22/04/2007

Rebeldía de Nobel. Orhan Pamuk

"No me escondo, vivo en Estambul"

Texto de Xavi Ayén
Fotos de Kim Manresa
Orhan Pamuk, el escritor que ha conseguido llevar a los lectores de todo el mundo por las calles y por el alma de Estambul, se ha convertido, a su pesar, en un símbolo de libertad. Amenazado por los ultranacionalistas turcos, se apoya en el humor para seguir recreando su mundo.
Orhan Pamuk compra alcachofas a un vendedor callejero en Estambul.
En el avión que nos conduce al aeropuerto de Ataturk, cuatro de cada cinco viajeros que leen un libro han escogido el mismo título: "Estambul. Ciudad y recuerdos", la última obra de Orhan Pamuk. Un hombre de unos cincuenta años, a nuestra derecha, deja por un momento el volumen sobre su maletín de negocios y sonríe, al avistar desde su ventanilla el estrecho del Bósforo y los puntiagudos minaretes de las mezquitas. Delante de nosotros, una chica veinteañera señala a su amiga la niebla y le explica que "aquí la gente siente una especie de melancolía que se llama 'hüzün', es parecida a la 'saudade' portuguesa". El vuelo 3760 de Iberia transporta, sin saberlo, a una hermandad de lectores que no puede sustraerse a la idea de que, en realidad, estamos a punto de aterrizar en el último libro de Pamuk, como personajes a punto de entrar en escena.

Al día siguiente, paseamos por el barrio de Cihangir, donde Pamuk escribió "Estambul" y casi toda su obra. A la hora prevista, subimos las escaleras de su bloque de pisos (al ascensor sólo se accede con llave) y le encontramos, como un santo en su hornacina, esperándonos en la puerta, alto, muy alto, y muy sonriente. Al saludarle, reprimimos el impulso de felicitarle por haber creado todo aquello que nos rodea: las mezquitas, las callejuelas, el tráfico marítimo del estrecho del Bósforo, el adoquinado, las tiendas de ultramarinos...

En su casa, el primer impacto visual se produce en el salón, donde toda la majestuosidad del Bósforo entra a través de una amplia vidriera, enseñoreándose del comedor y del espíritu del visitante, que se siente, por un momento, como un recién nacido asomando la cabeza al mundo. El Bósforo -ese estrecho que comunica los mares Negro y de Mármara y que dicen que separa las dos almas de Turquía: la occidental y la oriental- es el punto central de esta casa, y todo se orienta hacia él: las sillas, la mesa de trabajo, los sofás, la disposición de los muebles... Todo señala hacia la contemplación del llamado Cuerno de Oro, con decenas de barcos que van de un lado para otro, como un cuadro en movimiento. "Cuento los barcos -explica Pamuk- e intento identificarlos: petroleros rumanos, cruceros rusos, pequeños pesqueros, barcos de observación meteorológica, transatlánticos italianos, destartalados mercantes... Bueno, me salto las motoras y los transbordadores urbanos."

El pisito donde nos ha recibido es su estudio. La casa familiar en el barrio de Nisantasi, construida en el antiguo jardín de un pachá, se encuentra "a 28 minutos andando desde aquí". Esos 28 minutos a pie marcan el universo vital de Pamuk, un hombre que ha vivido "siempre en Estambul, incluso en la misma casa durante cincuenta años. Mi madre siempre me decía: '¿Por qué no sales un poco?'. Pero yo me quedaba en casa. Incluso ahora, lo que me gusta es estar aquí, escribiendo. Hay autores que han cambiado de lengua, nación, cultura o país. Yo siempre he estado aquí, en la misma calle, mirando embebido el mismo paisaje, contando los barcos que pasan. Miro por esta ventana y, por momentos, creo que no necesito nada más para ser feliz".
El escritor, que habitualmente lleva escolta, ríe abiertamente tras bromear con los periodistas que acepta salir a pasear, aunque no lleve protección, porque "de todos modos, les dispararán antes a ustedes, ¡creerán que son mi guardia de seguridad!"
Escuchando sus sonoras carcajadas, uno podría olvidar que Pamuk está amenazado de muerte. Desde que declaró, en una entrevista a un diario suizo en el año 2005, algo tan objetivamente comprobable como que "más de un millón de armenios y 30.000 kurdos fueron asesinados en estas tierras y casi nadie se atreve a hablar de ello", su vida ha sido un calvario: acusado de denigrar la identidad turca, finalmente, y tras una intensa presión internacional, se archivó su causa tras algunas sesiones en los tribunales, pero está en el punto de mira de los ultranacionalistas turcos y, para salir a la calle, necesita guardaespaldas. "Aunque yo no lo quiera -se lamenta-, el Estado me los pone. No deseo exagerar o dramatizar al respecto. Ahora mismo no están, porque este es mi lugar de trabajo."

