Rosemary y Peter Grant “La evolución es más rápida de lo que creía Darwin”

Los biólogos Rosemary y Peter Grant llevan 56 años casados y casi los mismos investigando juntos la evolución. La Fundación BBVA les ha concedido por sus descubrimientos el premio Frontera del Conocimiento que se entrega este miércoles.

Los Grant en su despacho de Princeton, repasando su amplísimo material sobre sus estudios

Hay dos puertas y las dos conducen al mismo destino. En cada una, un nombre que anuncia a quién corresponde el despacho en este pabellón de la Universidad de Princeton (Nueva Jersey, Estados Unidos) En uno de esos accesos se lee el nombre de Rosemary Grant. En el otro, el de Peter Grant. Una puerta está cerrada, pero no importa. La que se abre da acceso a una estancia que de inmediato se entiende que está unida a la contigua. Esto no es un dúplex, sino un dos por uno. Rosemary y Peter Grant, ambos nacidos en Inglaterra, casados hace 56 años y profesores eméritos de Biología en Princeton, son dos y uno al mismo tiempo en la vida cotidiana y cuando se ponen a investigar o, fruto de su conexión en lo privado y en lo público, ¿uno que se expresa por dos?

Esta es una entrevista conjunta. Los Grant son, de forma inseparable, los galardonados del premio Fronteras del Conocimiento que concede la Fundación BBVA “por sus profundas aportaciones a nuestra comprensión de los mecanismos y procesos que subyacen a la evolución en la naturaleza”, según el acta del jurado. A partir de sus estudios de los pinzones en la isla Daphne Mayor, en el archipiélago de las Galápagos, durante casi medio siglo –su primer viaje se remonta a 1973 y han repetido estancias anualmente durante más de 40 años–, este matrimonio ha documentado la evolución en acción, en tiempo real, lo que permite desarrollar estrategias eficaces para la conservación de especies amenazadas. Ellos, de por sí, son la evolución de Charles Darwin, descubridor de estas especies de pinzones en las Galápagos a las que dio nombre. Observaron cómo unos pinzones sobrevivían gracias a su pico largo y cómo su descendencia lo heredaba. Descubrieron, además, un nuevo linaje a partir del que denominan “gran pájaro”. 

Una curiosidad sobre otra evolución, que es la suya como pareja. Se casaron hace 56 años, ¿desde cuándo se conocen?
Rosemary Grant. Fuimos novios año y ­medio.
Peter Grant. Un estudiante de EE.UU. me preguntó, ¿por qué os casasteis tan rápido?

“Aprendimos a intercambiar opiniones en el desacuerdo, pero no nos peleamos (...) Es posible convivir y trabajar juntos si encuentras un interés parecido y uno ama al otro. Sólo hay un problema, y es no competir el uno con el otro”

¿Cómo se cruzaron sus caminos?
P.G. Nos conocimos en Vancouver, en la Universidad de British Columbia.
R.G. Los dos estábamos interesados en el mismo asunto, cómo se produce la formación de especies y las variaciones genéticas.

¿Cómo fue?
P.G. Tuvimos una discusión.
R.G. Ja, ja, ja.

¿Sobre darwinismo?
P.G. Aprendimos a intercambiar opiniones en el desacuerdo, pero no nos peleamos. ¿Quiere saber la historia?

Me gustaría, sí…
P.G. Era el tercer día en Vancouver, salía de mi despacho con unos esquís. Vi a una profesora asistente del departamento, a la que conocía, que iba con otra mujer. Me la presentó. Me dijo que se llamaba Rosemary, nos dimos la mano. Después del hello, ella me comentó: “Esos esquís son muy cortos para ti”. Le respondí: “No, no, no”. Ahí está el inicio de nuestro feliz matrimonio.

