Imre Kertész
Con el holocausto en el alma
Imre Kertész
es la memoria viva del horror que vivió el mundo en el siglo XX: la barbarie nazi y la dictadura soviética, que para el escritor húngaro son el mismo totalitarismo. Su obra, premiada con el Nobel en el 2002, es el esfuerzo por convertir esa experiencia en energía positiva y por vencer el complejo de culpa de haber sobrevivido a los campos de concentración, donde muchos otros inocentes perecieron.
Imre Kertész, en un momento de la entrevista, en Berlín, ciudad donde confiesa que vive ahora "una profunda paz".
Antes de detenerse a comprar fruta, en un pequeño colmado que exhibe su mercancía en la acera, nos confiesa que "el Nobel me ha hecho vivir muchas experiencias bonitas, pero también otras bastante malas. Vengo de un país muy pequeño, donde la envidia es muy fuerte, y se produjeron actos antisemitas que me hicieron sufrir mucho", como la quema de libros suyos en la calle. "Hungría ha sufrido unas humillaciones que no han cicatrizado: tras la Primera Guerra Mundial, perdimos dos tercios de nuestro territorio nacional. Hungría es un Estado cada vez más abierto, que forma parte de la Unión Europea; sin embargo, escribo más para Europa que para mi país."
El largo paseo por las calles de Berlín elude los lugares turísticos. "Prefiero mostrarles sitios sencillos a los que acudo habitualmente." Por ejemplo, evita fotografiarse ante el vasto memorial del holocausto que el arquitecto Peter Eisenman inauguró hace dos años: 2.711 bloques verticales de color carbón, de diferentes alturas, y que forman un laberinto por el que pasear; muchas de estas columnas –unas cuatrocientas–, sorprendentemente, ya muestran signos de deterioro. El escritor se pregunta "si la preservación de la memoria requiere tanto espacio" y prefiere mostrarnos la antítesis de esta monumentalidad, "algo que realmente me emocionó cuando lo vi por primera vez": nos pide que le acompañemos a la Wittenbergplatz, donde cuelga una discreta placa metálica con el listado de los principales campos de concentración, y un texto que dice: "Los lugares del horror que nunca hay que olvidar". Con la espalda encorvada, sereno, Kertész los lee en voz alta a nuestro lado: "Treblinka, Auschwitz, Stutthof, Buchenwald, Dachau...". "Es importante recordar", concluye. "De hecho, ya que estamos aquí, podríamos ir a la iglesia Conmemorativa." Para llegar a ella, pasamos frente al Corte Inglés local, los almacenes KaDeWe (Kaufhaus des Westerns), "los más grandes del mundo, yo soy un asiduo de su sexta planta, donde me abastezco de comida porque tienen una variedad increíble de productos de todos los países."

















