Cuando la mente se agota

Llevar la agenda del trabajo, la de los niños, planificar el fin de semana, mantener una activa vida social... El día a día puede convertirse en una pesada carga de la que no siempre somos conscientes. La fatiga mental nos puede jugar una mala pasada

María Ángeles tenía siempre la mala pata de enfermar cuando tenía vacaciones. Fuese en verano, en primavera o en invierno no conseguía pasar unos días de fiesta sin algún resfriado o una gastroenteritis galopante, cuando no una conjuntivitis o una contractura que la dejase medio paralizada. El caso era arruinarse esos días arrastrando de paso a su familia. Los especialistas trataban sus males y en unos días estaba lista para volver a la rutina, pero ninguno la podía alejar de lo que se había convertido en su particular maldición. Hasta que el destino le hizo dar con alguien que le hizo ver la luz. ¿No sería que tenía un ritmo de trabajo o de exigencia que no podía asumir y el cuerpo lo acababa pagando? Fue entonces cuando tras hablarlo con su entorno y tras consultar en internet decidió ponerse en manos de un terapeuta especializado. Después de todo era un último recurso al que no podía renunciar.

Muchos de los pacientes que recibe el psicoterapeuta Ramón Soler en su consulta de Málaga presentan un cuadro similar al de María Ángeles. La saturación de trabajo, de planes, de situaciones sobrevenidas o una personalidad anticipativa o demasiado autoexigente suelen general lo que se conoce como fatiga mental, una saturación que sin llegar a ser patológica con el tiempo te va sobrecargando, provocando ansiedad y, sobre todo, llegando a inducirte diferentes somatizaciones (dolor de estómago, molestias cervicales, contracturas musculares, dificultades para dormir... y una clara afectación en el sistema inmunológico que hace aflorar todo tipo de enfermedades por patógenos externos, especialmente en los periodos de distensión).

“El estrés, un ataque de ansiedad... dan enseguida la alerta de que debes bajar el ritmo o cambiar de vida. Son patologías fácilmente reconocibles por cualquier facultativo y con un tratamiento claro. El problema es esa fatiga mental que está acabando por convertirse en uno de los grandes males ocultos de esta sociedad. Aunque también está bien descrita no llega a considerarse patológica y cada día va afectando a más gente sin que los propios afectados sean conscientes de ello”, reflexiona Soler. Y en tiempos en los que rendir en el trabajo, en la familia y en la vida social son un mandato obligado y en los que absolutamente todo tiene que estar planificado la saturación mental puede llegar a ser el plato de cada día. Y su digestión no es fácil.

¿Pero qué es la fatiga mental? ¿Cómo se manifiesta? ¿Cómo podemos diferenciarla del estrés? Llevar la agenda del trabajo, la de los niños, planificar el fin de semana, estar al corriente de la actualidad, interactuar en las redes sociales, cultivar los propios intereses y aficiones, gestionar el tiempo y atender y dar respuesta a todo tipo de requerimientos laborales y familiares puede convertirse en una pesada carga de la que quizá no seamos conscientes. O sí, pero que asumimos con normalidad. Y todo ello sin permitirnos un descanso en un tiempo de ocio también definido y pautado. Por no hablar de ese pensamiento obsesivo al que le damos vueltas sin saber por qué. El estrés siempre nos supera y se manifiesta en disfunciones físicas o psicológicas que llegan a incapacitar y requieren intervención clínica. Y casi siempre se puede identificar una causa (un cambio de trabajo, la pérdida de alguien cercano, un fuerte impacto vital…). Con la fatiga mental se puede ir tirando, aunque también acabemos pagando las consecuencias.

Su incidencia no responde ni a sexos ni a condiciones sociales, aunque se da más en las generaciones que tienen más asumida la cultura de la autoexigencia. Cómo puede llegar a afectar depende en gran medida de la personalidad y los propios recursos para combatirla, aunque todos los especialistas inciden en que identificarla y disponer de los recursos para combatirla es la solución más efectiva para plantarle cara. El problema es que se afronta como algo que entra dentro de la normalidad de la vida contemporánea y que aún son pocos los médicos de familia que la identifican cuando se producen las primeras somatizaciones.

