18/03/2007

Rebeldía de Nobel. Wislawa Szymborska

"No sabemos nada, y eso es lo fascinante"

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La poeta polaca Wislawa Szymborska, premio Nobel de Literatura en 1996, escribe como vive: con austeridad, buscando las palabras esenciales para decir lo justo. Su lucidez y su capacidad para adelantarse a los tiempos la mantienen como un referente para los jóvenes. 
Wislawa Szymborska muestra sus collages tras volcar sobre la mesa la caja de zapatos donde los guarda.
Aunque poco, se pronuncia de vez en cuando sobre política. Se la sabe opuesta a la visión nacionalista y católica de los hermanos gemelos Kaczynski (uno, presidente; el otro, primer ministro). "La situación política en la que vivimos no me entusiasma, ni mucho menos -confirma-. Jamás pude imaginar que los tiempos actuales iban a ser como hoy."

Hablamos de los condicionantes históricos que alimentan los demonios de Polonia: es este un país que ha sido borrado del mapa varias veces y castigado por la Alemania nazi y la Rusia comunista, por lo que en el ADN de todo polaco anida una legítima desconfianza tanto hacia Bruselas como hacia sus vecinos.

Ella no abraza el nacionalismo, "pero es que ni siquiera el ecologismo. ¡Cero 'ismos'! No deberíamos someternos jamás a las ideas del grupo. No se puede ser ese insecto clavado en un corcho con una agujita y una etiqueta debajo. Es mejor poder seguir volando". "Al principio -continúa-, yo admiraba el sistema comunista y escribía poemas de realismo social. Pensaba sinceramente que era una forma de liberar a la gente, había vivido la ocupación nazi, el odio en todo su esplendor, y sentía que era necesario todo lo contrario: amar mucho a la gente, y el comunismo significaba eso, un gran amor hacia todos, sin distinciones de ningún tipo. Después entendí que a la humanidad no había que amarla, en absoluto, ¡no se lo merece! Hay que apreciar y sentir lo que le sucede a la gente, experimentar empatía hacia ellos, y con eso basta. Por desgracia, de esos grandes amores a la humanidad siempre surgen las peores cosas, auténticos infiernos."

En uno de los estantes de su biblioteca, reposa el "Quijote". "¿Qué les parece a ustedes? -nos pregunta-, creo que es una obra maestra, pero que ha cambiado mucho con el tiempo. Cuando se publicó, hace más de 400 años, era un libro enormemente divertido. En estos momentos, al menos para mí, es un libro triste. Cuando lo cierras, lo que queda en el alma del lector es un poso de amargura. Es como si el humor hubiera envejecido, ¿verdad?".
Precisamente, muchos de los poemas de Szymborska son relecturas de la tradición: pinturas, libros, paisajes conocidos que ella mira desde un nuevo ángulo. "Le digo al lector: 'Fíjate en este detalle'. Intento mostrar que la vida es infinitamente rica, incluso en las cosas que parecen más evidentes. Todas las cosas tienen como mínimo seis puntos de vista: desde los cuatro lados, desde arriba y desde abajo."

Se ríe de las interpretaciones que hacen de sus poemas: "Por ejemplo, cuando en mi poema sobre el yeti dicen que se trata de Stalin, o cuando intentan analizar qué simboliza una piedra. ¡Nada! El yeti es el yeti, y la piedra es una piedra. Hay una costumbre excesiva de leer entre líneas, de buscar mensajes secretos. Mi poesía no esconde nada. El día que quiera criticar a los gemelos Kaczynski, los llamaré por su nombre, no los compararé con Rómulo y Remo".
A pesar de la omnipresencia de lo católico, ella no es creyente y define la religión como "la ilusión más elevada de todas las que tiene la gente. No soy una atea militante. Me gusta más plantear preguntas que dar respuestas. Mi divisa es: 'No sé'. Y ya veremos... Todos veremos. Ninguno de nosotros tiene mecanismos para poder saber qué sucede después de la muerte. Las cosas que no se saben son las que convierten la vida en algo fascinante".

Los animales son a menudo protagonistas de sus versos. Ella, que no tiene "porque esto es un pequeño piso en la ciudad", opina que "no hay poesía sin animales, plantas o piedras, porque estamos todos juntos en la Tierra. Me interesa el trabajo de la naturalista Jane Goodall, que ha estudiado a los monos como individuos y ha descubierto en ellos singularidades como las que nos distinguen a los seres humanos. Todos somos siempre diferentes".

Los niños polacos recitan en las escuelas su poema "Un gato en un piso vacío", y ella nos descubre ahora que "ese gato -que debe acostumbrarse a vivir en un piso donde ya no está su amo, muerto- es una herida grande en mi coraz ón. Ahí hablo del dolor por la pérdida de mi compañero, mi gran amor, el poeta Kornel Filipowicz, fallecido en 1990; no es sólo el gato el que está triste, sino también yo. Pero, bueno..., estoy hablando muchísimo de mí misma, y eso es muy raro. En mi vida hubo varios amores, los de juventud, mi primer marido, Adam Wlodek... Cada amor fue distinto. Sigo siendo amiga de aquellos que todavía viven, porque ha habido algo en cada caso que vale la pena recordar".

Le gusta definirse, coquetamente, como antigua, pero tiene muchísimos seguidores jóvenes. Podríamos decir que, hace 35 años, ya era moderna, cuando, por ejemplo, dedicaba un poema ("Prospecto") a "la piedad química", antes de la irrupción masiva de las drogas de diseño en las discotecas: "No tienes más que ingerirme, / ponme debajo de la lengua, / no tienes más que tragarme, / con un sorbo de agua basta. (...) ¿Quién dice / que vivir requiere valor? / Dame tu abismo, / lo acolcharé de sue ño...".

¿Son esos poemas los que la ponen en contacto con la juventud? "Tengo contacto con los jóvenes -admite-, hablo con ellos de muchas cosas. Pero los jóvenes que yo recibo son buenos chicos: estudian un montón y reflexionan sobre el mundo. Los más folloneros no me resultan tan cercanos. A mí me interesan más aquellos que hacen 'lo que hace todo el mundo' y parecen invisibles. ¡Me resultan fascinantes!"
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