24/10/2010

Mario Vargas Llosa

"Ningún gran escritor es feliz"

Texto de Xavi Ayén
Fotos de Àlex Garcia
Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, recibe al Magazine en su piso de Manhattan
y en la Universidad de Princeton, para explicar su visión de la literatura, ese arte que “compensa las frustraciones de la vida cotidiana porque nos hace vivir intensamente otras vidas”
El profesor Mario Vargas Llosa, en los pasillos de la Universidad de Princeton, mientras una alumna repasa la lección del día.
El misterio del sexo
El erotismo, siempre presente en las novelas de Vargas Llosa, es en El sueño del celta sexo homosexual. “Ha sido un reto escribir esas escenas –cuenta–, me he apoyado mucho en los diarios privados de Casement, suavizándolos un poco, porque desconcierta que una persona tan urbana, tan respetuosa de las formas, sumamente fina y educada, volcara toda esa suciedad en unos textos que rezuman una vulgaridad pestilente.” Reflexiona que “despojado de misterio y tabúes, hoy, el sexo es para los jóvenes un entretenimiento, una gimnasia, mientras que para mi generación era el misterio central de la vida, acercarse a las puertas del cielo y del infierno. Tal vez sea bueno que el sexo haya pasado a ser algo natural. Pero para mí aún no lo es. Ver a una mujer desnuda en una cama es la más inquietante y turbadora de las experiencias, algo trascendente”.

Paso siete, paso ocho. Ya frente al ascensor, el nuevo premio Nobel piensa complacido, por un instante, en la exposición de motivos del jurado: “Me gustó esa frase de que mi obra es una cartografía de lo que es el poder y de las maneras de resistir a ese poder, de no dejarse someter. Si algo es mi obra es eso, vaya, espero que lo sea, sí”.

Piensa también que le duele el hombro. El día antes, había comentado que otro tema de su nuevo libro es el dolor, el envejecimiento, “la ruina física de Casement, porque vivir en África en aquellos tiempos era terriblemente destructivo para el organismo. Él es un hombre enfermo, envejecido prematuramente, con malaria, pestes, irritaciones de la vista... Y, bueno, cuando tú tienes ya mi edad, 74 años, empiezas a vivir el deterioro físico, se nota, no hay nada que hacer, ya no eres joven, el organismo se resiste a hacer ciertas cosas, y eso me ha ayudado a describir los achaques de alguien como Casement”.

Dentro del ascensor, Vargas Llosa duda de que, con todo el revuelo, pueda acabar durante su estancia en Nueva York, como tenía previsto, el ensayo que ha empezado sobre la civilización del espectáculo. Piensa que su penúltima obra de teatro, Al pie del Támesis, tal vez sí vaya a conseguir ahora ser representada en España, tras dos aproximaciones fallidas. Marca el botón de la planta baja y sonríe. Sonríe mucho. No puede evitarlo. Y contagia.

Tan sólo unas pocas horas antes, los días del escritor en Nueva York eran normales. “Me despierto tempranísimo –contaba–, sobre las cuatro o las cinco de la mañana, porque aún arrastro el jet lag, hago los ejercicios que estoy obligado a hacer para el hombro, por mis problemas de espalda, camino por Central Park, desayuno con periódicos, me ducho y me voy a trabajar a la Biblioteca Pública de Nueva York, que es fantástica. En la noche voy al cine, al teatro, a ver danza... Siempre trabajo, incluso en vacaciones, porque cuando corto la rutina, aunque sea por pocos días, se me descalabra todo lo que hago. El trabajo es lo que organiza mi vida y me equilibra. Si se interrumpe, siento un gran trastorno, una descomposición de la vida, una enorme desorganización.”

