Alaska "No he tenido espíritu juvenil ni de joven"

Provocadora y lúcida, actriz y cantante, Alaska (Ciudad de México, 1963) se convirtió en icono de la movida en los estimulantes años ochenta y desde entonces, sin perder la esencia, no ha parado de crear junto a su marido, Mario Vaquerizo, y con su grupo Fangoria, que presenta nuevo disco.

Alaska no niega su estatus de icono. De la movida, de la música de las últimas décadas a la que ha contribuido con un puñado de imprescindibles, icono gay… Lo fue hasta para los pequeños de la casa, cuando presentó la inolvidable Bola de cristal. Recibe al Magazine en un coqueto hotel madrileño a dos pasos de su casa, con los ojos oscurecidos por su eterno maquillaje, el gesto serio y la cabeza despejada de los buenos conversadores. Viste ceñida; otra de sus señas de identidad. Y en la charla aparecen rápidamente los hombres de su vida. Su marido, Mario Vaquerizo, con el que forma una pareja de apariencia indestructible dentro y fuera de la pantalla de televisión, y Nacho Canut, cómplice en las andanzas de su grupo Fangoria. Ambos presentan trabajo discográfico de resonancias futuristas: Canciones para robots románticos.

Como aficionada al tema, ¿cree que los robots serán la base de la antropología del futuro?
En realidad, creía que, llegados a este punto del siglo XXI, los robots iban a formar parte de nuestra vida cotidiana, pero, salvo por la Thermomix, no hemos avanzado gran cosa en esa línea desde los cincuenta. Por eso hemos hecho con Juan Gatti esa portada tipo Mad Men en la que posamos ante nuestro coche y nuestra casita, con nuestros robots, y damos miedo porque los auténticos autómatas somos nosotros.

“Mi vida es como un tobogán con montaña rusa; pero más allá del dinero y los vaivenes económicos, yo necesito tranquilidad para funcionar”

¿Esperaba que la vida fuera como en aquella serie animada, Los supersónicos?
Exacto. Mi generación tenía la idea de un futuro más deshumanizado, en el buen sentido.

¿Sería más feliz si no tuviera sentimientos?
Supone renunciar al amor y a la empatía, pero también a los celos, a la ira, al odio, a la codicia, a la inseguridad. ¿No viviríamos mejor sin esto? Yo creo que estaría dispuesta a sacrificar lo bueno para no volver a saber nada de lo malo… Y no preocuparme por tener que decir que no, que se me da fatal. Como dice Nacho, pagaría a alguien porque lo hiciese por mí.

Aun así, ¿su vida es confortable?
Es todo lo confortable que puede ser un tobogán con montaña rusa incorporada. De pronto, tienes de todo, lo pierdes, vuelves a tener, inviertes, adiós otra vez… Más allá de eso, necesito la tranquilidad para funcionar. Nacho y yo necesitamos estar bien. Podemos no tener un duro, ni discográfica –esto ha ocu­rrido–, querer sacar un disco y llevarlo adelante, pero sí estamos bien. Hubo una época en la que nos dejaron los novios a los dos a la vez y teníamos tal drama montado que éramos incapaces de poner dos notas juntas.

¿Entiende al que precisa alteración?
En realidad lo admiro, si logra crear en el caos sin dejar que le hunda. Probablemente está más preparado para este momento que yo, pero claro, si yo le cuento mi vida a alguien, pensará que cómo soy capaz de manejarme en este desbarajuste. No he tenido jamás un contrato laboral. Pero ese caos, en mi visión y en mi sentir, está tranquilo y equilibrado. Soy un poquito agobiada por naturaleza; como el conejo de Alicia. Con la edad gestiono peor mi tiempo y me quedo más rato paralizada en la nada. Y en la media hora que tardo en pensar eso, cuando era más joven, ya lo había hecho y terminado.

“Estoy en el maravilloso lado marciano de la vida, lo que no deja de ser un quebradero  de cabeza”

¿Es lo peor de haber rebasado los cincuenta?
Lo peor es la rebelión del cuerpo que estoy viviendo. Con cosas que, en muchos casos, han venido para quedarse. Tengo una hernia de disco, asma alérgica, una pérdida de cartílago… y, de repente, todo eclosionó en la última gira y todo me dolía y todo me venía mal… Me costó hacer los últimos conciertos. Y luego pasa que no tengo mucho espíritu juvenil dentro de mí.

