24/09/2006
Rebeldía de Nobel V.S. Naipaul
Un nómada entre civilizaciones
Texto de Xavi Ayén
Fotos de Kim Manresa
V.S. Naipaul, premio Nobel 2001, es una voz ácida y a menudo incómoda cuando desgrana sus opiniones. El adiós a sus raíces y sus atentos viajes le han dado una visión lúcida, irónica y cosmopolita con la que quiere abarcar todo el mundo.

Naipaul, en el exterior de su casa en Wiltshire, en la campiña inglesa.
Una suave llovizna salpica los tallos de hierba que cubren, sin resquicios, las colinas, laderas y llanuras de la campiña británica. Estamos cerca del monumento megalítico de Stonehenge, y el sol intensifica a ratos el fulgor del verde la mañana en que nos dirigimos a la casa que V.S. Naipaul tiene en uno de los puntos más recónditos de Wiltshire. Tanto, que, tras tomar una determinada curva, el teléfono móvil pierde su cobertura, y ya no la recuperará hasta que finalice nuestro encuentro con este escritor con fama de huraño y que –al menos hasta descubrirse el pasado de Günter Grass en las SS– está considerado el premio Nobel de Literatura vivo más políticamente incorrecto, por la contundencia de sus opiniones sobre el islam, la emigración y algunas vacas sagradas del olimpo literario.
Sin embargo, el sonriente Naipaul que nos recibe en el salón de su casa, con las muletas apoyadas a un lado del sofá que ocupa, tiene poco que ver con la caricatura que de él han construido sus enemigos. Aunque su hablar tiene una melodía triste, se muestra en todo momento respetuoso y, sobre todo, curioso por los más pequeños detalles, desde las características de nuestra grabadora digital a las reivindicaciones nacionalistas en España. En más de una ocasión, incluso, se mostrará levemente decepcionado cuando vea que nos centramos en preguntarle sus opiniones, en vez de rebatirlas. La dulzura melancólica de su voz y sus educadas maneras restan agresividad a expresiones que, como “países-basura”, al ser transcritas, cobran una fuerza que el periodista no recuerda que tuvieran en la conversación. Sir Vidiadhar Surajprasad Naipaul –nombre completo de alguien que firma siempre con sus iniciales– nació en la isla caribeña de Trinidad en 1932, en el seno de una familia de emigrantes indios. A los 18 años, consiguió una beca y se trasladó a Oxford, a estudiar en la universidad.
“Aquello fue un gran error –nos cuenta ahora–, una enorme pérdida de tiempo.” Precisamente, su último libro aparecido en España, este mismo año, es “Cartas entre un padre y un hijo” (Debate), que recoge la sobrecogedora correspondencia que mantuvo con su padre y otros familiares durante los años de Oxford y que, entre otras cosas, muestra los enormes problemas de integración que sufrió en la elitista sociedad inglesa de los 50, así como sus complejos físicos y sus dificultades de relación con las mujeres. Por ejemplo, tras rellenar los impresos para matricularse en la universidad, escribe: “Me he hecho varias fotos. Siempre había pensado que, aunque no soy atractivo, tampoco soy feo. Esas fotografías me han sacado de mi error. No sabía que tuviera una cara tan oronda (…) Miré al asiático de aquel papel y pensé que un indio de la India no podía parecer más indio que yo (…) Yo esperaba presentar ante los de la universidad una pose increíblemente intelectual, pero fíjate lo que les ha llegado”. –¿Ha sido doloroso evocar la relación con su padre y aquellos años de estudiante, en los que usted lo pasaba tan mal que llegó a sufrir diversos ataques nerviosos y un intento de suicidio? –Mi padre era periodista en el “Trinidad Guardian” y fue él quien me animó a intentar ser escritor. Murió muy joven, a los 47 años.
Pero prefiero no hablar de eso. He dado permiso para que se publique el libro, pero no he participado en nada, le di un cajón de cartas a mi agente, y ha sido él quien ha hecho la selección de textos. No vi la edición inglesa, en 1999, ni veré ninguna otra. Sería demasiado doloroso. No leeré jamás ese libro. Es demasiado para mí. Ni siquiera he querido ver las reseñas… Aun así, los años de Oxford no fueron el peor periodo de mi vida, mi infancia en Trinidad fue peor. Terrible. Vivía en una familia muy numerosa, en un ambiente miserable, en una sociedad muy cerrada… Yo quería crecer, ser responsable de mi vida, no me gustaba ser un niño. Hace poco volví a Trinidad, por primera vez en catorce años, para ver a mi hermana enferma, pero ya no hay nada para mí allá. –¿A la gente de Trinidad le gustan sus libros? –No lo sé. Creo que a los africanos de allá no les gustan. Es su problema, ¿verdad?
