Tal como los conocí
Charles De Gaulle

Charles de Gaulle (1890-1970), líder de la Francia Libre y creador de la V Repúblic
La mayoría de los medios se ha volcado en la evocación del Mayo del 68, sobre todo el francés. Pretexto para que nostálgicos, intelectuales y filósofos revivieran complejas disquisiciones. Todo ello justifica que, más atentos a la presente actualidad, recordemos que, hace justo medio siglo, De Gaulle fue llamado al poder para salvar la república por segunda vez e intentar cambiarle el signo de provisionalidad que le obligó a apartarse en 1946, con sucesivos gobiernos que se iban turnando como un tiovivo a razón de seis meses de promedio. En su refugio de Colombey-les-Deux Églises, el militar más singular de la moderna historia de Francia, al tiempo que escribía sus memorias, se fue preparando para intervenir en el caos, al borde mismo del precipicio. Se sentía presentido.
A principios de mayo del 58, los franceses de dentro y francófilos de fuera fiábamos de nuevo en ese personaje que, desde junio del 40, nunca dio por perdida la guerra. Y el que, merced a su innegable talento e indestructible voluntad, logró que Churchill incluyera a Francia entre los cuatro grandes. Su retorno se mascaba. En rigor, me trasladé a Bruselas a punto de ser inaugurada la espléndida Expo’58, primera internacional de la posguerra. Con espectaculares aportaciones de vencedores y vencidos que traté de reflejar en una serie de reportajes en Destino. Una de esas mañanas, estando en la sala de prensa de la Expo, leo un flash del télex, la convocatoria de una conferencia de prensa de De Gaulle. Salí pitando en un tren de gran velocidad hacia París. Pierre Juillet, jefe del partido gaullista, me adjudicó uno de los asientos preferentes, reservados en principio para los gaullistas de toda la vida. Entre ellos, André Malraux y, claro, Carlos Sentís, que siguió a De Gaulle desde Brazzaville hasta Argel.
Justamente la situación en Argelia es la que había precipitado los acontecimientos. De Gaulle ya había pronosticado la desgarradora realidad: “La colonisation c’est fini” fue una de sus lapidarias sentencias. De Gaulle comprendió que, para evitar la sangría, había que imponer un orden nuevo. Momento cenital. La conferencia de prensa, que reunió a más de un millar de periodistas en el salón del vetusto Hotel du Palais d´Orsay
–hoy convertido en museo–, fue el punto de partida. El general acaparaba la atención de todos. Cual un gran cardenal, un Richelieu de aquella hora, declaró a los pocos minutos, urbi et orbi, en tono grave y solemne, que estaba “dispuestos a asumir todas las responsabilidades”.
La noticia corrió como la pólvora. Argel, París y toda Francia respiraron. Luego el general respondió a un cuestionario diverso, apuntado en papeles por periodistas de todo el mundo. No le faltó la nota de humor. “¿Piensa usted implantar una dictadura?”, preguntó Welles, del The New York Times: “A los 68 años no se empieza una carrera de dictador”, respondió abriendo de par en par sus largos brazos. Pero poco tiempo después, tras su primera y vertiginosa visita a Argel, tuvo que plantar cara y hacer uso de su ingeniosa ambigüedad y valentía personal para imponer la paz entre la metrópoli y la nueva nación independiente del Magreb.
Entre tanto, De Gaulle instituyó la V República, aprobada en aplastante referéndum, inaugurando el sistema de presidentes elegidos por sufragio universal y con un Parlamento cuyo acceso reduce la presencia de partidos mínimos. Fórmula de cuyas rentas sobrevive la Francia actual. De ella se han valido adversarios de la nueva Constitución como Mitterrand, que ostenta el récord de dos septenios de mando. Hasta el nuevo presidente Sarkozy, que pretende ser un renovador del gaullismo. Pero cuyo exhibicionismo se da de bruces con el estilo que el general legó a sus herederos en el Elíseo.