¿Es posible convivir y trabajar juntos, todos los días y noches?
P.G. Si encuentras un interés parecido y uno ama al otro. Sólo hay un problema, y es no competir el uno con el otro.
R.G. Cada uno tiene sus puntos fuertes y sus debilidades.
P.G. Y todavía estamos vivos y nos hablamos. ¿Quién crees que es el mayor por la forma en que nos comportamos?

De la manera que lo dice, ella…
P.G. Por 18 días.
R.G. Tenemos 81 años.
P.G. Mi padre siempre me decía que, fuera lo que fuera, hiciera lo que yo quería hacer. Me decía que “más vale ser pico grande en un gran agujero que un pico grande en un hoyo pequeño”.

Así que, a los 81 años, sólo hace unos días estaban de nuevo arriba y abajo por la isla Daphne Mayor, que algunos definen como el cráter de un volcán que emerge del agua, de vegetación escasa. Hierbas, cactus y pequeños árboles que proveen de alimento a los pinzones. Ahí acampan ustedes; desde luego no parece un lugar muy confortable. ¿Por qué ­eligieron ese lugar? ¿Cómo fue ese primer día?
P.G. Fue vigorizante, algo maravilloso por encontrarnos en un medio ambiente que es famoso por su evolución biológica. Estábamos en una isla deshabitada, totalmente para nosotros. Es difícil hallar un lugar de completa vegetación en estado natural. Y era en las Galápagos, con esa historia de evolución de los pinzones, también de las plantas, todo esto hacía fascinante que estuviéramos allí, vivíamos en un estado de excitación. Y todavía es emocionante.
R.G. Hacemos continuos descubrimientos. Cuando estás rodeado por la naturaleza, por el océano, surgen cuestiones interesantes todo el tiempo.

“Algunas iglesias proclaman una doctrina prodivina, pro Dios, muy fuerte en su discurso antievolución, que no está abierta a que la información científica ayude a explicar lo que ven y la manera en que lo hacen”

¿Y el estudio de los pinzones?
R.G. Porque leímos un libro del biólogo David Lack en el que describe cómo se comportan estas poblaciones y sobre las radiaciones (evolución) de los pinzones en diferentes especies relacionadas las unas con las otras. Ahí estaba la idea de que esas radiaciones eran muy jóvenes. Y describe algunas poblaciones de pinzones que eran extremadamente variables en el tamaño del cuerpo y la forma. Era una situación que facilitaba indicios de cómo esas especies se producen.
P.G. Y en circunstancias naturales, no afectadas por las manipulaciones medio ambientales del hombre. Daphne Mayor era la menos afectada de todas las islas.

Eso ocurrió en 1973, pero ahora, ¿sigue libre de esa manipulación humana?
R.G. Aún se mantiene. Cada vez que vamos tomamos muchas cautelas para no ­introducir nada. Adoptamos un extraordinario ­cuidado. Nos ponemos en cuarentena dos o tres días, todo, la ropa, todo lo ponemos en ­cuarentena. El arroz que llevamos está precocinado antes de ir a la isla. Todo bien cerrado.
P.G. La comida fresca, como las bananas, pasa por el agua.

Ya, pero la atmósfera, el clima están cambiando…
P.G. Pero eso forma parte del medio ambiente natural, aunque sea por elementos no naturales.
R.G. Sí, los humanos estamos afectando el clima. 

Pues, como bien saben, en EE.UU. existe una corriente de opinión que niega que la mano del hombre tenga influencia…
R.G. Creo que los humanos estamos contribuyendo al cambio climático. No podemos decir que cambia sólo por las cosas que hacen los humanos. Hay partículas de carbono liberadas en la atmósfera que sólo se pueden racionalizar científicamente con el argumento de que se trata de la acumulación de una capa alrededor de la atmósfera que produce un efecto invernadero y provoca la subida de temperatura. No tengo dudas de la contribución humana, pero si me pregunta cuál es la cantidad de la contribución humana a ese cambio que hemos visto en los últimos cien años, no puedo responder si es esta cantidad o esta otra. No tengo esta información, pero no tengo dudas de que los humanos influimos.

