Rebeldía de Nobel. Nadine Gordimer.
La dignidad que derrotó el apartheid
apartheid de su país. La escritora ha rememorado junto al Magazine el horror de aquellos años mientras defiende los avances de una joven democracia. Ahora está volcada en la lucha contra el sida y sigue escribiendo con disciplina cada mañana sobre la realidad que le envuelve.

Bienvenidos a Sudáfrica. El anuncio que vemos en la televisión del hotel corresponde a la última campaña gubernamental para detener la propagación del virus del sida. Según las Naciones Unidas, más del 20% de los ciudadanos de este país son seropositivos. Esta enfermedad, junto con la pobreza (que afecta a más del 53% de la población negra, frente a sólo un 4% de los blancos) y los elevados índices de criminalidad (una de cada cuatro mujeres será violada antes de cumplir los 16 años), son los principales problemas de la nación que abolió en 1991 el sistema del apartheid, basado en el racismo y la negación de los derechos humanos de los negros.
En Johannesburgo, la capital económica, se ha establecido una clara línea fronteriza entre aquellos barrios que pueden visitar los turistas y aquellos otros vedados a su tránsito. Parktown West, donde vive desde hace casi cincuenta años Nadine Gordimer, la premio Nobel de Literatura del año 1991, es “zona segura” –al menos, durante el día–, pero a nadie se le ocurre pasear por su desangelada carretera, que caracolea entre jardines y casas antiguas. Ningún peatón o ningún otro coche se cruza en nuestro camino. El césped y dos empleados de la compañía de la luz que acarrean cansinamente una escalera son el único atisbo de vida. Tras unos minutos de infructuosa búsqueda de un timbre, la intuición de la escritora detecta nuestra presencia y un sirviente abre la puerta de su residencia de dos plantas, obra del arquitecto inglés Herbert Baker, autor del Parlamento indio en Nueva Delhi y del sudafricano en Pretoria. Una mujer menuda grita desde el alféizar de la puerta: “¿Qué hacen? ¡Entren el coche! ¡Han robado tres en las últimas semanas!”.
La mujer es, claro, Nadine Gordimer. Enérgica, decidida y hasta un poquito mandona, ha accedido a dedicarnos dos días de su ajetreada vida, sin que ello le haga interrumpir su disciplinado ritmo de trabajo: “Escribo todos los días, por las mañanas, al menos cuatro horas, durante las cuales no cojo el teléfono, no abro la puerta… estoy totalmente incomunicada”. Por el jardín corretea “Tilla”, una enorme perra de diez años que, en los días sin nubes, ladra a las montañas del horizonte.
Al día siguiente, emprenderemos con Gordimer una excursión al corazón del horror del apartheid. “Vamos al Tribunal Constitucional –nos cuenta en el coche-, inaugurado en el 2004. Era un antiguo fuerte militar de la república de los bóers que fue transformado en prisión. Fue centro de reclusión, tortura y asesinatos durante el régimen racista. Nelson Mandela sufrió allí parte de sus 27 años de cautiverio. Muchos países lo hubieran derruido. Pero nosotros decidimos transformarlo en nuestra máxima institución legal, la consagrada a defender nuestra Constitución.”