“La autoexigencia es un valor que hoy nadie pone en duda. ¿Pero nos hemos parado a pensar qué precio puede llegar a tener?”, se pregunta el especialista Josep Maria Ollé


“En los últimos años hemos pasado del discurso de los cuerpos perfectos al de las mentes perfectas. Debemos ser creativos, asertivos, imaginativos, productivos, idealistas... y por puesto superarnos día a día y hacer gala del mejor currículum. La autoexigencia es un valor en alza que hoy nadie pone en duda. ¿Pero nos hemos parado a pensar qué precio puede llegar a tener todo esto?”, se pregunta Josep Maria Ollé, psiquiatra y psicoanalista especializado en el tratamiento de jóvenes y adolescentes. El caso es que esta fatiga mental provocada tanto por la obligación de dar la talla en todo, a menudo por propia autoexigencia, no sólo se da entre estudiantes o profesionales ambiciosos.

Ollé tiene entre sus pacientes a un sinfín de jóvenes afectados por un bloqueo mental que les impide rendir como lo habían venido haciendo, lo que les acarrea un sentimiento de fracaso que puede llevarlos a tirar la toalla en sus estudios. Algo aparentemente sin ningún tipo de sentido ni explicación, incluso físicamente asintomático. También son muchas las profesionales con hijos que no sólo ven precarizadas sus condiciones laborales por sus propias cargas familiares, sino que llegan a un punto de sobrecarga que las hace incurrir en errores, olvidos recurrentes y un sentimiento de culpa con el que no es fácil de lidiar. Y todo por esa saturación mental difícil de identificar y de afrontar.

El problema no es sólo cultural: está en el ambiente. Porque en un mundo tan saturado de información, el silencio, la reflexión y la contemplación se antojan conceptos ajenos. Mucho se ha escrito sobre los estímulos que recibía un individuo hace 100, 50 o 20 años con los que recibe ahora. La evolución, en cualquier caso, es exponencial. Es el mismo tipo de individuo capaz de generar, antes y ahora, hasta 50.000 pensamientos diarios. Con la gran diferencia de que ahora la mayoría aparecen como interacción y reacción a un estímulo externo. Ha sido una rápida evolución del pensamiento reflexivo a uno puramente reactivo.

¿Cómo abstraerse de esta realidad y de la necesidad de competir de este mundo plagado de inputs y de la obligación, si no de triunfar, sí de ser uno más? “Debemos ser conscientes de nuestros límites y, básicamente, descansar: parar la mente”, responde Soler. Unas vacaciones sin estrés, unos días de fiesta sin una agenda exigente o simplemente pequeños paréntesis que rompan con la rutina habitual y a los que no nos llevemos las preocupaciones del momento deberían ser suficientes. Aunque no es fácil aprender a desconectar. Entre los remedios para combatir la fatiga mental todos los especialistas apuntan la necesidad de cultivar el pensamiento creativo y reflexivo, meditar, desdramatizar situaciones, practicar ejercicio físico y, sobre todo, tratar de desconectar.

“Llega un punto en el que hay que aprender a relativizar y priorizar las preocupaciones. Es importante guardar siempre al menos media hora al día para la higiene mental con actividades que requieren una concentración lúdica, como leer, ver una película, escuchar música, bailar... Lo que sea para desbloquear las preocupaciones diarias. También podemos aprender técnicas de meditación o de gestión del tiempo. Cualquier cosa que nos permita combatir el estrés diario”, ofrece su particular receta la psicóloga Alicia Martos.

Ollé va más allá y propone un discurso alternativo, un elogio a la pereza frente al discurso habitual de realización y superación, acorde a una naturaleza en la que el hombre es el único animal estresado. “Debemos pacificar esa autoexigencia brutal, desdramatizar la vida para, simplemente, vivir sin tensión ni sufrimiento. Como autor del estudio Impacto de la crisis económica para la salud mental de la población, elaborado por el Observatorio de la Salud Mental de la Universidad de Barcelona y la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, este especialista certificó cómo muchos trabajadores que habían perdido el empleo a consecuencia de la última crisis se culpabilizaban de su destino, creían que algo habían hecho mal. Un sentimiento de culpa que también aflora de esta saturación mental en la que nos hemos instalado.

