Jonh Banville
Siempre podremos encontrar motivos para justificar nuestra maldad
El escritor irlandés John Banville tiene su propia teoría acerca de por qué Irlanda suministra tantas monjas y sacerdotes a la Iglesia, sobre qué frena nuestra animalidad o por qué hay tan buenos escritores irlandeses aunque el inglés no es su lengua madre. John Banville es un autor de culto gracias a obras como El libro de las pruebas o El intocable y ahora, bajo el seudónimo Benjamin Black, entra en la novela policiaca con El secreto de Christine.

En el Dublín triste de los años cincuenta, “las cortinas calladas que forma la lluvia de verano daban más grisura a los árboles de Merin Square”. Lejos, en Boston, un hombre y una monja “caminan en silencio, la respiración de ambos empañando el aire invernal”. Un forense empeñado en descubrir qué pasó con una niña; una mujer que a él “nunca le resultaba tan querida como cuando se miraba las puntas de los pies, examinando el suelo con el ceño fruncido en busca de algo que nunca estaba allí”.
Un policía que, como todo buen policía de novela policiaca, está en su despacho “en mangas de camisa y con el sombrero puesto, retrepado en el sillón, con los pies en una esquina del escritorio” y es tan tenaz como escéptico.
Un mundo desolado en el que lluvia, mar, viento y muerte, constantes en las novelas de Banville, configuran el paisaje en el que el forense que intenta descifrar el misterio reconoce que “no son los muertos los que le parecen extraños sino que más bien son los vivos los que le parecen extraños”.
Mister Banville desdoblado en mister Black, su actual seudónimo, es un intelectual al que deslumbró el descubrimiento del Simenon de las obras duras que no tuvieron a Maigret como protagonista. Se lo descubrió John Gray, un politólogo de Oxford que, como Banville/Black, ama un mundo al que ve con ojos críticos: “Tengo un amigo liberal de toda la vida que defiende la tortura siempre que los torturadores, gente estresada por la que el sensible mundo occidental empieza a sentir compasión dado lo duro de su trabajo, usen material esterilizado que evite infecciones en los cuerpos de los torturados”, le escuchó decir el entrevistador a John Gray en una reciente conferencia pronunciada en Barcelona sobre tecnología, progreso e impacto humano.
¿Cómo era la Irlanda de los años cincuenta en la que se inspira su novela, señor Black?
Era un país que vivía unos tiempos oscuros, difíciles. Pero ahora que miro hacia atrás me doy cuenta de que posiblemente exagero sobre lo que fue aquella época. Días atrás, hablando con un familiar muy próximo le comenté lo duro que fueron aquellos años y me dijo: “Así es como eran las cosas; no hay que dramatizar tanto”, y en cierto modo tenía razón.
El año 1990, un irlandés, el director cinematográfico Jim Sheridan, me definió Irlanda como “un país con una historia de hambre en su pasado reciente y una gran represión moral en su presente”.
Es cierto. Pero tenemos que ser muy cuidadosos con el pasado. Hay un acrónimo inglés para definir a las personas más oprimidas que han existido nunca. Significa algo así como estar muy triste y, en este sentido, hay que recordar que Europa quedó destruida tras la Segunda Guerra Mundial y en diez años volvió a funcionar, pero los irlandeses todavía estamos recordando cosas que pasaron hace ochocientos años.
De Irlanda sorprende que, siendo tan antiinglesa, haya copiado el sistema de vida inglés.
De acuerdo en lo segundo, a medias en lo primero. Mi generación fue muy antiinglesa. La mía fue una generación marcada por la idea de la colonización. Generalmente los colonizadores están muy lejos del país colonizado, pero en el caso irlandés nosotros los tenemos al lado. A la generación actual ya no le preocupa Inglaterra. Se han olvidado de ese problema. Es una generación europeizada, cosmopolita, que tiene una forma de vivir y pensar que mi generación ni siquiera llegó a soñar.
Para Irlanda, entrar en la Unión Europea, ¿ha sido positivo para la economía y la liberalización de costumbres, quitando poder al peso de la Iglesia?
Sí. Cuando nos unimos a la Unión Europea fue simplemente como un modo para poder vivir de Europa. No creíamos en la realidad europea, espacio que sólo veíamos como un lugar al que se podía ir de vacaciones de vez en cuando, pero no como algo real para nosotros. Ha sido en los últimos diez años que hemos percibido la realidad de Europa, que hemos asumido la necesidad de convertirnos, de ser europeos, y eso ha representado un gran paso adelante para Irlanda, país que por su emigración tendía más hacia Estados Unidos y para el que las doscientas millas que le separan de Europa eran una barrera psicológica muy poderosa.
¿Cómo un pequeño país como Irlanda ha dado y sigue dando tantos buenos escritores?
