29/06/2008

Tal como los conocí

Vigdís Finnbogadóttir

Texto de Jaime Arias
Antes de entrar en la residencia presidencial, en las próximidades de la capital y en medio de un descampado que, gran parte del año queda cubierto de nieves, me sorprendió no ver a ningún guardia. Tal vez la vigilancia estuviera a resguardo y camuflada en el interior. La cuestión es que sólo me fue visible una única  señal de vida: cuando cruzó el patio de entrada una oca dando pasos de ídem,  con ademán muy digno y señorial. Todo estaba a salvo

Vidgis Finnbogadottir, en abril del 1995, en Barcelona, junto al entonces alcalde de la ciudad, Pasqual Maragall

La primera jefa de Estado del Mundo por elcción democrática es Islandes y embajadora de la UNESCO

Pocos años después de la guerra mundial, conocí al director de la Biblioteca Nacional de Islandia. Visitó Barcelona para consultar al ilustre bibliófilo y librero Josep Porter, que asesoraba a las principales universidades occidentales en materia de publicaciones hispánicas. Thor Thorgilsson, que tal era su nombre, me ilustró sobre las singularidades de su pequeño país, una isla, la más volcánica del Atlántico, cercana al círculo polar, como todos saben. Empezaba a disfrutar de su independencia, tras un periodo de ocupación estadounidense que durante la contienda mundial salvó a los islandeses de la dictadura impuesta en la metrópoli noruega por Quisling, el gauleiter de los invasores nazis.

Thorgilsson venía, a la sazón, para reponer y ampliar la sección hispánica de su importante institución y, a la vez, informarse sobre las editoriales europeas y americanas donde surtirse de obras clásicas o recientes prohibidas por la censura franquista. Tal era la demanda de literaturas hispánicas que registraba su pequeño pero cultísimo país, en proporción tal vez el más leído del planeta. Erudición con la que los isleños mataban el tiempo de sus largas y forzosas horas nocturnas. Mi privilegiado informador no exageraba.

Lo pude comprobar, al cabo de unos lustros, en mi primera visita a una de las librerías de Reikiavik. En la sección dedicada a la lengua castellana, estaban, entre otras colecciones, una selección de obras de Austral. Lo que no me esperaba era encontrar, al día siguiente, a una de las lectoras más asiduas de clásicos castellanos. Nada menos que a la presidenta Vigdís Finnbogadóttir, que concedió una entrevista a La Vanguardia, previa a una visita a la España devuelta a la democracia. Buena parte de la conversación derivó sobre temas culturales. Como correspondía a una profesora de literatura y también directora teatral durante varios años, igual podía hablar de Shakespeare que de Corneille, o de Ibsen y García Lorca, que de Pascal o Dickens. No había más que, en su sobria aunque elegante residencia, echar un ligero vistazo a su notable biblioteca, en uno de cuyos ángulos campaba un busto de Cervantes junto a una escultura del Quijote. 

Gran señora, doña Vigdís. No sólo por su hermosa planta de auténtica vikinga, sino también por la natural dignidad y mundología que desprendía su presencia. Hija de un ingeniero y de una enfermera que presidió la asociación de sanitarias de su país, destacó como estudiante universitaria, graduada en la Sorbona. Su licenciatura de historia, ganada en Copenhague, y su absoluto dominio del francés, el inglés e idiomas escandinavos hicieron de ella uno de los personajes más cultos de la escena internacional. Se comprende que ganara las elecciones a la presidencia frente a tres candidatos varones. Era la cuarta mandataria y pasaba a la historia ya por el solo hecho de ser la primera mujer que accedió a la jefatura de Estado por  elecciones democráticas. Y luego, ser reelegida por otras dos veces, renunciando a un cuarto mandato. De 1980 a 1996. O sea, de los 50 a los 66 años cumplidos y muy bien llevados. Más suerte que Hillary Clinton.

Nada cuesta imaginar la impresión que causó de anfitriona a Reagan y Gorbachov, en la histórica cumbre celebrada por ambos en Reikiavik, en 1987. Superior a ellos en formación cultural y, sin duda, con no menor talento. Cualquiera que tuviera el gusto de conocerla puede entenderlo así. Pruebas sobradas ha dado tanto en las Naciones Unidas como en las distintas misiones de embajadora de la Unesco que aún representa. A sus setenta y ocho años, Vigdís Finnbogadóttir es uno de los sobresalientes estadistas que dan lustre al Club de Madrid.

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5 de octubre
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