Tal como los conocí
Hélène Carrère D'Encausse

La secretaria perpetua de la Academia Francesa, con Nicolas Sarkozy
Pocas personas en Europa y en todo Occidente conocen tan a fondo la realidad de Rusia, la de todos los tiempos, la de ayer y la de hoy, como la francesa Hélène Carrère d’Encausse. Escritora, historiadora, especializada en asuntos rusos, con la particularidad de que es hija de un matrimonio de la nobleza zarista, de origen georgiano –los Zurabichvili–, exiliado en Francia a raíz de la revolución bolchevique. Hélène nació en 1929 en París, donde cursó estudios.Brillante alumna de bachillerato y de la Sorbona, profundizó en el conocimiento del devenir histórico, cultural y social del imperio de los zares y del soviético.
Apenas treintañera, casada con el hijo de una aristocrática familia de Burdeos, de la que ostenta el apellido, de su dotada y elegante pluma salieron tres primeros ensayos sobre los países musulmanes de dominio imperial ruso, sobre la política soviética en Oriente Medio y sobre el marxismo en Asia. Suficiente para que el Quai d’Orsay captara a esa novel experta. Pronto fue considerada una perla entre los más entendidos diplomáticos y especialmente en la embajada de Francia en Moscú, que visitaría periódicamente, a fin de estar siempre al día. En 1976, publicaba L’empire éclaté, la obra que le dio fama mundial, pues en este ensayo, que hizo auténtica sensación en la escena internacional, Carrère auguraba la caída del régimen. Como así fue. Sin embargo, no precisamente debido a la movida islamista, en los territorios del bajo vientre del coloso euroasiático, sino por la rebeldía de los países bálticos, influidos por la presión del bando occidental en la guerra fría y el mundo católico liderado por el Papa Wojtyla.
La autoridad indiscutible de tan privilegiada intelectual fue en aumento, si cabía, a medida que publicó nuevos ensayos y una serie de biografías de los grandes zares, incluidos sendos libros sobre Lenin y Stalin. Al tiempo, fue elegida miembro de la Academia Francesa y, poco después, secretaria perpetua de la tricentenaria institución. Europeísta convencida, ha sido eurodiputada durante dos mandatos, y sus intervenciones han dominado en los debates de la comisión de Exteriores, singularmente sobre las relaciones Este-Oeste.
En cualquiera de sus apariciones en público –yo asistí a un par de ellas–, esta dama más bien menuda, aparentemente frágil, pero de mucho carácter, impresionaba por su sabiduría y por la claridad y la precisión de sus ideas y argumentos, expresados en un francés impecable, digno del alto cargo que ostenta en el foro que fundara el cardenal Richelieu.
Como es lógico, a Sarkozy, a poco de llegar a la presidencia, le faltó tiempo para rendir homenaje a señora tan ilustre en el palacio del Elíseo. Es de suponer que estos días su ministro de Exteriores, el popular Kuchner, le pide asesoramiento. Si bien les bastaba releer algunas de las luminosas obras de la perspicaz escritora, que, por cierto, tiene una prima hermana que también sirvió al servicio exterior francés, nada menos que de embajadora en Tiflis, y una vez allí se naturalizó georgiana y fue ministra de Exteriores del país de sus antepasados, en el gobierno que presidía Shevardnadze. Ahora figura entre los políticos opuestos al actual presidente Saakashvili.
Volviendo a su bibliografía más reciente, en L’empire d’Eurasie explica la ambición de la Rusia de Putin de forjar una República imperial, que ya fue el sueño de Berdaieff. En sus últimos años de exilio en Francia, este filósofo ruso blanco dijo que “Rusia debe redefinir su situación entre Oriente y Occidente, unificar dos mundos y no separarlos”.






