Antonio Banderas "Soy un optimista patológico"

Ha recibido el Goya de honor a su carrera cuando su vida personal daba un vuelco. Antonio Banderas, el actor español más hollywoodiense, hace balance de pasado, recompone su presente en su Málaga natal y se muestra en plena ebullición creativa cara al futuro. 'Autómata' es su último filme.

Aunque atraviesa un momento personal complejo, Antonio Banderas confiesa que el Goya, en homenaje a su compacta y variada carrera artística que acaba de recibir, le ha tenido cavilando un rato largo. Sobre el trabajo, la vida y lo que ha perdido o ganado estableciendo prioridades entre ambos. Sobre el ímpetu de aquellos primeros años en los que Almodóvar, Saura o Colomo convirtieron su atractivo rostro en indispensable del cine español. Sobre su estancia en la tierra de las oportunidades, donde, arropado por Spielberg o Woody Allen, entre otros, ha llegado a ser el actor español más popular de todos los tiempos. Y también alrededor de Autómata, su última película en cartel, y que contiene una ya legendaria escena en la que su personaje y el que interpreta Melanie Griffith, compañera durante décadas, se dedican mutuamente un triste adiós con reflejo en la vida real. Sin embargo, a sus 54 años, el malagueño está lleno de proyectos: “Muy tranquilo, aunque cueste creerlo. Y muy centrado”, explica. Igual escribe notas para la que será –tal vez– su primera novela, como para los guiones que prepara y quiere dirigir y producir. Busca financiación para interpretar a Picasso, para ponerse de nuevo a las órdenes de Saura, y se interna en las cuevas de Altamira para dar vida al descubridor de las célebres pinturas rupestres. Parece haber decidido que lo que se tenga que alterar que se altere, pero que le pille en movimiento.

Ha elegido Málaga para este periodo de reorganización…
Lo he hecho varias veces; lo de ahora no es algo especial porque haya cambiado mi situación personal. Málaga me sirve para rellenarme de mí mismo; me centra en mis raíces, en lo que soy y me recuerda de dónde vengo. Sé que de un modo u otro, acabaré viviendo aquí. Es la vuelta a Ítaca.

¿Cómo ve su ciudad?
Dinámica. Se está sacudiendo esa cosa de lugar turístico por excelencia y está entrando en terrenos muy interesantes. El Centro de Arte Contemporáneo de Málaga está catalogado entre los cincuenta mejores del mundo, el Museo Picasso es una maravilla… Creo que Málaga está buscando su lugar en el ámbito de la creación y lo está haciendo muy bien activando además la participación de la gente joven de la ciudad. Y tiene un excelente ir y venir teatral.

¿Se siente orgulloso de que tenga poco que ver con el desa­pego con que se trata a la cultura en otros lugares?
Sin duda, pero, con respecto a eso, me gusta pensar que a los artistas nos viene bien el caos; nos movemos muy bien en él. Cuando llegué a Madrid desde Málaga, hace décadas, ya se hablaba de la crisis del teatro y el cine. En nuestra profesión ha estado siempre presente y a veces pienso que, en realidad, es el estado natural del creador. A uno aburguesado no lo veo yo generando obras muy interesantes. Pero ojo, tampoco digo que haya que dormir debajo de un puente.

¿Explica así el actual buen momento que vive el cine y el teatro en España?
Puede ser, pero yo estoy dando una visión desde el punto de vista del artista en todos los campos. El del trabajador de la cultura es bien distinto porque no llega a fin de mes. Mientras poníamos en marcha Autómata, por ejemplo, creo que el sufrimiento y la necesidad nos generaron estilo. Teníamos que estrujarnos la cabeza para ver si con cinco millones de dólares éramos capaces de hacer una película de ciencia ficción. La necesidad viene de la mano de una cierta fiebre artística y creativa que es muy excitante.

Le ha dado poco lugar a ese género en su carrera…
Y me encanta, pero, efectivamente he hecho poco. Tampoco cine de terror, más allá de Entrevista con el vampiro. Yo creo que es porque no había mucho hueco para los hispanos en las naves espaciales. Todo eso está cambiando como lo está haciendo la sociedad americana donde la presencia latina en todos los ámbitos es extraordinariamente potente. La ciencia ficción es un género que permite reflexionar sobre el tiempo actual como espejo del que vendrá. Incluso, en muchos casos, el pasado es el auténtico culpable de ese futuro apocalíptico o sin libertades que describieron autores como H.G. Wells o Asimov en sus novelas. Eso es algo que se ve en Autómata. Retrata una sociedad en la que el ser humano ha perdido sus valores que han sido heredados por esos electrodomésticos antropomórficos que son los robots.