Pamuk no quiere "malgastar tiempo desmintiendo cada mentira de la prensa sensacionalista sobre mí" y, por eso, hasta que recibió al Magazine, no había hablado de su presunto "exilio" a Estados Unidos, una "noticia" que publicaron diarios de todo el mundo. "Parafraseando una broma de Mark Twain, que afirmó en una ocasión que la noticia acerca de su muerte era algo exagerada, yo les digo ahora: las noticias sobre mi exilio son un poco exageradas. Estoy aquí, vivo, sano y dando puntapiés, ya me ven, no me escondo. ¿Qué fue lo que sucedió en febrero? Habían asesinado a mi amigo, el periodista armenio Hrant Dink, y se respiraba una turbia atmósfera nacionalista y racista, muy intensa. Mi nombre circulaba como futura víctima y, tras hablar con la policía, decidí que sería mejor marcharme por unas semanas a la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde imparto unos cursos -por cierto, desde antes del premio Nobel-, para sentirme más seguro y poder trabajar con tranquilidad en un libro que estoy acabando." Por eso canceló su gira alemana, que finalmente "haré entre el 2 y el 12 de mayo. Y, tres semanas después, estaré en París. Lo importante es que, una vez que se despejó ese ambiente de violencia, he vuelto. Yo vivo aquí. Pueden ustedes comunicárselo al mundo, estaré contento si lo hacen porque estoy enfadado con los tabloides turcos, que convierten rumores en noticia, y también con la prensa occidental que repite cosas que no ha comprobado. Hay periodistas que desean escribir 'Pamuk está en el exilio' y, simplemente, lo hacen".

Pamuk no parece irritado, sino que, más bien, intenta ver el lado humorístico de la situación. Mientras nos prepara un té en su cocina desordenada, como de estudiante, planificamos con este hombre feliz un paseo por la ciudad. Al comprobar nuestras intenciones, duda un momento: "Mmm... Si salimos a pasear, tendría que llamar al guardaespaldas. No, no, ¿saben qué haremos? Saldremos nosotros solos porque, de todos modos, les dispararán antes a ustedes, ¡creerán que son mi guardia de seguridad!", dice riendo.
Orhan Pamuk, en su estudio. Cuando escribe, se sienta tras una mesa desde donde se divisa el espléndido paisaje de la parte del estrecho del Bósforo conocida como Cuerno de Oro.
"Fui utilizado como arma arrojadiza en medio del contencioso entre la Unión Europea y Turquía. Algunos medios deseaban un tipo de intelectual comprometido, que, la verdad, yo no soy"
El autor de obras como "El libro negro" o "Nieve" fue el primer escritor de un país musulmán en condenar la fetua contra Salman Rushdie. "Mi situación no tiene nada que ver, yo puedo pasear por la calle tranquilamente." Pero, tal vez porque no le gusta mucho llevar escolta, nos impone un recorrido tranquilo: ningún lugar turístico ni multitudinario, ningún bazar... El paseo con nosotros se limita a las calles de su barrio, donde es interrumpido por abrazos, gritos de ánimo y algún que otro aplauso.

Las amenazas, en cualquier caso, no han silenciado al escritor. "El Código Penal turco -denuncia- sigue condenando el agravio a 'la identidad nacional turca'. Cada vez hay menos escritores y periodistas que van a juicio por ello, tras las quejas de instituciones internacionales de derechos humanos... ¡pero el párrafo sigue vigente! Los hay que van a la cárcel, algunos hemos sufrido lanzamientos de huevos y piedras, y otros han sido asesinados. Existe una enorme cantidad de autores intimidados, con miedo. Deberíamos estudiar cómo se trató a los periodistas que fueron asesinados en algunos medios, que los señalaron como dianas. La libertad de expresión no está en buenas condiciones en Turquía."

