23/07/2006
Rebeldía de Nobel Naguib Mahfuz
La voz que el integrismo no pudo acallar
Texto de Xavi Ayén
Fotos de Kim Manresa
Naguib Mahfuz llevó las tertulias y los cafés de El Cairo a todo el mundo, sobre todo al occidental, que descubrió con su obra la novela árabe. A los 95 años, con secuelas de un atentado integrista, sus ojos ciegos y casi sordo, sigue con sus tertulias, en otros cafés más seguros, y permanece atento ahora a sus sueños, a los que atrapa para convertirlos en textos cortos en un nuevo género literario. Mahfuz dice que los integristas que tanto le odiaron no están ganando la partida.

El escritor Mohamed Salmawy traduce al oído del Nobel la entrevista mientras la esposa de Mahfuz sirve té. Abajo, junto al doctor Fatehy Hashem camino de la tertulia en el hotel Shepheard.
Naguib Mahfuz no puede vernos. Ni oírnos. Al llegar al comedor de su piso en El Cairo, nos recibe en bata y zapatillas, y le apretamos la mano fuertemente, durante un buen tiempo, para que adivine el afecto y la admiración que despierta en nosotros. Mientras nos invita a sentarnos en el sofá, su mujer –ataviada a la oriental, con un pañuelo azul en la cabeza– nos sirve té y repostería variada. Encomendamos el desarrollo de la entrevista a uno de sus mejores amigos, el también escritor Mohamed Salmawy, que le traducirá al árabe nuestras preguntas, gritándoselas a veinte centímetros de la oreja, a un altísimo volumen. La escena, que se repetirá a lo largo de varios días –Mahfuz, nacido en 1911, se cansa de hablar–, desprende, contra lo que pudiera parecer, una aureola de dignidad. El termómetro marca 37 grados, y estamos en El Cairo. El bullicioso El Cairo de Naguib Mahfuz. Los días del premio Nobel de literatura de 1988 se parecen uno a otro. Acaban siempre con una pastilla (“la necesito para dormir”). Por la mañana, se levanta muy temprano, y lo primero que hace es concentrarse: “Intento memorizar lo que he soñado, tal vez escriba sobre ello”. Después de desayunar, recibe a su amigo, el señor Sabry, que le lee la prensa del día y algunos libros. Más que leerle, el señor Sabry le grita al oído, como el señor Salmawy durante nuestra entrevista. Más tarde, una vez ha comido, Mahfuz sale de tertulia, a charlar con sus amigos, un grupo diferente de amigos cada día (aunque alguno de ellos repite turno), en diferentes cafés, bares y hoteles de la ciudad, hasta las diez de la noche.
Nada recluye a Mahfuz, que va a cumplir 95 años, es ciego, casi sordo y no puede hablar demasiado tiempo seguido. Sus actividades habituales incluyen sesiones de fisioterapia tres veces por semana. ¿Cómo sería la vida de Naguib Mahfuz sin la puñalada que recibió la tarde del 14 de octubre de 1994? Aquel día, el escritor, tras salir de su casa, fue atacado por un integrista religioso, que consiguió clavarle un cuchillo en el cuello. Salvó su vida porque el amigo que le acompañaba en aquel momento era médico y porque el atentado se produjo al lado de un hospital. Desde entonces, le acompañan las secuelas de aquel ataque. Por ejemplo, su mano derecha quedó paralizada. “Tuvo que aprender de nuevo a coger el lápiz –nos cuenta Mohamed Salmawy–, como si fuera un niño, ¡él, que había recibido el mayor premio literario del mundo! Y lo hizo sin quejarse. Consiguió al final, tras mucho ejercicio, poder escribir media hora al día, aunque nunca más aquella letra clara de antes.” Mahfuz nos muestra, trabajosamente, su caligrafía actual, que le permite escribir alguna frase corta o firmar un libro.
Parece la letra de un niño. Por las mañanas, recorremos los callejones, mercados y cafés tradicionales descritos en las obras de Mahfuz (“no hace falta que vayan a este –nos advierte–, ahora es un restaurante moderno”). Por las tardes, le acompañamos a sus legendarias tertulias cairotas. Hoy es domingo y estamos esperándole en la puerta de su casa, en el mismo lugar donde lo apuñalaron. Hay un gran despliegue policial. Tres agentes en la calle, otro en una garita de seguridad, un “falso taxi” que lo va a trasladar a un hotel y, nos dicen, varios miembros de la “secreta” dando vueltas por el barrio (sospechamos de un repartidor de pizzas que aparece una y otra vez con el mismo cargamento bajo el brazo). Cuando Mahfuz aparece, del brazo de su amigo Fatehy Hashem, el médico que le salvó la vida en 1994, percibimos el simbolismo de ese paseo diario, como si el lento andar del escritor nos dijera: “¿Lo ven? El terror no ha podido conmigo, sigo yendo de tertulia”.
