Rebeldía de Nobel. Gao Xingjian
"Yo soy un fugitivo, no un héroe"
La casa parisina de Gao Xingjian es lo más parecido a un laboratorio individual de la creatividad que estos periodistas han visto. Ningún otro premio Nobel de Literatura de los que han desfilado por esta serie de entrevistas toca tantas teclas como este chino afincado en Francia desde los años 80. Teatro, ópera, cine, pintura, danza, poesía, novela… no hay género creativo que escape al interés de Gao, cuya sencillez, sin embargo, lo aleja de la imagen de “artista renacentista” que desprende la exuberante diversidad de su obra.

–Soy frágil, el poder político me podía aplastar en cualquier momento. La única esperanza de continuar escribiendo era la huida. Yo soy un fugitivo, no un héroe. Sin esa huida, me habrían aplastado como a una cucaracha. Es muy fácil dárselas de disidente, pero yo no lo soy, no he hecho política de oposición. Soy un escritor que, simplemente, para cumplir con su cometido y ser libre, tuvo que huir para situarse al margen de un poder totalitario que negaba y niega las condiciones básicas para la existencia verdaderamente humana. Desde siempre, ha habido que alejarse del poder, exiliarse, para crear. Es una vieja historia. El poeta es el que protagoniza la mayor huida y, paradójicamente, su palabra es la que permanece. Yo parto de la idea de que el hombre no es perfecto, sino frágil, y eso me proporciona todo el impulso necesario para aprender.
Le comentamos que el editor Jorge Herralde dijo una vez que “cualquier traducción al español de una obra en chino o japonés es una mera aproximación, una interpretación muy subjetiva”.
-¿Cómo sabemos si nos ha llegado lo esencial de sus libros? ¿Cómo podemos captar que su obra “expande los límites de la lengua china”?
-Bueno –sonríe Gao, al pasar frente a la Biblioteca de Bellas Artes, que frecuentaba en sus primeros años de bohemia parisina–, la verdad es que sólo conozco el chino y el francés, pero le aseguro que ‘La montaña del Alma’ en francés funciona bien. En todas las lenguas hay tres personas: yo, tú y él. Una coincidencia tan universal y mágica significa que hay algo profundamente humano en ello, que nuestra conciencia se articula a partir de esos tres niveles. Esa es la base común. Por otro lado, en chino no hay conjugaciones, ni distinción entre el verbo, el nombre, el adjetivo y el adverbio. Un verbo puede ser adjetivo, es la misma palabra siempre, es su lugar en la frase el que determina el rol que va a desempeñar. Esa ausencia de tiempos verbales hace que sólo cuente el proceso mental del narrador y que, por tanto, la distinción entre lo real y lo imaginario no sea tan clara como entre ustedes.
A la hora de comer, descubriremos que Gao es “100% vegetariano, a causa de mis problemas médicos, que conste, no por convicción. Antes era todo un gastrónomo. Como mucho en los restaurantes japoneses, porque el pescado crudo entra dentro de mi dieta, no tiene grasa.”
En un determinado momento, hemos tenido que abandonar el piso del escritor por las constantes interrupciones que suponían las llamadas telefónicas. “El Nobel ha traído con él la fama –apunta, a modo de disculpa–, y se me acabó la vida tranquila. Es lo que hay: estoy más ocupado que nunca. Recibo numerosas demandas, por todos lados. Me piden que haga de florero en los lugares más inverosímiles, que vaya a actos para sonreír y parecer simpático. No tengo secretaria, sería todavía peor: por un lado, hacer hablar a mis amigos con una secretaria es algo feo, y por el otro, estoy seguro de que entonces me pedirían todavía más cosas. El teléfono suena todo el día, ya lo ven, pero no tengo contestador y, por tanto, tampoco mensajes. También me llegan faxes todo el día. Responder todo eso multiplicaría mi trabajo. Así que también huyo de esto.”
Tal aversión a la vida social podría no cuadrar con algunas fotografías en que se le ha visto junto a dirigentes políticos, como la visita que realizó, hace unos años, a José María Aznar en el palacio de la Moncloa. “Esa y otras recepciones son actos que he aceptado algunas veces, educadamente, pero es algo que necesitan los políticos, no los escritores. No me gusta hacerlo. Me alejo lo que puedo de estas cosas, me fatigan. Son un tipo de ceremonia que uno practica por obligación, y tratando de reducirlas al mínimo. Esos encuentros no me aportan nada, ni a mí ni a la literatura”, afi rma, disfrutando del sol en una terraza junto al cemento del centro comercial de Les Halles, poco antes de acudir a echar un vistazo “a la sección de teatro de mi librería favorita, la de la Fnac”.
















