Rebeldía de Nobel. José Saramago
Lisboa y el mundo, en palabras de Saramago

Con su esposa, la periodista Pilar del Río, al salir del monasterio de los Jerónimos.
Seguir a Saramago en una excursión es una actividad agotadora. Alto, delgado, ágil y quijotesco, se mueve de un lado a otro, arriba y abajo, subiendo o bajando los 200 peldaños de la escalera de San Crispín, explicando la historia de cada rincón de una Lisboa que luce nuevos espacios verdes, y que, tras la Expo de 1998, intenta sacudirse el estigma de ciudad desdichada a causa de las catástrofes que ha padecido a lo largo de la historia. "No solamente han sido terremotos e incendios, sino también el primer tsunami de la historia de Occidente, en 1755", recuerda el Nobel. Cada noche, sin embargo, todos esos esfuerzos modernizadores y optimistas son desmentidos por los ajados cantantes de fado que pueblan los restaurantes populares de la parte vieja.
Pasamos, en autocar, por la plaza donde la Inquisición quemó a herejes, judíos y homosexuales, evocando alguna brutal escena de "Memorial de un convento", y por el Pozo de los Negros, "donde se lanzaban los cadáveres de los africanos en los siglos XVII y XVIII". El recorrido incluye una parada frente al antiguo hotel Bragança, donde se alojaba el protagonista de "El año de la muerte de Ricardo Reis", en la habitación 201. Reis tenía, además, su consultorio de médico en la plaza Luis Camoes, donde el estado actual de la estatua del símbolo de la "identidad" -"póngalo entre comillas"- portuguesa "muestra la falta de respeto de las palomas por la gente importante".
El Nobel extrae mil historias de las esquinas, los azulejos y los olores de cada calle, pero las más frecuentes son las que implican al poeta Fernando Pessoa ("vivió en casi toda la ciudad, en apartamentos de alquiler"), acaso el mayor responsable de que este ex cerrajero se haya hecho escritor. "De joven -nos cuenta-, leí una oda suya que marcó mi vida:
"Para ser grande, sé entero: nada
tuyo exageres o excluyas.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
en lo mínimo que hagas,
por eso la luna brilla toda
en cada lago, porque alta vive".
"Tras leer estos versos, me dije: 'Sí, yo voy a vivir así'".
Saramago conoció al médico que atendió a Pessoa al final de su vida, "y me contó que, cuando la familia le acompañaba a la habitación, le decían: 'Entre, entre, doctor, aquí está ese inútil'. A la familia no le gusta que se diga, pero así fue. Como no era banquero ni capitalista, era un inútil", dice antes de chasquear y balancear reprobatoriamente la cabeza. Frente a la tumba del poeta, en el monasterio manuelino de los Jerónimos, Saramago vuelve a leer esa oda, da unos golpecitos a la lápida, como si le pudiera contestar alguien, mantiene una cariñosa conversación con los restos del poeta, y nos dice, con cierta solemnidad: "¡Aquí está Pessoa, señores!".
Tras visitar el castillo de San Jorge, cerca de la casa del corrector de libros de "Historia del cerco de Lisboa", comeremos en el restaurante Martinho da Arcada, el más antiguo de la capital, donde conservan como una reliquia la mesa en que se sentaba aquel inútil llamado Pessoa. Mientras espera el plato, Saramago expresa sus heterodoxas opiniones sobre su país: "No tengo la certeza de que Portugal exista dentro de 50 años -afirma-. Vivimos un lento proceso de decadencia, con algunos focos de entusiasmo como la República o la Revolución de los Claveles. Eso demuestra una incapacidad para mantener alta nuestra tensión de vivir. Nuestra mentalidad es de una apagada y civil tristeza, que puede no ser suficiente para mantenernos. Puede que existan los portugueses, como una comunidad de gente que habla este idioma, pero el Estado portugués podría desvanecerse. No hace mucho desapareció un país que se llamaba Yugoslavia.
Nosotros seguiremos estando aquí, claro, pero los cambios geoestratégicos y económicos nos pueden conducir a un grado de subalternidad inédito. Aunque esto no ocurra mañana mismo, tiene que ver con el pujante papel de España como Estado, un país vivo y en progresión. Es lógico que Portugal sea atraído hacia ella y se integre -con un grado altísimo de autogobierno, eso sí- en un nuevo Estado ibérico. Especulo, porque personalmente no estoy a favor ni en contra, pero le diré que incluso podría ocurrir que, como estado federal junto a España, Portugal adquiriera una importancia que ahora mismo no tiene".
Entrada la noche, descubriremos que a Pilar del Río le irrita sobremanera que caricaturicen a Saramago como un profesional del compromiso, un turista del ideal o un sermoneador progre. En realidad, el escritor opina que "el arte no es capaz de cambiar el mundo. Si eso fuera así, seríamos felicísimos, porque se han escrito el "Quijote", "Los hermanos Karamazov", "Hamlet"... El escritor no debe adoptar una postura mesiánica. Yo me comprometo, pero no pongo ahí ninguna esperanza".
Pilar asiente: "Nuestra casa es una entidad de última instancia, a la que acude gente con problemas que lo ha intentado todo sin éxito, africanos sin hospitales, niños mutilados, indígenas sin existencia oficial... Hay un imbécil catalán -póngalo así- que ha escrito un libro metiéndose con mi marido y con Manuel Vázquez Montalbán, ignorando que en el mundo hay mucho dolor, gente que sufre mucho y que no tienen a dónde recurrir".
El Nobel quita importancia a las críticas y recuerda que "otros me dicen que pongo demasiada ideología en mis libros. Para ellos, lo mío es ideología y lo suyo, no. La religión católica no lo es. Las convicciones prosistema no lo son. Sólo es ideología si eres marxista o comunista. Yo me siento querido por la gente, pero hay un sector al que le duele que venda tanto. Algo les digo: en la naturaleza hay árboles que crecen poco porque pertenecen a una especie diferente, pero las secuoyas no son mejores que los olivos. ni viceversa".
