Mientras el ascensor baja, Vargas Llosa se imagina dónde estaría ahora si no hubiera abandonado la política. Seguramente no en este ascensor. Dos días atrás, en el tren de vuelta a Nueva York, explicaba: “Cuando competí con Alberto Fujimori, hoy en la cárcel, por la presidencia de Perú, descubrí que, como todo, la política es también una técnica, y una técnica donde sale lo peor: intrigas, conspiraciones, cálculo, cinismo... Fue traumático. Pero es mejor conocer eso que tener una idea absolutamente equivocada de lo que es la vida política. Quien se mete en política, como dijo Max Weber, sella un pacto con el diablo, porque accede a usar como medios el poder y la violencia y ve cómo no es cierto que el bien produzca bien y el mal produzca mal, sino frecuentemente lo contrario”.
En un paréntesis de su actividad docente, va a la cafetería del campus a tomar el bocadillo que será si almuerzo del día
Política española
Ninguno de los lectores de sus novelas sería capaz de etiquetar a este hombre como conservador, lo que sí se ha hecho desde la arena política. “Esa etiqueta me la clavan. Yo, conservador, no creo haberlo sido nunca. Cuando te llaman conservador no intentan definirte por unas ideas que han observado de manera sana en ti, no, lo que intentan es descalificarte moralmente. Si eres un conservador, eres un gusano responsable de las peores iniquidades que se cometen en tu tiempo y no tienes derecho a hablar. Eso es lo que quieren decir los que me llaman así: reaccionario, imperialista, agente del Fondo Monetario Internacional...

Es una manera de taparte la boca y negarte el derecho a opinar. En eso, la izquierda ha sido genial, ha tenido una habilidad absoluta para satanizar, yo lo descubrí en 1971 cuando, al criticar a Cuba por el caso Padilla, no habían pasado 48 horas, ¡y ya estaba yo bañado de mugre, pero bañado, en medio mundo! Eso ha cambiado mucho hoy, porque hay un sector de la izquierda que se ha democratizado mucho.”

En la política española, Vargas Llosa apoya a Unión Progreso y Democracia (UPyD), el partido de la ex dirigente del PSOE Rosa Díez, porque “es lo que más se podría aproximar a un partido liberal en Perú, y con posiciones muy claras antinacionalistas, que es lo más atractivo de ellos. El nacionalismo –opina– ha tenido mucha influencia en España porque ha dado la mayoría necesaria para gobernar tanto a la izquierda como a la derecha, y esas alianzas se han hecho a costa de concesiones extremadamente exageradas. Las tensiones extremas que hay hoy en torno a eso vienen de una política de alianzas que fue muy irresponsable. La fuerza política del nacionalismo en España no se corresponde con su número real de votos sino con el poder enorme que supone poder otorgar el gobierno a un partido político. Rosa Díez, si llega a obtener una buena representación parlamentaria, puede librar a los partidos constitucionalistas de ese chantaje”.


La participación política directa no ha sido el único desvío en su carrera de escritor. El flamante laureado por la Academia Sueca debutó recientemente como actor teatral, junto a Aitana Sánchez Gijón, en una obra de su propia creación, Odiseo y Penélope, representada en Mérida con escenografía de Frederic Amat. Al hablar de esta experiencia, mientras deambula extraviado por el campus de Princeton, buscando la estación de tren, se le iluminan los ojos: “El teatro es fascinante para un novelista. La interpretación te permite esa experiencia única que es volverte tú mismo una ficción.

Te subes a un escenario y te conviertes en un personaje, es una experiencia extraordinaria que yo he vivido ya de viejo, pero ha sido mágico: mientras dura el espectáculo tú no eres el que eras, pasas a ser otro, y otro que convive con otros en un mundo imaginario. Es algo único. Se rompen las barreras y haces cosas que no habías soñado hacer. Tienes emociones, sentimientos, sensaciones que no son naturalmente las tuyas sino que provienen de una fantasía. Todo el mundo anhela eso, lo sepa o no lo sepa: ser otro. ¿Por qué, si no, leemos novelas?”.

Piso 3, piso 2, piso 1... Piensa un momento en su padre, a quien conoció por primera vez cuando ya tenía 10 años, que le pegaba, y “sin cuyo desprecio por la literatura no hubiera perseverado yo en ella de modo tan obstinado”. Se abren las puertas del ascensor en la planta baja y cae un auténtico chaparrón de flashes sobre él.
Vargas Llosa en el modesto despacho del departamento de Estudios Latinoamericanos que ocupa en la Universidad

Sobre González y Aznar
“Es como cuando estuve en política, incluso estoy volviendo a perder la voz como entonces.” Vargas Llosa confesaba, la tarde anterior, algo insólito en España: su admiración tanto por Felipe González como por José María Aznar, ya que ambos “fueron grandes estadistas, los responsables de que hubiera en España amplios consensos que le dieron crecimiento económico y solidez institucional. De hecho, hicieron lo mismo, cada uno en su campo: González empujó a la izquierda hacia el centro, haciendo del socialismo una socialdemocracia, y Aznar empujó a la derecha española hacia el centro, hacia la democracia, eliminando todo ese rastro autoritario que venía no sólo de la dictadura franquista sino de mucho más atrás, y eso fue enormemente beneficioso para España.