Nada recluye a Mahfuz, que va a cumplir 95 años, es ciego, casi sordo y no puede hablar demasiado tiempo seguido. Sus actividades habituales incluyen sesiones de fisioterapia tres veces por semana. ¿Cómo sería la vida de Naguib Mahfuz sin la puñalada que recibió la tarde del 14 de octubre de 1994? Aquel día, el escritor, tras salir de su casa, fue atacado por un integrista religioso, que consiguió clavarle un cuchillo en el cuello. Salvó su vida porque el amigo que le acompañaba en aquel momento era médico y porque el atentado se produjo al lado de un hospital. Desde entonces, le acompañan las secuelas de aquel ataque. Por ejemplo, su mano derecha quedó paralizada. “Tuvo que aprender de nuevo a coger el lápiz –nos cuenta Mohamed Salmawy–, como si fuera un niño, ¡él, que había recibido el mayor premio literario del mundo! Y lo hizo sin quejarse. Consiguió al final, tras mucho ejercicio, poder escribir media hora al día, aunque nunca más aquella letra clara de antes.” Mahfuz nos muestra, trabajosamente, su caligrafía actual, que le permite escribir alguna frase corta o firmar un libro.
Parece la letra de un niño. Por las mañanas, recorremos los callejones, mercados y cafés tradicionales descritos en las obras de Mahfuz (“no hace falta que vayan a este –nos advierte–, ahora es un restaurante moderno”). Por las tardes, le acompañamos a sus legendarias tertulias cairotas. Hoy es domingo y estamos esperándole en la puerta de su casa, en el mismo lugar donde lo apuñalaron. Hay un gran despliegue policial. Tres agentes en la calle, otro en una garita de seguridad, un “falso taxi” que lo va a trasladar a un hotel y, nos dicen, varios miembros de la “secreta” dando vueltas por el barrio (sospechamos de un repartidor de pizzas que aparece una y otra vez con el mismo cargamento bajo el brazo). Cuando Mahfuz aparece, del brazo de su amigo Fatehy Hashem, el médico que le salvó la vida en 1994, percibimos el simbolismo de ese paseo diario, como si el lento andar del escritor nos dijera: “¿Lo ven? El terror no ha podido conmigo, sigo yendo de tertulia”.

Sale cada tarde de tertulia con sus amigos. Nada recluye a Mahfuz , que va a cumplir 95 años, ciego, casi sordo y que no puede hablar mucho tiempo seguido.
Celebración de la amistad
Lo único que el atentado cambió son los lugares de esas reuniones, por seguridad. El casino Opera, el café Riche, el Qasr al Nil… tuvieron que ser sustituidos por otros más seguros. Hoy toca en el bar Napoleón, en un piso del lujoso hotel Shepheard. Mahfuz y el doctor Hashem llegan los primeros. El único Nobel en lengua árabe nos cuenta: “He tenido que reducir mi ritmo de cigarrillos. En vez de fumarme tres al día… he pasado a dos”, dice sonriendo como un pillo. Van llegando contertulios. Hoy, asisten al encuentro una periodista irlandesa, además del director de cine Essam Deraz –que ha rodado un documental sobre el escritor–, el ingeniero Mohamed el Kafrawy, un redactor de la revista “Juventud”… Todos se van turnando para presentarse a gritos a Mahfuz, quien asiente, sonríe o entabla una conversación, según los casos. La mayor parte del tiempo, sin embargo, permanecerá quieto, sumido en su oscuridad, mientras los demás hablan. Parece feliz, como si le bastara saber que está rodeado de amigos.
El cineasta Deraz le ha repetido hasta cinco veces quién es, pero su suave voz no consigue traspasar el oído de Mahfuz. Mucho mejor la gravedad del timbre del ingeniero Kafrawy, que le ha traído una docena de recortes de periódicos de la última semana “para que comentemos la jugada, Naguib”. Así, Mahfuz y Kafrawy hablan de los resultados del Mundial de fútbol, del papel de Gerry Adams en la paz de Irlanda, de la lucha entre Hamas y Al Fatah en Palestina o del auge de fanáticos religiosos dentro del país. Entre sodas y tazas de té (nadie toma alcohol), transcurre la tarde, convertida en una celebración de la amistad.“Es cierto –nos dirá Mahfuz, al día siguiente–, la amistad, en esta etapa de mi vida, es lo más importante. De ella saco el apoyo y la fuerza necesarios para vivir, un día tras otro. Ahora ya no puedo leer ni escribir, pero mis amigos son mis ojos, mis orejas y mi pluma. Sin ellos, estos hubieran sido los años más miserables de mi vida. Mis carencias me aíslan del mundo, así que tengo que preguntarles qué cosas nuevas suceden en el campo de los libros, la música o el arte.