Parece difícil de creer en alguien como usted…
No he tenido esa cosa juvenil ni cuando lo era. Nunca he sentido esa chispa, esa alegría en el carácter que tienen Mario o mi madre. Ahora es como si el cuerpo se fuera acomodando a lo que soy, y no siento que esté perdiendo ese gran valor que es la juventud. Dicho esto, me fastidia profundamente tener un achaque. Aunque nunca pensé llegar hasta aquí. Los cincuenta no estaban en mi panorama, no esperaba nada de ellos.

En Disco Sally, una de las canciones de su álbum, hay una frase lapidaria: “Para qué lamentarse si el final está aquí”.
Eso que socialmente llamamos envejecer con dignidad es muy relativo. Significa que no te has operado y la dignidad la llevas en tus arrugas y en tus canas. Vale. Pero eso es tan perfectamente coherente como llegar a los ochenta con los ojos en la nuca y con una cintura de avispa hecha por un corsé. Otra cosa es jugar a la jovenzuela, que es lo que sustenta la canción. Nacho cree que, a partir de una determinada edad, no puedes ir de chavalito y tirarte a la pista para acabar por los suelos, pero a mí me parece una opción tan respetable como la de la abuelita que se queda en casa tejiendo una bufanda. Yo me he pasado la adolescencia teniendo que escuchar que no me vestía como una chica de mi edad y estoy a punto –lo sé– de llegar a un momento en que me van a decir que no me visto como una señora de mi edad. Al menos, ha sido agradable haberlo hecho bien en algún punto entre los 15 y ahora…

“Lo peor de rebasar los cincuenta es la rebelión del cuerpo que estoy viviendo: una hernia de disco, asma alérgica... todo eclosionó en la última gira”

¿En algún momento, entre los 15 y ahora, le interesó la política?
Poco. Si hay algo claro es que cada cual mira por sus intereses. Lo del bien común ya me resulta difícil de creer. A mí no me define pagar impuestos ni comprar tomates. Me definen mis cosas; las que forman parte de mi mundo, mis raíces culturales, las cosas que me llenan, la música, mis iconos, mi gente. Y eso no tiene nada que ver con lo que pasa en la política de este país, a la que no consiento que haga tambalear mis cimientos, porque los tengo en otro sitio. Mi nube la creé con 12 años, y han pasado 40 y ahí sigue, inamovible. No me la van a fastidiar.

Su padre fue republicano exiliado en México…
Y ahí teníamos algo de trato con otros refugiados, pero no recuerdo que hubiera un ambiente especialmente político. Mis padres no hablaban con sus amigos de esos temas, pero no por falta de libertad. Tengamos en cuenta que mi madre era una señora cubana que se fue de vacaciones a México y nunca más volvió; se fabricó su propio camino. Creo que la paradoja está en que ese señor republicano era bastante más conservador como padre y como esposo que mi madre, que no iba de nada y no tenía una bandera que levantar, ni había luchado por nada, pero tenía una mentalidad mucho más abierta.

¿Cómo una mujer así decidió venir a una dictadura a vivir?
Todavía me lo pregunto. En el año 73, cuando llegamos, en España, todo era en blanco y negro. Si se ven fotos de conciertos de Kaka de Luxe o de los primeros Pegamoides, era público de jerseicito de pico con la camisa asomando, chaquetón de pana y la gafita. Pero duró poco. El gran privilegio de mi vida fue saber qué no quería hacer, a los 12 años. Lo que quiero, en realidad, igual ni siquiera ahora lo sé. Y descubrir a Bowie con esa edad y conocer lo que es la ambigüedad a través de él. Así, incluso antes de saber lo que es el sexo, ya llevas incorporado que hay otras opciones en el ámbito sexual y muchos tipos de personas. Lo que está claro es que si, entre el galán de turno y Bowie, eliges a este como referente adolescente, estarás siempre en el maravilloso lado marciano de la vida. Lo que no deja de ser un quebradero de cabeza.

