Agustí Villaronga "Con incentivos, el cine es fuente de riqueza”

Cineasta transgresor y minoritario a su pesar durante años, Agustí Villaronga es uno de los directores de más prestigio del país. En el 2011, 'Pa negre' y sus nueve premios Goya le conectaron con el gran público y liquidaron su timidez. Premio Nacional de Cine, transita por el oficio desde hace cuatro décadas. Su nuevo filme, 'Incierta gloria', adapta el clásico de Joan Sales y cierra su trilogía, no premeditada, sobre la Guerra Civil.

Recién llegado de Londres, donde en mayo empieza a rodar Born to King, Agustí Villaronga, mallorquín y catalán de adopción, recibe al Magazine en su piso modernista del Eixample barcelonés. Allí combina vida y trabajo, entre recuerdos, películas y piezas que sorprenden, como los expositores recogidos de la calle o la casa de muñecas de la glorieta, con la que juega su “casi nieta”, de 5 años, hija de alguien a quien considera familia.

Mientras trabaja en su inminente filme –sobre el rey Faisal de Arabia– y su segunda dirección teatral –El vientre del mar, de Alessandro Baricco–, llega a las salas Incierta gloria, su tercer filme ambientado en la Guerra Civil, tras El mar (2000) y Pa negre (2010). De nuevo con la producción de Isona Passola, Villaronga pone imagen, y emoción, al extenso texto de Joan Sales, una de las grandes novelas en lengua catalana sobre la contienda, y sitúa el foco en esas gentes que malviven en el frente aragonés y bajo los bombardeos en Barcelona. Apenas dos disparos en pantalla; aquí el combate se libra en el interior de sus personajes, Lluís, Carlana, Soleràs y Trini, envueltos en pasiones y traición, y encarnados por Marcel Borràs, Núria Prims, Oriol Pla y Bruna Cusí.

“Con los años, he entendido que es bueno no querer ser tan fascinante y llegar a más público. Yo pensaba en el público, claro que sí, pero imaginaba a muchos ‘yo’, y no era así”

¿Cine de sentimientos, más que bélico o histórico?
Podría suceder en cualquier lugar y época. Está narrado como una especie de cuento. Transmite muy bien lo que viven esos jóvenes, aislados de su entorno vivencial, en un frente de espera. Son jóvenes que se abren a la vida y la guerra corta su camino. El título viene de un soneto de Shakespeare. Habla de cómo se escapa la juventud. Lo incierto de su futuro. Joan Sales tenía pensamiento de izquierdas, como lo tengo yo. Era soldado republicano. Pero la historia va más allá de la ideología de un bando u otro, trata del desengaño, de cómo la lucidez impide aceptar lo que ocurre.

¿Es consciente de que le recriminarán que sea “otra película sobre la Guerra Civil”?
¡Me lo dicen mucho! Cada uno es libre de opinar. Yo pensaría lo mismo. Lo que no saben es que Isona, justo después de Pa negre, me propuso ya Incierta gloria. Pero no me pareció lícito en aquel momento y opté por El rey de La Habana, una película muy arriesgada, distinta a todo mi cine anterior.

Y también le criticaron…
Me sorprendió mucho, la verdad, me dieron caña, y yo pensaba: hombre, que no me estoy acomodando, estoy explorando. Ademas fue un rodaje durísimo, me lo prohibieron en Cuba.

Este rodaje ha sido más tranquilo y con mejor presupuesto. (3,7 millones de euros).
No es un presupuesto de gran producción, participan muchas entidades, pero en muchos casos con una pequeña aportación. Hacer cine ahora es muy difícil excepto si entras en un portal como Netflix o algo así. Lo que recaudas es muy poco. Si dependiera de eso, no se podría hacer cine hoy en día.

