24/10/2010

Mario Vargas Llosa

"Ningún gran escritor es feliz"

Texto de Xavi Ayén
Fotos de Àlex Garcia
Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, recibe al Magazine en su piso de Manhattan
y en la Universidad de Princeton, para explicar su visión de la literatura, ese arte que “compensa las frustraciones de la vida cotidiana porque nos hace vivir intensamente otras vidas”

El escritor peruano, en el salón de su apartamento de Manhattan, justo la noche antes de conocer que se le había concedido el Nobel de Literatur

“Parece ser que el universo entero ha descubierto dónde vivo.” El hombre seguro de sí mismo que comprueba cómo le sienta la chaqueta en el espejo es un hombre al que nunca ha importado tener al mundo en su contra. “Está bien, allá vamos”, dice antes de abrir la puerta de su apartamento, en la planta 46 de un rascacielos de Manhattan.

Al fondo, en el comedor, Flora, la chica hondureña, pasa el aspirador, como todos los jueves, frente a unas vistas espléndidas de Central Park y el río Hudson. Enfrente, ante el hombre del día con la chaqueta ya puesta, se extiende un largo pasillo, de un blanco aséptico, salpicado de algunas puertas, que es imposible no ver hoy como si fuera un decorado, el escenario donde suenan sus pasos hacia el ascensor. Un paso, dos pasos... “Si sobreviví a una campaña electoral en Perú contra el ingeniero Fujimori, voy a poder con esto.”

Mario Vargas Llosa es, esa mañana del 7 de octubre del 2010, el hombre más buscado de la Tierra. Le acaban de conceder el premio Nobel de Literatura y, tras unos momentos de intensa emoción doméstica, se dispone a atender a la prensa internacional apostada en la entrada de su casa. En estos momentos, sólo le acompañan los dos enviados del Magazine, que han pasado junto a él buena parte de las 48 horas previas a la concesión del premio.

¿En qué estará pensando Vargas Llosa? Dos días antes, cuando recibió al fotógrafo y al periodista en su modesto despacho de la Universidad de Princeton, en el departamento de Estudios Latinoamericanos, había exclamado: “¡Caramba! Me abruma que hayan cruzado un océano para venir a verme. ¡Les prometo que haré todo lo que esté en mi mano para no decepcionarles!” (y, desde luego, lo ha cumplido con creces...). “¿Cómo está mi amiga Ana María Moix? ¿Y Juanito Marsé? Vengan, vengan, les mostraré el campus, es uno de los más bonitos del mundo...”.

Así, paseando entre el gótico tardío de los imponentes edificios de Princeton, con ardillas que saltan de un lado a otro y algún árbol que exhibe las primeras hojas pardas del otoño, el profesor Vargas Llosa, dos días antes de ser Nobel, hablaba de sus estudiantes: “Son una élite. Este curso hubo 17.000 solicitudes para tan sólo 1.200 plazas. Todos tienen calificaciones muy altas, y los gastos de enseñanza y manutención ascienden a unos 55.000 euros anuales, por lo que existe un sistema de préstamos y becas. Les exigen demasiado, a mi entender, y un aprobado raspado se castiga con la expulsión. Yo no les examino, sino que les hago exponer en clase y redactar un trabajo”.

Mario Vargas Llosa, a las puertas del New York City Center, en cuyo teatro asistió al festival Fall for Dance sólo unas horas antes de conocerse el veredito de la Academia Sueca sobre el Nobel de Literatura.

Vargas Llosa coincide en este singular entorno con profesores como las norteamericanas Joyce Carol Oates y Toni Morrison (“recién se jubiló”) o el argentino Ricardo Piglia.
Dos son los cursos que imparte: uno sobre técnicas narrativas y otro sobre Borges. “Ah, a Borges lo vi varias veces. Era muy difícil ser su amigo, él se había inventado una persona pública, casi no veía ya, y hablaba en un continuo monólogo dirigido a un auditorio que cambiaba aunque él no pudiera notarlo. Más que amigos, lo que tenía eran oyentes, gente que escuchaba ese discurso, muy brillante, lleno de citas literarias. No creía en la importancia de su obra, y sus grandes placeres no tenían que ver con las vanidades de este mundo sino con las ideas, las imágenes, la poesía, la literatura... Él dijo: ‘Muchas cosas he leído y pocas he vivido’. Creo que es muy exacto.”

