Adriana Ugarte "Almodóvar me ha vuelto del revés"

Lleva la mitad de su vida en el mundo de la interpretación, pero han sido tres de sus últimos personajes en la televisión y el cine –en 'La señora', 'El tiempo entre costuras' y 'Palmeras en la nieve'– los que la han hecho popular. Adriana Ugarte se muestra reflexiva, pero dice que sigue guiándola la ilusión. Ahora protagoniza la última película de Almodóvar, 'Julieta'. Magazine ofrece hoy en exclusiva una secuencia clave de la película en el vídeo adjunto.

A Adriana Ugarte (Madrid, 1985) no se le borra la sonrisa de quienes piensan que deben dar gracias por lo que viven, aunque no sepan si al destino, a la suerte o a ese ser superior en el que ella dice creer. Recién rebasados los 30 y con la silueta de la Sira Quiroga de El tiempo entre costuras adherida como una segunda piel, acumula méritos como la televisiva La señora, o películas a las órdenes de Juan Cavestany, Daniel Calparsoro, Santi Amodeo –por Cabeza de perro logró su primera candidatura al Goya– y Fernando González Molina, que ha capitaneado su primer gran impacto cinematográfico: la exótica Palmeras en la nieve.

Reflexiva y apasionada por la conversación, enhebra su discurso alrededor de Julieta, película número 20 de Pedro Almodóvar. En ella, Adriana Ugarte encarna, a medias con Emma Suárez, a la mujer del título, que todo lo tuvo de joven, allá por los ochenta, y casi todo lo perdió: el amor, la alegría, la energía para sobrellevar el día a día y a una hija que no consigue encontrar.

“Almodóvar me ha vuelto del revés; me pedía cosas completamente diferentes a lo que habíamos preparado y me dejaba desarmada”

Pocas películas hay estos días tan marcadamente femeninas…
Eso, en el cine de Pedro, es marca de la casa, pero es cierto que las mujeres, al menos en el cine de aquí, casi siempre aparecemos como elementos auxiliares, como si fuéramos un accesorio más. Mientras eso no cambie, difícilmente se puede hablar de igualdad cuando lo que nos pasa a la mitad de la población no parece interesar a nadie. Es necesario empezar a contar lo que somos, hombres y mujeres, desde un punto más justo y equilibrado.

¿Cómo ha sido su primera experiencia con el cineasta que, probablemente, mejor ha retratado a la mujer española?
Me ha vuelto del revés. Como durante los ensayos parecía que le iba funcionando lo que le ofrecía, llegué al rodaje con una seguridad que me duró tres minutos. Pedro construye una película nueva día a día. Me pedía cosas completamente diferentes a lo que habíamos preparado y me dejaba desarmada y en una situación de indefensión maravillosa, partiendo desde cero. Esa desazón al personaje le venía al pelo, porque es una mujer que no se conoce muy bien, que no le da muchas vueltas a nada ni juzga; deja que la vida la lleve. En fin, que me sacó de mi comodidad –desde ahí es verdad que no se aprende nada nuevo–, y el día que vi la película por primera vez, llegué al garaje y estaba tan bloqueada que no conseguía sacar el coche de donde lo tenía. Tuve que parar, respirar, dar marcha atrás, volver a respirar… Tiene tantas cosas dentro.

Entre ellas, las relaciones entre padres e hijos. Un tema que siempre será actualidad…
Y no se ha tratado mucho en el cine. Los padres proyectan lo que querrían que fueran sus hijos, a veces desde la frustración de lo que ellos habrían querido ser. Y no paran de generar, desde el amor, una constante desazón en los que todavía somos hijos. Y, a la vez, nosotros tenemos la incapacidad de agradecer lo que han hecho por nosotros sin dejar de gritar nuestra necesidad de libertad. Si te conformas, malo. Antes o después, acabas traspasando los límites del respeto. Y si das un paso adelante, como es mi caso, no consigues liberarte del todo de una cierta culpabilidad. Es una relación amorosa y enfermiza a la vez, porque no consigues estar en paz con las personas que más quieres en este mundo, pero que te hacen sentir incómodo por ser el que eres.

