Antoine Leiris El hombre sin odio frente al terrorismo

Antoine Leiris perdió a su mujer en la sala Bataclan de París. Entonces escribió un mensaje en Facebook en el que desnudaba su dolor y su reacción a la pérdida. Sin proponérselo, sus palabras tuvieron un impacto universal. A partir de ahí sale un diario, las notas de doce días de noviembre: un pequeño libro titulado 'No tendréis mi odio', que se ha convertido en un fenómeno literario en Francia. Ahora, Península lo publica en castellano.

La noche del 13 de noviembre del año pasado, Antoine Leiris, 35 años, periodista radiofónico en temas de cultura, estaba en el sofá de casa leyendo una novela. Allá al lado, en el cuartito, dormía Melvil, su hijo de 17 meses. Su único hijo. Su mujer, Hélène, había salido aquel viernes, y Antoine se había quedado a cargo del niño. De repente comienza a recibir mensajes de texto en su teléfono. Primero es un: “Hola, ¿va todo bien? ¿Estáis en casa?”. Luego: “¿Va todo bien?”. El engorro de los mensajitos. No responde. Y entonce:, “¿Estáis en lugar seguro?”. Eso ya le escama, así que se levanta y pone la tele. 

“Mi mensaje fue el primero que llegó a quienes necesitaban escuchar otra cosa, más allá de la respuesta a la violencia con la violencia; conectó con cierta necesidad de regresar a un nivel humano más allá del ambiente general”

Se entera de que ha habido un atentado en el Stade de France durante el partido Francia-Alemania, pero la gente que sale por la tele, allá en el estadio, también está mirando, y con gran atención, las pantallas de la televisión. Y de repente sale un mensaje de teletexto por la banda inferior de esas pantallas: “Atentado en la sala de conciertos Bataclan”. Se habla de una “carnicería”. En la mente de Antoine se desencadena el cortocircuito.

Hélène está en el Bataclan. Lo comprueba, le telefonea. Siempre el contestador. Angustia. Tres tipos con kaláshnikovs y chalecos explosivos han matado y herido a mansalva. Llaman amigos, familiares. El amigo que estaba con Hélène está vivo, lo sabe por su mujer, que le ha llamado, pero tampoco contesta al teléfono. Cuando lo hace le dice que no sabe nada. Alguien se queda en casa con el niño dormido mientras Antoine inicia un angustiado periplo por los hospitales de París. Hélène no aparece en las listas de ningún hospital. Hay que prepararse para lo peor… y seguir buscando. A las 7 de la mañana tiene que cesar la búsqueda en hospitales para volver a casa y dar el biberón a Melvil. Más tarde le dan la noticia: Hélène ha muerto.

Dos días después, el lunes 16, Antoine ve a su mujer en la morgue. Es al regresar a casa en coche con un familiar cuando elabora su pensamiento. Al llegar lo escribe. Breve. Sintético. Un mensaje que resume la esencia de lo que piensa y siente. El mensaje dice así:

“El viernes por la noche le robasteis la vida a un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero no tendréis mi odio. No sé quiénes sois ni quiero saberlo, sois almas muertas. Si ese Dios en cuyo nombre matáis ciegamente nos ha hecho a su imagen y semejanza, cada bala en el cuerpo de mi mujer habrá provocado una herida en su corazón.

De manera que no, no os haré el regalo de odiaros. Y eso que os lo habéis buscado a conciencia, pero responder al odio con la cólera supondría ceder a la misma ignorancia que os ha convertido en lo que sois. Queréis que tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con ojos desconfiados, que sacrifique mi libertad en aras de la seguridad. Habéis perdido. 

La he visto esta mañana. Por fin, tras noches y días de espera. Estaba igual de guapa que cuando se marchó ese viernes por la noche, tan guapa como cuando me enamoré de ella hace más de doce años.

