Antonio de la Torre "No olvido mis orígenes"

Malagueño de familia humilde, fue periodista deportivo, pero pronto vio que lo suyo era la ficción, y ganar el Goya, en el 2006, le dio el impulso. Desde entonces, Antonio de la Torre ha pasado de secundario talentoso a protagonista de moda. Tras el éxito de sus dos últimos filmes, de acción, estrena 'Abracadabra', la última película de Pablo Berger.

El actor de moda tiene la voz áspera –quien sabe si de tanto partido de fútbol narrado como comentarista deportivo en Canal Sur, mientras le llegaba la oportunidad– y la mirada torva o risueña según se tercie o le marquen los personajes, aunque lo natural para él sea lo segundo. Antonio de la Torre (Málaga, 1968) es hombre de carcajada fácil, contagiosa y quizá algo salvaje; como una especie de grito ante lo que le preocupa, le da que pensar o simplemente no le gusta, que no es poco. Ganador de un Goya de reparto en el 2006 por Azuloscurocasinegro, de Sánchez Arévalo –quizá su mejor cómplice–, desde poco después ha salido a candidatura por año, y en ocasiones doble: como protagonista y como secundario. Fogueado a las órdenes de Álex de la Iglesia, Almodóvar, Bollaín o Saura, resulta imprescindible para cineastas más recientes como Alberto Rodríguez (Grupo 7, La isla mínima) o Martín Cuenca (Caníbal). El binomio formado por sus dos últimos trabajos, Tarde para la ira y Que Dios nos perdone, ha aportado el empujón definitivo a la carrera de este malagueño casi cincuentón que se dio a conocer trabajando de operario punki en la gasolinera de la serie Lleno, por favor, al lado de Alfredo Landa. Veinticinco años después protagoniza uno de los títulos más esperados de la temporada: Abracadabra, el nuevo trabajo de Pablo Berger, tras el éxito de su Blancanieves, en la que encarna a un macho ibérico imposible que, tras participar en un número de magia chapucero en un convite de bodas, parece poseído por un espíritu que le vuelve del revés. Maribel Verdú y José Mota son sus cómplices.

Combina usted tan bien los proyectos más comerciales con otros más arriesgados que parece planificar su carrera al detalle…
Nada más lejos de la verdad. Aquí no hay tanto donde elegir; la mayoría de las veces cuando tengo que decir que no es por estar trabajando en otra cosa, pero no es el caso. El cine de Pablo Berger es absolutamente necesario. Hay que hacer cine arriesgado, que mezcle géneros y formas, que tan pronto sea fantástico como hiperrealista. Abracadabra es una película marciana, hecha por un director diferente, lleno de talento y muy minucioso que no es nada convencional. Necesitamos salirnos de nuestros propios límites.

“Me ha encantado meterme en la piel del presidente José Mujica. Dice cosas maravillosas, como que somos socialistas por naturaleza”

¿La experiencia le hace olfatear el talento cuando está cerca?
Que Berger o Raúl Arévalo lo tienen es evidente, aunque hice con él Tarde para la ira por pura lealtad y después salió lo que salió. Pero también me di cuenta de que Daniel Sánchez Arévalo era un tío con algo propio muy interesante cuando hacíamos cortos juntos y no nos conocía nadie. No siempre es la experiencia la que ayuda a detectar el brillo.

¿Qué tipo de actor cree ser?
Últimamente, de cine mudo (risas). Entre Caníbal, la ira y unas cuantas más, me he especializado en personajes que apenas hablan. Ahora en serio, no sé muy bien qué clase de actor soy o creo ser. Cuando empecé siempre repetía en las pruebas: “Hola, soy Antonio. Vengo de Málaga. Soy muy gracioso; imito al Butanito”. Ahora me veo y es como si estuviera observando a un hijo mío forzadísimo y con muchas ganas de agradar. Menudo cuadro. Creo que soy un actor en crecimiento que intenta aprender. Cada vez tengo menos miedo de arriesgar, porque la trayectoria de alguna forma te avala y puedes meter la pata alguna vez, que no pasa nada. Antes siempre pensaba que si lo hacía mal no me llamarían más.

