Barbara Jatta "La Capilla Sixtina está abarrotada"

Es la directora de los Museos Vaticanos, responsable de unos de los conjuntos artísticos más importantes de la humanidad y, además, símbolo de la apertura que está llevando a cabo el papa Francisco. Se llama Barbara Jatta.

Barbara Jatta es, desde enero de este año, la nueva directora de los Museos Vaticanos. El ascenso al relevante cargo de esta mujer de 54 años, elegante y risueña, madre de tres hijos y casada con un pediatra, encarna también la transformación que impulsa Francisco, decidido a aumentar la presencia femenina en lo que fue durante siglos un feudo de varones. Desde su nombramiento, la atención mediática sobre ella ha sido incesante. Su figura atrae y despierta curiosidad.

Jatta custodia uno de los mayores tesoros culturales de la humanidad. Entre sus iniciativas figura la de mostrar en la web las obras no expuestas y que están en los depósitos –casi el 80% del total–, como servicio adicional al público y a los estudiosos. 

La directora debe conciliar su función artística con la de gestora, no en vano los museos, visitados por más de seis millones de personas al año, son una de las principales fuentes de ingresos de la Ciudad del Vaticano. 
Reclamada en todo el mundo, Jatta afronta una agenda de viajes muy intensa en los próximos meses. Visitará Estados Unidos, Chile y China. También volará a Palma de Mallorca para agradecer la reciente cesión de dos candelabros de la catedral para una exposición sobre la historia de la Menorá (el candelabro de siete brazos, símbolo del judaísmo) que organizaron conjuntamente, en un acontecimiento sin precedentes, los Museos Vaticanos y el Museo Hebreo de Roma. La directora recibe a Magazine en su despacho y luego se deja fotografiar, con paciencia y profesionalidad, entre las riadas de visitantes en una tórrida jornada estival.

¿Recuerda la primera vez que, de niña, visitó un museo, o aquel que le impresionó de un modo especial?
Mi abuela era pintora. Éramos 16 nietos. Nos llevaba a museos y exposiciones. Luego nos hacía hacer dibujos y daba premios, en dinero, lo cual nos encantaba (ríe). Me acuerdo de que fuimos una vez a la Galería Borghese. Mi hermana y yo ganamos el primer premio ex aequo. Tenía 10 años. Siempre visité museos. Mi madre era restauradora. Yo crecí en el museo arqueológico que mi familia tiene en Apulia. Pasaba allí el verano y de vez en cuando entrábamos en las salas del museo. La arqueología no fue, sin embargo, mi opción de estudio. Es curioso, pero nunca pensé en ser arqueóloga. Mi pasión son las artes figurativas más modernas y las artes gráficas.

Con una abuela pintora, un abuelo arquitecto e historiador del arte y su madre restaurado­ra, ¿su destino estaba escrito?
No sé, quizá sí. Pero mis hijos, por ejemplo, están tomando caminos diferentes, del mío y del de mi marido, que es médico. Creo que es una cuestión de sensibilidad, tal vez no de destino, de cómo asimilas los estímulos de tu entorno.

Durante muchos años usted trabajó en la Biblioteca Vaticana, otro tesoro. ¿Tuvo que cambiar mucho su filosofía de trabajo?
Sí, claramente. En la biblioteca yo dirigía el departamento de las artes gráficas. Comencé en 1996. Había estudiado las artes gráficas, la historia del diseño, la historia de la fotografía. Eran materias de mi formación. Hacía años que ese departamento no tenía al frente a alguien especializado. Fue hermoso porque reorganicé una colección extraordinaria de más de 150.000 grabados, de dibujos de grandes maestros, de 200.000 fotografías no sólo pontificias sino de la historia de la fotografía mundial desde el final del siglo XIX hasta la actualidad. Aquí me encontré una realidad totalmente distinta, una gestión mucho más amplia, dirijo a muchas personas. Este es un papel más de manager.

¿Cuándo el papa Francisco la nombró, le dio algún consejo concreto?
No, ningún consejo concreto, pero sí el de continuar la vía de mi predecesor de abrir los museos, de darlos a conocer cada vez más, también a través de la web que hemos abierto, que permite preparar mejor una visita, profundizarla después. Es un instrumento que va en línea con esta apertura.

¿El Papa hace alguna visita privada, cuando no hay ­público?
No. Sólo vino en septiembre del año pasado para una cena. No seré yo quien le pida venir. Puede hacerlo cuando quiera. Vienen personas de la Secretaría de Estado, cardenales.

¿No le ha pedido nunca ver la Capilla Sixtina con tranquilidad, solo?
Bien (sonríe), la Capilla Sixtina la conoce ya muy bien, por obvios motivos (allí se celebró el cónclave). Pero tiene interés. El otro día hacíamos una reunión, temprano por la mañana, y llamó por teléfono (risas). Quería saber cómo va Castel Gandolfo (la residencia estival, que Francisco no usa, y está abierta al público), cómo va la actividad de los museos. Se informa.