Lo que ocurrió con Aznar fue una gran tragedia, algo digno de una novela. Él se iba a ir por la puerta grande: cumpliendo su compromiso de retirarse a los ocho años, con un gran desarrollo económico, con un fortalecimiento de las instituciones, con una presencia de España en el mundo que no había tenido hacía siglos y que ni ha vuelto ni me temo que durante mucho tiempo vaya a volver a tener... Y de pronto ocurre esa cosa trágica y terrible del atentado de Atocha, que cambia completamente su imagen. A Felipe González se le ha reconocido que hizo una labor positiva para España, pero en el caso de Aznar no, se da una gran desproporción entre lo que hizo como gobernante y aquello con lo que la gente identifica su imagen”.

–La guerra de Iraq, por ejemplo...
–Ahí yo discrepo mucho con las críticas que se le hacen. La posición de Aznar fue la buena en ese momento y en esas circunstancias, la de apoyar la invasión. Fue una posición no sólo arriesgada y valerosa, y en el fondo justa, sino que dio a España una presencia internacional extraordinaria. De pronto España se convirtió en un país muy importante, con unos compromisos que tenían una repercusión internacional muy grande. El error de Aznar fue creer que los españoles iban a respaldar esa posición.

Los españoles, en realidad, no tenían el más mínimo interés en que España fuera un país importante en el mundo. Yo estuve en contra de la invasión de Iraq. Cuando Aznar la apoyó, pensé que aquello no era lo que se debía hacer, que era una invasión muy precipitada y fuera de los parámetros de la ONU. Pero quise ver si me había equivocado o acertado, porque yo me equivoco mucho, como todos, y me fui allí, a observar las cosas sobre el terreno. Y allí vi una cosa diferente a lo que nos habían contado. Vi un país que estaba abriendo una nueva etapa de pluralismo y democracia tras una dictadura corrompida, espantosa y brutal. En ese momento nadie iba a imaginar que el terrorismo alcanzaría las dimensiones que tiene hoy. Pero, aun así, me niego a creer que la solución sea otra dictadura.

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de: LUCIA DEZA SANCHEZ | 30/03/2012
Muy Bueno!!!
de: Julio César Linares Nava | 15/01/2012
Siempre admiré su palabra y su obra, es un orgullo para la lengua española y para el arte de fabular. Admiro su forma de exponer lo que piensa y lo que defiende. Merecido el nobel, que su figura de intelectual, su pasión por el libro y la lectura sea un ejemplo a seguir por los jóvenes latinoamericanos. Felicitaciones por la solícita entrevista.
de: Oswaldo Aiffil | 25/06/2011
Muy íntimo el reportaje. Definitivamente, Vargas Llosa es un hombre que ha vivido intensamente, y no vacila en opinar lo que piensa, no importa las consecuencias que esto le traiga. Por esta última razón se le puede calificar de ser un personaje auténtico.
de: carlos lopez | 10/03/2011
Es buen escritor, pero se quivoca de plano diciendo que la guerra de Irak fue necesaria. Casi un millon de muertos son muy dificiles de justificar, aunque sea a cambio de una supuesta libertad.
de: Adriana Gutierrez | 04/03/2011
Mmm..... que buen escritor es de admirar sus pensamientos.......
de: Jose Rico Lopez | 27/10/2010
Por eso mismo se queria presentar como representante de la extrema derecha
de: Joan Pons | 23/10/2010
Sr. Vargas: He leído una nota suya donde refería al rechazo injustificado de Arafat al Estado palestino ofrecido por Israel y Clinton el año 2000. También sabemos que los palestinos han rechazado el Estado que le concedió la ONU en 1947, y de muchos otros rechazos palestinos a incluso a negociarlo. Siendo así ¿cómo puede usted seguir culpando a Israel de que no haya un estado palestino?
de: Link Gomez | 22/10/2010
Me gusta su literatura pero me encanta su civismo, es un personaje humano increible. Está muy bien hecho el reportaje, les felicito.

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