Pero, allá, al fondo de cada interpretación, ¿no está siempre el actor “haciendo de”?
Yo siempre me descubro, pero he tomado distancia. Con esto me machacaba más al principio. Cuando rodé Azuloscurocasinegro, me sentía todo el rato como disfrazado de haber estado en el talego, pero nadie decía nada y encima me dieron un Goya. La convención es evidente que funciona. Nunca llegas a convertirte en otro; yo desde luego no. Quiero pensar que soy yo haciendo lo que haría si fuese como el personaje que me han asignado; esto me sirve. Ya lo decía Brando, según me contó Roberto Álamo: “Si vas a ser actor de cine, no hagas muchas películas, que no tienes tantas caras diferentes para enseñar”.

Tiene fama de tipo simpático y le ponen, casi siempre, a echar fuego por los ojos en el cine…
Se ve que una cosa es ser guay en la vida y otra diferente ser buen cómico (risas). No tengo demasiados momentos tiernos ni humorísticos en pantalla. Los personajes que me ofrecen son oscuros, siniestros, con mala baba o muy heridos. Y generalmente violentos. Se están haciendo policiacos estupendos aquí. Y muy rentables.

¿Le da que pensar que se pase por taquilla para ver cadáveres y tiros?
La violencia es algo consustancial al hombre. Los romanos que iban al circo se reirían en nuestras narices de estas películas. Esto no es de ahora; no hay nada más humano que la violencia, nos guste o no. Sólo el deseo de comunicación quizá. Pero cuando esta ya no es posible es cuando aparece la brutalidad. Como dice Mujica, el presidente uruguayo al que he interpretado en Memorias del calabozo hace unos meses, mientras el ser humano siga utilizando la guerra para resolver sus conflictos es como si siguiera en la prehistoria.

Pablo Berger propone en esta película una reflexión sobre el machismo a través de la doble personalidad de su rol: tan pronto deja un calzoncillo sucio por ahí tirado como se pone a pasar frenéticamente la aspiradora. ¿Qué le parece el debate social sobre machismos, micromachismos y desigualdades?
Lo primero que pienso es que hay que ser muy cuidadoso con cualquier declaración sobre estos temas para no dar titulares erróneos como resultado de la batalla cultural que se está librando y que no es que sea necesaria; es imprescindible. Lo que ocurre es que se hace mucho ruido con asuntos que no son especialmente relevantes y eso es totalmente contraproducente porque desvía la atención sobre lo que sí lo es, que es conseguir la igualdad plena, en todos los terrenos y cuanto antes posible.

“Como experiodista, me preocupan los miles de puestos de trabajo que se han perdido en esta profesión y la dependencia de ciertos medios de grupos económicos o de poder”

¿Se refiere al enfrentamiento por el despatarre de los hombres en los asientos del metro y a las quejas por el uso de perfumes fuertes por parte de algunas mujeres, que molestan en los ascensores?
Eso son cosas, quizá algo tontunas, para las redes sociales, pero no pueden robar protagonismo a lo esencial. No dejan de ser síntomas de que algo se remueve, aunque creo que los cambios profundos sólo llegarán cuando se varíen los valores a través de la educación, y ese es un proceso muy largo. Ahora estamos creando una estalactita que acabará por fraguar. Se necesita variar nuestra cultura en lo más arraigado y profundo. De nuevo cito a Mujica cuando dice que no habla “de la cultura de mirar cuadros o de ver películas sino de aquel conjunto de valores que organizan la convivencia”.

Está claro que el presidente uruguayo le tiene atrapado…
Ha sido muy importante para mí meterme en su piel. Memorias del calabozo narra los años en que, junto con un grupo de presos encerrados por el gobierno militar, estuvo cautivo. Al hombre, cuando lo aíslan, le quitan la humanidad, la esencia. Es terrible. Mujica dice cosas maravillosas como que somos socialistas por naturaleza. Desde que el mono se bajó del árbol y comenzó a socializar y a compartir. La mezquindad capitalista vino millones de años después. Pude hablar con él un rato, mientras fregaba unos platos, pero no demasiado porque las personas que están siempre disponibles nunca tienen mucho tiempo libre. Cuando le dijeron que era yo el que iba a hacer de él en la pantalla, me miró por primera vez y dijo: “Bueno, alguien tenía que ser”. ¡Qué cachondo!

Antes de las últimas elecciones se mostraba usted ilusionado por la posibilidad de cambio que suponían. ¿Están las cosas como esperaba?
Pues aquí no parece que haya pasado nada, pero ha pasado de todo. El escenario, el tablero es diferente, y vamos a ver hasta dónde llegan las cosas. Creo que los historiadores explicarán este periodo de nuestra historia con mucho interés. Es terriblemente entretenido. 

