29/01/2006
Rebeldía de Nobel. Gabriel García Márquez
"He dejado de escribir"
Texto de Xavi Ayén
Fotos de Kim Manresa
García Márquez confiesa que ya no escribe, que ahora se dedica a leer, aunque no descarta que vuelva la energía creadora. Esta entrevista es la segunda de la serie de encuentros del Magazine con los premios Nobel de Literatura.

El escritor con su esposa, Mercedes Barcha, a quien conoció cuando ella tenía 13 años.
En ese inmenso hervidero humano y social que es la plaza mexicana del Zócalo –epicentro de los poderes del país y escaparate de las más diversas protestas–, entre acampadas y reivindicaciones de campesinos sin tierra, ciudadanos sin casa o mujeres víctimas de la violencia de sus maridos, varios grupos de indígenas desinfectan de malos espíritus a los viandantes, a cambio de unas monedas. Estamos tentados de solicitar sus servicios, pues faltan tan sólo unas horas para que acudamos a entrevistar a Gabriel García Márquez, un privilegio que pocos periodistas han disfrutado desde que le concedieron el premio Nobel de Literatura en 1982, y nos asalta el temor de que a última hora todo se desmorone por cualquier imprevisto.
El chofer conoce bien dónde se encuentra el Pedregal de San Ángel, un barrio residencial construido sobre piedras volcánicas en el que se alojan estrellas de cine, ex presidentes y banqueros. Tras franquear la puerta de entrada y un recogido patio exterior, llegamos a la sala de estar, casi sin resuello, cargando los pesados regalos de Navidad que nos han dado para él algunos amigos suyos de Barcelona. Gabo y su mujer, Mercedes Barcha, viven aquí desde 1975, cuando se fueron de España, aunque desde entonces han realizado sucesivas ampliaciones y reformas. Hay vigas de madera, y mil rendijas, ventanas, visillos y aperturas por las que entra el sol y se enseñorea de los interiores, iluminando, por ejemplo, las fotos de los cinco nietos del escritor, con edades que oscilan entre los 18 y los 7 años, o un enorme muñeco amarillo que parece una especie de conejo.
Mientras esperamos, curioseamos en la mesa donde reposan libros de fotografías de los premios Nobel, y otros de imágenes tomadas por Richard Avedon (poco después, Gabo nos comentará: "Ese Avedon... vino aquí, me hizo una foto y a los 15 días se murió, nunca la he visto").
Atravesamos un jardín repleto de flores –con unas esplendorosas orquídeas– para finalmente llegar al lugar donde Gabriel García Márquez se hizo construir un estudio aislado para trabajar. Le sorprendemos ante el ordenador, pero no en el momento mágico de la escritura, sino leyendo por internet la prensa internacional. Amablemente, nos invita a tomar asiento y nos deja claro que hará una excepción sometiéndose con resignación a esta entrevista, porque no ha sido capaz de resistirse a la confabulación de su entorno familiar y afectivo; en ese momento, nos agarra del brazo y nos pregunta, en un susurro: "Y ahora díganme, ¿cuánto le han pagado a mi mujer?".
El chofer conoce bien dónde se encuentra el Pedregal de San Ángel, un barrio residencial construido sobre piedras volcánicas en el que se alojan estrellas de cine, ex presidentes y banqueros. Tras franquear la puerta de entrada y un recogido patio exterior, llegamos a la sala de estar, casi sin resuello, cargando los pesados regalos de Navidad que nos han dado para él algunos amigos suyos de Barcelona. Gabo y su mujer, Mercedes Barcha, viven aquí desde 1975, cuando se fueron de España, aunque desde entonces han realizado sucesivas ampliaciones y reformas. Hay vigas de madera, y mil rendijas, ventanas, visillos y aperturas por las que entra el sol y se enseñorea de los interiores, iluminando, por ejemplo, las fotos de los cinco nietos del escritor, con edades que oscilan entre los 18 y los 7 años, o un enorme muñeco amarillo que parece una especie de conejo.
Mientras esperamos, curioseamos en la mesa donde reposan libros de fotografías de los premios Nobel, y otros de imágenes tomadas por Richard Avedon (poco después, Gabo nos comentará: "Ese Avedon... vino aquí, me hizo una foto y a los 15 días se murió, nunca la he visto").
