07/10/2007

Jonh Banville

Siempre podremos encontrar motivos para justificar nuestra maldad

Texto de José Martí Gómez
Fotos de Carlos González Armesto

El escritor irlandés John Banville tiene su propia teoría acerca de por qué Irlanda suministra tantas monjas y sacerdotes a la Iglesia, sobre qué frena nuestra animalidad o por qué hay tan buenos escritores irlandeses aunque el inglés no es su lengua madre. John Banville es un autor de culto gracias a obras como El libro de las pruebas o El intocable y ahora, bajo el seudónimo Benjamin Black, entra en la novela policiaca con El secreto de Christine.

“Volviendo al tema de la felicidad o la infelicidad, diría que el mundo es como es. Ni bueno ni malo. Simplemente es así. Yo soy feliz cuando consigo una buena frase”

Sólo las novelas felices carecen de misterio, ha dicho. ¿Sabe usted lo que es la felicidad o la infelicidad?
Nunca he podido entender cómo a Beckett se le define como pesimista. No es ni pesimista ni optimista. Simplemente es. Creo que exageró un poco su infelicidad y aunque dijo que no sabía por qué valía la pena levantarse cada día, cualquier persona que, como él, es capaz de escribir una hermosa frase también es capaz de levantarse todas las mañanas. Beckett...

Perdone que le interrumpa: ¿a qué hora se levanta usted?
A las siete y media de la mañana.

¿Y cuántas horas dedica usted a la escritura?
Las 24 horas que tiene el día porque también escribo mientras sueño. Me siento ante el escritorio sobre las diez de la mañana, todavía en estado somnoliento y es en ese estado cuando escribo mejor.

¿Escribe en ordenador?
Corrijo. Para escribir necesito la resistencia que me pone el papel. La pantalla del ordenador va más rápida que mi mente.

¿Un papel especial?
Que sea fuerte. Que lo note al escribir.

¿Pluma o bolígrafo?
Bolígrafo recargable.

Volvamos a Beckett. ¿Decía usted...?
Que Beckett hubiese tenido una actitud muy distinta, tanto por lo que respecta a su escritura como hacia su visión del mundo, de haber tenido hijos. Y volviendo al tema de la felicidad o la infelicidad, diría que el mundo es como es. Ni bueno ni malo. Simplemente es así. Yo soy feliz cuando consigo una buena frase.

¿Más que cuando crea un mundo?
Lo importante son las frases. Las frases describen el mundo.

¿Cómo era el mundo de los espías de Cambridge que usted recreó en El Intocable? ¿Creían en el comunismo o estaban en el espionaje por pura diversión o quizá para fingir que creían en algo?
Hay que situarse en la época. Para muchos intelectuales europeos el comunismo representaba la posibilidad de un mundo nuevo. Creo que en el caso concreto de Guy Burguess había sinceridad en su compromiso con el comunismo. Había leído a Marx.

Hay en su recreación de aquel grupo una escena que me impresionó: cuando Burguess y Blunt van a recoger a Donald McLean, psicológicamente el frágil del grupo, para embarcar hacia la URSS éste regresa a su casa cuando ya está camino del coche que le espera. Burguess y Blunt imaginan amargos llantos de despedida con la esposa, pero McLean regresa al poco con un paraguas y dice simplemente: “Bueno, nunca se sabe”. Es dramática esa forma de decir adiós a todo: a la familia, al trabajo diplomático, a los amigos, al país.
Me gusta que me haya recordado ese pasaje de mi novela. Sentí una simpatía especial por McLean.

¿La pintura de Poussin siempre le ha gustado o le interesó a partir de estudiar los gustos del espía Anthony Blunt?
Yo quise ser pintor. Me fascina la composición de un cuadro, el color. Poussin siempre me ha gustado.

¿Quizá porque, como ha escrito usted, Poussin pinta una clase de cielo apto para dramas pictóricos que, como sus novelas, encajan en historias de muerte, amor y pérdida?No sé si fue mister Black o mister Banville el que se encogió de hombros, sonriendo. Los dos me estrecharon la mano. Pero sólo a mister Banville, pelo canoso, ojos azules, le dolía una muela.

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