GÜNTER GRASS
"No quiero que nadie me excuse: fui de las S.S."
La polémica originada el pasado verano por la publicación de sus memorias de juventud ha dejado huella en Günther Grass, premio Nobel en 1999. Ahora publica los poemas que escribió cuando las críticas no le dejaban dormir mientras se reafirma en su decisión de hablar del pasado sin tapujos. La entrevista forma parte de la serie del Magazine dedicada a los Premios Nobel de Literatura.

Günter Grass, en el jardín de su casa museo en Lübeck, con algunas de sus esculturas.
El suave traqueteo del tren y un sol radiante que se filtra a través de la ventanilla predisponen a algunos pasajeros al sopor. Justo al llegar a Lübeck, abren los ojos con un leve sobresalto y sonríen, como si hubieran aterrizado en un cuento de hadas de los hermanos Grimm. El casco antiguo de esta ciudad, con la imponente puerta Holstertor de ladrillo rojo, parece el escenario perfecto para Cenicienta, su príncipe y otros personajes de fábula medieval. Lübeck, construida en la segunda mitad del siglo XIII, es patrimonio de la Humanidad desde 1987, y sus habitantes presumen de haber inventado el mazapán, así como de tres personalidades ilustres: sus hijos naturales Thomas Mann y Willy Brandt, y uno adoptado, el premio Nobel Günter Grass.
Günter Grass vive, en realidad, a unos 25 kilómetros, en la pequeña Behlendorf, pero también tiene casa en Lübeck. Una amplísima casa-museo, con una extensa parte destinada a los visitantes y una buhardilla, más reducida, que es su territorio particular. De hecho, Grass es un ferviente admirador del político socialdemócrata Willy Brandt (1913-1992), a quien le escribió muchos discursos, y también del escritor Thomas Mann (1875-1955), una de sus grandes influencias, quien también obtuvo el premio Nobel de literatura (en 1929, setenta años antes de que lo hiciera el propio Grass). Lübeck es, así, un polo del turismo literario europeo, con dos imanes principales: la Casa Buddenbrook -un auténtico templo consagrado a la familia Mann, que vivió en ella- y la de Grass, inaugurada en el año 2002. Un completo merchandising local acentúa el culto al escritor: piezas de madera para aguantar libros, tazas, llaveros... incluso botellas de vino Günter Grass, con la etiqueta dibujada por el propio escritor.
Nuestro primer contacto con él se produce en el jardín de su casa-museo, a la sombra del enorme “Pleuronecto”, una de sus esculturas gigantes que salpican este espacio al aire libre. El escritor es, también, un productivo artista plástico (como el chino Gao Xingjian) y buena parte de las instalaciones está destinada a mostrar sus dibujos y esculturas, casi siempre relacionados con temas de sus libros. Junto a dos cabezas humanas que emergen de la grava, nos cuenta que “esa señora con tres pechos que ven ahí, por ejemplo, refleja la diosa Aya, que alimentaba a los pescadores con sus ubres y aparece en mi novela 'El rodaballo'. Después de un libro, suelo esculpir: en comparación con la literatura es algo tonto, mecánico, no necesitas el cerebro, que te puede incluso molestar. Aquí organizamos muestras de otros escritores-artistas: los dibujos de Hermann Hesse u Otto Pankok, las acuarelas de Goethe...”.
Subimos con él varios pisos por una estrecha escalera que conduce a un desván en penumbra, donde unas vigas de madera pintadas de azul celeste dan un toque de color. Grass se sienta junto a una amplia mesa, para encender tranquilamente su pipa. Unas escalerillas metálicas conducen todavía a un altillo, que imaginamos último refugio del artista. En el alféizar, reposan otras dos esculturas suyas, éstas de arcilla: dos bailarines entrelazados y una cabeza de la que brota un falo. Al otro lado de la ventana, entre casas de ladrillo rojo, desfila un grupo de niños, todos con un violín en la mano.
En una especie de atril descansa una máquina de escribir de las de antes, con cinta de colores. Una autentica Olivetti-Letera, sus favoritas. “¡No, no es una pieza del museo! ¡Yo las utilizo! Tengo varias: una en mi casa de Portugal, donde paso el invierno, otra en la isla danesa de Mon, para el verano, y otra en Behlendorf. Están en una posición elevada porque yo escribo siempre de pie. Para mí, escribir no es tan diferente de pintar o esculpir; escribo en bruto, como si trabajara con arcilla: introduzco irregularidades en el manuscrito y luego las voy moldeando”.