–Usted no podría suscribir esa frase.
–No. Para mí, la lectura es fundamental, sigue siendo el placer supremo, pero no podría vivir sólo de lecturas, ¿verdad? En cambio, creo que Borges sí. Se ve en su obra: los personajes principales son los libros, las ideas. Es una obra desprovista de carnalidad y al tiempo de una extraordinaria riqueza, brillantez y originalidad. Él se enojó conmigo porque, tras una visita que hice a su apartamento en Buenos Aires, dije que era un apartamento muy modesto y que había goteras, pero yo lo dije desde el cariño, y parece que él se lo tomó muy mal.
No es ninguna ofensa tener goteras, ¿no? Usted, en su piso de Londres, tuvo hasta ratas...
–Yo tuve ratoncitos, matizo, no ratas de alcantarilla. Fui a quejarme a la propietaria de mi departamento londinense. “Mrs. Spence, ¡he visto un ratón en mi cocina!” “¡Es Oscar!
–me respondió–, cómprele usted un quesito y se lo pone en el hueco...”

Tres pasos, cuatro pasos. Mientras Vargas Llosa camina hacia el ascensor, la mañana en que acaba de ganar el Nobel, piensa en un montón de personas a la vez. En sus tres hijos, Álvaro, Gonzalo y Morgana: “Yo, de joven, tenía mucho miedo a la paternidad, pensaba que la responsabilidad que asumías no te permitía esa independencia con que tiene que trabajar un escritor. Felizmente no ha sido así, pero yo sentía terror, pensaba que un padre no podía dedicarse a escribir de manera obsesiva”. Piensa en Patricia, su esposa, su cómplice, la prima con quien jugaba de niño, porque “mi matrimonio es mucho más importante que el premio Nobel, sin ninguna duda”.

Piensa en gente que ya no está, como el editor Carlos Barral, que lanzó al mundo su primera novela. Piensa en la tía Julia, su primera mujer, fallecida el pasado mes de marzo, que le insistía tanto para que se sentara a escribir. Piensa en su agente, Carmen Balcells, porque “confiaba en sus buenos oficios –bromea–, ¡pero no hasta el punto de corromper a la Academia Sueca!”. Ahora, mientras avanza otro paso, ha vuelto a recuperar el dominio de sus sentimientos, su arrolladora seguridad. Hace poco, en el apartamento, la emoción se derramaba por su rostro como nunca suele mostrar en público. Piensa que no está en su casa de Madrid, ni en la de Lima, sino en Nueva York: “Qué locura, venir a Manhattan para que me den aquí el premio Nobel”. Piensa que, en esos primeros momentos, le ha llamado mucha más gente de España que de Perú.

El escritor, en mangas de camisa, abre la puerta de su apartamento al Magazine un par de horas después de conocerse la noticia de su premio

Apuestas 35 a 1
La tarde anterior al premio, en ese mismo apartamento, en el mismo lugar del sofá en el que, a las siete menos veinte, respondía la llamada del secretario de la Academia Sueca, Peter Englund, Vargas Llosa rememoraba los años en que vivió en Barcelona, entre 1970 y 1974. “Mis hijos aprendieron a hablar catalán. Es muy divertido porque un día Patricia me dijo: ‘Oye, que hay una regresión en estos chiquitos’. ‘No, no, Patricia, ¡hablan catalán! ¡No es ninguna regresión, es otro idioma!’. Jugaban con los chicos de la calle, los vecinos, y así lo aprendieron”. También recuerda que “por esa época jugaba en el Barça el Cholo Sotil, que era peruano, parece que lo botaron al final porque tomaba mucha cerveza y engordó mucho. Lo vi jugar muchas veces, yo iba mucho al campo”.

Cinco pasos, seis pasos. Su mente no descansa. Siente curiosidad por conocer los intríngulis de la decisión de la Academia Sueca: saber quiénes eran los otros finalistas, saber quién le votó y quién no, pero sospecha que nadie se lo va a contar, aunque dice que en Estocolmo va a intentar sonsacárselo a los académicos, cuando los vea. El Magazine le informa que su victoria se pagaba 35 a 1 en algunas casas de apuestas británicas, y exclama: “¡Hubiéramos debido apostar, ahora tendríamos una cantidad de dinero ­impresionante!”.

No se entiende por qué acusaron a este hombre de aristócratico. A lo largo de los últimos tres días, se ha pegado auténticos madrugones para preparar sus clases en la universidad. Ha subido al tren de cercanías cargando una pesada maleta. Se le ha podido ver haciendo cola, comiéndose unos dudosos bocadillos como único almuerzo en una cafetería del campus atestada de estudiantes. Conversando animadamente con gente de todo tipo, interesándose por las vidas de personas anónimas. Respondiendo las preguntas más variopintas de sus estudiantes como si todas ellas fueran dignas de la máxima atención. Sabe hacer todas esas cosas, eso sí, sin despeinarse, manteniendo la elegancia, las buenas maneras y su poderosa dicción de galán de telenovela.