¿Qué medidas urgentes necesita el cine para sobrevivir?
El cine sobrevivirá, al menos eso está claro. Tampoco está herido de muerte. Cuando se baja el precio de las entradas la gente responde, y ante cualquier tipo de cine. El IVA es un infierno y no sólo para la taquilla. Si hubiera incentivos, grandes películas como las de Bayona quedarían más vinculadas a España y sería una fuente enorme de trabajo. Necesitamos una ley de mecenazgo bien hecha, al estilo de otros países que mantienen así sólidas sus cinematografías sin depender tanto de las subvenciones. Y estimular a los niños en la escuela hacia el audiovisual, la comunicación más usual hoy en día. Pero este Gobierno da la espalda a una industria que no es tan ruinosa como quiere aparentar.

En el reparto sorprende la pareja Terele Pávez-Fernando Esteso. ¿Cómo pensó en él?
Se le ocurrió a mi ayudante de dirección y me pareció una gran idea. Siempre he defendido a Ozores, Lazaga, Massó, aquel cine de los setenta y ochenta, tan denostado. Ha sido un buen alimento para mi generación, junto al de Saura, Martín Patino, más intelectual. Esteso siempre me ha flipado. Es muy educado y culto. Y a Terele la quiero mucho; es inmensa y toda corazón.

“Nunca he sido independentista, pero entiendo la lucha y me he manifestado. Mi corazón está con Catalunya, y estoy en contra del Gobierno central. No me gusta la España de ahora”

Su cine siempre ha ido a contracorriente.
Durante muchos años iba con mis ideas y me encontré muchas puertas cerradas, sí. Últimamente todo lo que hago es por encargo. Resistí porque es vocacional, pero es como si quieres a una chica y no te hace ni puto caso. Es deprimente, al final te planteas abandonar, claro.

Hasta que llegó Pa negre, dejó de ser un “bicho raro” (como dijo al recibir el Goya) y entró en el club. Aunque títulos previos, como El niño de la luna, El mar o 99.9 hubieran sido elogiados en festivales europeos.
Pues sí, hasta que me tocó la varita mágica... Antes, con el cine que yo hacía, tenía cierto prestigio, no me quejo, pero era prestigio de minorías. Me etiquetaron como cineasta de culto, o sea, de películas que no ve mucha gente. Con los años, he entendido que es importante no querer ser tan fascinante y en cambio llegar a más gente. Yo siempre pensaba en el público, claro que sí, pero en un público formado por muchos yo repetidos. Y no se trataba de eso. Los que no eran yo resulta que eran más.

¿Cuándo decidió ser director?
A los 14 años. Mi padre era cartero, pero le gustaba mucho el cine. Me compraba cromos de actores, hacíamos peliculitas con cajas de cerillas. No era cinéfilo, él veía un cine muy patatero, pero me ayudó, porque siempre fue a mi favor.

A partir de ahí, ¿ autodidacta?
Totalmente. Vine a Barcelona y, como no había escuela de cine, estudié Historia del Arte. Pero contacté con gente del teatro, los que luego formaron el Lliure (Fabià Puigserver, Lluís Pasqual). De noche nos reuníamos en un parvulario que nos alquilaban. Tomábamos clases, preparábamos obras. Me gustaba y ganaba algún dinero. Estuve tres años en la compañía de Núria Espert. Me acuerdo en Argentina, haciendo Yerma de Lorca; iba a diario a la filmoteca. Luego he ido trabajando como actor, en vestuario y atrezzo, pero siempre quise ser director.

Su debut, Tras el cristal (1987), fue osado. Y difícil de digerir.
Es fuerte, sí. Pienso que no podría hacerse ahora. Pederastia, nazismo, la mezcla era explosiva, y la imagen del asesino además no estaba demonizada.

¿Prefiere no juzgar?
No juzgar es imposible, pero yo siempre intento tener en cuenta los motivos de por qué alguien llega a ciertos extremos. A veces, un maltrato anterior. Es que los juicios de las cosas son tan relativos… Por ejemplo, mi padre entró en la guerra a los 13, y a los 14 ya mandaba tropa en el Ebro. ¡Con los nacionales! Las actitudes vitales dependen de tantos factores. Él era huérfano, lo enviaron a Mallorca y acabó escapándose para ir a la guerra y hacer algo en la vida. No sabía adónde iba, y de ideas, ninguna. Luego fue un liberal, una persona excelente. Los hechos externos condicionan muchísimo tu destino.