La respuesta breve es porque nos encanta contar historias. La respuesta más larga diría que tiene que ver con nuestra extraña relación con el idioma inglés. Mi lengua materna es el inglés, pero posiblemente mi abuela habló gaélico. No nos prohibieron hablar nuestro idioma, que abandonamos mediado el siglo XIX, y durante la gran hambruna de los años 40 Irlanda se convirtió en un país que en diez años perdió su idioma y pasó a hablar en inglés. Cómo murió, por qué, no se comprende muy bien, pero sucedió. Quizá el gaélico dejó de hablarse porque es un idioma evasivo, muy oblicuo. Hablar gaélico es un modo de no comunicarse, de evitar la comunicación. Por ponerle dos ejemplos, en gaélico no se puede decir yo soy un hombre ni existe
una palabra para decir no. Debió de ser difícil comunicarse en ese idioma.
En un ensayo recogido en De la emoción a las palabras, el Nobel irlandés Seamus Heaney escribe que la dimensión británica está en la lengua. ¿Lo suscribe?
Exacto. Pero añado que con el inglés no nos sentimos en casa. Es como un caracol fuera de su cáscara. Creo que es Heaney el que ha escrito “digas lo que digas no digas nada”. Es una frase irlandesa emblemática. Di muchas cosas pero asegúrate de que en realidad no estás diciendo nada.
Esa Irlanda triste de los años 50 que usted recupera en El secreto de Christine refleja una maquinaria para hacer sacerdotes y monjas, de niños ilegítimos arrancados a sus madres y criados en orfanatos.
Usted formula preguntas breves que obligan a respuestas largas.
Puede explayarse. Disculpado.
En los últimos diez años me he interesado mucho por el extraño contrato social entre los políticos irlandeses y la Iglesia a lo largo de las décadas 1920-1930. Los políticos se dieron cuenta de que tenían que conseguir que el país fuese coherente, que debía estar cohesionado, y que el mejor aliado para conseguir eso era la Iglesia. El pacto consistió en que los políticos pensaron que para conseguir eso necesitaban tener de su lado a las madres, porque en Irlanda la unidad de la sociedad está en la familia y fue la Iglesia la que les dijo a las mujeres, con maridos que les pegaban, que volvían a casa borrachos, que les engendraban hijo tras hijo: “Nosotros, la Iglesia, os vamos a dar respeto, poder en vuestra casa y a cambio vosotras nos daréis a vuestros hijos para hacer de ellos monjas y sacerdotes”.
Como dice el gran patrón del orfanato de Boston al que llegan niños desde Irlanda, la pequeña Christine entre ellos, “unos plantan cereales, otros plantan árboles; yo planto almas”. ¿Fue eso?
Sí. El significado de mi libro es interrogarse sobre cómo la gente disimula sus ansias de poder diciendo: “Lo que estoy haciendo es voluntad de Dios”. El mundo de El
secreto de Christine está dirigido por hombres.
Con una ligera excepción en El mar, todas sus novelas son historias de hombres.
Si todos mis libros se reunieran en un solo volumen su título sería Hombres en problemas, pero creo que en el futuro los historiadores verán nuestra época como un tiempo en el que los hombres perdieron su poder. En Irlanda son muchos los jóvenes que se suicidan. Es una plaga. ¿Por qué? En mi opinión, porque han perdido su lugar en la sociedad, no asimilan el cambio de que el poder ha pasado del hombre a la mujer. Yo soy un hijo del 68. Me acuerdo del inicio del movimiento de liberación de la mujer. Lo viví en California, en la Universidad de Berkeley, junto a la que sería mi esposa.
¿Recuerda aquel tiempo con nostalgia?
Bueno… No me gustó mucho ver lo que pasaba. Siempre me ha sorprendido que se defina aquella época como los felices sesenta. Desde el 67 al 71 fueron años muy malos: asesinatos, Vietnam, grandes egoísmos, droga y gente con flores bailando inconsciente encima de un volcán. ¿Puedo extenderme con una disquisición? ¿Sí? Nada aterra más a las personas que la libertad. ¿Qué hace uno cuando es libre? La gran mayoría de la gente no sabe cómo vivir con libertad. Sólo una minoría sabe vivir enfrentándose a la libertad. Y conste que cuando llega la hora de votar yo casi lloro de emoción.
Un catedrático de historia suele decir que si las elecciones sirviesen para algo ya las habrían prohibido.
(Risa.) Entiendo lo que quiere decir. Pero votar es útil para dar a las personas un sentido de sí mismas. Por eso yo no eliminaría nunca las elecciones, lo cual no quiere decir que tenga grandes ilusiones sobre la libertad. No. No las tengo.
¿Agatha Christie sigue siendo la maldición de los escritores de novelas policiales tradicionales?
No. Leer novelas de Agatha Christie es como hacer crucigramas.
¿Por qué tanta mujer británica, educada y de clase media, escribe novelas policiacas? Recuerdo, por ejemplo, a la educada baronesa P.D. James moviéndose por su casa con un manojo de llaves colgado del cuello para no dar facilidades al delincuente, caso de querer uno de ellos entrar en su casa.
Es extraña, sí, la proliferación de mujeres en la novela policiaca.