En su caso, opina, "fui utilizado como arma arrojadiza en medio del contencioso entre la Unión Europea y Turquía. Algunos medios deseaban un tipo de intelectual comprometido que, la verdad, yo no soy. Ojo, no me arrepiento de nada de lo que he dicho. Casi siempre las polémicas empiezan cuando un periodista, así como usted, me hace preguntas y yo intento responderlas de manera honesta y tal vez ingenua. Después, los tabloides turcos se hacen con algunas frases y las exageran. Y se arma un follón. Esos momentos son de prueba para mí, como ahora. Tengo que ser capaz de conservar mi dignidad. No quiero decir: 'Tengo miedo, voy a esconderme debajo de la cama'. No he hecho eso. Qué va. Me ajusté el cinturón de seguridad y continué adelante. Pero mis instintos esenciales no son políticos, sino literarios: lo que deseo es estar solo en un cuarto e inventar historias".

Mientras compra unas alcachofas a un vendedor callejero, y recordando que Estambul es el escenario de todos sus libros, le preguntamos si nunca ha estado tentado de escribir sobre otra ciudad. "Este año, lo hice, por primera vez -confiesa-, escribí pequeños sketches neoyorquinos, sobre la ciudad donde imparto clases."

Pamuk ha descrito como pocos el 'hüzün', la singular melancolía que trasmiten las calles de Estambul. "Yo no siento nostalgia -matiza-; precisamente todo aquello que me interesa conservar lo incluyo en mis libros y así no se pierde, ese es mi legado para las futuras generaciones. Bueno, no debería ser tan narcisista porque me temo que, en el futuro, tanto los buenos como los malos autores serán olvidados."

En una de las muchas mezquitas que hay por la calle, leemos un letrero con avisos de la autoridad religiosa de Turquía para los creyentes. "¿Ven? -comenta Pamuk-, aquí se advierte de que ciertas costumbres no son tradiciones islámicas, no están en el Corán: no hay que hacer sacrificios, no hay que poner velas, no hay que colocar un trozo de ropa del difunto, no hay que tirar dinero..." Lo cuenta con tono de observador, pues su trascendencia está en otro mundo, el de la literatura: "Para mí, hay otra vida, sí, pero en el libro que tengo en las manos. La intensidad de las historias que leo me permite sobrellevar la mediocridad."
De niño, "las únicas personas que veía interesarse por Dios eran las criadas y los cocineros, y yo relacionaba sus creencias con el hecho de que eran pobres. Siempre pensé que Dios, si era un ser omnisciente, me perdonaría porque entendería el motivo por el que yo era incapaz de creer".

Pamuk se acuesta todos los días a las once. "Pero, con la edad, no puedo dormir tanto tiempo seguido y, después de cuatro horas, ya estoy en pie, como un hombre mayor. Entonces trabajo durante una hora con el pijama puesto y, después, de nuevo a la cama. Escribo de forma continua, todo el día, y siempre a mano. Cuando llega la noche, me asalta el hambre, voy a la cocina, me preparo unos macarrones y un vaso de vino y, después de comer, vuelvo a la mesa. No quiero salir de restaurantes, ver a otra gente, sólo deseo escribir, me he convertido en un solitario. Lo mejor es a las siete de la mañana, cuando, desde mi cama, reviso lo que he escrito la noche anterior y pienso en la novela que me gustaría escribir con mi cabeza fresca y contenta, como la de un niño".
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de: Lulymariaca | 12/06/2008
Espero se entretengan con los premios nobel y no se aburran. Están muy interesantes.
de: Marián Suárez | 14/10/2007
Gracias por tu honestidad, pero de mí no recibirás compasión, sólo admiración. Admiración por haber sabido dejar a un lado la imagen idealizada y edulcorada de Estambul. Admiración por conseguir que me interese aún más por la ciudad. Admiración por enseñarme a mirarla con otros ojos. Otra vez gracias.
de: rosario reina romero | 18/09/2007
Me han hablado muy bien del libro "Estambul" quiero leerlo antes de viajar allí. Gracias por dedicarnos esta entrevista. Salud.
12 de octubre
12 de octubre

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