En las estanterías se amontonan libros, papeles, carpetas y clasificadores, en un aparente desorden. Hay una pelota de fútbol con frases de escritores alemanes sobre este deporte. Grass mantiene la pipa en la mano, pero se le apaga a menudo, lo que refuerza la idea de que se trata más de una cuestión estética que de otra cosa. En la pared, hay varios cuadros suyos.
El autor de “El tambor de hojalata” ha recuperado la energía. Un amigo suyo nos confesó, unos días antes, que el escritor “había sufrido mucho” con la polémica originada cuando sus memorias de juventud, “Pelando la cebolla”, fueron publicadas en Alemania, el pasado verano. Las fuertes críticas consiguieron, entonces, abatirle anímicamente.
Los hechos que narra en el libro no ofrecen lugar a dudas e interpretaciones: “Milité en las juventudes hitlerianas -nos recuerda ahora-. En la guerra, me presenté voluntario para el ejército, quería ir a un submarino. Pero fui destinado a las SS, los temibles cuerpos de elite del nazismo. En mi caso, no disparé un solo tiro, solamente entre en acción dos veces y fui herido y hecho prisionero por los norteamericanos. Ir a las SS no me causó ningún susto o desconcierto. No tengo disculpa y ese es mi oprobio: creí en el Führer, creí en la Victoria Final de Alemania. Desde los 12 años viví el nazismo con fascinación y deslumbramiento: los jóvenes nos dejamos seducir. De los crímenes de las SS sólo tuve conocimiento después de la guerra, fue algo muy penoso. Pero que nadie se esfuerce: no existe ningún atenuante, no se puede empequeñecer lo que hice diciendo que fue una tontería juvenil”. Grass tiene todavía esquirlas de metralla que le impiden lanzar piedras con el brazo derecho, como un recuerdo físico, permanente, del horror.
Escuchando la dureza con que Grass habla de sí mismo, uno se pregunta: ¿por qué la prensa alemana se encarnizó con él? En realidad, no fue por lo que contaba (una experiencia bélica que compartieron millares de compatriotas suyos), sino porque algunos comentaristas consideraban que alguien con semejante pasado no estaba legitimado para haber actuado tan a menudo, como hizo Grass, de “caza-nazis” y de crítico feroz de los personajes de la vida pública con un pasado político en el Tercer Reich. “¿Cómo se atreve a habernos dado lecciones durante tanto tiempo?”, le dijeron, en letra impresa, diarios de varias tendencias políticas.
Grass, combativo, tiene interés en aclarar algunos aspectos de la polémica: “Primero, no 'confesé' de repente ahora lo de las SS. Nunca presumí de antifascista, nunca callé que fui voluntario en la guerra. Y, hasta los años 60, siempre, cuando me preguntaban, yo admitía que había estado en las SS. Luego, cada vez me costó más aceptar esa parte de mi pasado, me lo quería ocultar a mí mismo por vergüenza. Yo sabía que en algún momento volvería sobre eso... Sí, lo hice tarde pero, a la vez, nunca es tarde para esas cosas. Lo que no quería, de ningún modo, es maquillarlo”.

Con la pelota que le regalaron en el pasado Mundial de fútbol celebrado en Alemania, en el que fue comentarista, y que lleva grabadas frases de escritores famosos
“¿Quiere saber de lo que realmente me culpo? No es de haber callado durante 40 años algo que ya había dicho antes. Lo que más me duele -y, curiosamente, nadie me ha criticado por ello- es todo lo que no hice y podría haber hecho durante aquella época: cuando a un tío mío lo fusilaron, muy al principio de la guerra, cuando se llevaron a un compañero de clase y a un maestro de mi escuela, cuando un soldado que era testigo de Jehová y se negaba a coger el fusil también desapareció... Yo no moví un dedo por nadie, ni siquiera hice preguntas, no quería verlo, no quería saber. Mataban gente que conocía, o los llevaban a campos, y yo miraba hacia otro lado. ¿Se da cuenta? Ése es el dolor más grande que tengo, un dolor que ya no me abandonará jamás”.
-Algunos dicen que ya no es usted el referente moral de los alemanes.
-Estoy encantado de no serlo. La prensa me adjudicó graciosamente el título de 'conciencia de la nación', como antes habían hecho con Heinrich Böll, pero yo, simplemente, lo unico que he hecho siempre es hacer uso de mi derecho a la libertad de expresión. Ahora, la misma prensa, en una campaña atroz de linchamiento, ha roto ese título que me dio. Es una alegría.
-Pero ¿qué hay de sus críticas a los políticos, jueces o militares que tuvieron un pasado nazi?