Sin embargo, el sonriente Naipaul que nos recibe en el salón de su casa, con las muletas apoyadas a un lado del sofá que ocupa, tiene poco que ver con la caricatura que de él han construido sus enemigos. Aunque su hablar tiene una melodía triste, se muestra en todo momento respetuoso y, sobre todo, curioso por los más pequeños detalles, desde las características de nuestra grabadora digital a las reivindicaciones nacionalistas en España. En más de una ocasión, incluso, se mostrará levemente decepcionado cuando vea que nos centramos en preguntarle sus opiniones, en vez de rebatirlas. La dulzura melancólica de su voz y sus educadas maneras restan agresividad a expresiones que, como “países-basura”, al ser transcritas, cobran una fuerza que el periodista no recuerda que tuvieran en la conversación. Sir Vidiadhar Surajprasad Naipaul –nombre completo de alguien que firma siempre con sus iniciales– nació en la isla caribeña de Trinidad en 1932, en el seno de una familia de emigrantes indios. A los 18 años, consiguió una beca y se trasladó a Oxford, a estudiar en la universidad.
“Aquello fue un gran error –nos cuenta ahora–, una enorme pérdida de tiempo.” Precisamente, su último libro aparecido en España, este mismo año, es “Cartas entre un padre y un hijo” (Debate), que recoge la sobrecogedora correspondencia que mantuvo con su padre y otros familiares durante los años de Oxford y que, entre otras cosas, muestra los enormes problemas de integración que sufrió en la elitista sociedad inglesa de los 50, así como sus complejos físicos y sus dificultades de relación con las mujeres. Por ejemplo, tras rellenar los impresos para matricularse en la universidad, escribe: “Me he hecho varias fotos. Siempre había pensado que, aunque no soy atractivo, tampoco soy feo. Esas fotografías me han sacado de mi error. No sabía que tuviera una cara tan oronda (…) Miré al asiático de aquel papel y pensé que un indio de la India no podía parecer más indio que yo (…) Yo esperaba presentar ante los de la universidad una pose increíblemente intelectual, pero fíjate lo que les ha llegado”. –¿Ha sido doloroso evocar la relación con su padre y aquellos años de estudiante, en los que usted lo pasaba tan mal que llegó a sufrir diversos ataques nerviosos y un intento de suicidio? –Mi padre era periodista en el “Trinidad Guardian” y fue él quien me animó a intentar ser escritor. Murió muy joven, a los 47 años.
Pero prefiero no hablar de eso. He dado permiso para que se publique el libro, pero no he participado en nada, le di un cajón de cartas a mi agente, y ha sido él quien ha hecho la selección de textos. No vi la edición inglesa, en 1999, ni veré ninguna otra. Sería demasiado doloroso. No leeré jamás ese libro. Es demasiado para mí. Ni siquiera he querido ver las reseñas… Aun así, los años de Oxford no fueron el peor periodo de mi vida, mi infancia en Trinidad fue peor. Terrible. Vivía en una familia muy numerosa, en un ambiente miserable, en una sociedad muy cerrada… Yo quería crecer, ser responsable de mi vida, no me gustaba ser un niño. Hace poco volví a Trinidad, por primera vez en catorce años, para ver a mi hermana enferma, pero ya no hay nada para mí allá. –¿A la gente de Trinidad le gustan sus libros? –No lo sé. Creo que a los africanos de allá no les gustan. Es su problema, ¿verdad?

El escritor recoge uno de sus sombreros para salir al exterior Abajo, con su esposa, la periodista pakistaní Nadira Alvi.
"A mí no me sorprende que una obra escrita hace más de veinte años sea actual. Mi trabajo es escribir con rigor sobre el mundo. Me fijo en esos pequeños detalles que finalmente son muy importantes”
Tras viajar por medio mundo (se instaló en diversos países de África, Asia y América, estudiando las sociedades que le acogían y dando a luz numerosos libros sobre ellas), en 1970 se mudó al apacible área en que ahora vive, “aunque –matiza– en esta casa estoy solamente desde hace 24 años”. En un determinado momento, Naipaul llama a su mujer: “¡Naa-di-raaaa!”…, y Nadira Alvi –conocida en los medios como “lady Naipaul”– entra en el salón limpiándose las manos con un trapo de cocina. “Siéntate con nosotros, cariño, y pon un poco de orden en mis respuestas”, le solicita el escritor. Esta periodista pakistaní, de familia “musulmana progresista”, es un torbellino de energía que sabe cómo canalizar los impulsos de su marido; como si la presencia femenina evitara el nacimiento de cualquier exabrupto.
