22/06/2008

Manuel Pertegaz

Texto de Jaime Arias
Milton Greene, el que fue gran fotógrafo de modas de Life y, más tarde, vicepresidente de la productora de Marilyn Monroe, fue quien acertó a descubrir unos rasgos del arte de inspiración netamente ibérica en Manolo Pertegaz. Lo retrató con sus modelos del 50 en el marco del Prado y sus Goya. La fama del catalanoaragonés cruzó el Atlántico. Pero el genial creador ha seguido en sus feudos, mientras la griffe de Pertegaz, en variadas prendas, da vueltas al mundo.

Manuel Pertegaz, en el centro, junto a Rodríguez, Pilar Gabasa y Anta, miembros de un jurado de alta moda, en los años cincuenta

En la aislada España de los cuarenta nació la Cooperativa de Alta Costura, donde el joven pertegaz despuntó

La explosión mediática que tanto en París como en otras capitales occidentales provocó el fallecimiento de Yves Saint Laurent me recordó el estupor que produjo, hace medio siglo, la súbita muerte del que fue el descubridor de aquel. El no menos genial Christian Dior, el diseñador que tras la guerra mundial fue el principal artífice de la resurrección de la alta costura francesa. Y con ella, de la influencia y el prestigio de las industrias de lujo. Marcel Boussac, rey del algodón, apenas liberado París, fue al encuentro del artista y le propuso un pacto: el intento de revolucionar la moda que la guerra había dejado en estado anémico.

Dior decidió alargar las faldas. Y Boussac, de acuerdo con Prouvost, rey de la lana, y otros colegas del norte y sederos de Lyon, dio máximo impulso a la producción textil, con programaciones de colores y texturas a dos y tres años vista que impondría un comité de coordinación. Dior y un núcleo de jóvenes valores, entre ellos, Balenciaga y Jacques Fath
–luego Cardin– y el respaldo de veteranos de anteguerra, cual la recién depurada Coco Chanel, pusieron a contribución su fértil creatividad. Dictaron la nueva moda.

Un arte en principio deficitario que, con la ayuda del capital industrial asociado, implantaría una serie de marcas fuente de enormes beneficios, sobre todo a través de nuevos perfumes y accesorios de venta en almacenes y boutiques de todo el mundo. Lanvin y otras célebres casas de anteguerra salieron robustecidas. La recuperación obró milagros, y París se abrió a creadores de todo origen.

En España, que vivió en un casi absoluto aislamiento hasta el final de los años cuarenta, creadores, diseñadores y textiles vivieron una suerte muy distinta. Fueron años heroicos, muy precarios. Y sin embargo, en Barcelona y su área industrial, apenas emprendida la reconstrucción, en un restringido grupo de comercios y artesanos de raigambre, intermediario entre las industrias textiles y afines y la clase media alta, venció el espíritu de supervivencia. Empresas del ramo constituyeron una Cooperativa de Alta Costura en torno al veterano creador Pedro Rodríguez, que volvió a abrir sus talleres y estudios de Barcelona, Madrid y San Sebastián. Y el joven talento catalanoaragonés Manuel Pertegaz, que no tardaría en despuntar, mientras se consolidaba la gran costurera Asunción Bastida y volvían por sus fueros los seculares Dique Flotante y Santa Eulalia, y sus boutiques con sus respectivas ­clientelas.

La citada cooperativa , bajo la batuta del periodista Segismundo de Anta, organizó importantes desfiles a los que concurrían profesionales de la modistería de toda España. Rodríguez volvió a vestir a las familias más elegantes del país. Su estilo era personal y se atenía a los cánones que coincidían con la mentalidad de los primeros modistas franceses e ingleses. Hacer vestidos estrechos o anchos, según favorezcan a algunas o convengan a otras. Un principio que también seguían creadoras de la sombrerería como Pilar Gabasa o Katona, supeditadas a la fisonomía de cada una, poniéndolas en valor. Pertegaz fue pronto la coqueluche de la nueva generación. Su estilo, aunque sobrio y siempre elegante, resultaba novedoso, ajustado a la anatomía muy siglo XX de la mujer moderna, activa, de andares ligeros y deportivos. Entre sus musas, recuerdo a Margarita Gabarró de Puig y Bibis Salisachs de Samaranch, dos bellas elegancias, cada una en su tiempo, admiradas en la high life europea. Rodríguez, por su lado, contaba entre sus innumerables fans con María Brillas de Ensesa, cuyo legado –un conjunto de 350 piezas en perfecto estado de conservación– podrá contemplarse en el museo del palacio de Pedralbes.

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30 de noviembre
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