04/06/2006

Rebeldía de Nobel. Wole Soyinka

El hombre que puso palabras a los sueños de África

Texto de Xavi Ayén
Fotos de Kim Manresa

Es difícil leerle en España, pero sus creaciones en todos los géneros literarios se encuentran entre las obras más importantes de la literatura contemporánea. Wole Soyinka vive en una Nigeria a la que critica sin miedo –sólo atento al peligro– por la falta de democracia real, por los negocios del petróleo que enriquecen al Gobierno y sus amigos, por el conflicto entre fundamentalistas de cualquier religión. Es un ídolo popular al que muchos llaman el Mandela nigeriano.

Soyinka es una estrella en su país. Cuando recorre el colorido mercado de Abeokuta, todos le dicen algo cariñoso, le hacen fotos con sus móviles y apartan obstáculos a su paso.

El periodista se encuentra en Oviedo, junto a Kim Manresa, en el majestuoso salón del hotel de la Reconquista, mirando su reloj con cierta inquietud. El premio Nobel nigeriano Wole Soyinka se aloja por unos días en este monumento nacional de la capital asturiana para participar en el día mundial de la Poesía, organizado por la Unesco y la Fundación Príncipe de Asturias, y queremos solicitarle su participación en esta serie de entrevistas del Magazine. Finalmente, llega y disculpa su retraso con una sonrisa: “Lo siento, estaba liberando rehenes”.
–¿Cómo? ¿Pero qué dices, Wole? –exclama Derek Walcott, uno de los poetas presentes en la mesa.
–La guerrilla del delta del Níger ha secuestrado a nueve occidentales, trabajadores de la Shell. Estaba haciendo gestiones por teléfono para que los suelten… No pongas esa cara, Derek, ya he conseguido liberar a seis, ahora sólo quedan tres. Pero también los liberaremos, ya verás…

Nigeria no es un país para aburrirse. Recordando aquel primer encuentro ovetense, en el avión que nos lleva de Londres hasta Lagos, un mes después, hojeamos la revista “The Week”, editada en la capital británica por exiliados nigerianos, que recoge, tras el titular “Muerte a los traidores”, fotografías de algunas de las cabezas que los rebeldes de la rica región petrolera del delta del río Níger han declarado objetivos. Con una esperanza de vida de unos 40 años, la población nigeriana, una de las más pobres del mundo pese a la enorme riqueza que el petróleo otorga a unos pocos, afronta problemas como el odio religioso, los muy deficientes servicios sociales, sanitarios e infraestructuras y una tasa de criminalidad disparada en zonas como Lagos, la ciudad más poblada de África, con casi 15 millones de habitantes. Volar allí para una entrevista literaria casi parece una  excentricidad.
tencia: parece que pudiéramos vivir todos del petróleo, petróleo, y nada más. ¡Es como si pudiéramos bebérnoslo!”.

La cita con el escritor es en un punto determinado de la carretera. Al vernos llegar, sale de su coche para recibirnos. Es alto, enérgico, y con una nube de algodón en la cabeza que le da un cierto aire de Einstein africano. Icono de la lucha por la democracia en su país, vive “un tercio del año en EE.UU., otro en Nigeria y el resto en aviones”.

Ha sufrido prisión, hostigamiento y penalidades diversas durante los diferentes regímenes políticos que ha tenido Nigeria desde que, en 1960, conquistó su independencia de Gran Bretaña. Nos abraza y anuncia: “Bienvenidos. Hoy iremos de excursión a Abeokuta”, la ciudad donde nació en 1934, a una hora y media de Lagos.

Charlamos de su nuevo volumen de memorias (tituladas algo así como “Debes emprender el camino al amanecer”), recién aparecidas en África y Estados Unidos, y que le han supuesto todo un reto profesional. “En la ficción –cuenta–, puedes matar a un personaje, enviarlo a otro sitio, que se ponga enfermo, se enamore… En la ficción soy Dios. Pero, aquí, uf...”

El libro es también una historia del país durante los últimos cincuenta años, e intenta explicar cómo una de las potencias petroleras del mundo puede ser a la vez líder en pobreza y carencias. “Hemos encadenado un gobierno militar tras otro. El petróleo nos ha hecho perder nuestro sistema productivo: las pequeñas industrias, como la agricultura, han sido abandonadas… El petróleo lo ha barrido todo, convirtiéndose en el centro de nuestro sistema económico. Y, como es un monopolio del gobierno, nuestro gobierno es el más rico del mundo. Pero la riqueza no traspasa el reducido círculo gubernamental. La gente ha perdido la costumbre de producir los medios para su existencia.

Soyinka se sienta ante el gran ventanal del estudio donde ha escrito la mayor parte de su obra. El bosque tropical le inspira, asegura.

"El petróleo nos ha hecho perder nuestro sistema productivo…Y como es un monopolio del gobierno, nuestro gobierno es el más rico del mundo"

Finalmente, llegamos a su casa, una mole de ladrillo rojo, de arquitectura moderna, que se alza en medio del bosque tropical de las montañas de Abeokuta, rodeada de vegetación por todas partes. “Cuando gané el Nobel, se me llenó la cabeza de dinero, tenía mucho más que el que habían acumulado varias generaciones de mi familia juntas, y quise crear una casa taller para escritores, donde pudieran venir a trabajar tranquilamente.”
Sin embargo, algunos sacos, herramientas e irregularidades en la superficie dan la idea de un edificio en construcción.  “Sí, los militares la arrasaron, pero la he estado reconstruyendo exactamente tal como era, idéntica. Lo registraron todo, creían que yo tenía la emisora de radio de la oposición democrática, pero no encontraron nada, je, je.”