Aunque la entrevista se desarrolla en inglés, Naipaul domina en secreto el castellano, e incluso lo utiliza, cuando no le vemos, para dar indicaciones al fotógrafo. “Hace muchos años, traduje ‘El lazarillo de Tormes’ para mí mismo, para darme placer”, confiesa, aunque “es un texto que jamás se publicará… porque se ha perdido. Cuando, en 1968, me mudé de casa, mi documentación fue destruida. Esto es Inglaterra, ¿sabe?, y aquí la gente hace trabajos para lo que no está cualificada. Entró en mi casa un operario chiflado y se puso a destruir papeles. Ya se veía que eran libros, y no facturas viejas, pero…”. “Entre los creyentes” (1981), el libro que recoge su experiencia por diversos países islámicos tras la revolución iraní, es una de sus obras que el tiempo ha teñido con un barniz profético.
Ahí escribió: “El islam ha santificado la rabia”, y, desafortunadamente, parece que, en su predicción de una escalada de terror religioso, llevaba razón. Él responde: “Así es, pero eso es normal. A mí no me sorprende que una obra escrita hace más de veinte años sea actual. Mi trabajo es escribir con rigor sobre el mundo. Lo hago de manera compasiva, pero, tras sumergirme intensamente en la realidad de un país, tengo una idea clara de hacia dónde va. Vivo en la zona durante mucho tiempo, hablo con gente de todo tipo, desde islamistas a historiadores, gente de la calle, busco todo lo que está en ebullición… y me fijo en esas cosas cotidianas a las que, de tan cercanas, nadie da importancia, esos pequeños detalles que finalmente son muy importantes para una civilización. Yo quería comprender qué sucedía en el interior de los países islámicos, y por eso, 17 años después, publiqué ‘Al límite de la fe’, mis viajes por países conversos al islam, porque quería estudiar los motivos que llevan a una sociedad a cambiar de fe –qué tipo de situación económica, por ejemplo– y lo que ello comporta. Entiendo el islam, pero a la vez explico que ha engendrado demonios”.
La situación es comparable, explica, a sus primeros trabajos sobre África, en los años 60, cuando le llovieron críticas y acusaciones de racista. “Si se releen mis textos, se ve que aquello que describí y predije ha sucedido.” Por un instante, mira de reojo la portada del Magazine del pasado 4 de junio, en la que aparece el premio Nobel nigeriano, Wole Soyinka, y pregunta: “¿Su Magazine defiende mucho a África?”. Tras aclararle que se trataba de una entrevista dentro de esta misma serie, continúa: “África se ha salido del progreso global, es una zona de oscuridad. Viajé también por India, y no predije lo mismo. Actualmente India es un país que podría, por sí mismo, salir de sus problemas, mientras que África depende totalmente de la asistencia exterior”.
El “método Naipaul” de viaje es aparcar cualquier teoría previa: “Ni siquiera leo libros sobre un lugar antes de viajar a él, me gusta que sea el país el que deje una impresión en mí. A la vuelta sí que leo, muchísimo. Y, después de todo ese proceso, es cuando pienso. No viajo a un sitio con una idea. Mis conclusiones serían incorrectas...”. Todo ese procedimiento –ahora que el dolor en sus piernas y su espalda le impide grandes desplazamientos– lo está aplicando a Inglaterra: “Es cada vez más difícil que las cosas salgan bien en este país. El sistema de salud va por mal camino.

Fíjese en mi ejemplo: caí muy enfermo y fui al hospital. No sabían qué me pasaba, consultaban catálogos y especialistas sin hallar nada, mientras mi mal empeoraba cada vez más. Temí por mi propia vida y, al final, decidimos ir a un hospital de India, donde enseguida me diagnosticaron un virus y me medicaron. Debo mi vida a los doctores indios. Es increíble cómo en unos años se ha invertido la situación: antes, los indios venían a tratarse aquí… La sanidad británica es una basura, es muy buena en investigación médica, pero pésima en el tratamiento a los pacientes”. Las limitaciones físicas han alterado su método de trabajo.