A la espera de ese difícil cambio cultural y esa imposible abstracción ambiental, a las medidas que cada uno sea capaz de aplicar o –en el peor de los casos– a cualquier intervención clínica se imponen medidas de prevención. Al menos, en el ámbito laboral. En España, el Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo, un organismo que emana del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social,  recoge y describe desde hace más de dos década los conceptos de “fatiga mental”, “estrés laboral” y lo que se ha dado por conocer como “burnout”, el síndrome de estar quemado, un estado de agotamiento físico, emocional o mental que afecta la autoestima y habitualmente desemboca en depresión.

En el rango inferior de estas alteraciones, la fatiga mental aparece en diversas notas técnicas de prevención que, sin ser de obligado cumplimiento, sí figuran entre la documentación que pone a disposición de las empresas para la elaboración de sus propios planes de prevención de accidentes. Sin embargo, aún son pocas las empresas que la recojen y, aún menos, las que ofrecen pautas para prevenirla o combatirla que vayan más allá de establecer períodos de descanso, formación y señalización adecuada.

Para este organismo oficial no se puede estandarizar el concepto de fatiga mental de acuerdo a una actividad, sino a los síntomas que presenta el trabajador afectado. Y siempre aparece en función de las capacidades del trabajador, sobre el que parece acabar recayendo la responsabilidad. “Cuando las condiciones de trabajo y las exigencias mentales del mismo no están adaptadas a las personas que los desempeñan puede surgir la fatiga mental como expresión de la necesidad de modificar la situación ajustándola a las características de las personas”, señala una de estas notas técnicas.

Más allá de la propia capacidad del trabajador, el instituto también propone la mejora de las condiciones de trabajo, su reformulación y una serie de intervenciones que van desde la eliminación de ruidos, la adquisición del mobiliario adecuado y su correcta ubicación o la mejora de los útiles de trabajo hasta las ayudas en el tratamiento de la información, la eliminación de jornadas de trabajo muy largas, la flexibilización de los horarios de trabajo y la posibilidad de poder realizar pausas en un lugar adecuado para ello.

A día de hoy son escasos los cursos de formación en esta materia y los puestos de trabajo en los que se tenga en consideración de forma específica la fatiga mental. Sí lo hace, en su oferta formativa, la Universidad de Valencia. “Cuando aparece la fatiga mental en el trabajo se produce una disminución significativa de los niveles de atención, provoca un pensamiento lento lo cual disminuye el nivel de respuesta a los problemas, y provoca una disminución significativa de la motivación hacia el trabajo. Estas situaciones producen una bajada en el rendimiento profesional, reducen la actividad y hay un aumento de errores en la ejecución de las tareas encomendadas”, señala el apartado que la refiere.

Para prevenirla recomienda mejorar la información y documentación que se maneja, mejorar también tipo de soporte de esta información, incorporar al trabajo variedad de tareas de distinto tipo y responsabilidad para evitar la monotonía, evitar el aislamiento posibilitando la comunicación entre los trabajadores y facilitar entre los trabajadores las relaciones de cooperación, tanto formales como informales.

Aunque más allá del ámbito laboral, la fatiga mental sigue siendo una batalla básicamente personal. De propia toma de conciencia. Así lo señalan todos lo expertos consultados. “A veces ves sobrecargas que no están provocadas por elementos externos, sino por el propio individuo. Tenemos que evitar dar vueltas a cosas que no estamos en capacidad de resolver. Hay que tratar de relativizar y priorizar las preocupaciones”, insiste Martos. Es lo que trata de hacer María Ángeles. Mantiene su responsabilidad como coordinadora de equipo en una compañía de seguros, sigue organizando la vida familiar y no ha renunciado a su vida social. Aunque está aprendiendo con la ayuda de su terapeuta a ver y afrontar las situaciones que se le presentan en su día a día desde otra óptica. “Necesitamos descansar, despejar la mente, en el trabajo y en nuestro tiempo de ocio”, resume Soler.