Existe una coincidencia curiosa en Estados Unidos entre los negacionistas del cambio climático y los que rechazan la teoría de la evolución.
R.G. Es muy triste. En muchos casos, esta actitud deriva de la gente a la que escuchan en la iglesia a la que pertenecen. Algunas iglesias proclaman una doctrina prodivina, pro Dios, muy fuerte en su discurso antievolución, que no está abierta a que la información científica ayude a explicar lo que ven y la manera en que lo hacen.
R.G. Creo que hay una cosa negativa en este país que no se da en otros. En muchos ­países, cuando nosotros crecimos, había estudios comparativos de religiones, de filosofía. Al hacer esta comparación, descubres que las religiones tienen ideas éticas y similitudes y no obtienes esta dicotomía entre ciencia y religión. No deben ser dos cosas completamente diferentes. La religión tiene su cara ética o espiritual, mientras que la ciencia trata de entender cómo funciona el mundo. No deberían ser opuestas la una a la otra, aunque lo sean en algunos casos.

“Otros han podido ver la evolución con las bacterias, con la resistencia a las infecciones o a los pesticidas. Pero con los pájaros lo hemos visto en tiempo real en un ambiente natural”

Ahora se dan situaciones en que se presentan estudios, como los de cambio climático, y se desprecian como fake news.
P.G. Eso es la política.
R.G. A menudo damos conferencias de ­religión contra ciencia y no debería ser contra.
P.G. Este es un ejemplo de cómo se restringen las visiones antievolución que toman algunas personas. Podemos hablar de cómo funciona sin utilizar la palabra evolución y la gente dice “esto es maravilloso”. Al constatar en la última parte de la conversación que no creen en la evolución, pero les dices que eso que han calificado de maravilloso es evolución, te responden “¿eso es?, no, ¿de verdad?”. De pronto los ves en un conflicto, porque tienen la idea fija de que la evolución es un montaje y lo que descubren en los estudios sobre evolución les parece fascinante.
R.G. Lo que ocurre a menudo es una falta de entendimiento, una carencia.
P.G. ¿Cuál cree que es la solución?

Perdone, soy el que pregunta…
P.G. Es una cuestión que no tiene respuesta.
R.G. Básicamente es educación.

Hay gente educada que no cree en la evolución…
P.G. Existen diversos caminos para educarse, tal vez hay demasiada teología en algunos.

En cambio, ustedes han visto la evolución en tiempo real...
R.G. Otros la han podido ver con las bacterias, con la resistencia a las infecciones bacterianas o a los pesticidas. Pero con los pájaros lo hemos visto en tiempo real en un ambiente natural.
P.G. Los estudios bacteriológicos se realizan en el laboratorio. Nosotros lo hemos visto en un medio natural, siguiendo paso a paso todo el proceso. En lugar de empezar en un punto, dejar un hueco, volver en otro punto al cabo de un tiempo y tratar de rellenar ese hueco, nosotros hemos seguido todo el curso, por eso hemos ido allí cada año.

¿Tuvieron uno de esos momentos en que de pronto vieron la luz?
P.G. ¿El momento eureka?

“Los pinzones morían porque no encontraban comida. Los muertos eran los de pico corto. Los de pico largo se adaptaron mejor y habían transmitido los genes del pico largo a sus crías. Cambiaron en una generación”

Sí, eso.
P.G. No. La mayoría de nuestros descubrimientos han sido realizaciones graduales, tal vez en un periodo de una semana o algo así, no de manera instantánea. Los descubrimientos surgen de la data, no mirando a los pájaros. Vienen por las mediciones.
R.G. Cuando crees que has visto algo, lo has de chequear y chequear para certificar que realmente es algo.
P.G. En lugar de ese momento eureka, te dices, “oh, mira esto”, piensas que algo está sucediendo, algo interesante. Pones los datos en el ordenador y buscas una explicación.