¿Por qué su cine siempre pone el foco en el lado oscuro, en los personajes en crisis?
Me atrae el conflicto. En las situaciones más descarnadas aflora la realidad de la gente. Está muy bien una luna de miel para vivirla, pero en el cine prefiero las crisis. Especialmente en la infancia y juventud, cuando se forja el destino. Y las guerras. Nunca las comprenderé.

¿Qué otras cuestiones de la actualidad le indignan?
La injusticia, la hipocresía. Lo de la infanta y Urdangarin, por ejemplo. Me duele que callemos tanto. ¡Y luego en las votaciones se ignoran tantas cosas!

“Estuve involucrado con el budismo durante mucho tiempo, pero tuve que aflojar: era difícil conciliar un tipo de vida más espiritual con las exigencias de este oficio, y lo lamento”

¿Le ilusiona la nueva política?
Sí, sí. Yo creo en las cosas nuevas. Habrá errores, pero confío en el cambio generacional. Por lo menos se está intentando.

¿Cómo vive el proceso catalán? ¿Se siente independentista?
Le seré franco, yo nunca he sido independentista. Pero he estado en las manifestaciones. Estoy en contra del Gobierno central. Mi corazón está muy próximo a Catalunya. La idea de la separación no la veo necesaria. Aunque no me gusta la España de ahora. Preferiría que no se hubiera llegado a este extremo, por el Gobierno del PP y lo del Estatut de Zapatero... Pero en temas políticos no me casaría con nadie. Es complicado. Entiendo la lucha, que se reclame el referéndum y se presione al Gobierno como un país completo. Pero este enfrentamiento en el que los catalanes parecemos apestados…

No se ha significado mucho...
Abanderar algo no me gusta porque tendría que estar muy seguro de lo que defiendo. Significa excluir lo otro y no quiero errar. Y no soy nada fanático.

¿Le ha perjudicado en su carrera el sentirse catalán?
Bueno, eso de “maricón y catalán” me lo han dicho mil veces (ríe). Yo hago cine y no lo considero ni catalán ni español. Ahora, por ejemplo, rodaré en inglés, en Londres y en Arabia.

Acaba de cumplir 64 años, ¿cuál es por ahora su balance vital?
Me encanta la vida que he vivido. Con sus momentos difíciles. Son necesarios para crecer y aprender a mirar a los otros. Si no, te encierras en tu mundo.

¿Cómo se ve a sí mismo?
Era muy tímido, hasta que me vi obligado a tanta cosa pública de repente. No soy nada torturado, pese al cine mórbido que he hecho a veces. Mi intención es ante todo ser buena persona. Y gustar, reafirmarme como persona a través de mis películas, tener la aprobación pública.

¿Le duelen mucho las críticas?
No estoy en redes sociales porque me cuesta asimilar un insulto, una descalificación a mi trabajo. Me hace sufrir. Me gusta dar mucho a los demás y que los otros me den. Soy muy trabajador, me hace muy feliz este oficio. Y necesito ser querido. En privado lo soy, por suerte, tengo buenos amigos.

¿Y pareja?
Tengo una pareja. Hace muchos años, pero es, digamos, ¡poco convencional! Estoy feliz, sí.

Entonces llega Manuel. Cuba­no afincado en Barcelona, comparte el proyecto de montar un hotel en su país con el cineasta. “Pensamos comprar una casa en Cuba, acondicionarla y ­abrirla como hospedaje el año que ­viene. Él marcha unos meses ahora para prepararlo. Me hace ilusión, para él es muy importante”.

¿Qué tipo de director es?
Sufro antes, durante y después. Crear una película te exige muchísimo. Es algo muy intangible. Aunque soy menos obsesivo que antes. Con los actores, me gusta que aporten, pero ocurre que los famosos, tipo Carmen Maura o Terele, te ofrecen un material muy sólido de entrada y es difícil moverte de allí. Con los más jóvenes hay un proceso de ensayos previos fantástico, nos descubrimos mutuamente.

