04/05/2008

Roland Fraser

La guerra de 1808 sirvió para que España retrocediese tres décadas”

Texto de José Martí Gómez
Foto de Montserrat Velando
Roland Fraser, periodista inglés que con el tiempo devino historiador, presenta su última criatura, nacida tras doce años de trabajo: La maldita guerra de España, una historia social de los años comprendidos entre 1808 y 1814, tiempo de la guerra de la Independencia, de cuyo comienzo ahora se cumplen doscientos años.
"La España que se levantó en defensa del rey, la religión y la patria se encontró con una monarquía absoluta”

Roland Fraser es hombre enjuto. Tiene piel translúcida, diría la fotógrafa, y una mirada vivaz. A sus 76 años tiene también la clásica pinta del tranquilo, culto y civilizado ciudadano inglés buen bebedor de whisky y vino.
Fraser vino a España por primera vez en 1957. Era el tiempo en el que los españoles empezaban a disfrutar de mejores perspectivas económicas. Por entonces Fraser quería forjarse como novelista en un país del área mediterránea. Descartó Italia porque estaba llena de ingleses que, como él, soñaban con ser novelistas. Ya se sabe que el inglés es de por sí viajero. Descartó también Grecia por la dificultad del idioma. Quedaba España, y aquí se vino.
Al poco de llegar se dio cuenta de que no podía ser novelista y que le interesaba cómo era la vida de la gente de los pueblos de Andalucía. Hablando con los campesinos, con la gente de la calle, se empezó a implicar en sus historias orales. Mijas. República, guerra, franquismo en un pueblo andaluz, testimonio del que fue alcalde de Mijas en los años republicanos después permanecer treinta años oculto tras el final de la Guerra Civil, fue uno de los libros en los que volcó la experiencia recogida a través de las historias orales que había escuchado. Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, un clásico entre los libros sobre la Guerra Civil, culminaría de forma brillante su trayectoria como historiador de una época. Y ahora llega La maldita guerra de España (editorial Crítica).

A usted le fascina la historia oral.
Ya la he dejado. Lo que me sigue fascinando es la historia vista desde abajo. Mi libro sobre la Guerra Civil y este sobre la guerra de la Independencia comparten el proyecto de intentar captar lo que fueron las experiencias, las vivencias de lo que podríamos denominar el pueblo bajo o anónimo.

En ambas guerras, ese pueblo bajo ¿fue el perdedor?
Sí. Es el que resiste, sufre, padece todo lo malo que uno se puede imaginar. Es el pueblo que tiene que luchar armas en mano; es el que muere y, concretamente en la guerra de la Independencia, no saca ninguna ventaja de la victoria y sí sufre las consecuencias de lo que comportan seis años de contienda.

¿Para qué sirvió la guerra de la Independencia?
Para que España retrocediese tres décadas económica, política y demográficamente. El conflicto costó al país una pérdida de población que se cifra entre los 215.000 y los 375.000 habitantes. La España popular que se levantó para defender al rey, la religión y la patria se encontró al final con la restauración de una monarquía absoluta. Fue una de las muchas paradojas de una guerra repleta de ironías.

Como en todas las guerras, hay gentes que intentan obtener beneficios. Cuenta usted que en la de la Independencia los diputados catalanes estaban preocupados por los perjuicios a la industria textil y se quejaron del desembarco en Cádiz de tejidos británicos. Y que, ante la buena cosecha de trigo, los campesinos prefirieron ganar jornales segando, recolectando y trillando la cosecha antes que coger las armas. Y que los pescadores prefirieron seguir saliendo a pescar...
Así ocurrió.

¿Fue una sublevación más urbana que rural?
Al principio, es cierto que fue así. Los primeros levantamientos contra los franceses no tenían ningún tipo de unión entre ellos. No fue un complot nacional y sí fueron unos levantamientos en los que cada uno defendía sus intereses. Es por ello que considero un mito lo de la unión sagrada de todas las capas sociales. Los ricos, especialmente, trataron de no pagar nada, y la Iglesia tampoco se sacrificó mucho. Solamente al final entregó parte de su plata para sufragar gastos de la guerra, pero, en general, diría que no colaboró económicamente al esfuerzo bélico patriótico.

¿Qué intereses tenía el pueblo bajo en esa guerra?
Defender sus vidas y la de sus familias y defender también sus bienes, su pueblo, la patria chica más que la patria en sí. Y eso se entiende por la ferocidad del ejército francés en su represión y en sus exacciones al campesino, bajo el lema de Napoleón de que la guerra tenía que alimentar a la guerra. En la segunda invasión francesa, la de 1823, Luis XVIII se dio cuenta de los errores que había cometido Napoleón y lo dijo: Napoleón sacó de los pueblos vencidos de Europa dos veces más de lo necesario para abastecer a su ejército. Por eso Luis XVIII no impuso exacciones y sí ordenó que se atrajese al campesinado a la causa francesa, sin exacerbarlo ni provocarlo, para que no se levantase en armas. Y debió de funcionar, porque no hubo oposición popular.

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