Por supuesto que me siento devastado por el dolor, os concedo esa pequeña victoria, pero será de corta duración. Sé que ella nos acompañará todos los días y que nos reencontraremos en ese paraíso de las almas libres al que vosotros jamás tendréis acceso.

Sólo somos dos, mi hijo y yo, pero somos más fuertes que todos los ejércitos del mundo. De hecho, ya no tengo más tiempo que dedicaros, debo reunirme con Melvil, que empieza a despertar de la siesta. Apenas tiene 17 meses, se tomará la merienda como todos los días, y a lo largo de toda su vida ese niño os hará la afrenta de ser feliz y libre. Porque no, tampoco tendréis su odio”. 

Antoine colocó ese texto en Facebook, para sus amigos, pero trascendió, circuló en un país traumatizado, llegó a los medios de comunicación, saltó a otros países, adquirió vida propia… Y fascinó. ¿Por qué? “No lo sé”, responde.

Antoine Leiris es un tipo más bien enjuto, poco expresivo, sobre el metro setenta y cinco, pelo ensortijado. Cita a este periodista en la puerta del hotel del distrito sexto, junto al bulevar Montparnasse. A partir de la matriz de ese texto, Leiris ha escrito un libro, una especie de diario escrito a lo largo de doce días, del 13 al 26 de noviembre. Son anotaciones diarias, unos 30 o 40 folios que se leen en 45 minutos, pero todo parte de ese pequeño texto que expresa dolor y una lucidez bíblica regada por un humano voluntarismo. Titulado No tendréis mi odio, el libro (que ahora publica en castellano Ediciones Península) se ha editado en diversas lenguas europeas y en Japón. 

“He viajado un poco en su promoción y entre el libro y la carta he recibido muchos mensajes”, explica. “Después de los terribles atentados se impuso un ambiente muy violento, muy centrado en los terroristas, en la respuesta a la violencia con la violencia. Puede que mi mensaje fuera el primero que llegó a todos aquellos que necesitaban escuchar otra cosa, algo que pusiera rostro a la gente desaparecida, la necesidad de  regresar a un nivel humano más allá del ambiente general. Creo que fue una puerta abierta a otro discurso”.

Con más de 230 muertos y centenares de heridos en los tres grandes atentados, dos en París y uno en Niza, sufridos por Francia entre enero del 2015 (Charlie Hebdo) y julio del 2016, la violencia ha desencadenado una catarsis en la sociedad francesa. La onda expansiva de esos atentados afecta directamente a miles de personas en el círculo inmediato de familiares y conocidos de las víctimas. En esa catarsis se ha visto de todo. 

Al día siguiente del atentado contra la redacción de Charlie Hebdo, una mujer de 41 años se presentó en el telediario como la compañera de Stephan Charbonnier, alias Charb, uno de los caricaturistas de la revista. Su intervención, al borde del llanto, fue muy impactante. Ex secretaria de Estado en anteriores gobiernos y con claras ambiciones políticas, la mujer, Jannette Bougrab, fue criticada al día siguiente por la familia de la víctima, que negó que fuese su compañera. Fue un episodio desagradable. Otro personaje mediatizado por los atentados ha sido Grégory Reibenberg, propietario de La Belle Equipe, uno de los locales del distrito XI de París tiroteados por los yihadistas. Entre los 17 muertos de su terraza figuraba la compañera, esta sí, de Reibenberg, que murió en sus brazos pidiéndole que cuidara de la hija de ambos, de 8 años. El empresario concedió entrevistas y apareció en los platós de televisión de algunos de los programas de mayor audiencia…
La comunicación del dolor es legítima y hasta necesaria, pero, intentando no pecar de falta de delicadeza, pregunto a Leiris si no hay algo de indecente en la mediatización del más íntimo dolor practicada por algunos protagonistas, una suerte de voyeurismo sentimental en estos desnudos integrales del pesar que desembocan en libros y aureolas públicas que en el caso de Bougrab incluye hasta sospechas de oportunismo.