-Eran políticos adultos que ocuparon puestos claves dentro de destacadas organizaciones del poder nazi, en algunos casos traicionando a la república democrática anterior: un alto funcionario del departamento de propaganda, un promotor de las leyes de raza... ¿Eso es lo mismo que un chaval, como yo, que tenía seis años cuando Hitler subió al poder? ¿Eso me impide criticar a un viejo nazi como Kiesinger? ¿Por qué? Hoy se publican muchas autobiografías, como la del historiador Joachim Fest (fallecido recientemente), donde todos se declaran antifascistas. Pura invención. Mire, a mi tío Franz, que era cartero y no se metía con nadie, lo ordenó matar un juez militar que continuó ejerciendo después de acabada la guerra. Mi tío dejó mujer y cuatro hijos de mi edad.
A ese tipo de personajes los seguiré criticando siempre.
-¿Tanto le afectó la lluvia de críticas?
-“Me pilló en mi casa de Dinamarca. Estaba dibujando, como hago siempre que acabo un libro, y lo seguí haciendo, además de ponerme a escribir poemas sobre todo el follón. No podía dormir, pero la poesía y el dibujo me ayudaron y, en los momentos más duros de insomnio, me entregué a la relectura de 'Tristam Shandy', el clásico de Laurence Sterne, que me calmó muchísimo, ¡es increíble lo terapéutica que puede ser una obra maestra de la literatura, en este caso tan divertida! Me devolvió la sonrisa...” De los poemas que escribió ha surgido el libro “Dumme August», recién aparecido en Alemania y que puede traducirse como «Tonto gosto» (el mes en el que la polémica fue más intensa) o como «Augusto el tonto», por el payaso de cara blanca en las funciones de circo, que recibe los ataques de los otros.
En su libro, hay una anécdota que merecería ser cierta: Grass sostiene que coincidió en el campo de prisioneros con un joven Joseph Ratzinger, el actual papa Benedicto XVI. “Los hechos probados son los siguientes -explica-: Ratzinger fue hecho prisionero en el campo de Bad Aiblingen, el mismo en el que estuve yo en la misma época. O sea, es cierto que coincidimos en ese campo. Y yo conocí allá a un bávaro llamado Joseph, de mi misma edad, cuya aspiración era hacer carrera en la jerarquía eclesiástica. Lo estoy viendo ahora mismo: los dos teníamos piojos, jugábamos a dados y masticábamos comino de la misma bolsa, para distraer el hambre. Él me intentaba convencer de que volviera al catolicismo, con una voz queda y algo fanática, pero yo le decía que quería ser artista. Le hablaba de mujeres, pero él no quería saber nada de eso. Tenía esa manera suave, penetrante, de hablar de los que están persuadidos de tener una creencia verdadera. No dejaba de explicarme que la Inmaculada Concepción era un hecho real. Yo le replicaba hablando mal de la virgen y enumerándole todos los instrumentos de tortura con los cuales se había hecho sufrir a gente en nombre de su venerada Madre de Dios. Él, impertérrito, bajo la lona, me leía textos piadosos en voz baja, de un librito encuadernado en negro, y yo pensaba: 'Madre mía, ¡este tío no llegará a nada en la vida!'. Unos periodistas alemanes indagaron en el Vaticano, y la respuesta de la Santa Sede ha sido que eso se trata de 'un asunto privado'”.En el pasillo de la planta baja, una exposición repasa la biografía de Grass, con profusión de fotografías antiguas. En ellas, le vemos con aspecto de leñador: alto, joven, fuerte, con la cara despejada y un prognatismo (mandíbula salida) que los años y el bigote han suavizado claramente. Algo de la virilidad de aquel muchacho permanece en los ataques a la prensa alemana que ahora profiere Grass. “Antes, en mi país, existía una diferencia entre el 'Frankfurter Allgemeine Zeitung' y el 'Bild', pero ahora el sensacionalismo se ha vuelto una costumbre incluso en los diarios que se llaman serios”.

El tema central de su libro “es la falsedad de la memoria. Cómo nuestros recuerdos siempre mienten: cambian el orden de los hechos, dan sentido a lo que no lo tuvo, embellecen, dignifican... Por eso me limito a lo que hice, a los aspectos concretos, lo objetivo. No quiero divagar-inventar sobre mis pensamientos”.
-¿Por eso habla de la violación de su madre por soldados rusos sin asombro de odio?
-Cuento lo que sucedió. Sólo supe por mi hermana que la habían violado varias veces. Mi madre protegió a mi hermana, que tenía 14 años, diciendo a los soldados: “Cójanme a mí, dejen a la muchacha en paz”. ¿Podía haberlo explicado de otra forma? No lo sé.
-¿No recuerda haber odiado nunca?