¿Qué le queda de su veta periodística?
La curiosidad. A la facultad ya me gustaba ir con el periódico bajo el brazo, y ahora siempre tengo algún ejemplar cerca, aunque comienzo a hacer la transición hacia lo digital. Pero el papel tiene su mística, y los de mi generación somos más del papel y lo vamos a seguir siendo; hay algo de rito en eso de abrir tu periódico, extender los brazos y buscar en esas páginas lo que más te llama la atención. Pero más allá de esto tan idílico, hay una realidad tremenda que, como experiodista, pero también como ciudadano, me llena de preocupación: los miles de puestos de trabajo que se han perdido en esta profesión y la dependencia de medios de gran alcance de grupos económicos o de poder. No puede existir una democracia sólida sin una prensa plural e independiente. El periodismo no puede estar preso y temeroso de no morder la mano que le da de comer.

En el momento actual hay a quien informarse le pone de muy mal humor…
Lo entiendo, y no es para menos, pero es muy importante tener bien claro lo que ocurre alrededor. Más que al mal humor todo esto debería invitar a la acción, a salir del letargo, de la zona de confort. No se trata de estar crispado todo el día, pero sí creo que hay que comprometerse y no olvidar que el poder reside en los ciudadanos. Si nos conformamos con todo y lo achacamos a que ya se sabe que los políticos son así o asá, nunca cambiaremos ese estado de cosas que nos produce tanto malestar.

¿Lo observa con ojos de cuarentón o de cincuentañero?
Me quedan unos meses para cumplir los 50, pero tengo muchas cosas que me rejuvenecen. Lo que me está pasando profesionalmente no le suele ocurrir a un tío de mi edad. Y además tengo dos niños pequeños. No miro mucho atrás, quizá por el miedo a la muerte que me acompaña y porque a veces cambiamos tanto que perdemos la perspectiva. Me prefiero como soy ahora. Cuando era más joven era impulsivo y compulsivo, ansioso, inmaduro. Tenía claro que quería estar ante los demás, como actor o como periodista. 

¿Tanto necesitaba mostrarse?
Eso, evidentemente, tiene un componente narcisista que también se ha atemperado. A ver si no. Soy actor. De cine. Español. Son tres pecados capitales; no nos volvamos locos. A mí la fama no me agrede. Eso, a Shakira y a Piqué. En mi barrio de Sevilla me tienen muy visto. Sí tengo la sensación de haber cumplido el sueño por el que he luchado desde pequeño, cuando quería ser el novio de la Desi de Verano azul. Ayudado por la suerte de haber nacido blanquito y aquí y no negro y en Chad. Nuestro destino no está escrito, tenemos un margen de elección, pero la vida es imprevisible, y no aceptarlo te condena a la ansiedad. De nuevo cito a Mujica: “Sólo hay una cosa segura en la vida. Que todo cambia”.

“Soy cero glamur. Me gusta comer y beber y vivir bien, pero no soy consumista. Tengo lo que necesito y no quiero necesidades absurdas. No me gusta comprar cosas porque hay que tenerlas”

Menos usted de coche…
Tengo el mismo desde el año 2000. Va estupendo. Le he grapado la tapicería que se le había descabalado… Es que soy cero glamur (risas). Me gusta comer y beber y vivir bien, pero no reconozco vicios que pueda confesar en una entrevista. No soy consumista. Tengo lo que necesito y no quiero necesidades absurdas. He subido un peldaño, pero no se me olvida de dónde vengo. De la familia de un obrero de provincias, de unos padres que no tuvieron acceso a la educación. No me gusta comprar cosas porque hay que tenerlas o por lo que pensarán los demás. Parece que nos dé miedo pensar cómo queremos vivir, y preferimos correr y correr, cargar con prejuicios y transitar por terrenos comunes, lo que dificulta mucho una comunicación sincera y abierta entre los seres humanos.

¿Esto es también de Mujica?
No (risas.) Esto lo digo yo. Bueno, y mi hermano, con quien lo hablaba hace poco. Y del Málaga, que me tiene contento, y de los recuerdos de los veranos en la cala del Moral, cuando se veía el mar desde todas partes, mientras ahora sólo se ve ladrillo. Y del botarate de Trump, que no dice más que tonterías en general, pero con el cambio climático se sobra en particular. Porque en eso estamos en un punto sin retorno…