Atravesamos un jardín repleto de flores –con unas esplendorosas orquídeas– para finalmente llegar al lugar donde Gabriel García Márquez se hizo construir un estudio aislado para trabajar. Le sorprendemos ante el ordenador, pero no en el momento mágico de la escritura, sino leyendo por internet la prensa internacional. Amablemente, nos invita a tomar asiento y nos deja claro que hará una excepción sometiéndose con resignación a esta entrevista, porque no ha sido capaz de resistirse a la confabulación de su entorno familiar y afectivo; en ese momento, nos agarra del brazo y nos pregunta, en un susurro: "Y ahora díganme, ¿cuánto le han pagado a mi mujer?".

Gabo y su esposa, en el estudio donde trabaja el escritor. Sobre la mesa, el ordenador.
El encuentro inicial, pues, tiene lugar en su estudio, y sólo será interrumpido por unas estentóreas frases en inglés que pronuncia, de vez en cuando, su ordenador, como si hubiera sido intervenido por la CIA. Gabo posee una máquina de última generación, con todos los avances multimedia, pues hace muchísimos años que abandonó su legendaria máquina de escribir eléctrica. "El primer ordenador que salió al mercado lo debí de usar yo –-presume-–. Cuando escribía a máquina, tenía un promedio de un libro cada siete años, y con el ordenador pasó a ser uno cada tres años, porque la computadora hace mucho trabajo por uno. Tengo varios equipos exactamente iguales, uno aquí, uno en Bogotá y otro en Barcelona, y llevo siempre un disquete en el bolsillo".
Mientras habla, va bebiendo un refresco de cola, una adicción sólo superada por su necesidad de permanente contacto con las noticias e informaciones que le llegan por teléfono, internet, fax y correo –a menudo, de fuentes de primera mano– sobre la actualidad del mundo y, en especial, de su país, Colombia.
Reticente a hablar de su vida privada ("para eso ya está mi biógrafo oficial, el norteamericano Gerald Martín, quien, por cierto, ya debería haber publicado el libro, yo creo que está esperando a que me pase algo..."), cuenta que "este año 2005 me lo he tomado sabático. No me he sentado ante la computadora. No he escrito una línea. Y, además, no tengo proyecto ni perspectivas de tenerlo. No había dejado nunca de escribir, este ha sido el primer año de mi vida en que no lo he hecho. Yo trabajaba cada día, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, decía que era para mantener el brazo caliente..., pero en realidad era que no sabía qué hacer por la mañana".
- ¿Y ahora ha encontrado algo mejor que hacer?
- He encontrado una cosa fantástica: ¡quedarme en la cama leyendo! Leo todos aquellos libros que nunca tuve tiempo para leer... Recuerdo que antes sufría un gran desconcierto cuando, por lo que fuera, no escribía. Tenía que inventar alguna actividad para poder vivir hasta las tres de la tarde, para distraer la angustia. Pero ahora me resulta placentero.
- ¿Y el segundo volumen de memorias?
- Creo que no voy a escribirlo. Tengo algunas notas escritas, pero no quiero que sea una mera mecánica profesional. Me doy cuenta de que, si publico un segundo tomo, voy a tener que decir en él cosas que no quiero decir, a causa de algunas relaciones personales que no son muy buenas. El primer tomo, 'Vivir para contarla', es exactamente lo que yo quería. En el segundo, me encontré una cantidad de gente que tenía que aparecer, y que, caramba, no quiero que estén en mis memorias. No sería honrado dejarles fuera, porque fueron importantes en mi vida, pero no me caen simpáticos.
Aunque Gabo no da nombres, no podemos evitar preguntarle por Mario Vargas Llosa, el escritor peruano cuya amistad quedó cortada de raíz tras el puñetazo en público que éste le propinó, aquí en México, en el año 1976, a causa de un incidente personal cuyo esclarecimiento ellos han delegado en los biógrafos del futuro”. ¿No ve posible que, algún día, se produzca una reconciliación? En ese momento, su esposa, Mercedes Barcha, que ha entrado en el estudio hace unos minutos, responde con contundencia: "Para mí ya no es posible. Han pasado treinta años". "¿Tanto?", pregunta Gabo, sorprendido. "Hemos vivido tan felices estos treinta años sin él que no lo necesitamos para nada", asegura Mercedes, antes de matizar que "Gabo es más diplomático, así que esta frase pueden ponerla exclusivamente en mi boca".
