Tal como los conocí
George P. Shultz
George Shultz habla con simpatía del presidente del que fue guía en el exterior. Pero deja que sea otro testigo próximo, Robert McFarlane, consejero de Seguridad Nacional, quien opine sobre el talento natural de Ronald Reagan diciendo: "Sabe tan poco y ha hecho tanto". Y Shultz cita unos versos del poeta, novelista e historiador Carl Sandburg, dos veces premio Pulitzer: "La república es un sueño. / Nada acontece sin un previo sueño".

George Shultz, a la izquierda, recibe en 1982 al ministro de Exteriores egipcio Butros Gali, posteriormente secretario general de la ONU
En la historia del Departamento de Estado estadounidense, George Shultz queda como una figura también sobresaliente, paralela a la de Dean Acheson. Más que una réplica de un político republicano frente al demócrata, ambos se inscriben enmedio de una generación de patriotas, triunfadores por méritos propios en la vida civil y luego en la administración y la diplomacia. Ambos requeridos por dos populares e instintivos presidentes, Truman y Reagan, que reconocieron en esos funcionarios su superior valía y confiaron en su inteligencia, sin ningún complejo, para dirigir la política exterior de la superpotencia. El primero, Acheson, sostenido por Truman, tuvo que enfrentase a la guerra fría con los soviets, y el segundo, Shultz, asesor inseparable de Reagan, fue el llamado a negociar con Gorbachev la apertura de una nueva era en las relaciones Este-Oeste.
En Ginebra, junto a un grupo de renombrados periodistas occidentales, tuve la oportunidad de descubrir la talla de George Shultz, cuando empezaba a darse a conocer públicamente en Europa, ya en la época de Nixon, como secretario del Tesoro y controlador de las importaciones de petróleo. Fue en los años setenta, en una reunión urgente de los países productores, casi todos árabes, responsables de la primera alza súbita de precios del crudo. Shultz ocupó la tarima del portavoz y en un reconfortante tono profesoral, propio de un catedrático salido de Princenton y pasado por el MIT de Harvard, explicó a una embelesada audiencia de iniciados en los temas internacionales la dimensión y las perspectivas del problema. Al año siguiente, dejó las tareas de gobierno, en el que de entrada sirvió de titular de la conflictiva cartera de Trabajo, que llevó con sumo tacto, para plena satisfacción de Nixon.
Marchó a California, a dirigir un seminario de economía de Standford, donde fue a contratarlo la poderosa compañía Bechtel, magna organización de ingeniería a escala global que no tardó en colocar a Shultz en la presidencia. Fue cuando Ronald Reagan, ex presidente del sindicato de actores de Hollywood y ya elegido gobernador de California, tuvo interés en conocerle. Encuentro decisivo, en el que el futuro presidente, seducido por la personalidad del sabio profesor, una vez ganadas las elecciones le ofreció la jefatura de la política exterior. Shultz aceptó. La etapa al frente de Bechtel le fue muy útil para conocer el fondo y las alturas del mundo exterior y estrechar lazos con personajes clave, tales como sus ex colegas hacendistas, el alemán Schmidt y el francés Giscard. Estaba maduro, y su categoría de hombre de Estado lo situaba entre los grandes, hasta el punto de que, después de su brillante actuación en las cumbres ruso-americanas, lo convertía en serio presidenciable. Acaso demasiado serio, porque lo suyo no era hacer de mitinero.
Su influencia fue muy tangible, siempre constructiva. A él se debió el origen de lo que acabaría siendo el grupo G-8, que inició, a cuatro, como secretario del Tesoro con los citados Schmidt y Giscard y el inglés Barber, en una estancia de la Casa Blanca. Su visita a España, observando el arbitraje del rey Juan Carlos y la política pragmática de González, le reafirmó, según explica en sus memorias, en su convicción de que la idea de libertad es un arma más potente que las totalitarias. Por eso se atrevió a pronosticar la decadencia del sistema soviético y a dar un giro positivo al entendimiento con los rusos.°