La casa de Soyinka –diseñada por él mismo– se autoabastece de agua, gas y electricidad. “Tengo un generador eléctrico, placas solares, bombonas de gas y un pozo. No puedes fiarte de que el gobierno te lo suministre. El presidente Obasanjo dijo que tendríamos todos electricidad en dos años, ¡pero ahora han anunciado que eso no será hasta el 2056! No les interesa arreglarlo, porque el negocio de la venta de generadores es enorme, y circula mucho dinero en impuestos y comisiones.”
 
A pesar de lo precario del sistema (a ratos, la casa se queda a oscuras), la residencia, repleta de tallas que representan deidades tradicionales, tiene un subyugante aire de autenticidad. Soyinka nos muestra, con ilusión, el pequeño anfiteatro, “para que los artistas actúen”. Y, tras atravesar una estancia con montones de cajas de libros, llegamos a su estudio: una mesa ante una extensa ventana que permite observar todo el bosque circundante. Debemos hacer esfuerzos para escucharle y no ser atraídos por el frondoso paisaje que, por las noches, tal vez le dicte algunas de las historias africanas que escribe.

Mientras llena de líquido antiparásitos una máscara yoruba invadida por las termitas (“¡os mataré, bastardas!”, les grita a las intrusas), nos invita a probar un licor africano “muy parecido al orujo”, fruto de las cañas salvajes. La fuerza de voluntad de este hombre que ha reconstruido su casa tozudamente, se manifiesta en anécdotas como la del día en que, tras la invasión del ejército, volvió a las ruinas de lo que había sido su vivienda y “me encontré un montón de minúsculos murciélagos que se habían adueñado de todo, ¡había más de cinco mil! Poco a poco, los fui sacando o eliminando”.

Este estudio forma parte de una casa que los militares derruyeron y el Nobel reconstruyó piedra a piedra. Soyinka quiere que sea casa de escritores y otros artistas.

"Desde niño me encantó la riqueza de las diferentes religiones… Metáforas del intento de los hombres de manejarse con el vasto y desconocido universo”

Ogún, el dios de Soyinka
Ogún es el dios de Soyinka. Como buen yoruba, ha escogido uno de entre la gran cantidad de deidades disponibles. Los yorubas son el 21% de la población del país, se dedican a la agricultura doméstica y han dado algunos de los artistas más importantes de África. Formando parte de las masas de esclavos, se expandieron por países como Cuba (donde originaron la santería) o Jamaica.

La pacífica y tolerante filosofía yoruba sobrevive en un país golpeado por la violencia. “Tenemos fundamentalistas tanto cristianos como musulmanes –se lamenta el escritor–, cuyo objetivo es destruir al otro. Los dos monoteísmos creen que su fe es superior a las otras. Periódicamente, tenemos matanzas en aldeas, destrucción de objetos sagrados… Me entristece porque, desde niño, me encantó la riqueza de las diferentes religiones y las relaciones que se establecían entre ellas. Me levantaba para ir a la escuela cristiana oyendo el canto del muecín en la mezquita y, por el camino, veía los exuberantes desfiles de las religiones tradicionales africanas: esa atmósfera de carnaval con personajes tan atractivos como la diosa de los ríos… Todo eso era para mí lo mismo: metáforas para expresar el intento de los hombres de manejarse con el vasto y desconocido universo. Lo yoruba sobrevive, es imposible erradicarlo. La radio ha ayudado mucho a continuar la tradición oral.”

–¿Cómo es Ogún, su deidad protectora?
–No soy un beato ni un adorador. No es bueno serlo. Pero el personaje de Ogún es el dios de las carreteras y los caminos, muy importantes en mi vida, y representa la naturaleza contradictoria y dual de los seres humanos, que somos a la vez destructivos y constructivos. Para mí fue una liberación reconocerme en sus características. Ogún es bastante beligerante, o, mejor dicho, se carga de energía en los momentos de problemas, coge de ahí su fuerza. Es el dios de los que amamos la soledad. Y es también un líricoy un cazador.”

La yoruba “no es una religión arcaica, se actualiza constantemente, integrando las nuevas realidades: en su día la colonización, y hoy, las tecnologías”. Al premio Nobel le fascina la similitud entre los dioses de la Grecia clásica y los yorubas: “Me sorprendió descubrir que tenemos el mismo panteón. En ambos casos, hay muchas deidades, especializadas cada una en temas muy concretos, y se comportan de una manera muy humana, cometen errores garrafales, son deshonestos, libidinosos, brutos… Representan la cara y la cruz de nosotros mismos”.

Soyinka nos lleva a dar un paseo por la antigua escuela a la que fue de niño. Quedan las cuatro paredes del edificio, que parece a punto de caerse, y algunos pupitres y una vieja pizarra. Se sienta en el mismo lugar en que solía hacerlo, pone cara de niño sorprendido por el profesor en una travesura, y le vienen los recuerdos de “aquel primer día de clase, solo tenía dos años y medio, no me correspondía asistir al colegio todavía, pero una mañana seguí a mi hermana mayor hasta aquí… y ya me quedé”.

Acompañados por el canto del muecín, que se extiende como un viento suave, subimos a las rocas de Abeokuta, actualmente una atracción turística (algo paradójico en un país que, pese a los esfuerzos del gobierno, aún no tiene turistas). “En estas rocas –explica el escritor– se escondían los guerrilleros, y desde ellas lanzaban sus ataques.” En lo alto, se divisa la ciudad al completo.

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