto Santamarca, que se fumaban, o las largas horas de asueto porque sí. De aquella guisa la descubrió Víctor Erice cuando buscaba protagonista adolescente para su película “El sur”. A ella le pareció tan poco reseñable que en su casa se limitó a murmurar que le habían ofrecido trabajo en una película. Hasta que su padre, ingeniero culto, se enteró de quién la dirigía. “¡Pero tú estás tonta! ¿Cómo no nos has dicho que ‘la película’ es de Víctor Erice?”
Y así llegó al cine, por casualidad, sin organizar demasiado jaleo, como ha sido su pauta durante estos 25 años que lleva vinculada al séptimo arte, en gran parte de sus facetas. Pero sin pasar inadvertida nunca.