Creo que las mujeres que escriben sobre crímenes lo hacen bajo la atracción por el orden en un mundo confuso.
¿Sólo confuso?
Para mí, el mundo es un lugar exquisito. Hemos sido los seres humanos los que hemos convertido el mundo en algo caótico y desordenado. En una de las notas que pergeñé antes de empezar a escribir El libro de las pruebas, me preguntaba “¿está mal matar a la gente?”. Es una pregunta muy típica de Dos-toievski.
¿Y qué respuesta se dio?
Me dije que nos preocupamos del efecto que el matar puede tener sobre nuestra familia y por el hecho de que seguramente iremos a la cárcel, pero, de no ser por eso, ¿por qué está mal matar a la gente? Es una pregunta que asusta mucho porque carecemos de respuesta. Por otra parte, ya mientras escribía el libro, supongo que estaba explorando, reflexionando, sobre el tema de la maldad. En los diccionarios hay pocas palabras para explicar la maldad, no hay una buena reflexión sobre el tema. ¿Existe la maldad? ¿Pueden definirse como maldad las cosas que hacen muchas personas en determinada circunstancia histórica? ¿O las personas que cometen actos que definimos como propios de la maldad creían o creen actuar correctamente?
En el ensayo Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt escribe sobre la banalidad del mal...
Tengo un problema con Hannah Arendt.
A mí me encanta.
A mí también. El problema es concretamente con el libro que usted ha citado. Voy a decir algo controvertido: creo que Hannah Arendt era una judía antisemita, una mujer avergonzada de su pueblo. No es un caso aislado. Creo que hay muchos judíos que piensan como ella. Lo que Hannah Arendt quiso decir con su libro no era sobre los nazis ni sobre la maldad, sino sobre el futuro de Israel.
En el inicio de la democracia española, el senador Bandrés dijo desde el hemiciclo, reivindicando la amnistía para los presos comunes, que un día, señoras y señores, todos podemos ser asesinos. ¿Está de acuerdo?
Sí. Y siempre podremos encontrar motivos para justificar nuestra maldad. En la película Chinatown, uno de los protagonistas dice que en algunas circunstancias las personas harían cualquier cosa. Y es cierto. En unas conferencias en una clínica londinense que fue cuna de la psicología freudiana se habló, no puedo imaginar por qué, de los diez mandamientos y se hizo hincapié en el de no matarás. Yo me mostré escéptico y advertí de lo que se estaba preparando en el centro de Europa. Al poco llegó el horror de Bosnia y vimos lo salvajes que pueden llegar a ser las personas supuestamente civilizadas. Hemos prosperado algo a lo largo de la historia de la humanidad pero, como dijo Nietzsche, lo que nos hace humanos es desobedecer a nuestro yo real. Sabemos que somos animales, que podemos ser asesinos; vamos a tratar de comportarnos de otro modo. Diderot, padre de la Enciclopedia francesa, decía que el modo de civilizarnos es levantando en nuestro interior una estatua de nosotros mismos e intentar vivir según la imagen que ofrece esa estatua.
¿Qué hacer para frenar el instinto hacia la animalidad?
Vivir de otro modo, tratar de ser mejores de lo que somos, trascendernos a nosotros mismos.
En uno de sus libros, un personaje se interroga sobre qué es verdad: ¿todo? ¿nada? ¿Tiene respuesta?
Es una pregunta difícil. El movimiento filosófico que arranca de principios del siglo XX y llega a nuestros días consiste en cuestionarlo todo y creo que se ha llegado a un punto en el que hay que parar y decir de acuerdo, hay muchas cosas que deben ser cuestionadas pero tratemos de salvar algo porque en este mundo caótico y violento sigue habiendo moralidad, ética, un modo de vivir decente.
En su mundo, ¿qué papel desempeña el tiempo (“todo lo torna más nítido”, escribe en El secreto de Christine) y el espacio (“todo lo desdibuja conforme te alejas”)?
Puedo reflexionar desde un punto de vista filosófico, pero al final las novelas son miradas sobre el mundo y las personas. Sobre cómo entra la luz en una habitación, sobre el desencanto de unos espías en un embarcadero desierto. Es el pequeño detalle el que insufla vida a las historias. No tiene sentido contar una historia si no implicas al lector a vivirla desde dentro.
En todas sus novelas gravita un misterio; hay en todas ellas un toque sutil de novela policial. Ruth Rendell definió El libro de las pruebas como hermosísimo: “Seducirá y aterrorizará tanto a los lectores de novelas policiacas como a los aficionados a la mejor literatura”. ¿Qué diferencia El libro de las pruebas de El secreto de Christine?
Toda buena novela encierra un misterio, salvo las que podríamos definir como las novelas felices. En cuanto a la segunda parte, El libro de las pruebas está escrito en primera persona y El secreto de Christine, en tercera. Para un escritor eso representa una gran diferencia. La narración en tercera persona te proporciona una distancia. Sobre la técnica narrativa, Beckett solía decir: “Yo no escribo en primera persona; escribo en última persona”. Es una buena frase