Gordimer pasea por el antiguo patio de la prisión del Fuerte de Johannesburgo, conservado como testimonio del horror.
Trataban mejor a los caballos”. Centenares de miles de personas vivieron tras estos muros y alambradas lo peor del ser humano. Junto a eso, contrasta la parte nueva: una galería de arte, una biblioteca, colores vivos, e incluso salas de espera que parecen salidas de un guateque pop de los años sesenta… “¿Por qué tendríamos que haber hecho unos tribunales tan aburridos como los europeos?”, se pregunta Gordimer, en un fugaz momento de ilusión, antes de entrar en el pabellón de mujeres, donde solía visitar a una de sus mejores amigas. En la galería de arte, flanqueada por una exposición sobre el cautiverio de Mandela, diversos artistas locales muestran pinturas de mujeres embarazadas. En sus vientres,hay niños enfermos de sida. Esta enfermedad es, precisamente, un tema que ha hecho enfrentarse a Gordimer nada menos que con el presidente sudafricano, Thabo Mbeki, miembro de su mismo partido, el Congreso Nacional Africano (CNA), fundado por su amigo Nelson Mandela y que hoy gobierna Sudáfrica con el 70% de los votos. “La situación del sida empeora cada día.
Es muy difícil cambiar los hábitos sexuales de la gente –se lamenta la escritora– y que estén vigilantes. Los condones no son la única cuestión, sino que entre los jóvenes, cuando van a una fiesta, domina la idea de que todo el mundo debe practicar sexo con todo el mundo. Hay una promiscuidad enorme, es la cultura de aquí. Y la gente que es seropositiva siente vergüenza de decirlo, especialmente en la comunidad negra. El Gobierno ha sido muy lento en proveernos de los medicamentos necesarios.” En el pabellón de mujeres, Gordimer recuerda a su amiga encarcelada: “Era hugonota, pero se hizo comunista y sindicalista. Era blanca, de buena familia, con un novio negro, vivían juntos, y él tenía que fingir que era su sirviente. Cuando la encarcelaron, sólo podíamos traerle mantas, nunca comida. Yo decía que era su hermana, porque únicamente se permitían visitas de familiares. La pobre… abandonó su vida burguesa por primera vez para entrar en prisión...”.
“Nunca olvidaré este trayecto, es el mismo que hacía para verla. Esta puerta, este pasillo… Me estoy emocionando”, confiesa. Llegamos a las celdas de aislamiento, donde “los guardias las violaban y pegaban”. Aunque no está permitido, Kim Manresa le hace una foto junto a la celda de su amiga. Hay colgadas unas imágenes de gran formato de antiguos prisioneros que explican su historia y los tormentos que padecieron. Y una instalación sonora permite escuchar las canciones que cantaban los prisioneros para darse ánimos. Gordimer lo tiene claro: “El ex presidente De Klerk está felizmente pescando en su hermosa granja. El pueblo sudafricano no es vengativo. ¿Dónde más un hombre que mantuvo un gobierno de esa naturaleza puede permanecer en su patria? Vive en Sudáfrica como cualquier otro ciudadano, sin que nadie lo moleste. Esto muestra la increíble tolerancia de los negros de mi país, que son un ejemplo que seguir”.

La entrada a los tribunales, con tallas de madera al estilo tradicional.
Con la llegada del apartheid, en 1944, se produjo una segregación total. Los negros fueron confinados a una zona estrictamente delimitada. Yo iba a una escuela de monjas, sólo de niñas blancas, al cine el sábado por la tarde, sólo para blancos, era asidua de la biblioteca local, donde los negros no podían entrar" Si hubiera sido negra, no hubiera llegado a escritora, porque el único entrenamiento es la lectura. Nadie puede enseñarte a escribir." Gordimer caminaba "cada día desde casa hasta la escuela, y pasaba por delante de una mina de oro, cuyo propietario empleaba a gran cantidad de trabajadores negros. Se hacinaban en una pequeña barraca, encerraban a los más conflictivos" Cuando volv ía a casa, ellos salían del trabajo y querían entrar en la tienda, pero una barrera les imped ía el paso.
Desde fuera, señalaban lo que querían comprarse: un gramófono, una maleta ", y el vendedor se lo entregaba, si pagaban en oro. Yo era una niña de 11 años y lo encontraba extraño, porque si iba con mi madre y quería algo, como zapatos, nos los podíamos probar e incluso llevárnoslos a casa para ver cómo nos quedaban. Así que me dije: "¿Esto qué es? ¿Por qué yo puedo y ellos no?". A los 15 años, mi primer cuento es sobre esta experiencia temprana. Fue el principio de mi toma de conciencia".
Tras la Segunda Guerra Mundial, Gordines mer fue durante un año a la universidad. En el campus, "todo estaba segregado. Algunos negros iban a las facultades de negros, y jam ás podían alcanzar el mismo nivel que los estudiantes blancos. Poco a poco, me alejé de este esquema y entré en la política antirracista.. Sus libros nos hablan, precisamente, de la conexión entre la vida privada y el contexto político, "especialmente en situaciones extremas", como la sudafricana. En esos casos, no hay ninguna área de la vida, ni la más íntima, que no sea invadida por las leyes racistas. Los nazis se acabaron en Europa en 1945, pero aquí su doctrina se aplicaba a diario: estaba prohibido tener relaciones sexuales entre negros y blancos, era un delito de "inmoralidad". Un inglés amigo mío se fue a la cama con una negra y pasó las Navidades en prisión."
Su literatura sirvió, entonces, para influir en aquellos lectores que vivían en sociedades más libres. "La gente comenzó a entender mejor qué suced ía aquí. En la televisión se veían alborotos, persecuciones con gases lacrimógenos, pero no cómo se sentía la gente el día que iba a la manifestación, ni si había discusio nes familiares, ni las disputas entre generaciones ni las rupturas de pareja porque uno de los dos creía que el compromiso de su compañero ponía en riesgo a la familia".
