“No creo que practiquemos el perdón de verdad, no llegamos hasta ahí ni de lejos; formamos parte de una sociedad que está constantemente subrayando el error”

También reflexiona sobre el perdón. ¿Cree que existe?
Posiblemente le hemos puesto nombre a algo que nos hemos inventado. No creo que practiquemos el perdón de verdad. No llegamos hasta ahí ni de lejos. Formamos parte de una sociedad que está constantemente subrayando el error. Parece que nos producen satisfacción las equivocaciones de los demás, que les hacen más débiles a nuestros ojos. Eso nos fortalece y nos consuela de nuestras faltas y carencias. Y si sentimos eso, ¿cómo vamos a pensar que el otro no hace lo mismo? Ahí se acabó la empatía. Por eso estamos constantemente a la defensiva. En esa ecuación el perdón no está. No nos interesa. Ni pensamos en él…

Julieta es también una reflexión sobre la soledad. ¿Cómo se relaciona con ella?
Muy bien. Cada vez mejor. He sido desde siempre una solitaria. Necesito mucho a mis amigos, que son como hermanos, pero también ese tiempo para mí, que me sirve para encontrarme con mis demonios. Para salir al ruedo social tengo que ordenarme; mirarme al espejo y revisar mis estrategias, esas que, por miedo, activamos y nos hacen ver a los demás como enemigos, cuando hay más gente con ganas y necesidad de relacionarse afectivamente de lo que podemos imaginar. Son muy dañinas porque nos alejan de quienes somos en realidad.

Es tímida…
Pero esto es muy de actores (risas): tímidos y solitarios. Ya lo era de pequeña y pasaba muchas horas jugando sola en mi habitación. Además, vivía en el centro de Madrid y no me dejaban bajar a la calle porque estaba llena de coches. Pero bueno, la introspección me ayuda mucho a la hora de agarrar a un personaje desde los intestinos, porque sólo hay un modo de hacerlo: conocer los tuyos. Dentro de ti hay cosas agradables y otras que no y que dan mucha vergüenza. Sin esa parte oscura, sin el conocimiento de esas taras, no se puede crear un personaje complejo que pueda empatizar con el espectador.

“Dentro de ti hay cosas agradables y otras que no y que dan mucha vergüenza. Sin esa parte oscura no se puede crear un personaje complejo que pueda empatizar con el espectador”

¿Cómo convive alguien tan tímido con la notoriedad?
La que es popular es la protagonista de El tiempo entre costuras, de La señora o de Palmeras en la nieve, personajes que han llegado al alma del espectador, y a mí me toca recibir el cariño y la admiración que el público les tiene. Vivo el momento con agradecimiento, pero como algo aislado; un accidente maravilloso.

Su familia tiene raíces culturales arraigadas.
En mi casa la relación con lo cultural no es una opción; ni una obligación. Se da por hecho. Escuchar, aprender, preguntar, viajar, seguir leyendo, seguir formándose; es un estar siempre en el camino sin llegar a ninguna parte. Estamos hablando de algo infinito. Mi padre siempre me decía que no me quedara en la cáscara de la naranja. Eso me lo grabé y es muy útil. Puede ser ácida o muy dulce. Si no te arriesgas, nunca lo sabrás. Pero apenas tenía presente que fuéramos familia lejana de Arniches o que mi tío abuelo escenógrafo trabajara con Lorca o con Buñuel.

¿Apoyaron su decisión de dedicarse a la actuación?
Yo siempre les digo que fue culpa suya, porque de pequeños nos pasábamos el día en el cine y en el teatro. Y yo empecé a sentir auténtica pasión por este mundo tan desconocido y tan mágico. Pensaron que sería algo pasajero y aún hoy les da miedo la inestabilidad de la profesión y que me quede por el camino abandonada y destrozada…

Eso ocurre muy a menudo…
Pero ahora todo es inestable. Vivimos en una sociedad que se está desmontando y lo que nos parecía inamovible y ordenado ya no lo es. Ningún trabajo garantiza la estabilidad y la permanencia. Yo también temo ser un juguete roto. Desde que empecé hace 13 años no me ha faltado trabajo, pero eso puede cambiar en cualquier momento, y ahí no me servirán ni los halagos ni los mimos que conlleva esta profesión y que te pueden desconectar de la realidad. Cuando llegue ese silencio, sólo mi fortaleza interna me permitirá no sentirme un desecho o un fracaso. Hay que tener muy claro que no se es imprescindible, pero eso no quiere decir que no valgas nada. Y es importante tener pocas necesidades y dependencias. Es una cuestión de supervivencia, pero también te acerca un paso más a la felicidad.