“Las redes sociales se han convertido en corralas donde los vecinos se gritan en el patio virtual. Y ahí estamos todos. Artistas, políticos...Se critica mucho y se valoran poco los logros”

¿Cómo se imagina el mundo en ese 2044 en que está ambientada la película?
Bueno, soy un optimista patológico. Creo que la sociedad va a encontrar su camino. Que después de las tormentas como las que estamos viviendo llegará una cierta calma en la que podremos pararnos a reflexionar para después avanzar. Estamos en un momento muy convulso no solamente por las crisis económicas y de valores; también porque nos enfrentamos a una tecnología que no sabemos si entendemos, ni los efectos secundarios que puede producir. Quizá me estoy haciendo viejo pero yo veo a mis hijos mirando películas en los iPhone y no me lo puedo creer. ¡Cómo es posible que aprecien la fotografía o la dirección artística en un espacio tan pequeño, a la velocidad que lo ven y hablando por Twitter con sus amigos a la vez. No sé si esa globalidad tecnológica será algo positivo o no. Puede que, en el camino, perdamos la calma que necesitamos para tener un punto de vista propio sobre los acontecimientos de los que somos testigo o en los que estamos involucrados.

¿Reivindica, por tanto, la necesidad de espacio para la reflexión?
A todos nos gusta saber más que nadie. Creemos que conocemos la solución a todos los problemas desde la barrera, pero a los toros hay que hacerles frente en el ruedo. Las redes sociales se han convertido en corralas en las que los vecinos se gritan en el patio virtual sobre si este moja la colada de la de abajo o aquel aparca la bici donde no debe. Y ahí estamos todos: artistas, políticos, deportistas, periodistas… Y se critica mucho y se valoran poco los logros. Creo que deberíamos sentirnos más orgullosos y reconocer que en el trabajo, en el sacrificio y en el perseguir los sueños están los grandes éxitos, no en la continua protesta que al final se convierte en un estado de constante mala leche en el que se pierde mucha energía.

¿Ese malestar lo asocia a la pérdida de modelos que supone el descrédito de los políticos?
Claro. Y tenemos todo el derecho a estar enfadados y a protestar. La corrupción institucionalizada da mucha rabia, pero no podemos olvidar que la prueba de que el Estado de derecho funciona es que se está metiendo a mucha gente en la cárcel y se está sentando ante el juez a representantes de instituciones de máximo rango y eso, en muchos países que conozco muy bien, de cuyo nombre no voy a acordarme, no es así. Yo espero que España salga de esta con la lección de la corrupción bien aprendida. Por otro lado, soy de una generación que luchó mucho por determinados derechos y uno de ellos fue la presunción de inocencia. No me gustan los escraches, ni las persecuciones, ni los juicios paralelos en los medios de comunicación. La violencia, tanto verbal como física, es inadmisible en un Estado de derecho y le quita la razón al que probablemente la tiene.

¿Imaginaba que la historia le reservaba al país este difícil momento?
Quizá. Yo creo que muchas de las respuestas que la sociedad española está buscando se encuentran en la revisión de nuestros clásicos. De nuestra cultura; del cine a la literatura pasando por la música o la poesía. Ahí están las claves de cómo hemos llegado hasta aquí, a ser lo que somos y que esas claves nos ayudarían a no repetir errores. Me acaban de dar un premio que lleva el nombre de un hombre de la cultura que amaba profundamente a España, pero que nunca perdió el sentido crítico con ella y así la retrató.

“Hollywood es un mundo cobarde, como todo aquel basado en el dinero. Su cine es arte e industria a la vez, pero allí ya sólo se ruedan las series de televisión. Está herido de muerte” 

¿Cómo recuerda la España de 1980, cuando usted inicia esa carrera que le ha valido el Goya de honor?
Pues en un momento muy difícil también, pero la juventud hace que todo se vea con otros ojos. Si yo realmente me paro y pego un salto atrás, al 3 de agosto del 80, cuando aquel tren Costa del Sol echó a andar y me di cuenta de que pasara lo que pasara yo nunca más volvería a ser quien había sido, el viaje ha sido vertiginoso; una montaña rusa. Lo decía Sabina el otro día en una entrevista: “Muchas veces me tengo que pellizcar para estar seguro de que todas las cosas que me han pasado son verdad”.

Y de todo ello, ¿a qué le da más importancia?
Al factor humano. A la gente que he conocido mientras me ocurrían cosas increíbles, visitaba lugares que nunca imaginé, participaba en rodajes, eventos, festivales… Nunca mis sueños llegaron tan lejos.

Ahora que va camino de las 100 películas, ¿recuerda su primer día como profesional?
Fue en Laberinto de pasiones y yo creo que ni siquiera me habían adjudicado el papel del chaval que tenía el poder de detectar la presencia de determinadas personas a través del olfato. Estábamos en el Rastro y el personaje de Imanol, que iba un poco salido, miraba la entrepierna de todos los tíos con los que se cruzaba sin que se les viera la cara. Y uno de ellos era yo. O sea que lo primero que apareció de mí en una pantalla fue el paquete. Entré en el cine “por cojones” (risas). La verdad es que recuerdo un miedo atroz. Yo venía del teatro, que es un animal muy diferente, donde tienes dos horas para masticar las emociones y establecer los ritmos, y no los veinte segundos que puede durar un plano. Y yo proyectaba la voz y Pedro me decía: “¡Que no grites, que tenemos micrófono! ¡Habla normal, como en la vida!”. Era escuchar “¡acción”! y entrar en pánico.