-No. Para mí, el enemigo era una idea abstracta. Éramos muy jóvenes y nuestra fuente de información era la propaganda. Yo quería huir de mi familia, que me agobiaba, del piso donde vivíamos todos en una sola habitación y del wáter que compartíamos en el entresuelo cuatro familias, quería abandonar la pobreza. Soñaba con ser un héroe de guerra, hundir barcos, hacer explotar tanques enemigos y derribar los aviones aliados que perpetraban ataques terroristas. Llevar uniforme atraía las miradas y reforzaba mi yo interior. Cuando no lo llevaba sentía vergüenza de mis pantorrillas y calcetines.
-¿Mató a alguien?
-Nunca busqué una diana con el visor, nunca apreté el gatillo, pero solamente viví una semana de plena guerra en el campo de batalla. Tampoco fue por ningún mérito especial.
Sacude la pipa en el cenicero antes de volver a llenarla de tabaco y recordar que “siempre le prometí a mi madre que sería un artista famoso. No pensé en ella cuando me dieron el Nobel, ya muy mayor, pero sí cuando leí fragmentos de 'El tambor de hojalata' y los colegas escritores me dieron un premio de 4.500 marcos, algo muy importante, mucho más que el Nobel porque entonces vivía en París, era muy pobre, escribía en un sótano infecto que me hizo coger una tuberculosis, y esa cantidad me permitió seguir escribiendo. Fue sólo cuatro años después de la muerte de mi madre y ahí sí me hubiera gustado que estuviera presente”.
Algo que le debe a su madre es, por ejemplo, “que me nombrara cobrador de las deudas del colmado familiar. Como no tenía paga, y en cambio sí recibía una comisión de lo que conseguía cobrar, desarrollé una habilidad especial para conseguir que la gente me aflojara el dinero, y eso después me ha servido para mostrarme intransigente con los editores. Por otro lado, esa misma vivencia ha dado riqueza a mi literatura: entré en muchos pisos ajenos y he aprendido cosas interesantes sobre todos los estratos sociales, eso ha sido un material impagable para mi obra posterior”.
Pero ese Grass que se sienta directamente a negociar con su editor alemán -a quien imaginamos más acongojado que los morosos del colmado de su familia- no se limita a pedir más dinero para él. “Desde los años 70, por ejemplo, impuse a mi editor que, cada vez que yo escribo un nuevo libro, financiara un encuentro en Alemania de todos mis traductores a otras lenguas, convivo con ellos varios días, les explico los entresijos de la novela y del lenguaje que la acompaña, y ellos me comentar sus dudas... le aseguro que la calidad de mis traducciones ha mejorado notablemente. Me extraña muchísimo que esto no se haya extendido”.
Cuando Grass contempla la bahía de Lübeck, al fondo, se acuerda de aquel testigo de Jehová que no quería empuñar un arma durante la guerra. “Al publicarse mi libro, me vino a ver una mujer que conocía su historia completa y me la contó: había coincidido con él como prisionera en el campo de concentración de Danzig. No solamente sobrevivió a ese campo sino que fue embarcado en una nave de prisioneros, huyendo de los rusos, que atracó ahí, en la bahía de Lübeck. El barco estaba atestado de prisioneros, de varios campos, y unos aviones británicos lo bombardearon por error... ¡pero él también sobrevivió!”. El mismo Grass salvó la vida por casualidad, al no saber montar en bicicleta y no acompañar a sus compañeros en una huida en la que fueron abatidos por los disparos enemigos. “Jamás aprenderé a ir en bici, se lo aseguro, mis hijos lo han intentado pero...”. “Tengo seis hijos -aclara-, dos de los cuales son de mi mujer actual, Uta, ¡y 16 nietos! Todo en mi vida es épico, ja, ja. Los hijos hacen su camino y se equivocan o no sin seguir los consejos de sus padres pero, en cambio, ya tengo tres nietos que intentan escribir”, comenta con orgullo.
De repente, una voz severa interrumpe el discurso de Grass, que da un respingo:
-¡Señor, aquí no se puede fumar!
Es el portero, uniformado en gris, del hotel Palace de Madrid, donde, unas semanas después de nuestro primer encuentro en Lübeck, hemos continuado la conversación. Grass apaga su pipa mientras murmura una frase en alemán que, a nuestros oídos, suena algo así como “brrr... polizei!”. Nos explica que “por una enfermedad arterial, me convertí en fumador de pipa a mediados de los 70, antes liaba cigarrillos. Ahora no puedo separarme de ella, sólo la dejo de usar cuando modelo arcilla”.
