En su despacho de Princeton, mientras esperaba a una alumna, y al día siguiente en su piso, ha hablado, sobre todo, de su fascinación por Roger Casement, el personaje histórico que protagoniza su nueva novela, El sueño del celta (Alfaguara), que aparece el próximo 3 de noviembre. “Era un irlandés, diplomático británico, a caballo entre el XIX y el XX, que, destinado al Congo, fue uno de los primeros occidentales en rechazar esa idea mitológica del colonialismo como la gran avanzada de la civilización, la modernidad y la cultura. En realidad, él descubre en el Congo, donde abrió los ojos a Joseph Conrad al respecto, que la verdadera barbarie es el colonialismo. Sus informes sobre las salvajadas en África, y más tarde acerca de la Amazonía, son unos libros fundamentales para la toma de conciencia de lo que es la explotación del tercer mundo. En la selva peruana, consiguió hacer quebrar a la empresa del cruel Julio C. Arana. Más tarde, se convirtió en apóstol del independentismo irlandés y, al intentar un pacto con Alemania durante la Primera Guerra Mundial, fue detenido y ahorcado por los británicos. Su familia lo ve como un traidor todavía, pero son sumamente discretos, y me mostraron la casa, papeles, fotos, sin opinar nunca ni preguntarme a mí cuál era mi opinión. La de Casement es una historia trágica, donde se mezcla la supuesta traición con su homosexualidad oculta, que entonces era un delito penado con la cárcel. Todo eso hace que no se le haya reconocido su papel fundamental como defensor pionero de los derechos humanos. Los riesgos que corrió fueron gigantescos, y al tiempo siempre mantuvo una fachada de gran serenidad y vida convencional, bajo la cual latía un volcán.”

A ratos parece extraño detectar tanta admiración de Vargas Llosa por un héroe del independentismo irlandés. “No he dejado de ser profundamente antinacionalista –aclara–, pero sí creo que, cuando se trata de defender la supervivencia de una comunidad a la que el colonialismo está destruyendo, en ese caso, el nacionalismo adquiere un valor justiciero, tiene que ver con la libertad. Casement era probritánico, anglicano, estaba convencido de que el imperio era el camino del progreso, y al descubrir su verdadera cara, revisa su propia situación y descubre una contradicción entre estar en contra del colonialismo en el Congo pero a favor del colonialismo en Irlanda. Y hace esa prodigiosa transformación, en contra de todo lo que él era, en contra de su propia familia, de su propio oficio de diplomático con el que se estaba ganando la vida. Es un acto de un enorme coraje ético volverse nacionalista en esos momentos y circunstancias.” Irlanda, recuerda el escritor, “no tenía soberanía ni libre albedrío, la relación con Inglaterra era de dependencia colonial: las autoridades las imponía Inglaterra, con el único fin de defender los intereses ingleses, había una discriminación muy grande”.
Los Premios Nobel 1 | 2 | 3 | siguiente
de: LUCIA DEZA SANCHEZ | 30/03/2012
Muy Bueno!!!
de: Julio César Linares Nava | 15/01/2012
Siempre admiré su palabra y su obra, es un orgullo para la lengua española y para el arte de fabular. Admiro su forma de exponer lo que piensa y lo que defiende. Merecido el nobel, que su figura de intelectual, su pasión por el libro y la lectura sea un ejemplo a seguir por los jóvenes latinoamericanos. Felicitaciones por la solícita entrevista.
de: Oswaldo Aiffil | 25/06/2011
Muy íntimo el reportaje. Definitivamente, Vargas Llosa es un hombre que ha vivido intensamente, y no vacila en opinar lo que piensa, no importa las consecuencias que esto le traiga. Por esta última razón se le puede calificar de ser un personaje auténtico.
de: carlos lopez | 10/03/2011
Es buen escritor, pero se quivoca de plano diciendo que la guerra de Irak fue necesaria. Casi un millon de muertos son muy dificiles de justificar, aunque sea a cambio de una supuesta libertad.
de: Adriana Gutierrez | 04/03/2011
Mmm..... que buen escritor es de admirar sus pensamientos.......
de: Jose Rico Lopez | 27/10/2010
Por eso mismo se queria presentar como representante de la extrema derecha
de: Joan Pons | 23/10/2010
Sr. Vargas: He leído una nota suya donde refería al rechazo injustificado de Arafat al Estado palestino ofrecido por Israel y Clinton el año 2000. También sabemos que los palestinos han rechazado el Estado que le concedió la ONU en 1947, y de muchos otros rechazos palestinos a incluso a negociarlo. Siendo así ¿cómo puede usted seguir culpando a Israel de que no haya un estado palestino?
de: Link Gomez | 22/10/2010
Me gusta su literatura pero me encanta su civismo, es un personaje humano increible. Está muy bien hecho el reportaje, les felicito.

Por seguridad copia en la casilla de texto el código que aparece en la imagen inferior antes de enviar el formulario con tus datos.

captcha Escribe el código que aparece en la imagen
19 de mayo
19 de mayo
Publicidad
Buscar en