08/01/2006

Rebeldía de Nobel. José Saramago

Lisboa y el mundo, en palabras de Saramago

Texto de Xavi Ayén
Fotos de Kim Manresa
Con un recorrido por las calles de Lisboa guiado por José Saramago, el Magazine empieza una serie en la que premios Nobel de Literatura de todo el mundo mostrarán los escenarios en los que transcurren su vida y su obra. 
José Saramago contempla Lisboa desde un mirador. 
La nueva casa de José Saramago, en un discreto barrio del centro de Lisboa, es amplia, austera y tiene nombre: se llama Blimunda, como el prodigioso personaje que en su novela "Memorial del convento" posee la capacidad de ver a través de la piel. Nos recibe en la puerta, bajo la llovizna, su esposa, la periodista granadina Pilar del Río, quien hace las presentaciones: "José, estos son los señores que van a ser tu sombra durante tres días". "Ah, encantado -responde el premio Nobel de Literatura de 1998, que se acaba de despertar de la siesta-, ¿saben que, el día del Libro, desde Barcelona, compré esta casa sin verla?".

Mientras Pilar sirve un té en la modesta pero acogedora cocina, nos aclara que "nos fiamos de unos amigos que la habían visto, tanto que incluso se nos olvidó preguntar el precio, y cuando le dijimos al vendedor que el comprador era Saramago, se le puso la piel de gallina. '¡La casa se llama Blimunda!', nos dijo. Era un fan de José, e incluso le había invitado una vez a su barco para observar delfines". "Queríamos volver a tener un lugar nuestro en Lisboa -explica el escritor-, se van equilibrando poco a poco los tiempos que paso entre Portugal y España y, aunque Lanzarote siga siendo mucho más fuerte, he sentido la necesidad de restablecer mi vínculo afectivo con Portugal." 

Saramago se peleó con su país en 1992, cuando el gobierno portugués vetó "El Evangelio según Jesucristo" -muy crítica con la Iglesia católica- para que no pudiera presentarse a un premio literario europeo. Al año siguiente, se trasladó a Lanzarote, donde aún reside. El próximo 22 de enero, Portugal celebra elecciones presidenciales, y el Nobel contempla con auténtica preocupación la posibilidad de una victoria de Anibal Cavaco Silva, el candidato único de la derecha: "No he olvidado lo que me hicieron. Cavaco Silva era el primer ministro del gobierno que me censuró. Suponiendo que llegara a presidente, yo no tendría ningún motivo para mantener relaciones con él, ni siquiera institucionales".

José y Pilar prodigan los gestos de afecto, son de esas parejas que se cogen de la mano y no dudan en besarse con pasión en la calle. Unidos además en lo literario (ella es la traductora de sus obras al español), su historia de amor comenzó en 1986, cuando "me llamó a Lisboa, presentándose como una lectora que deseaba robarme un cuarto de hora. Accedí, quedamos a las cuatro de la tarde. Ella tenía 36 años y yo 63. Hablamos mucho e hicimos un recorrido por los lugares de mis novelas. Se marchó, pero me había dejado tocado. Poco después, le escribí una carta: 'Si las circunstancias de tu vida lo permiten, me gustaría que nos encontráramos'. Era una forma de preguntarle si estaba casada. Ahí se disparó todo. Aquel primer paseo fue al cementerio, para ver el lugar donde había estado la tumba de Pessoa; después al monasterio de los Jerónimos, a cuyo claustro la habían trasladado, y al hotel Bragança, escenario de mi novela "El año de la muerte de Ricardo Reis". Veremos ahora todos esos lugares con ustedes". 
Saramago pasea por la Lisboa histórica.
"Somos lo que somos: no tenemos por qué entrar en una falsa cosmética, los comunistas seguimos creyendo que los problemas del mundo se arreglan con una distribución más equitativa de la renta”

Suena el timbre y aparece el gerente de la editorial Caminho, donde Saramago publica fielmente sus libros. Ha venido a buscarle para acompañarle a la presentación de un nuevo sello de Correos, con la efigie de Álvaro Cunhal, el fallecido líder histórico del Partido Comunista Portugués (PCP), en el que el escritor milita. "Creo que Cunhal y yo somos los únicos comunistas con sello... aunque me da un poco de celos que él vaya a aparecer ahora en el correo ordinario porque le han dado un sello de pocos céntimos. Yo no he visto nunca una carta con mi cara, ¡me pusieron un precio muy caro!.

Subimos al coche rumbo al acto y, bajo la iluminación navideña de las calles, Saramago nos desvela cuál será su voto en una hipotética segunda vuelta: "Optaré por Mário Soares, si es posible". El PCP es tal vez el único partido comunista en Europa que mantiene sus siglas y la hoz y el martillo como distintivo de sus carteles. "Se presenta con su nombre, y no le va mal. Somos lo que somos: no tenemos por qué entrar en una falsa cosmética, los comunistas seguimos creyendo que los problemas del mundo se arreglan con una distribución más equitativa de la renta". Su hija ha sido candidata, pero por el Bloque de Esquerda, "una izquierda independiente muy activa, pero que rechaza todo lo que tenga que ver con el PC. Les damos náuseas", comenta con resignación paterna.

