Imre Kertész
Con el holocausto en el alma
Imre Kertész
es la memoria viva del horror que vivió el mundo en el siglo XX: la barbarie nazi y la dictadura soviética, que para el escritor húngaro son el mismo totalitarismo. Su obra, premiada con el Nobel en el 2002, es el esfuerzo por convertir esa experiencia en energía positiva y por vencer el complejo de culpa de haber sobrevivido a los campos de concentración, donde muchos otros inocentes perecieron.
Con su esposa, Magda, que vivió largo tiempo en Chicago y con quien se casó hace once años.
Y es que a Kertész todo puede recordarle Auschwitz, un lastre cuyas consecuencias sobrepasan lo literario. En junio de 1965, escribió en su diario: "Nunca podré ser el padre de otro ser humano". En 1990, publicaba "Kaddish por el hijo no nacido", en el que explica por qué, tras la experiencia de los campos, resulta muy difícil dar la vida a otra persona. "Se trata de una novela de amor acerca del conflicto que supone en la pareja que la mujer quiera tener un hijo y el hombre, por sus experiencias vividas, no."
La historia de amor entre Kertész y Berlín es sólida. "En esta ciudad, por ejemplo, los aficionados a la ópera tenemos una vida fantástica –exclama el Nobel–. Fíjese, Berlín tiene tres óperas de primera magnitud, y cada año hay un debate muy importante sobre si la ciudad debe mantener a las tres, discuten encendidamente, lo votan... ¡y cada año vuelven a decidir que sí! ¿No es fantástico? Hace poco incluso di un pequeño espectáculo, una lectura de mis textos, en una sala pequeñita de la Filarmónica de Berlín, con un pianista tocando al fondo."
Pero, en realidad, lo que le gusta de la capital alemana es que "en ella vivo muy intensamente, experimento una sensación de profunda paz e intensidad. Me he dado cuenta, de repente, de que nunca había vivido en paz en ningún sitio: siempre había guerra, conflictos, dictadura".
–¿En Hungría no siente paz?
–No. Respiro rabia y destrucción. He vivido 40 años allí sin poder obtener un visado para salir al extranjero, y ahora disfruto por vez primera de una ciudad abierta y cosmopolita. Hablo la lengua alemana, mi editor vive aquí, y noto que la gente me quiere. Aquí residen muchos artistas, es una ciudad que atrae a los talentos. Mi mujer dice que soy como un joven que descubre una ciudad grande por primera vez.
Kertész gesticula en vano, intentando que le sirvan otro café, pero la camarera de la concurrida terraza donde hemos hecho un alto parece no vernos. "¿Se dan cuenta? –comenta–, la eficacia alemana está en crisis. Yo lo descubrí hace unos diez años, cuando vi que en el aeropuerto no funcionaba la cinta de las maletas, entonces me dije: ‘Alemania se ha acabado’."

