“Mi idea inicial no era más que lanzar un mensaje a mis familiares y conocidos, pero fue superada por la situación. Como sé cómo funcionan los medios de comunicación, me dije que había que concederles un poco para que me dejaran tranquilo, pues ya desde el día siguiente mi teléfono no dejaba de sonar. Les di un poco, por países, y eso me permitió continuar mi vida con más tranquilidad… Esta es una pregunta que intento no hacerme porque no tengo respuesta. Cuando me la planteo es siempre pensando en lo que Hélène habría querido. En el fondo es algo necesario, porque hay una necesidad de compartir la intimidad. Es un desnudo que desencadena el deseo de desnudarse en otros y que, si lo practicas con sinceridad, no tiene por qué avergonzar ni ser indecente. Con este libro he explicado una parte de nuestra intimidad, no toda”.

Antoine Leiris no cree que su libro forme parte de ese fenómeno social, entre generacional y narciso, de mostrarse continuamente que encarna Facebook. “Los escritores parten muchas veces de sus vidas para intentar trascender, sin función personal de terapia ni pretensión de ayudar a los demás –replica–. Que el mensaje partiera por ese medio fue un azar, pero no hay que confundir el fondo con la forma. Facebook no es más que una herramienta, no ha sido una escenificación de mi vida privada. Cuando publiqué la carta quería hablar a la gente que conocía, pero fui compartido por doquier y publicado en los periódicos. El mensaje se extendió por todo el mundo, pero yo veía todo eso desde muy lejos, me ocupaba de mi hijo…”.

Plasmar por escrito su dolor tampoco tuvo una intención terapéutica, explica el autor. “Continué con mi pesar, y la carta no palió nada. Fuera de la escritura tengo dificultades para expresar lo que siento. Soy un profesional de la escritura, un periodista cultural de Radio France que el verano anterior a los atentados había dejado el trabajo para reflexionar…”. 

Lo que está claro es que esta tragedia personal ha despertado en Antoine Leiris cierto instinto literario. Sin considerar “literatura” su pequeño libro y habiéndose siempre creído incapaz de escribir literatura, confiesa que el pequeño texto ha desencadenado una posibilidad creativa: “Voy a continuar escribiendo –dice–, parece que sólo se es escritor a partir del segundo libro”, bromea, concediendo la única sonrisa de toda la conversación. “Lo que he escrito no es sólo una transcripción de la realidad sino que la trasciende, no es un simple testimonio, no sé lo que es, pero es otra cosa. En Japón me han dicho que es poesía”. 

Presentar corriendo el libro por Alemania, Italia y Japón le ha hecho “vivir momentos intensos”. “Ha sido bonito”, dice. Este otoño continuará en ­Madrid, Barcelona, Estados Unidos y el Reino Unido. “Luego pararé”. 
Como en Nueva York tras el 11-S, en Londres o Madrid, por no hablar de Yemen, de Bagdad o de Siria, donde los atentados son crónicos y los sentimientos humanos idénticos, en París, en Francia, miles de personas llevan en su interior el peso del dolor por haber perdido a un ser querido en atentados. Antoine Leiris les ha dado voz y ha participado en varias reuniones con familiares de víctimas.

“Son encuentros muy enriquecedores en los que se crea enseguida una especie de fraternidad. Apenas abres la puerta, todo ya es claro y comprensible”, explica. 

“Te das cuenta de las diferentes maneras en las que la gente reacciona ante el dolor, tomando caminos a veces diametralmente opuestos. Estoy haciendo un documental para la cadena de televisión France 5 en el que se da la palabra a todas esas personas que se están reconstruyendo interiormente, un documental que comenzará el día siguiente del atentado. Tuve que forzarme a hacerlo, porque no salía de mí, pero ­estoy contento porque está siendo una experiencia muy rica”, añade.