¿Cuáles son sus referentes?
Las influencias más fuertes vienen a una edad muy temprana, pienso. Son de hace 30 años. Por ejemplo, Passolini. Yo lo tenía en un pedestal. Cogía un libro suyo y me alimentaba de inmediato. Era como estar con un amigo. Me ocurrió con David Lynch, con Hitchcock, Bergman, y con Dreyer y Tarkovski, menos próximos al público.

¿Qué teme?
La vejez, la pérdida de facultades. Mi madre tiene alzheimer, y esa degradación me da muchísima pena. Me asusta.

¿Qué valores hay que rescatar?
Hombre, ¡ante todo, la inteligencia! Con eso solucionaríamos ya muchas cosas. Simplemente, detenernos y reflexionar, comprender. El problema es no pensar por uno mismo. Vivimos en una época con tantos inputs, tanto exceso. Ya no sabes discernir si te engañan o no. Hasta en tus propios gustos e ilusiones. Te acabas confundiendo. Yo mismo, si miro el cine que hace tanta gente en otros países, al final tengo que parar. Hay mil cosas que me gustan. Entonces me digo: “Calma, Agustí, déjate influenciar, pero lo justo”.

¿Falta reflexión, distanciarse un poco de las redes sociales?
Aquí ahora no se reflexiona ¡y es tan necesario! Tú te vas a otros países, yo qué sé, Sudán, Cuba, y es muy distinto. La gente piensa, reflexiona más que aquí. Está bien tener tanta información, pero ahora mismo nos arrastra. Como una centrifugadora. No se puede abarcar tantos temas. Yo intento estar al margen de las redes sociales. Esa intromisión en la vida, en el puro presente. No me gusta estar aquí con usted e ir mirando el móvil (lo ha dejado sonar dos veces) ¡Esa presión de la inmediatez! Yo quiero vivir las cosas una a una. Sólo estoy en algún chat por temas políticos, para estar al día, porque si te fías sólo de las noticias no te enteras de todo.

¿Es creyente?
Soy muy espiritual. ¡Uy, suena tremendo! No soy practicante, pero sí muy atento a las cuestiones religiosas. Muchas personas necesitan la religión para vivir. Más allá del dogma, es un refugio, una fuente de sabiduría. Llevar en nuestra maleta ideas espirituales es bueno. Hay demasiado materialismo. Y eso no es, para mí, la vida. Yo estuve mucho tiempo involucrado con el budismo. Hace unos años aflojé, porque cuando tu vida es más espiritual te alejas de lo cotidiano, tus intereses se sitúan tan lejos de lo que es, por ejemplo, hacer una película, que cuesta conciliar ambas cosas. Por ello lo tengo aparcado, aunque me da una rabia tremenda.

¿El peligro es involucrar la religión en otros intereses?
Que detrás de las religiones se escuden ideas políticas intransigentes. Es evidente el mal que hace el terrorismo, pero al margen de eso, creo que pase lo que pase hay que ser muy respetuoso y muy atento a las sensibilidades de las personas.

¿Llevar al cine el drama de los refugiados podría sensibilizar?
¡Si no lo consigue lo que ocurre a diario, en vivo…! Al final de la película he incluido imágenes de masas de gentes de la época que enlazan con las evacuaciones de ahora. Es tristísimo. ¡Tantos niños desaparecidos! Y pienso que en Jordania, por ejemplo, tienen más refugiados que en Europa, el mundo rico. Eso sí son temas importantes y deberíamos poder entenderlos. Que la prensa lo explique de veras, que la de aquí en este sentido es un chiste.

¿Cómo interpreta el auge de la intolerancia en tantos países?
Es un problema de mayorías. Aquí se han hecho protestas a favor de los refugiados, pero eso sólo será útil si la gente que decide es sensible a ello. Lo que no entiendo es cómo se sigue votan­do así. A escala personal, si me ofrecieran acoger a una familia, no podría, pero a alguna persona sí lo haría. Pero no se trata de eso. Cuando la gente a título privado hace cosas así a veces acaba juzgada. No sé qué se puede hacer. ¿Usted tampoco, no?