¿Es un actor muy preocupado por lo que piensen los demás sobre su trabajo?
A mí Hollywood me sirvió para desmitificar, en general. Trabajar codo con codo con actores que yo había admirado tanto desde España me hizo ver que tienen las mismas inseguridades que yo y los mismos problemas. Y, sobre todo, comprendí que Fernando Fernán Gómez sólo había uno y era nuestro. Y Paco Rabal y Carlos Lemos o Guillermo Marín. Unos actores de la leche, que, si hubieran tenido las plataformas publicitarias que tienen los americanos, habrían sido mitos del cine mundial. Yo me quiero mirar en Fernán Gómez. Logró lo que a mí me gustaría. Escribió ensayos, novelas y teatro, dirigió y produjo películas y puso obras en escena…

“Melanie y yo nos saludamos en una película, ‘Two Much’, y nos despedimos en otra, ‘Autómata’. Yo la he querido, la quiero y la querré siempre y hemos logrado acabar de muy buena manera”

¿Cuáles han sido sus armas para situarse donde está?
Creo que he sido muy trabajador, pero también versátil, que creo que es el rasgo que mejor me define. He hecho musicales en Broadway, cine de autor europeo, cine comercial, películas para niños. He pisado muchos terrenos, pero como soy un insensato, creo que lo que me va a definir todavía está por llegar.

Siempre se ha tenido la impresión de que su trabajo estaba por encima de las películas que interpretaba…
Dentro de que yo no he hecho bajo ningún concepto una carrera dibujada con tiralíneas, confieso que sí he notado en algún momento falta de buen material. Y ha habido algún papel que no he podido hacer por problemas de agenda, como el de Benicio del Toro en Traffic, por el que ganó un Óscar que llevaba su nombre. Pero esto no tiene que ver con eso que se dice de que si eres hispano, en Hollywood, no vas a hacer más que villanos. Hace ya muchos años que El Zorro era el héroe, con su acento fuerte, su pelo y sus ojos oscuros y su piel morena, mientras el malo era rubio y de ojos azules. Y con lo que son los americanos para el cine infantil, que forma parte de la educación de sus hijos, que El Gato con Botas, con acento andaluz, fuese el protagonista, demuestra lo mucho que ha cambiado todo.

¿Fue mascarón de proa de ese fenómeno?
Me tocó. Ya Andy García había comenzado a abrir puertas. Y luego vinieron Bardem, Penélope, los mexicanos que están arrasando ahora. Pero yo llego a Hollywood cuando a los españoles se nos está pasando ese complejo de inferioridad que nos dejaba con la boca abierta ante un coche alemán porque pensábamos que éramos incapaces de hacerlo como ellos y que fue uno de tantos daños causados por las décadas de dictadura.

Al final... ¿Es más interesante ser una estrella de Hollywood o un actor global?
La verdad es que se puede ser las dos cosas sin problemas. Hollywood es un mundo cobarde como todo el que está basado en el dinero. Su cine es arte e industria a la vez pero allí ya sólo se ruedan las series de televisión. Pero es una marca, y si –como es mi caso–, estás dentro de ella, hagas lo que hagas, aunque sea una película en Nueva Zelanda, se tiene la impresión de que es un producto de made in Hollywood. De todos modos tal y como lo conocemos está herido de muerte. Ya lo explicaron Spielberg y Lucas recientemente: las películas espectáculo serán cada vez más ambiciosas y tendrán toda la tecnología a sus pies, y las películas de sentimientos, dramas o filmes más artísticos llegaran a través de diversas plataformas televisivas. De ahí la actual migración de grandes actores hacia la pequeña pantalla, donde están los papeles interesantes de verdad.

¿Reconoce con facilidad el talento en los demás?
Rotundamente sí. Sobre todo en los jóvenes. Cuando dirigí El camino de los ingleses, ahí estaban Mario Casas o Raúl Arévalo, prácticamente empezando sus carreras que están siendo muy fructíferas e interesantes. Y ocurrió que yo me daba cuenta de los jardines en que se estaban metiendo para sacar adelante a sus personajes, porque yo había estado ahí en algún momento.

¿Lo reconocería en su hija Stella, si decidiera ser actriz?
Seguro que sí, pero parece que no van por ahí los tiros. Dakota, que aunque no sea hija biológica mía, la he criado como tal, lo tiene y lo va a demostrar gestionando muy bien lo que venga detrás del bombazo de las sombras de Grey. Algo habrá aprendido de su abuela, de su padre biológico o de su madre, que es una actriz maravillosa.

En Autómata, sus personajes se despiden, tal vez para siempre…
Así es. Melanie y yo nos saludamos en una película; en Two Much, y se inició nuestra vida en pareja y nos despedimos en otra, y marcó el final de nuestra relación. Y en todos los años entre una y otra no compartimos plano. Sí que es curioso. La primera vez que vi esa escena del adiós, me golpeó fuerte. A Melanie la he querido, la quiero y la querré siempre y hemos conseguido que todo acabe de muy buena manera. Y entiendo que al cinéfilo no se le escape el guiño que mezcla realidad y ficción en nuestras vidas, y que se vea como una curiosidad, pero para mí forma parte, por encima de todo, de mi historia personal.