Bajamos del coche, y llegamos a Correos, donde, tras los abrazos de rigor, contempla la emisión filatélica y se queda mirando el rostro de Cunhal en los sobres. Al fondo, Geronimo de Sousa, candidato comunista a la presidencia, firma autógrafos como una estrella de rock.

El escritor, ante el público, en la presentación de su novela “Las intermitencias de la muerte” en el teatro San Carlos.

"No soy creyente, pero es que ni entiendo cómo alguien puede creer en Dios, con los avances actuales… Cuando llegue mi hora, entraré en la nada, me disolveré en átomos, y ya está, como hizo mi perro hace dos meses”

Saramago se dedica también estos días a la promoción de "Las intermitencias de la muerte" (Alfaguara), su última novela, que se plantea qué sucedería si, de repente, en un determinado país, la parca dejara de hacer su trabajo y la gente viviera eternamente.

En el día previo a la multitudinaria procesión en honor a la Virgen -que colapsará las calles de la ciudad-, el escritor, gran lector de libros de astrofísica, dice: "No soy creyente, pero es que ni entiendo cómo alguien puede creer en Dios. Es muy difícil, con los avances científicos actuales. Cuando llegue mi hora, entraré en la nada, me disolveré en átomos, y ya está, como hizo mi perro hace dos meses. Hasta el día en que se termine todo: la Tierra, la galaxia, el Sistema Solar. Eso ocurrirá, y no habrá Dios que nos venga a proteger diciendo: '¿Dónde están esos seres que he creado con tanto amor?'".

- ¿De verdad no piensa usted nunca en la muerte?
-
Cuando nací, la esperanza de vida en mi aldea era de 33 años. A los 17 años tuve por primera vez la conciencia de que uno tiene que irse. ¡Lo viví con un pánico total! Iba por la calle y me caía esa idea como una guillotina sobre la cabeza. Me paraba y exclamaba: "¡Coño, coño, me tengo que morir!". Pero, tal como llegó, esa obsesión se fue. Y, con 84 años, no pienso en ello. Hay que desdramatizar, comprendo que es un disgusto para la familia, pero qué quiere usted que hagamos. Como tengo salud, vivo como si tuviera 75 años, que es una edad estupenda. A veces, como 62, que tampoco está mal.
- ¿Y qué le parece su vida?
- Un milagro... si existieran. Soy autodidacta. Mi familia no tenía medios. Ejercí de  cerrajero mecánico durante cerca de dos años, con el clásico mono azul, y muchos otros oficios. Mi educación literaria se ha hecho en las bibliotecas públicas, porque en mi casa no tenían un solo libro, mi madre era analfabeta. Nada apuntaba a que yo pudiera tener la trayectoria que he tenido. Escribí una novela a los 25, y luego nada más hasta que, pasados los 50 años, perdí mi trabajo de periodista en el "Diário de Notícias" y decidí que era el momento de consagrarme a la escritura. Cuando me preguntan por qué pasé tantos años sin escribir, respondo sinceramente que no tenía nada que decir.

Por la noche, toca ópera, su otra gran pasión. El programa del teatro San Carlos es el "Otello", de Verdi, dirigido musicalmente por Antonio Pirolli, "aunque mi favorita siempre ha sido el "Don Giovanni", de Mozart". En la puerta, una mendiga le ofrece un diario de beneficencia y Saramago le da un inesperado billete de cinco euros antes de entrar rápidamente en el hall. La mujer, aturdida, entra en el edificio tras sus pasos, tal vez para cerciorarse de quién es ese hombre. Al franquear la entrada y descubrir la belleza dorada de la sala, el techo artesonado y los elegantes vestidos de las señoras, se santigua frenéticamente y se permite unos momentos de contemplación extática. Sus harapos desentonan en el entorno, pero permanece un rato fascinada, mirándolo todo.

Pilar es la organizadora de la salida y ha montado también para el fin de semana un recorrido exhaustivo por los lugares de la ciudad que aparecen en las novelas de su marido. La ruta empieza, con una pertinente llovizna, por la plaza Rossio, máximo exponente de la parte antigua de la ciudad. En 1969, Saramago publicó un relato en un periódico de la capital donde alguien encontraba un mensaje embotellado en la fuente que hay en el centro de este lugar. Pilar del Río lee ahora en voz alta ese texto, mientras él la mira rejuvenecido y con una extensa sonrisa. En el cuento, el mensaje dice: "¡Socorro!", una referencia a la dictadura entonces reinante.

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de: Begoña Domínguez Iglesias | 31/01/2010
Hace tiempo que quería volver a leer este reportaje. Siento una profunda admiración por José Saramago y por toda su obra literaria, además me identifico con su idea sobre Dios: no sólo no creo que exista ningún Dios, es que no entiendo que haya gente que siga creyendo. Gracias Sr. Saramago por existir y gracias al Magazine por este reportaje.
de: Luis Martínez | 05/01/2010
Gracias por ese trabajo tan encantador. De verdad, las gracias no valen monetariamente, porque con algo debían pagar los pobres de este mundo. Pero su otro valor, es inconmensurable. Gracias.
de: Elia Ferrán | 07/04/2008
Sólo se me ocurre que gracias por brindarnos este reportaje, Y especialmente, también, el de la escritora y poeta Wislawa Szymborska, una delicia de mujer.

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14 de marzo
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