El poquito de conocimiento que extraigo de eso es muy importante para mi bienestar, tanto mental como físico.” El bloque de pisos, junto al Nilo, en el que vive Mahfuz (la casa que ya tenía antes del premio Nobel) no resulta nada ostentoso, y la zona se parece a cualquier barrio de clase media española, aunque la fachada de cemento está sucia, y los mugrientos aparatos de aire acondicionado parecen una amenaza para el viandante. El interior de la vivienda, sin embargo, denota que su morador es alguien distinguido: una ornamentación elegante, jarrones con flores, tapices en las paredes, diversas piezas de artesanía…
Lo único que el atentado cambió son los lugares de esas reuniones, por seguridad. El casino Opera, el café Riche, el Qasr al Nil… tuvieron que ser sustituidos por otros más seguros. Hoy toca en el bar Napoleón, en un piso del lujoso hotel Shepheard. Mahfuz y el doctor Hashem llegan los primeros. El único Nobel en lengua árabe nos cuenta: “He tenido que reducir mi ritmo de cigarrillos. En vez de fumarme tres al día… he pasado a dos”, dice sonriendo como un pillo. Van llegando contertulios. Hoy, asisten al encuentro una periodista irlandesa, además del director de cine Essam Deraz –que ha rodado un documental sobre el escritor–, el ingeniero Mohamed el Kafrawy, un redactor de la revista “Juventud”… Todos se van turnando para presentarse a gritos a Mahfuz, quien asiente, sonríe o entabla una conversación, según los casos. La mayor parte del tiempo, sin embargo, permanecerá quieto, sumido en su oscuridad, mientras los demás hablan. Parece feliz, como si le bastara saber que está rodeado de amigos.
El cineasta Deraz le ha repetido hasta cinco veces quién es, pero su suave voz no consigue traspasar el oído de Mahfuz. Mucho mejor la gravedad del timbre del ingeniero Kafrawy, que le ha traído una docena de recortes de periódicos de la última semana “para que comentemos la jugada, Naguib”. Así, Mahfuz y Kafrawy hablan de los resultados del Mundial de fútbol, del papel de Gerry Adams en la paz de Irlanda, de la lucha entre Hamas y Al Fatah en Palestina o del auge de fanáticos religiosos dentro del país. Entre sodas y tazas de té (nadie toma alcohol), transcurre la tarde, convertida en una celebración de la amistad.“Es cierto –nos dirá Mahfuz, al día siguiente–, la amistad, en esta etapa de mi vida, es lo más importante. De ella saco el apoyo y la fuerza necesarios para vivir, un día tras otro. Ahora ya no puedo leer ni escribir, pero mis amigos son mis ojos, mis orejas y mi pluma. Sin ellos, estos hubieran sido los años más miserables de mi vida. Mis carencias me aíslan del mundo, así que tengo que preguntarles qué cosas nuevas suceden en el campo de los libros, la música o el arte.
El poquito de conocimiento que extraigo de eso es muy importante para mi bienestar, tanto mental como físico.” El bloque de pisos, junto al Nilo, en el que vive Mahfuz (la casa que ya tenía antes del premio Nobel) no resulta nada ostentoso, y la zona se parece a cualquier barrio de clase media española, aunque la fachada de cemento está sucia, y los mugrientos aparatos de aire acondicionado parecen una amenaza para el viandante. El interior de la vivienda, sin embargo, denota que su morador es alguien distinguido: una ornamentación elegante, jarrones con flores, tapices en las paredes, diversas piezas de artesanía…

El ingeniero Kafrawy le lleva recortes de prensa a la tertulia y comentan el Mundial de fútbol, la crisis palestina o la paz irlandesa.
Los sueños proceden del interior, no es necesario ver ni oír para captarlos en su plenitud. Es lo que puedo hacer ahora. Tengo un sueño y luego lo transformo en algo parecido a una novela.
