15/06/2008

Tal como los conocí

Francisco Fernández Ordóñez

Texto de Jaime Arias

“El que se mueva no saldrá en la foto” fue una frase crítica para los oportunistas. Hubo quien la creyó dirigida a Pacordóñez.  Lo que me indujo a dejar las cosas como eran: nuestro ilustre ministro no se movió de donde procedía. La suya fue, desde los tiempos más grises, la defensa de las libertades y derechos humanos. Con rigor, firmeza y desde una posición moderada, sensata y civilizada.Los que se movieron hacia el centro fueron otros. Allí donde él siempre estuvo. Y eso explicaba sus éxitos.

Francisco Fernández Ordóñez, en su etapa como ministro de Asuntos Exteriores

En los gobiernos de UCD se ocupó de la reforma fiscal desde Hacienda y de la ley del divorcio desde justicia

A Francisco Fernández Ordóñez, para los amigos Pacordóñez, lo conocí recién ingresado en el Ministerio de Hacienda, en calidad de secretario técnico. Antes de serle presentado, un compañero me avisó con igual  eufemismo que emplearon para hablarme de Manuel Díez-Alegría: “No se sabe cómo piensa”. Luego no era de pensamiento único. Había quienes lo sabían. Entre ellos, Lorenzo Gomis, director de El Ciervo, en el que colaboraron tres hermanos de esa familia ilustrada madrileña, a cual más culto. Paco, que sobresalió en los gobiernos de la transición; José Antonio, brillante ingeniero de caminos, y Miguel Ángel (Mafo, para los amigos), actual gobernador del Banco de España.

Lorenzo Gomis y Rosario Bofill no trataron a los hermanos Ordóñez sólo como colaboradores, sino también como amigos. Compartían ideas y actuaciones con miras a la normalización democrática. Mafo, el más joven y directo, escribió un día un artículo que costó una abultada multa a la revista. Paco tenía que hilar muy fino para moverse entre personajes del régimen, aunque fuera en los finales. Pero en la presidencia del Instituto Nacional de Industria, adonde fue llamado en su condición de experto tanto de las nuevas tecnologías como de hacendista y jurista, llegó la hora de abandonar esas funciones al dimitir su ministro de Hacienda. Fue cuando aprovechó la coyuntura para fundar un pequeño partido afiliado a la socialdemocracia. Una corriente de pensamiento occidental que el propio Pacordóñez definía diciendo: “La socialdemocracia es el taller de reparaciones del capitalismo”.
 
Adolfo Suárez, a la hora de enfrentarse a la reforma fiscal, lo nombró    titular de Hacienda. Tras este éxito de gestión, el mismo líder de la UCD lo nombró ministro de Justicia, cargo que repitió bajo la presidencia de Leopoldo Calvo-Sotelo, cuando logró la aprobación de la ley del Divorcio ante las Cortes. Otra histórica misión cumplida que homologaba la nueva democracia española entre las más adelantadas de Europa. No sin   sufrir severas críticas de uno y otro   extremo, tal como aconteció con la reforma fiscal. Pero además de valiente, a Pacordóñez, hombre de cultura, conocedor de las legislaciones al uso, en cada caso le sobraban argumentos y dominaba la dialéctica con superior inteligencia.
 
Era un auténtico humanista, muy leído y viajado, y además de trato sencillo y cordial, y de los que en los años de apertura mejor sabían bandearse en la plazuela pública. Ganaba adeptos y simpatías como pocos.  Igual con los grandes de este mundo que con periodistas y otras gentes modestas, con los que solía cambiar impresiones en los pasillos, por vía telefónica o epistolar. Éramos muchos los que hasta en sus últimos días  nos carteábamos con él. Solía escribir corto con segura buena letra, siempre expresiva. Por eso le salió tan redonda la conferencia de Madrid que convocó siendo ministro de Exteriores de Felipe González. Un hito de la moderna democracia española de nuestro tiempo.
 
En Catalunya contaba con algunos de sus mejores amigos, entre ellos Francesc Gay Paradell, a quien debo ciertos detalles de su convivencia con ese trío excepcional de los Fernandez Ordóñez. De Paco existe una excelente biografía escrita por Santiago Delgado y Pilar Sánchez Millas, prologada por Felipe González y Diego Hidalgo. Una vida frenética que en el año 1992, en vísperas de los Juegos Olímpicos y de la Expo de Sevilla, manifestaciones a las que ayudó con entusiasmo, quedó truncada por una endemoniada enfermedad. Una vida muy llena al servicio de la sociedad española en la que dejó indeleble recuerdo entre los mejores y más populares impulsores de la ­democracia.

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