La melée más emocionante
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M.D.: Conocí a Nelson Mandela en Nueva York, en el 2005. Enseguida se puso a mi hija Lucy encima de las rodillas. [Damon enseña orgullosamente una foto del encuentro en el iPod.] Es un seductor. Un seductor nato.
F.P.: Un día nos encontramos en una cena de gala. Me atreví a decirle: “En algún momento de la fiesta me gustaría presentarle a Nerine, mi novia”. Al final de la cena, se le acercó, la tomó de la mano y dijo: “Nerine, ¿te molestaría que me invitara a vuestra boda?”. [Nelson Mandela es el padrino de uno de los dos hijos de François y Nerine.]
M.D.: Trabajar en esta película no ha hecho más que confirmar la opinión que tenía de Nelson Mandela. La base de su filosofía es el perdón, para conseguir un mayor entendimiento y una mayor unión. Para mí, es el hombre del futuro. Un hombre que abandonó todos sus prejuicios para actuar y comportarse mejor.
Más que una victoria deportiva
F.P.: Nunca había vuelto a ver la final de 1995 contra los All Blacks de Nueva Zelanda, ni tampoco ningún otro encuentro de esa Copa del Mundo. Seguramente porque no quería alterar los recuerdos de una época que me marcó como un hierro al rojo vivo. Incluso ahora, cuando me encuentro con un springbok y le oigo decir: “Eres mi capitán”, me emociono muchísimo. Imposible imaginar un guión mejor: un país que pasa de la angustia a la esperanza en el plazo de seis semanas sólo por un acontecimiento deportivo.
M.D.: Sí, Mandela y François se encuentran en el centro de la historia, pero están todos los demás: el equipo de Mandela y los jugadores. Con el tiempo, se hizo mucho más clara la relación entre el mundo exterior y el torneo. Pedir a los jugadores que fueran a la isla de Robben [donde Mandela pasó los últimos 18 años de cárcel] la víspera de la final fue una idea brillante.
F.P.: La idea se le ocurrió a Morne Du Plessis, el jefe de nuestra delegación. Insistió en que fuéramos con nuestras mujeres. Nunca había estado en la isla. Cuando vi la película por primera vez, me di cuenta de que las lágrimas corrían por algunas mejillas. La emoción sigue estando ahí.
Una película como ejemplo
M.D.: Mandela pidió a François que pusiera sus ambiciones tan alto como quería que estuvieran las ambiciones de su pueblo. Fue un reto increíble. Pero François lo entendió y encontró las palabras para transmitir el mensaje. No cabe duda de que es una película que te hace sentir bien, pero no miente.