Los pinzones están “inmóviles” en la pantalla de su ordenador. Cada uno lleva una banda en la pata que lo identifica. Después de tantos años, los pinzones ya son como de su familia, ¿no? 
R.G. Sí. Supongo que pasa lo mismo si estudias mariposas o peces. Nos pareció que los pinzones en las Galápagos eran una buena materia de estudio, porque hay muchas islas pero separadas, unas tenían muchas especies y otras pocas. Las islas son diferentes las unas de las otras. Muchas de estas islas son prístinas, sabíamos que si se producían cambios sería por razones naturales. Además, también estaban sujetas a un clima muy dinámico, con épocas de extrema sequía y otras húmedas. Hay años con enorme cantidad de lluvia, que es bueno para los pinzones, y años de sequía, que son muy malos.

Precisamente, la fuerte sequía de 1977 propició su primer gran descubrimiento.
P.G. Los pájaros morían porque no encontraban comida. Fuimos a finales de ese año y buscamos los pájaros muertos. Vimos que eran los de pico corto. En cambio, los de pico largo se adaptaron mejor en esas circunstancias al suministro de comida de la naturaleza. Su pico largo les permitió aprovecharse de las semillas grandes. Al estudiar a su descendencia, vimos que habían transmitido los genes del pico largo a sus crías. Cambiaron en una generación. Esta es una clara demostración de evolución por selección natural. El proceso de selección es el diferencial de supervivencia bajo estas condiciones.

Más rápido de lo que concluyó Darwin.
P.G. Darwin dijo algo como que no veríamos en nuestro tiempo de vida ni pequeños cambios infinitesimales de sus falsas mediciones. Aquí estaba equivocado. El proceso de evolución es mucho más rápido de lo que se pensaba. Cuando empezamos, la mayoría de la gente era escéptica sobre que se pudiera producir un cambio evolutivo en una generación, como un pájaro con un pico más largo, por ejemplo. 

También han sido testigos de una especiación con la creación de un nuevo linaje.
R.G. Nunca sospechamos que conseguiríamos algo similar. Jamás pensamos que veríamos un nuevo linaje que actúa como una especie completamente separada.
P.G. Lucen diferente a los otros, cantan una canción diferente, se alimentan de manera diferente y se ignoran los unos a los otros.

¿Cómo hallaron al “gran pájaro”?
R.G. Teníamos todos los pájaros controlados con sus identificaciones y vimos que apareció uno que se parecía a una de las especies, aunque era más grande, era gigante. Le pusimos su banda y sacamos una muestra de sangre. Hasta que tuvimos toda la secuencia del ADN no supimos que ese pájaro procedía de la isla Española, que está a unos 100 kilómetros. Se emparejó con una hembra de una de las especies de Daphne. Hubo otra sequía entre el 2003 y el 2005 y murieron todos excepto un hermano y una hermana. Estos dos ejemplares se emparejaron y tuvieron 26 crías. Sobrevivieron nueve y se fueron emparejando entre ellos hasta crear un nuevo linaje. En seis generaciones produjeron un numeroso grupo de descendientes que están completamente separados del resto de especies.
P.G. Cuando nuestros colegas de Suecia que hacen la indagación genética nos enviaron los datos, nos dijimos “guau”, “Dios mío”. Ese resultado lo habíamos escritos en nuestra libreta como algo improbable. Habíamos identificado las similitudes entre este inmigrante y los pájaros que conocíamos de la Española, pero las descartamos.
R.G. Pensamos que debíamos estar equivocados. Nos parecía ridículo que llegara desde tan lejos con otras islas por el medio.

¿Y ahora?
P.G. La parte uno ha sido casi todo trabajo de campo. La segunda parte es más interna, la genética molecular de estos pájaros para completar la cadencia y diversificación de estos pájaros.
R.G. Planteamos las mismas cuestiones, pero a nivel genético. Muy excitante.
P.G. Necesitamos al menos 19 años…
R.G. Hasta los 100, ja, ja, ja.