Mientras habla, va bebiendo un refresco de cola, una adicción sólo superada por su necesidad de permanente contacto con las noticias e informaciones que le llegan por teléfono, internet, fax y correo –a menudo, de fuentes de primera mano– sobre la actualidad del mundo y, en especial, de su país, Colombia.
Reticente a hablar de su vida privada ("para eso ya está mi biógrafo oficial, el norteamericano Gerald Martín, quien, por cierto, ya debería haber publicado el libro, yo creo que está esperando a que me pase algo..."), cuenta que "este año 2005 me lo he tomado sabático. No me he sentado ante la computadora. No he escrito una línea. Y, además, no tengo proyecto ni perspectivas de tenerlo. No había dejado nunca de escribir, este ha sido el primer año de mi vida en que no lo he hecho. Yo trabajaba cada día, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, decía que era para mantener el brazo caliente..., pero en realidad era que no sabía qué hacer por la mañana".
- ¿Y ahora ha encontrado algo mejor que hacer?
- He encontrado una cosa fantástica: ¡quedarme en la cama leyendo! Leo todos aquellos libros que nunca tuve tiempo para leer... Recuerdo que antes sufría un gran desconcierto cuando, por lo que fuera, no escribía. Tenía que inventar alguna actividad para poder vivir hasta las tres de la tarde, para distraer la angustia. Pero ahora me resulta placentero.
- ¿Y el segundo volumen de memorias?
- Creo que no voy a escribirlo. Tengo algunas notas escritas, pero no quiero que sea una mera mecánica profesional. Me doy cuenta de que, si publico un segundo tomo, voy a tener que decir en él cosas que no quiero decir, a causa de algunas relaciones personales que no son muy buenas. El primer tomo, 'Vivir para contarla', es exactamente lo que yo quería. En el segundo, me encontré una cantidad de gente que tenía que aparecer, y que, caramba, no quiero que estén en mis memorias. No sería honrado dejarles fuera, porque fueron importantes en mi vida, pero no me caen simpáticos.
Aunque Gabo no da nombres, no podemos evitar preguntarle por Mario Vargas Llosa, el escritor peruano cuya amistad quedó cortada de raíz tras el puñetazo en público que éste le propinó, aquí en México, en el año 1976, a causa de un incidente personal cuyo esclarecimiento ellos han delegado en los biógrafos del futuro”. ¿No ve posible que, algún día, se produzca una reconciliación? En ese momento, su esposa, Mercedes Barcha, que ha entrado en el estudio hace unos minutos, responde con contundencia: "Para mí ya no es posible. Han pasado treinta años". "¿Tanto?", pregunta Gabo, sorprendido. "Hemos vivido tan felices estos treinta años sin él que no lo necesitamos para nada", asegura Mercedes, antes de matizar que "Gabo es más diplomático, así que esta frase pueden ponerla exclusivamente en mi boca".

Gabriel García Márquez, en el jardín de su casa, en México.
"Ya no me despierto por la noche asustado, tras haber soñado con los muertos de los que me hablaba mi abuela en Aracataca, y creo que eso tiene que ver con que se me acabó el tema”
Volviendo a su inédito periodo de inactividad, el Nobel aclara que "se me ha acabado el año sabático, pero ya encuentro excusas para prorrogarlo durante todo el 2006. Ahora que he descubierto que puedo leer sin escribir, a ver hasta dónde llega. Yo creo que me lo gané. Con todo lo que he escrito, ¿no? Aunque si mañana se me ocurriera una novela, ¡qué maravilla sería! En verdad, con la práctica que tengo, podría hacer una sin más problemas: me siento ante la computadora y la saco..., pero la gente se da cuenta si no has puesto las tripas. Ahí detrás de mí están encendidos todos los aparatos informáticos, listos para entrar en acción el día que se me ocurra. Me encantaría encontrar un tema, pero no tengo necesidad de sentarme a inventarlo. La gente debe saber que, si publico algo más, será porque valga la pena". "De hecho –comenta–, ya tampoco me despierto por la noche asustado, tras haber soñado con los muertos de los que me hablaba mi abuela en Aracataca, cuando era niño, y creo que eso tiene que ver con lo mismo,
con que se me acabó el tema".
