22/03/2009

Tal como los conocí

Miguel Pérez Ferrero

Texto de Jaime Arias
La rivalidad entre Donald y Alfonso Sánchez, otro gran crítico de la época, no dejaba de ser cómica. El público los apreciaba. Al primero, por su clasicismo. Al segundo, por la modernidad de su humor. No en vano tenía columna en La Codorniz y otra de chismorreo en Informaciones, narrador de múltiples cócteles de los que subrayaba nombres de asistentes en negrita. “Vive de ellas”, dijo un envidioso. Lo cierto es que ambos, Miguel y Alfonso, vivían de su respectivo talento.

Miguel Pérez Ferrero conoció a los más notables escritores de varias generaciones

Su biografía de los hermanos Machado encierra el simbolismo de la tragedia fratricida de España

Ahora, que tanto se habla de la memoria histórica, pienso que viene a cuento evocar el simbolismo de una penetrante biografía de los hermanos Machado, obra maestra de Miguel Pérez Ferrero, editada por Austral, en 1947. Reeditada y agotada, la Vida de Antonio Machado y Manuel merece lugar permanente entre los clásicos testimonios de nuestra fratricida tragedia. Fue a mediados del año 1935 cuando el magnífico escritor y periodista, a la sazón director de las páginas literarias del Heraldo de Madrid, consiguió durante varios meses, y de viva voz, recuerdos y confesiones de Antonio Machado. En 1939, en París, después de la muerte del eximio poeta, Pérez Ferrero redactó una versión de la vida de ambos hermanos, para la cual pidió un prólogo a su amigo y pariente el doctor Gregorio Marañón, con quien compartía el exilio en la capital francesa. Pero el libro no se publicó hasta después de que, regresado a Madrid, el privilegiado autor repitió, en 1946, unas prolongadas entrevistas con Manuel Machado. Manuel, en julio del 36, quedó separado de su hermano Antonio por encontrarse aquellos días de vacaciones en Burgos. Los dos fueron utilizados por ambos bandos para fines propagandísticos, ellos que siempre vivieron unidos y que no volverían a verse. En 1947, falleció el segundo y apareció la primera edición del extraordinario libro de Pérez Ferrero.

“Nadie –afirma Marañón– podría habernos contado la vida de los dos Machado como Miguel Pérez Ferrero”, a quien reconoce, además de su maestría en el manejo del idioma, su conocimiento de las diversas generaciones de “una época áurea” de una España de fecunda alma liberal civilizadora y de “impulso exuberante del pensamiento… el segundo siglo de oro hispánico”. Añade el eminente médico e historiador: “La vida de los dos hermanos es como un símbolo de la tragedia y de la esperanza de la humanidad española. Su fraternidad la rompe violentamente el hacha de la Guerra Civil. La guerra les separa y les hace, en apariencia, banderas de dos partidos que se contemplan con ira. Hélos aquí, de nuevo, reunidos por la historia y para la eternidad”.

Pocos años más tarde, en mis andanzas madrileñas, tuve la suerte de ganar la amistad de tan ilustrado notario de la vida intelectual de alto bordo, que se había codeado y convivido con los más notables representantes de varias generaciones. Desde las del 98, del 15, del 27 y de la posguerra, de las que apuntó con agudeza perfiles y anecdotario en Los unos y los otros y otros ensayos. Y biografías críticas de Gómez de la Serna, Pérez de Ayala o Pío Baroja, a quien conocí por él, y en cuya edición definitiva intervine cerca de Destino. En su rincón de páginas culturales de ABC, nos veíamos con frecuencia y también en estrenos de cine, en cuyo terreno, bajo el seudónimo Donald, hizo célebre su personal arte de la crítica, servido por una prosa elegante, castiza, perspicaz y mordaz cuando se terciaba. En una de esas sesiones, me presentó al hierático Martínez Ruiz, Azorín, cinéfilo empedernido, pero, sobre todo, glorioso escritor del 98 y periodista e imperecedero enviado especial en la Ruta de Don Quijote.

Volvió unos años a París, de corresponsal en la era de De Gaulle. Allí también sostuvimos tertulias, intercambios sobre viejas y nuevas actualidades literarias y políticas. Su natural esquivo se tornaba sociable y placentero, al filo de una conversación en la que brillaban su inteligencia, cultura y una ironía escéptica, pero de buena ley. La erudición de mi amigo y compañero resultaba enriquecedora.

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