12/11/2006

Rebeldía de Nobel. Gao Xingjian

"Yo soy un fugitivo, no un héroe"

Texto de Xavi Ayén
Fotos de Kim Manresa

La casa parisina de Gao Xingjian es lo más parecido a un laboratorio individual de la creatividad que estos periodistas han visto. Ningún otro premio Nobel de Literatura de los que han desfilado por esta serie de entrevistas toca tantas teclas como este chino afincado en Francia desde los años 80. Teatro, ópera, cine, pintura, danza, poesía, novela… no hay género creativo que escape al interés de Gao, cuya sencillez, sin embargo, lo aleja de la imagen de “artista renacentista” que desprende la exuberante diversidad de su obra.

Gao toma una taza de café en uno de los establecimientos que suele frecuentar junto a las galerías comerciales de Les Halles.
“No hago vacaciones ni me detengo los fines de semana. Ya perdí mi juventud en China y tengo que trabajar intensamente, me quedan muchas cosas que decir”
Gao Xingjian habita desde el 2002 un piso de paredes y molduras blancas en una pintoresca calle parisina en el barrio de Les Halles, a medio camino entre el Louvre y el Pompidou. Es una casa con pocos elementos decorativos, que parece ideal para la práctica de la meditación. En el salón, minimalista, y ante una taza de té con limón servida por su joven esposa, el escritor se lamenta: “Antes trabajaba sin descanso, desde que me levantaba hasta muy tarde, casi no dormía. Pero he tenido graves problemas de salud, me han operado dos veces, y me he visto obligado a prescindir de las noches para crear. Ahora me despierto bastante tarde, desayuno y no empiezo hasta las 10 de la mañana, ya sea aquí o en mi estudio. A mediodía, paro para comer y, después, vuelvo a trabajar hasta las seis de la tarde. Entonces salgo a pasear, hasta el Palais Royal si llueve o, si hace buen tiempo, a los jardines de las Tuileries. He perdido, por lo menos, tres horas de trabajo al día. Y duermo diez horas. Pero no hago vacaciones ni me detengo los fi nes de semana. Ya perdí mi juventud en China y ahora tengo que trabajar intensamente, me quedan muchas cosas que decir”.

Pasamos a la sala de montaje digital, donde, ilusionado, nos muestra algunos fragmentos de “La silhouette sinon l’ombre” (“La silueta o la sombra”), su primera película como director, cuyo preestreno tuvo lugar a finales del pasado junio en Marsella. En pantalla vemos una mujer de espaldas (su esposa) con una larga cabellera y la espalda descubierta, unos cuadros enormes, oímos una voz que lee poemas, vemos balancearse a un hombre ahorcado… Su autor intenta explicarse: “No es biográfico, no es documental, tampoco una ficción, no se sabe bien qué es… Una fábula de nuestro tiempo. Siempre tuve proyectos de cine que no llegaban a buen puerto porque los productores querían hacer una película distinta a la que yo les proponía. Pero esta sí es 'mi' película”.

El filme –en el que Gao ha trabajado durante tres años– integra varias imágenes de sus creaciones: la espectacular ópera “La neige en août” (“La nieve en agosto”), con más de cien personas en escena –que mezcla acrobacia, danza y prestidigitación–, una obra de teatro, una exposición… El filme va variando del blanco y negro (para las escenas de reflexión) al color saturado (para la acción). “Es una obra poética –explica– sobre el proceso creativo de un artista…, y también aparece mucho la muerte.”
Gao cuelga una de sus acuarelas en un plafón situado en una de las salas de trabajo de su casa. 
Atmósfera zen
Sobre la atmósfera zen que planea en las habitaciones de su vivienda, reconoce, mientras se pone el abrigo para salir, que “sí, aquí practico la meditación, es algo imprescindible para mí en este mundo tan acelerado. Soy ateo, pero respeto lo desconocido, me quedo observando un objeto, intentando tener una visión lúcida de su naturaleza. Es difícil, no siempre se consigue la serenidad…”.

Paseamos, durante quince minutos, desde su piso al estudio que tiene en las proximidades, con una breve parada ante la casa donde murió Molière. Las calles del viejo París, salpicadas de talleres de ropa, colmados, terrazas, galerías y artesanos, parecen teñir de felicidad el rostro de Gao. “Bonito paseo, ¿verdad?”, dice antes de abrirnos la puerta de su estudio, un loft en el que, sobre todo, pinta obras de gran formato y, a veces, proyecta películas en una pantalla gigante.

De las paredes de esta antigua fábrica cuelgan grandes manchas negras. Son sus cuadros. En los últimos años, no utiliza otro material que no sea la tinta china. La pintura no es, para él, una mera distracción; de hecho, hasta que obtuvo el premio Nobel –en el año 2000–, se ganaba la vida vendiendo acuarelas (y el día en que le concedieron el más preciado galardón literario del mundo, el portero de su finca declaró a los periodistas: “No, aquí no vive ningún escritor, ese señor que buscan es pintor”). “En mi juventud –explica–, mi modelo eran los pintores occidentales al óleo. Pero, tras mi primera visita a Europa, en 1978, al ver todas las obras de los grandes maestros, empecé a replanteármelo. En China, la pintura al óleo no tiene tradición; sin embargo, la acuarela posee más de 1.000 años de historia, pero está muy codificada, hay poco margen creativo. Sólo es ahora, tras treinta años de tentativas, cuando empiezo a encontrar mi voz: utilizo los materiales tradicionales chinos, la tinta y el papel, pero sin pintar al modo clásico. Intento trasladar a los modos orientales la luz de la pintura occidental, la perspectiva, con otro tipo de profundidad, algo más espiritual y mental, no una representación geométrica de la realidad.”