“No consiento que la política haga tambalear mis cimientos, porque los tengo en otro sitio; mi nube la creé con 12 años y ahí sigue, inamovible”

En otra de las canciones del disco arremeten contra el “imperio de la queja”, tan actual.
Algunas están más que justificadas y más ahora, pero hay quien ha hecho de eso un arte. Y hay gente que se rebela contra su situación –no quiere decir que le salga bien– y hay quien solamente se queja. Y llega un día que no puedo más, porque veo que lo han intentado a medias y como no les ha salido, a quejarse de nuevo. Me he sentido muy saturada como receptáculo de las quejas de los demás; y la mayoría de las veces son tonterías. Lo da el momento, así tan tristón. Lo que nos ocurre aquí, salvo en casos extremos, no es nada comparado con lo que le pasa al senegalés de la patera o al refugiado que huye de la guerra. No aguanto los dramas de micromundo. Son una forma de egoísmo más. Ojalá se pudieran ver las cosas desde fuera más a menudo. Habría menos tonterías.

¿Es buena confidente?
No soy una amiga al uso, porque no digo a los demás lo que quieren escuchar y parte de serlo consiste en consolarles y echar la culpa al universo de los males que les atosigan. No sé hacer eso. Y tengo un punto pesimista y hasta misántropo. No lo voy a negar. Yo hago un esfuerzo por ser social. Mario no lo puede entender porque entra en un sitio y parece que se coma el mundo y al minuto tiene corrillo formado y en general todo le parece bien. Yo soy exigente con los demás porque lo soy conmigo, que es algo muy feo porque no todos tenemos la misma capacidad de sufrimiento, ni de trabajo, ni los mismos valores. Pero siempre pienso que lo puedo hacer mejor.

El pesimista suele pensar que todo tiempo pasado fue mejor. ¿La nostalgia es una droga?
Lo explicamos en otra de las canciones; es igualmente adictiva. Hay un punto en el que está muy bien porque todos vivimos momentos en los que nos faltan personas, que has tenido un momento maravilloso con alguien y lo echas de menos, pero cuando se te instala dentro, es como una adicción y eso que yo de drogas sé lo justo porque nunca me han gustado. Noto una especie de cuelgue, entre la gente de mi edad, a cosas que ya casi ni existen: el cine en sala abarrotada, la literatura en papel, los vinilos y sus portadas grandes y maravillosas, los centros de las ciudades, donde pasaba todo. La globalización ha logrado que la Gran Vía de Madrid sea igual que la Sexta Avenida de Nueva York. Antes, cuando tenías un disgusto o redecorabas la casa o te ibas a Londres de compras…

“Mi privilegio fue saber muy pronto qué no quería hacer; y descubrir a Bowie y, con él, la ambigüedad, antes incluso de saber
lo que es el sexo”

¿Es consciente de la lógica de su aparente frivolidad? Cuando alguien está mal, reordena espacios…
Pero no voy de lección de vida con patas. Si lo pretendiera, me haría bloguera. Ahí sí que hay “lecciones de vida”. Y en las redes sociales. Le hemos dedicado un tema a la marisabidilla; la típica que ve una foto tuya en Instagram comiendo en casa de unos rusos un plato típico y tarda tres segundos en escribir. “Eso no es ruso”. ¿Y a ti quién te ha preguntado, bonita? Prefiero el patio de vecinas de toda la vida que ser una criticona en la red, escondida tras un nombre falso.

¿No huye de la notoriedad, ahora que está tan de moda?
Mario y yo no creemos en eso. Ahí está nuestro programa de televisión, que es como cuando hace unos años veías a Concha Velasco y su familia desayunando en el Diez Minutos; lo más normal del mundo. Si te sobreexpones, como es nuestro caso, es porque te gusta y no tienes nada que ocultar. La fama resulta positiva en el 99% de las ocasiones. Si yo fuera un jovencito de una serie, viviría un coñazo, pero esto es lo que hay. Si te molesta la fama, no hagas anuncios ni editoriales de moda, ni presentes actos por los que te pagan, porque te contratan porque eres conocido. No te puedes quejar de lo malo y ­aprovecharte de lo bueno. Esto no va así.

 

Agradecimientos: Hotel Vincci Via 66 (Madrid)