¿Cómo escribe ahora Mahfuz? “Pienso una historia, la memorizo y la dicto.” Está trabajando en sus “sueños de convalecencia”, textos que intentan capturar sus experiencias oníricas. “Es apropiado para mi estado de salud –comenta–, los sueños proceden del interior de las personas, no es necesario ver ni oír para captarlos en su plenitud. Es lo que puedo hacer ahora. No necesito vivir otras experiencias, porque ya estoy viviendo una interna. Tengo un sueño, lo vivo como algo real y, luego, lo transformo en algo parecido a una novela, algo completo y que tenga significado.” Esa es la razón de que los últimos libros del autor sean la suma de textos muy breves, a menudo de una página, o incluso menos. “Destilo cada frase y cada idea hasta encontrar su esencia. Algunos críticos lo han comparado con los ‘haikus’, pero los que escriben esos poemas japoneses son libres para escoger la forma que prefieran. En mi caso, la necesidad me ha obligado a ser breve. Solamente puedo escribir historias cortas, condensadas, no puedo hacerlo durante más de media hora, me canso, aunque pueda pasarme días dándole vueltas a la cabeza.” A pesar de la humildad con que habla de sus obras actuales, algunos críticos han escrito que, con sus piezas breves, Mahfuz inventa un nuevo género literario. Un tema clave en sus obras es el proceso de modernización de la sociedad, y el interés del hombre de la calle por el pensamiento moderno y las ideas europeas. “Sí, la modernización es un proceso natural, las civilizaciones se desarrollan gradualmente y la interacción entre ellas es imprescindible. No se puede ignorar a otra civilización porque todas contienen algo humano. El egipcio es abierto por naturaleza. Su ubicación geográfica, entre los tres continentes más antiguos del mundo, ha permitido una continua interacción con las otras culturas.
La naturaleza del egipcio es tolerante, pues es protagonista de una civilización que nunca cerró sus puertas a las otras que pasaron por sus tierras a lo largo de la historia.” Su amigo Salmawy, dramaturgo, periodista y presidente de la asociación de escritores, es el artífice de que Mahfuz publique cada semana una columna de opinión en la prensa. “Le vengo a ver cada sábado –explica Salmawy–, le propongo un tema y mantenemos un diálogo, en ocasiones le hago preguntas y en otras no hace falta, porque ya se le ha ocurrido todo a él.” El pasado mes de abril, hubo un atentado mortal contra turistas en la península del Sinaí, que ha reforzado la sensación creciente de que el peligro del islamismo ha sustituido a la amenaza comunista. “¿Cómo puede ser que algunos de ustedes crean que el islam es una amenaza? –se escandaliza Mahfuz–. No es correcto llamar ‘islámico’ a este terrorismo, al igual que a los violentos de Occidente no los llamamos ‘cristianos’. La verdadera religión constituye el fin último del hombre, pero hay quien la interpreta de una forma desviada para alcanzar sus propios objetivos. Estos atentados son fruto de terroristas, que quieren dañar el turismo y la economía de Egipto. Pero no lo van a conseguir, porque los turistas siguen viniendo, como si ya se hubieran acostumbrado.” Sobre las causas de la violencia, se muestra cauto porque “la injusticia social o política no justifican el terrorismo, aunque en realidad son factores importantes en el origen del fenómeno. Occidente también es, hasta cierto punto, responsable. Es algo que me preocupa, pero creo que pasará. Hay que dejar que los egipcios solucionen sus propios problemas: a medida que haya una mayor justicia e igualdad en el país, el integrismo se convertirá en algo muy débil”.
La naturaleza del egipcio es tolerante, pues es protagonista de una civilización que nunca cerró sus puertas a las otras que pasaron por sus tierras a lo largo de la historia.” Su amigo Salmawy, dramaturgo, periodista y presidente de la asociación de escritores, es el artífice de que Mahfuz publique cada semana una columna de opinión en la prensa. “Le vengo a ver cada sábado –explica Salmawy–, le propongo un tema y mantenemos un diálogo, en ocasiones le hago preguntas y en otras no hace falta, porque ya se le ha ocurrido todo a él.” El pasado mes de abril, hubo un atentado mortal contra turistas en la península del Sinaí, que ha reforzado la sensación creciente de que el peligro del islamismo ha sustituido a la amenaza comunista. “¿Cómo puede ser que algunos de ustedes crean que el islam es una amenaza? –se escandaliza Mahfuz–. No es correcto llamar ‘islámico’ a este terrorismo, al igual que a los violentos de Occidente no los llamamos ‘cristianos’. La verdadera religión constituye el fin último del hombre, pero hay quien la interpreta de una forma desviada para alcanzar sus propios objetivos. Estos atentados son fruto de terroristas, que quieren dañar el turismo y la economía de Egipto. Pero no lo van a conseguir, porque los turistas siguen viniendo, como si ya se hubieran acostumbrado.” Sobre las causas de la violencia, se muestra cauto porque “la injusticia social o política no justifican el terrorismo, aunque en realidad son factores importantes en el origen del fenómeno. Occidente también es, hasta cierto punto, responsable. Es algo que me preocupa, pero creo que pasará. Hay que dejar que los egipcios solucionen sus propios problemas: a medida que haya una mayor justicia e igualdad en el país, el integrismo se convertirá en algo muy débil”.
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