El método de trabajo de Gao es, en sí mismo, un espectáculo. Utiliza siempre música y la escoge cuidadosamente según la labor que tenga pensado acometer: “Me hace concentrar, crea un ambiente de tensión y un ritmo interior. Me importa mucho que sea la idónea, soy muy exigente con eso: escojo bien el compositor, el fragmento… El trabajo preparativo es sagrado: creo el ambiente que me favorece. Si hago literatura, el primer borrador es siempre oral, me grabo en varios magnetófonos para escucharme luego y cazar los sonidos que me gustan. Pero, en la pintura, el gesto viene del cuerpo, por eso pinto siguiendo la música”.

En los muros, descubrimos algunas manchas rojas y amarillas, como salpicaduras de alegría que hubieran desbordado el cuadro en algún momento culminante de su baile-composición. A diferencia de aquellos escritores que ven en la profesionalización de su tarea la mayor garantía de independencia, Gao opina que “si un escritor toma su trabajo como un modo de vida, está obligado a someterse al mercado. Para vivir, se pueden hacer muchas otras cosas: de periodista, profesor, traductor… y con ellas, pagarse el lujo de ser independiente”.

–¿El mercado puede convertirse en algo tan totalitario como un régimen político dictatorial?
–El artista afronta dos presiones constantes. Una, la del poder político, que impone su criterio, obliga a seguir sus consignas y a defender los intereses de un partido. Se entrena a los intelectuales a pensar de una determinada manera, por eso a mí me hace reír que algunos digan que defienden ‘una causa’, cuando se limitan a obedecer. Hace falta ser muy sólido interiormente para mantener una actitud y un punto de vista propios enfrente del poder. A eso se añade otra presión contemporánea: la del mercado, que, desde la globalización, lo ha invadido todo, convirtiendo cualquier cosa en un producto de consumo.

Pero la literatura tiene unos valores que van más allá de lo comercial, porque es un instrumento para conocer profundamente lo que significa ser humano. La literatura no debe ser un medio para conseguir otra cosa. El artista jamás ha salvado al mundo, como mucho se realiza a sí mismo, expresando su interior.

Gao ha sido víctima de la Revolución Cultural (1966-1976), que lo confinó en un campo de “reeducación” en el que tenía prohibido escribir. “Lo hacía igualmente –confiesa, mientras nos conduce a uno de los cafés que frecuentaba de recién llegado–, escondía los textos en macetas y las enterraba bajo tierra, cavando en el suelo de mi habitación. Lo enterraba todo y, cuando se acumulaban demasiadas macetas, las quemaba, y volvía a escribir la misma historia. Escribía, enterraba, quemaba… Tuve que destruir toda mi obra. Han desaparecido kilos y kilos de papeles, pero no tenía otra opción.”
La esposa de Gao Xingjian –musa de su recién estrenada película– sirve té en el salón del piso que ambos comparten en el centro de París. 
Prohibido en China
La liberalización de los años ochenta le permitió publicar diversos libros en su país, aunque con numerosos encontronazos con la censura. Uno de ellos fue tan sonado –su obra “Parada de autobús” fue considerada por las autoridades “la más perniciosa en la historia de la República Popular”– que, ante el rumor de que iban a encerrarlo en una granja-prisión, huyó a los bosques del sudoeste, recorriendo durante cinco meses la “China profunda”, plagada de leyendas, cuentos, canciones, fiestas, costumbres populares y personajes que se convirtieron en el material que nutriría su obra maestra, “La montaña del Alma”, una “ficción autobiográfica” que le ocupó durante siete años (en total, para recoger más sensaciones, acabó realizando tres viajes, el más largo de ellos, de 15.000 kilómetros). Pero ningún habitante de China puede leerle. “Estoy estrictamente censurado –comenta resignado–, todos mis libros están prohibidos, ni siquiera se puede pronunciar mi nombre o citarme en un discurso o artículo. Nada ha cambiado con la economía capitalista ni con el premio Nobel. Al contrario, son incluso más estrictos: ahora también han censurado mi nombre en los sitios de internet. La última vez que pisé China fue a fi nales de 1987, cuando me fui.”

Con una sonrisa triste, Gao recuerda que “los editores franceses me sugirieron cambios en ‘La montaña del Alma’, nadie quería traducirla, todos los grandes sellos la rechazaron. Me dijeron que había que quitarle 200 páginas. ‘Si no la publican, peor para ustedes’, les respondí. El mismo Gallimard me dijo: ‘Es un gran libro, pero simplemente por razones financieras, no puedo editar una novela tan extensa de un autor desconocido’. Finalmente la publicó L’Aube, un pequeño editor. Poco después, también tuve problemas en EE.UU., pues, para estrenar mi obra teatral sobre Tiananmen, me pidieron cambios para hacerla más propagandística. También me negué a cambiar nada y, finalmente, tuve que estrenar la obra en Suecia”.

China ya ha superado a Francia –el país del que Gao tiene ahora pasaporte y donde se ha “liberado de la perniciosa idea de patria”– como la cuarta potencia económica mundial. Un día, podría ser la primera, ¿qué sensación le produce esa idea?, le preguntamos al pasar frente a la estatua ecuestre de Luis XIV de la plaza Victoires. “Sería bueno para la población china, pero, al mismo tiempo, lo inquietante es el ascenso del nacionalismo que supondría.” ¿Cómo ve, por cierto, la crisis de la “banlieue” francesa, en la que él vivió durante unos años? “Francia sufre un cuestionamiento profundo de ella misma, pero los intelectuales no afrontan el tema de cara, todo se queda en la superfi cie. Seguimos demasiado infl uenciados por el marxismo y creemos que progresamos, pero eso no sucede necesariamente.”
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