El otro mapa de los sonidos de Tokio

En Tokio, las japonesas cuidan extremadamente su apariencia. Se las ve arreglándose en los trenes del metro, maquillándose, aplicándose pestañas postizas e incluso planchándose el pelo. Pueden llegar a emplear hasta treinta minutos en ello. Tanto hombres como mujeres utilizan los espejos instalados en los andenes para que los pasajeros puedan asegurarse de que su aspecto es impecable
Territorio de machos
Texto de Xabier Azkargorta
Es el olor. Tokio tiene un olor sensual. Algo que no se puede captar en las películas, ni en las de Nagisha Oshima ni en las de Akira Kurosawa. Cada barrio, cada estación tiene su olor por encima de la comida de batalla. Cuando uno quiere comprar un ordenador y llega a Akihabara se rebelan entre los dientes, empastes e implantes y todo adquiere un sabor metálico y huele a plástico cerrado. Sin embargo, las jóvenes japonesas con sus calentadores en los tobillos y la minifalda a cuadros en el ombligo dan a cada tienda un toque de sueño erótico que conduce a muchos a la sección X de vídeos.
Muchas películas están en versión original, por lo que es interesante saber inglés. Para ello, los japoneses recurren a Roppongi, lugar de encuentro con los gaijin, o sea, extranjeros, claro que para los nipones todos los extranjeros son gringos y hablan inglés. Sin embargo, ellos hablan un inglés que parece japonés hablado en katakana, es decir, la escritura llamada katakana que se usa para aquellas palabras que son de origen extranjero. Al ser el japonés un idioma silábico, si en inglés leche es milk, lo silabizan y lo convierten en miluku, y como tienen problemas para diferenciar la erre y la ele, dicen miruku en lugar de milk.
Roppongi huele a cerveza extranjera y noche de espera para coger el primer tren del día siguiente. Haruki Murakami explica muy bien en su libro After Dark la forma de cubrir la espera, sea en un rove hoteru (love hotel) o en un denny’s o establecimiento similar de 24 horas. En Roppongi, uno aprecia un cierto nivel de relación, amparado por el ruido de los trenes y las embajadas como testigos mudos de intercambios esperanzadores. Cualquier edificio inocente alberga en su piso karaokes con comida incluida y servicio de señoritas que se desviven para elevar tu autoestima y bajar tu cuenta de crédito. Es allí donde cambia el olor y pasa a ser una mezcla de perfume dulzón, alcohol, tabaco y comida. Olores variados, mezclados y tremendamente caros que se resumen en dos: huele a dinero y a macho.

De madrugada es habitual encontrar a oficinistas durmiendo en las estaciones. Vuelven demasiado tarde de las nomikai (literalmente, fiestas de beber) y pierden el último tren. Con sus elegantes trajes arrugados. yacen en el suelo, maletín y móvil en mano. Nadie les molesta. Despiertan por la mañana con el ruido de la gente o de algún empleado de la limpieza
Y todo se convierte en posible fantasía sexual cuando se llega a Kabukicho, el barrio por excelencia de entretenimiento rojo para adultos. Aquello huele a miedo, desconfianza, y una tremenda inseguridad se apodera de uno, sobre todo si es extranjero. De hecho hay lugares en los que no admiten a los gaijin debido, según cuentan, a los abusos que hicieron los soldados gringos con las nativas después de la Segunda Guerra Mundial. Aquí los japoneses se superan en fantasía. Se puede comer shabu-shabu en mesas de cristal transparente mientras acompañan señoritas con juegos de espejos para observar paisajes púbicos, con botellas que descienden del techo para que sirvan poniéndose de pie, momento que aprovechan para apretar un botón y provocar un golpe de aire, versión Marilyn, para subir las faldas de la muchacha. El cliente puede tomar una copa mien-tras ve escenas eróticas de enfermeras, azafatas, colegialas, novias en noche nupcial, sirenas en piscinas y un largo etcétera de situaciones eróticas fantasiosas en un barrio que se identifica con tatuajes, cicatrices y dedos amputados y que huele a pólvora y gasolina de coche de lujo.
Pero la noche en Tokio es ante todo transformación. El sarariman (salary men) que de día viste traje oscuro, corbata lisa y camisa blanca con su maletín en la mano espera con fatiga el fin de la jornada. Ha estado todo el día con “estupor y temblores” ante los jefes, como bien explica Amélie Nothomb en su libro, y por no meterse en la hora punta del tren decide darse un homenaje antes de volver a casa. Ahí se transforma y da rienda suelta a su fantasía. Maltrata si ha sido sometido y se muestra cariñoso si ha sido arisco. Es el equilibrio social, es la búsqueda del second life, pero en la vida real y no en la red, y en esa segunda vida es cuando se desinhibe buscando las cosas que sabe que no encontrará en el mundo cotidiano, tan tradicional y ancestral. Reconoce en los trenes nocturnos los instintos camuflados en udón, cerveza y karaoke. Sale de la estación y levanta el hocico dejándose guiar por el aroma de la fantasía y la transformación. El macho busca su territorio.








