28/09/2008

Tal como los conocí

Josep Ensesa Gubert

Texto de Jaime Arias
Ensesa era un hombre muy inteligente y, sobre todo, individualista. Muchos grandes de este mundo conocieron su obra tan personal, y algunos se hicieron amigos admirando el ejemplo que legaba, entre ellos el ministro de Exteriores británico Selwyn Lloyd. En cierta ocasión, el ministro de Información y Turismo, tras visitar S’Agaró, le dijo: “Le felicito, y dígame lo que puedo hacer por usted”. “Gracias, señor ministro: como hasta ahora, olvídense de mí.”

Josep Ensesa, con el actor John Wayne en el hotel La Gavina de S’Agaró

Merecerían esos patricios quedar inscritos en un cuadro de honor de pioneros del ecologismo

El centenario del bautizo del privilegiado litoral ampurdanés con el afortunado nombre de Costa Brava que le adjudicó el periodista Ferran Agulló se presta a serias reflexiones, en las que abundaron escritores de la categoría de Josep Pla, Josep Maria de Segarra o Carles Soldevila, defensores intelectuales de un territorio no suficientemente preservado contra la agresión de los especuladores. Aun así, la Costa Brava tuvo la suerte de contar con un grupo de cultos y civilizados amantes de la naturaleza cuya acción hermoseó aún más el paradisiaco paisaje. Merecerían esos patricios quedar inscritos en un cuadro de honor de auténticos pioneros del moderno ecologismo.

Desde el jardín botánico fundado por Karl Faust y el parque de Santa Clotilde y bosques de la comarca de Lloret de Mar del marqués de Roviralta, hasta el proteccionismo que en vida ejerció la sola presencia de Salvador Dalí, en Cadaqués y Port Lligat, cundieron otros memorables ejemplos. En la bahía de Palamós, las fincas de Josep Maria Sert y de los Puig Palau; en Begur, las de Ventosa Calvell y la joya hotelera de Xiquet Sabater de Aiguablava; en Calella, los jardines de Cap Roig o la arboleda plantada por los Sentís-Casablancas; o la Almadrava de los Mercader-Subirós  en la bahía de Rosas; o el coqueto puertecillo de los Mateu-Suqué, conservadores del histórico castillo de Peralada, son modelos medioambientales de amor al terruño.

Sin embargo, además de los citados benefactores y otros de no menor entidad, que los hubo, sobresalen sin duda los méritos de Josep Ensesa Gubert, un capitán de industria de relieve internacional que heredó, en los principios de los años veinte del siglo pasado, una pequeña península delimitada por la espléndida bahía de Sant Pol y la de Sa Conca, de perfecto semicírculo. Quedarían unidas por un espléndido y romántico camí de ronda sólo para peatones de cerca de dos kilómetros que Ensesa, de su propio peculio, hizo construir por encima de rocosos acantilados y diminutas ensenadas. Pero la obra magna se levantó sobre terrenos yermos convertidos en los que se planificó y edificó una zona residencial de lujo con celebridad internacional ya con anterioridad a la Guerra Civil.

Josep Ensesa, buen conocedor del mundo exterior, políglota consumado, conoció los mejores lugares del gran turismo de la belle époque. Pero tenía sus propios gustos y trató de ser fiel a la cultura de su país. “Yo hago catalanismo con las piedras”, solía decir, y junto a su amigo el gran arquitecto gerundense Massó, concibieron una urbe marinera de estilo armónico inspirada en la arquitectura de Girona y en parte en el neocolonial hispánico. Reglas a las que tuvieron que someterse cuantos quisieron edificar en S’Agaró, reducto de privacidad en el que se impuso la norma de respetar el silencio aristocrático que merece un descanso reparador.

El primer Hostal de la Gavina ya fue un exponente del deseo de originalidad de su propietario. Empezando por el nombre, que, por cierto, en la estúpida campaña de prohibir nombres catalanes a los establecimientos comerciales, pretendieron eliminar las autoridades de posguerra . Ensesa, armado de un diccionario de la academia, les dio una lección de idioma castellano: “Hostal, hospedaje, y Gavina, macho de la gaviota”. Cada habitación del hotel tiene una decoración distinta desarrollada según el mobiliario de distintos estilos y épocas. Y en las suites y los pasillos, cuadros, grabados y otras piezas de arte. Un museo.

Todo, reflejo del señorío de un personaje muy de su tiempo, pero con modos del Renacimiento, y cuyo perfil podía curiosamente confundirse con el del Papa Pío XII o el de su amigo el doctor Arruga. Principescos.

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30 de noviembre
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