Su último "tema", hasta el momento, ha sido "Memoria de mis putas tristes", novela corta publicada en el 2004 que millones de lectores en todo el mundo esperan que no sea el último estallido de su fuerza creativa. "Tampoco estaba en el programa –-revela ahora-–. En realidad, proviene de un programa anterior, había pensado en una serie de relatos en ambientes prostibularios, de ese tipo. Hace tiempo escribí cuatro o cinco historias, pero la única que me gustó fue la última, me di cuenta de que el tema no daba para tanto, de que lo que realmente andaba buscando era aquello, así que decidí prescindir de las primeras y publicar la última de manera independiente". Otro proyecto en el que andaba trabajando, y que quedó interrumpido, era la historia de un hombre que debía morir al escribir la última frase "pero pensé: 'a ver si te va a suceder a ti...'".
Gabo no parece vivir su parón creativo con ninguna congoja, sino con despreocupación típicamente caribeña. "Dejar de escribir no ha cambiado mi vida, ¡eso es lo mejor! Las horas que utilizaba para hacerlo no han quedado secuestradas por otras actividades enojosas".
El escritor nos muestra el gran muñeco amarillo que vimos al entrar: "Es una artesanía mexicana, regalo de Felipe González, que viene mucho por aquí". La conversación deriva entonces hacia su fascinación por el poder y los diferentes mandatarios y ex mandatarios que le visitan. "Como escritor, me interesa el poder, porque resume toda la grandeza y miseria del ser humano". Entre sus amistades, destaca a Clinton, "¿no le conocen ustedes? ¡Es un tipo estupendo! Yo no me lo he pasado tan bien como junto a él".
El sida es el gran tema que le preocupa ahora, es un hombre sinceramente alarmado y angustiado por el poco interés que las autoridades prestan a la extensión alarmante de la enfermedad por nuevas zonas, en especial por el Caribe. "No le hacen caso, pero nadie sabe más que él sobre ese tema".
con que se me acabó el tema".
Su último "tema", hasta el momento, ha sido "Memoria de mis putas tristes", novela corta publicada en el 2004 que millones de lectores en todo el mundo esperan que no sea el último estallido de su fuerza creativa. "Tampoco estaba en el programa –-revela ahora-–. En realidad, proviene de un programa anterior, había pensado en una serie de relatos en ambientes prostibularios, de ese tipo. Hace tiempo escribí cuatro o cinco historias, pero la única que me gustó fue la última, me di cuenta de que el tema no daba para tanto, de que lo que realmente andaba buscando era aquello, así que decidí prescindir de las primeras y publicar la última de manera independiente". Otro proyecto en el que andaba trabajando, y que quedó interrumpido, era la historia de un hombre que debía morir al escribir la última frase "pero pensé: 'a ver si te va a suceder a ti...'".
Gabo no parece vivir su parón creativo con ninguna congoja, sino con despreocupación típicamente caribeña. "Dejar de escribir no ha cambiado mi vida, ¡eso es lo mejor! Las horas que utilizaba para hacerlo no han quedado secuestradas por otras actividades enojosas".
El escritor nos muestra el gran muñeco amarillo que vimos al entrar: "Es una artesanía mexicana, regalo de Felipe González, que viene mucho por aquí". La conversación deriva entonces hacia su fascinación por el poder y los diferentes mandatarios y ex mandatarios que le visitan. "Como escritor, me interesa el poder, porque resume toda la grandeza y miseria del ser humano". Entre sus amistades, destaca a Clinton, "¿no le conocen ustedes? ¡Es un tipo estupendo! Yo no me lo he pasado tan bien como junto a él".
El sida es el gran tema que le preocupa ahora, es un hombre sinceramente alarmado y angustiado por el poco interés que las autoridades prestan a la extensión alarmante de la enfermedad por nuevas zonas, en especial por el Caribe. "No le hacen caso, pero nadie sabe más que él sobre ese tema".
de: Lucia Duque | 16/11/2008
Leer todo lo relacionado a Gabo es como revivir ese único encuentro de 1993 en Bogotá, nunca más lo he visto personalmente, pues hemos tenido diferentes rutas aunque coincidamos en las mismas ciudades del mundo; cumplimos años el mismo 6 de marzo y siempre brindo por su salud y optimismo, mis hijas lo saben, llevo 3 años intentando llegar a Él por un correo directo para contarle porque escribo MAKONDO con K.
















