31/08/2008
'Los girasoles ciegos'
Cartel de lujo para una historia dura
Texto Juan Ignacio Francia
Fotos de Joan Thomas
A pesar de su amarga historia, en la película Los girasoles ciegos, que ahora se estrena, se dan cita varias circunstancias afortunadas: un espléndido libro, único publicado de su autor, Alberto Méndez, que no vivió para disfrutar su enorme éxito; la obra póstuma de Rafael Azcona, el mejor guionista del cine español; un plantel de actores en estado de gracia; un productor con sabiduría, y el último trabajo de un hombre de cine de pies a cabeza, José Luis Cuerda

Maribel Verdú ha hecho una de sus mejores películas, según el director de Los girasoles ciegos. Raúl Arévalo interpreta a un diácono enardecido que busca todas las excusas posibles para llegar a la que cree viuda.
“Los derechos del libro los tenían los hijos –cuenta el albaceteño–, y, al llegar, me miraban un poco raro. Como a mí me pagan por fijarme, pensé: ‘¿Qué les pasa a estos dos?’. Hasta que me dijeron: ‘Oye, ¿tú sabes que una de las películas favoritas de un carricoche… no sé como llamar a Amanece que no es poco. A mí me interesan mucho sus personajes, aunque son claves distintas de La lengua de las mariposas o Los girasoles ciegos. Pero de Los girasoles, me atrajo la posibilidad de hablar de asuntos clásicos en el comportamiento humano: el autoengaño, la posibilidad de inventarse razones para ennoblecer las tendencias mezquinas. Debemos reconocer que somos un basurero, pero, aun como tal, podemos fertilizar la tierra donde caigamos y hacer cosas que demuestran que la naturaleza humana no es nada angelical. Me gustan las historias de moral difícil, donde ponerte de una parte, de otra, dentro de lo que son los personajes… En el caso de la Guerra Civil, está muy claro de qué parte estoy: con quienes sufren un levantamiento que quiere tumbarlos, aniquilarlos y que desaparezcan. Pero, sobre todo, en contra de seguir destruyendo tras finalizar la guerra.”
Para llevar a cabo una película de personajes, despojados por completo de artificio, José Luis Cuerda se ha valido de un selectísimo reparto del que sólo se pueden resaltar bondades. Desde Raúl Arévalo, cuyos trabajos en AzulOscuroCasiNegro o El camino de los ingleses le habían parecido conmovedores, a Maribel Verdú. Este ha sido su último trabajo patrio antes de irse a rodar Tetro, junto a Vincent Gallo y Carmen Maura, a las órdenes de Coppola. Dos ejemplos luminosos de cómo los actores españoles pueden tutearse con lo más granado del firmamento interpretativo internacional.
Arévalo, en su composición, ofrece una falta de control y conocimiento de su cuerpo absolutos, de movimientos grotescos, como imaginaríamos a un diácono repleto de contradicciones. Sugiere al director el tortuoso trabajo de Arturo de Córdova en Él, de Luis Buñuel: “Cuando Raúl va a averiguar qué ha ido a hacer Maribel a la tienda de modas, no va recto, va haciendo una curva, y yo no le dije nada de que hiciese eso!”.
Para llevar a cabo una película de personajes, despojados por completo de artificio, José Luis Cuerda se ha valido de un selectísimo reparto del que sólo se pueden resaltar bondades. Desde Raúl Arévalo, cuyos trabajos en AzulOscuroCasiNegro o El camino de los ingleses le habían parecido conmovedores, a Maribel Verdú. Este ha sido su último trabajo patrio antes de irse a rodar Tetro, junto a Vincent Gallo y Carmen Maura, a las órdenes de Coppola. Dos ejemplos luminosos de cómo los actores españoles pueden tutearse con lo más granado del firmamento interpretativo internacional.
Arévalo, en su composición, ofrece una falta de control y conocimiento de su cuerpo absolutos, de movimientos grotescos, como imaginaríamos a un diácono repleto de contradicciones. Sugiere al director el tortuoso trabajo de Arturo de Córdova en Él, de Luis Buñuel: “Cuando Raúl va a averiguar qué ha ido a hacer Maribel a la tienda de modas, no va recto, va haciendo una curva, y yo no le dije nada de que hiciese eso!”.
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