Vidas minadas
Cinco historias de dolor y coraje

Las prótesis y las muletas que utiliza Fanar Zekri, a la puerta de su casa, junto a una de sus hermanas.

2007 FANAR ZEKRI. LAJAN (KURDISTÁN IRAQUí)
Zekri, de 18 años, perdió ambas piernas en 1996 cuando estaba a punto de cumplir los siete años. Los ortopedistas de la Cruz Roja de Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, todavía recuerdan a aquel niño que hacía acrobacias mientras esperaba su turno en la fila. Ver jugar al fútbol a Fanar es un espectáculo inolvidable. El joven sortea contrarios con el balón bien cubierto entre sus manos y lo golpea con los puños. El muchacho vive en la aldea de Lajan en el seno de una familia compuesta por nueve hermanos y asiste todas las mañanas a la escuela primaria. Su retraso escolar es consecuencia de la política represiva ordenada por Sadam Husein contra las provincias kurdas durante décadas. La escuela se reabrió tras la caída del régimen del dictador en el 2003.

Sofia Elface Fumo ha cumplido 25 años, tiene dos hijos, Leonaldo y Alia, de siete y dos años, y estudia en la escuela secundaria de Massaca, a nueve kilómetros de Boane y a cuarenta y dos kilómetros de Maputo, capital de su país. Sofia tenía once años cuando pisó una mina en noviembre de 1993 mientras recogía leña con su hermana María, que murió a consecuencia de las heridas. En mayo del 2005 viajó a Barcelona con Alia para cambiar sus prótesis. La joven había resistido dos embarazos y una larga etapa de siete años con el mismo par de prótesis. Sofia vive con su madre, Lidya Alberto; su hermana Anastasia, de 19 años; el hijo de ésta; sus dos hijos y su sobrino Elface, hijo de un hermano. Su familia ha quedado reducida a mujeres y niños.
Sofía descansa en su casa de Massaca junto a su hija pequeña, Alia
En noviembre del 2007 algunos ya son adultos, se han casado, tienen hijos, trabajan en proyectos de sensibilización o estudian en la universidad. Unos viven en lugares con guerras abiertas, como Colombia o Iraq, o largas y olvidadas posguerras, como Bosnia; otros sobreviven en países que han dilapidado la ayuda humanitaria internacional o que sufren un boom turístico, como Mozambique o Camboya. Pero todos ellos, víctimas para siempre, siguen manteniendo una estrecha relación con el dolor físico y tienen dificultades para superar las secuelas psicológicas que les produjo la explosión del artefacto metálico o de plástico. Los que han sufrido la pérdida de una o ambas piernas necesitarán cambiar de prótesis
unas 25 veces en sus vidas, un coste económico imposible de asumir para la mayoría de los afectados, que viven en países con rentas per cápita inferiores a los 40 euros mensuales.
Aunque las minas fueron creadas para dificultar los movimientos del enemigo, su labor destructora se agrava cuando se produce el fin de un conflicto armado y comienza el regreso de los desplazados o refugiados a su lugar de origen. La ONU ha señalado que la capacidad de una mina de matar o herir a un civil después de finalizar una guerra es diez veces mayor que su efecto letal contra un combatiente durante el conflicto. Desgraciadamente, existe una tendencia generalizada por parte de los ejércitos regulares o irregulares a no señalizar los campos minados, y los soldados perfectos, tal como son conocidas las minas, actúan de forma indiscriminada durante décadas.










