03/08/2008

Tal como los conocí

Enric Villaplana

Texto de Jaime Arias
Gran Bretaña llevaba aún una vida precaria  bajo un gobierno laborista muy riguroso. El ministro de la Vivienda, principal problema en un país muy castigado por los bombardeos, era también el
de los deportes. Y el ex minero Bevan llevó los Juegos con gran sentido de la responsabilidad mientras la población seguía alimentándose  con cartillas de racionamiento. Entre todos, tras el sufrimiento y la victoria, dieron una lección de esperanza y afán de superación

El marchador Enric Villaplana durante los Juegos de Londres en 1948

Faltaban cuatro kilómetros y, al descubrirme, gritaba: “¡aguaa, aguaa!”. Finalmente, le di alcance

Aunque casual e involuntariamente , también yo entré en la pista de atletismo del estadio de Wembley, metido enmedio de los campeones mundiales de marcha atlética que, exhaustos al cabo de cubrir 50 kilómetros, ovacionaban miles de aficionados. Era una calurosa tarde de julio del año…¡1948! Seis decenios han transcurrido desde entonces y no se me olvida el más importante acontecimento deportivo de la posguerra. El que resucitaba el movimiento olímpico, interrumpido, después de los Juegos de Berlín del 36, por la más mortífera conflagración de la historia.

Seguidor del atletismo de la época, este periodista se interesó por la suerte de uno de uno de los finalistas,  el manresano Enric Villaplana, campeón de España, que era uno de los favoritos de la prueba. Me constaba que tanto él como sus compañeros en otras especialidades, Gregorio Rojo y Constantino Miranda, no recibían la asistencia de rigor por parte de una deficiente delegación oficial. Eso explica que, en vez de aguardar en la tribuna de prensa, me llegara  hasta las cercanías del estadio, donde comprobé que Villaplana se mantenía en buena posición, pero no de las primeras del comienzo de la carrera, por haber sufrido un despiste.

Faltaban unos cuatro kilómetros terminales y nuestro líder forzaba la suerte cuando, al descubirme me gritó: “Aguaa!, aguaa!”. Me dirigí hacia  un grupo de vecinos que aplaudía a los héroes del momento, y con diligentes reflejos, uno de ellos me alargó una gran jarra llena que transporté corriendo hacia nuestro sediento amigo. Pero una bronca del público me hizo dudar sobre la legitimidad del anhelado suministro. Hasta que  uno de los controladores me incitó a socorrerlo. Preciosos segundos perdidos que me alejaron de Villaplana, a quien finalmente di alcance. Aún pude largarle otro envase que le fue de gran alivio. A todo esto nos metimos en un oscuro túnel que para mayúscula sorpresa salía al monumental escenario olímpico.
 
Aún hoy día, en la hemeroteca de La Vanguardia, queda archivado el eco de ese “intermedio cómico”, pues bajo ese título, narraba el anecdótico suceso Santiago García, hoy juvenil nonagenario a quien recuerdo, de  excelente y competente cronista y redactor jefe de deportes. Otros compañeros de la expedición hispana fueron Carlos Pardo, Antonio Valencia y José María Sánchez Silva, afortunado autor de Marcelino Pan y Vino. Además, tuve la suerte de trabar amistad con el mejor periodista polideportivo español, Ángel Díez de las Heras, primer director del deportivo As, antes de la guerra, que tuvo que exiliarse  y llegó a ser jefe de deportes de la Associated Press para Europa.

Aquellos JJ.OO., con la ausencia de Alemania, Japón y la URSS, no fueron de especial recuerdo. Dominaron los estadounidenses, seguidos por los suecos. Y despuntaron el checo Zatopek, la Locomotora Humana y la holandesa Blankers-Kohen. Mientras el trío militar español ganaba una medalla de plata, detrás de los mexicanos. Lo más notable fue el esfuerzo que hizo Londres, aún con heridas abiertas de su heroica resistencia en la decisiva batalla aérea sobre la capital. Era el bastión de la libertad, guiado por Churchill y evitando la invasión totalitaria. Londres’48, fue un justo homenaje de las democracias a quienes lucharon por una paz en libertad. Entre los combatientes, el equipo español de la BBC que nos informó durante la guerra y después de ella. En el que figuraban varios compañeros: Antonio Montaner, Josep Manyé y colaboraba Augusto Assia. Mientras Carlos Sentís seguía a De Gaulle por África. Y el eminente doctor Trueta salvaba centenares de vidas con sus nuevas técnicas y coordinaba los hospitales. Pequeña y enorme aportación a una gesta que cambiaba la historia.

Le invitamos a que sea el primero en comentar esta información.
31 de agosto
31 de agosto
Publicidad
Buscar en