Tal como los conocí
Josefina Carabinas
En su perfil de Teresa de Jesús, Carabias describe la fuerte personalidad humana del personaje. "Fuera de las horas de rezo, en que toda ella se transfiguraba, Teresa siguió siendo la monja alegre y campechana, llena de comprensión y de ternura hacia los seres que la rodeaban. Nunca desdeñó la conversación con los humildes ni con los poderosos, ni la broma inocente, y sabía en cada momento ponerse al nivel del interlocutor." ¿Retrato o semiautorretrato?
Conocí a Josefina Carabias poco después de su vuelta a Madrid, cuando acababa de regresar de un duro exilio en París. Años cuarenta, sombríos en toda Europa, y en España sobre todo, para el oficio periodístico, tal como lo había ejercido con éxito y que la encumbró en el Madrid republicano. Sus crónicas, entrevistas y reportajes de actualidad le granjearon una popularidad sin precedentes entre las pocas mujeres que en los años treinta probaron suerte en la prensa libre de la época. El semanario Estampa, de los Montiel, que se encontraba en todas las peluquerías españolas, encumbró a aquella jovencita
Pero sólo se acordaban los supervivientes de la guerra fratricida. Josefina Carabias tuvo que volver a empezar, y aún gracias a su antiguo colega Paco Lucientes, que le dio cobijo en el vespertino madrileño Informaciones. Al poco tiempo conquistó el favor de los lectores. La nueva generación descubrió una estrella con un lenguaje al que no estaba acostumbrada. Un castellano castizo, accesible, espontáneo en sus observaciones de la vida madrileña, empleado con un sentido del humor nada trivial. Crónicas en las que subyacía un fondo cultural del que había dado sobradas pruebas en tiempo pasado. No en vano tuvo de maestro en los años de universidad nada menos que a Ortega y Gasset, entre otros, y de amigo a Manuel Azaña, cuando aún presidía el Ateneo. Al que fue el último presidente de la República, Josefina Carabias le dedicó un libro biográfico. Es un punto de vista bastante excepcional. El de una mujer que sin meterse en política la conocía en sus recovecos y siguió muy de cerca. Tal vez la periodista que mejor entendió al hombre de Estado, porque ya sabía de él de tiempos en que el gran intelectual que había en Azaña deslumbraba a los jóvenes ateneístas. Josefina Carabias fue autora también de una vida de santa Teresa de Ávila, libro que trató con cariño propio de una abulense natural de Arenas de San Pedro. Libro clave para identificar la personalidad de la escritora y de la influencia que, sin duda, recibió de su mística paisana.
Su garra y su gracia es en buena medida asociable a esa “voluntad de estilo” que Juan Marichal, el que fue decano de la facultad de Letras Románicas de Harvard, atribuye a la mística santa. “No hemos de quedar las mujeres tan fuera de gozar de las riquezas del Señor, sino que las mostremos a los letrados y las comuniquemos”, es una de las citas de Marichal aplicable la filosofía de la gran periodista, que conquistó también a lectores de fuera de Madrid. En Barcelona, tuve la buena ocurrencia de que en el Noticiero, del que fui secretario de redacción, publicara las crónicas de Madrid. Y años más tarde, sus trabajos de corresponsal en Washington y en París. Crónicas costumbristas, algo a la manera de Julio Camba, pero muy originales.
Nació entre nosotros una larga amistad, que compartía con mi esposa, Pilar Gabasa. Conocimos a su marido, el economista Rico-Godoy, y a sus hijas, Carmen y Mercedes. De la primera me mostró, con legítimo orgullo, sus iniciales colaboraciones en el predemocrático Cambio 16, debut que la convirtió pronto en la mejor escritora humorista del país. Mientras, Mercedes Rico-Godoy ingresaba en la carrera diplomática, que la convirtió en embajadora en Cen-
troamérica e Italia; hoy es subsecretaria de Asuntos Exteriores.
Carmen publicó varios libros de éxito de los cuales salieron un par de películas muy taquilleras. Pero murió joven, no mucho después de que Josefina nos abandonara. Creo, sin embargo, que ambas, madre e hija, sentaron escuela. Muchas profesionales tienen en quién fijarse y siguen su buen ejemplo. Una antología de Josefina Carabias, de sus mejores páginas, no estaría de más.°