“Ningún trabajo garantiza la estabilidad, yo también temo ser un juguete roto; desde que empecé no me ha faltado trabajo, pero eso puede cambiar, y ahí no me servirán los halagos y mimos de esta profesión”

¿Qué aprendió en el famoso colegio madrileño del Pilar?
Puntualidad (risas). Yo era muy empollona, pero en eso no había forma. Al final, lo consiguieron. Y me gusta el lema del colegio: “La verdad os hará libres”. Creo que es así. Hayas hecho lo que hayas hecho, aunque sea un desastre, la verdad es el camino más directo para solucionar cualquier problema.

¿Es creyente?
De alguna manera, sí. Tengo una relación con lo espiritual. No me explico el mundo sin eso. Me sentiría muy prepotente si no encontrara un ser o una energía mucho más poderosa que yo a quien agradecerle estar aquí y que ha creado esta maquinaria tan sofisticada que estamos destrozando sistemáticamente. Porque el mensaje no cala. Por más que se diga a todas horas, por más grupos ecologistas que haya, siempre hay quien tira una colilla o un papel al suelo. Y detrás de eso viene todo lo demás; llenar el campo o el mar de porquería…

¿No cree que la educación llega tarde a esto?
Al menos se ha empezado. Hace unos años ni se hablaba de ello, cuando es obvio que hay maneras mucho más gentiles de tratar el medio ambiente. Pero ha habido descuido y pereza, que es algo que detesto y que, en mi casa, no se consentía. Ser vago no era una opción. Cuando siento que puedo hacer más de lo que estoy haciendo, me da una vergüenza muy grande.

¿Le interesa la política?
Inevitablemente. Pero estoy muy descreída desde que veo que hasta los que prometen más igualdad barren para su casa y se enredan en su ego. Al final, eso lo acaba dominando todo. A la política le falta corazón, pero de verdad. Creo más en el corazón que en las ideologías.

¿El corazón la ha llevado hasta donde está?
Y la ilusión. Empecé dando la réplica a actores tan desconocidos como yo en algunos castings y lo pasaba genial. Y no ha habido papel pequeño que no me haya ilusionado. Y llegaron La señora y El tiempo entre costuras y Palmeras en la nieve. Pues ¡qué ilusión!, ¿no? Es una maravilla sentirte actriz, que es una cosa que pasa a ratos; que son destellos, momentos en los que dejas de ser consciente de que estás siendo otro, en los que desapareces y dejas de tener conciencia de ti mismo.

“Estoy muy descreída de la política desde que veo que hasta los que prometen más igualdad barren para su casa y se enredan en su ego”

¿Le ha ocurrido a menudo?
A veces. Y es una droga; una maravilla.

¿Y cuando no sucede?
No eres dueño de esa magia, así que rezas por que llegue, pero no hay que forzarlo porque si no es como esa palabra que quieres decir y no te sale. Entonces te tienes que ver a ti mismo desde una posición de servicio; a disposición de lo que es preciso en ese momento, que es la transmisión de emociones: para lo que vales.

¿Se ve de viejecita haciendo malabares con estas cosas?
Para mí lo más importante es el equilibrio personal, porque sólo desde ahí puedo ser maja con mi familia y con mi gente. Si no, puedo ser un desastre. Luego sitúo el trabajo, pero no me veo con 80 años en un escenario. Mucho antes, quiero estar en el campo descansando, con mi marido, mis nietos, mis perros. Creo que hay un momento en la vida en el que hay que dejar de trabajar para volver a ser un recién nacido otra vez.

Dos momentos, detrás y delante de la cámara, de Julieta, la última película de Almodóvar, que llegará a las pantallas en unas semanas