“Cuando era joven, trabajaba muy duro, me levantaba lo más temprano posible y me ponía a escribir de manera obsesiva, hasta quedar exhausto. Ahora, en cambio, la energía es diferente: mi mañana se escurre durmiendo y desperezándome. Escucho las noticias, atiendo a mi gato ‘Augustus’, llega la hora de comer, después pienso un poco sobre lo que tengo que hacer y, al final, no me pongo a escribir hasta el final de la tarde, uno o dos párrafos.” Su mujer, Nadira, tercia en la conversación: “Todavía es capaz de levantarse a las tres de la madrugada para cambiar una única palabra que le estaba angustiando…, nunca me dice lo que es”. Naipaul tiene una idea clara sobre los nacionalismos, provocada por el asfixiante clima de su isla natal: “Son mezquinos.
No deberíamos animarlos, porque provocar a la gente según su área geográfica no es adecuado”. Se considera alguien “nómada, sin raíces”: le molesta la pobreza cultural de Trinidad, se siente “extranjero en India” y no puede identificarse con los valores tradicionales de la Inglaterra colonial. Para él, “en una sociedad amplia, extensa, hay muchas posibilidades de cambio, personal y colectivo. En una sociedad pequeña, limitada, es muy difícil cambiar nada. Sé que a los nacionalistas no les gustará esto, aunque tal vez no todos piensen lo mismo. La identidad es mejor cuanto más amplia”. ¿Una identidad caribeña, por ejemplo?, le decimos, recordándole que García Márquez nos dijo que existían los escritores caribeños, independientemente del idioma que utilizaran.
“Ah, sí –responde, sonriendo–, Gabo me dedicó un libro hace 13 años y puso: ‘Para un gran escritor sudamericano’… Es muy simpático que piense en mí de esa manera, pero la idea de que en el Caribe la gente hace cosas extrañas y maravillosas con el lenguaje es un pensamiento muy limitado. Hay uno o dos grandes escritores en el Caribe. No más. Si vienes de un sitio pequeño, como Trinidad, la aventura humana es necesariamente limitada. La verdad es que, si quieres un mundo más rico, tienes que, forzosamente, salir de allí. Tampoco me gustan los escritores ingleses provincianos, como Thomas Hardy. No puedo con eso, de verdad. Creo que, especialmente hoy, todos los escritores deberíamos abarcar todo el mundo.”
“Cuando era joven, trabajaba muy duro, me levantaba lo más temprano posible y me ponía a escribir de manera obsesiva, hasta quedar exhausto. Ahora, en cambio, la energía es diferente: mi mañana se escurre durmiendo y desperezándome. Escucho las noticias, atiendo a mi gato ‘Augustus’, llega la hora de comer, después pienso un poco sobre lo que tengo que hacer y, al final, no me pongo a escribir hasta el final de la tarde, uno o dos párrafos.” Su mujer, Nadira, tercia en la conversación: “Todavía es capaz de levantarse a las tres de la madrugada para cambiar una única palabra que le estaba angustiando…, nunca me dice lo que es”. Naipaul tiene una idea clara sobre los nacionalismos, provocada por el asfixiante clima de su isla natal: “Son mezquinos.
No deberíamos animarlos, porque provocar a la gente según su área geográfica no es adecuado”. Se considera alguien “nómada, sin raíces”: le molesta la pobreza cultural de Trinidad, se siente “extranjero en India” y no puede identificarse con los valores tradicionales de la Inglaterra colonial. Para él, “en una sociedad amplia, extensa, hay muchas posibilidades de cambio, personal y colectivo. En una sociedad pequeña, limitada, es muy difícil cambiar nada. Sé que a los nacionalistas no les gustará esto, aunque tal vez no todos piensen lo mismo. La identidad es mejor cuanto más amplia”. ¿Una identidad caribeña, por ejemplo?, le decimos, recordándole que García Márquez nos dijo que existían los escritores caribeños, independientemente del idioma que utilizaran.
“Ah, sí –responde, sonriendo–, Gabo me dedicó un libro hace 13 años y puso: ‘Para un gran escritor sudamericano’… Es muy simpático que piense en mí de esa manera, pero la idea de que en el Caribe la gente hace cosas extrañas y maravillosas con el lenguaje es un pensamiento muy limitado. Hay uno o dos grandes escritores en el Caribe. No más. Si vienes de un sitio pequeño, como Trinidad, la aventura humana es necesariamente limitada. La verdad es que, si quieres un mundo más rico, tienes que, forzosamente, salir de allí. Tampoco me gustan los escritores ingleses provincianos, como Thomas Hardy. No puedo con eso, de verdad. Creo que, especialmente hoy, todos los escritores deberíamos abarcar todo el mundo.”
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