En los últimos años, el papel de la mujer ha ganado relevancia. Usted dirige los Museos Vaticanos, nuestra colega periodista Paloma García Ovejero es viceportavoz, algunas mujeres ocupan puestos directivos en los dicasterios, se estudia la posibilidad de que haya diaconisas. ¿Cómo interpreta esta evolución?
Yo la interpreto como una atención de la curia romana a los cambios en la sociedad. Cuando yo entré en la Biblioteca Vaticana, era la tercera mujer. Yo era la única que tenía una familia, hijos. Mi tercer hijo nació varios años después. Poco a poco, efectivamente, se ha visto cómo ha habido una evolución de la sociedad. Casi todas mis compañeras de escuela trabajan. Esta evolución hacia el trabajo femenino ha sido percibida claramente por la curia. No pensemos que la curia sea algo extraño al mundo circundante. De esto estoy convencidísima. El cardenal Farina, que era el prefecto de la biblioteca, me decía que se debía contratar a más mujeres, porque son más organizadas, consiguen hacer más cosas. Él tenía esta sensibilidad. Y, efectivamente, cuando dejé la biblioteca, el año pasado, las mujeres eran el 50%.

¿Pero Francisco, en cuanto a funciones dirigentes de las mujeres, ha dado un impulso?
Sí, pero mi experiencia en la biblioteca, que también vale aquí, es que no se miraba si el profesional era hombre o mujer, sino a las virtudes profesionales. La experta en manuscritos latinos, que para mí es la mejor que hay, es una mujer. El experto helenístico es un canadiense, un hombre. Es muy importante señalar que no hay una cuota rosa en el Vaticano. No puedo negar que el hecho de que yo fuera mujer me ayudó, también por cuestión de imagen. Pero en la Biblioteca Vaticana no había cuota rosa. Valoraron siempre a las personas, su formación. La responsable del catálogo de los grabados era una mujer. Antes era un hombre, alemán. Hay también una apertura internacional, no sólo trabajan italianos. Aquí en los museos me he encontrado con lo mismo. Hay mujeres que dirigen departamentos, como por ejemplo el egipcio o el de arte contemporáneo. 

¿Usted quiere abrir una guardería en los museos, para los empleados?
Sí, me gustaría. Estamos trabajando en ello.

En Italia es difícil armonizar la vida familiar, ser madre y trabajar. En su caso, ¿cómo lo ha hecho?
Yo he sido muy privilegiada. Mi marido es pediatra, y eso ayuda porque cualquier angustia materna la resuelves ya en casa. Además, cuando tienes hijos, te organizas. Con los dos primeros no trabajaba todavía de manera estable. Por desgracia, mi padre falleció antes de que naciera mi tercer hijo, así que mi madre estaba muy disponible a cuidarlo. Fui muy afortunada. Por eso me gustaría abrir una guardería, porque no todos tienen la suerte que tuve yo, si bien con la desgracia de una madre viuda, ni el privilegio de tener a un pediatra en casa. Yo empecé a trabajar poco después de que naciera mi tercer hijo. No fue fácil, con el dar de mamar y esas cosas. Pero te organizas. Desearía también que todas las mujeres tuvieran pasión por su trabajo. Es una cuestión mental. Y yo no soy perezosa, así que resulta más fácil.

Para ocupar su puesto, ¿es obligado ser católica practicante?
Cuando entré a trabajar me pidieron la carta del párroco. Es algo que se pide siempre. Por supuesto que soy católica practicante. Pero hay mucha libertad. Nadie me preguntó nunca sobre la homilía del domingo anterior. Ha habido siempre mucha discreción, mucha libertad, y lo he apreciado mucho. Es un aspecto muy bello de la libertad espiritual de todos nosotros. Pero está claro que soy católica, ¡ja, ja! Me parece también cohe­rente.

¿Qué pensaría Miguel Ángel si viera la Capilla Sixtina abarrotada de gente cada día, con miles de personas de todo el mundo?
Miguel Ángel era un personaje muy particular, muy misógino, muy cerrado en sí mismo. No tenía colaboradores. Le habría impactado también la Capilla Sixtina de hace 50 años, con sus visitantes de entonces y no dedicada a las ceremonias pontificias para las que él mismo la concibió. No sé lo que pensaría. Lo que pensamos nosotros, efectivamente, es que en algunas horas del día está muy abarrotada. El mensaje que Miguel Ángel quiso dar a la entera humanidad, ya fuera con Julio II o con Pablo III, se percibe mucho menos cuando la Capilla Sixtina está tan abarrotada.

¿Hay un límite para la admisión de visitantes? ¿Cuál será la estrategia en los próximos diez, veinte años?
Será difícil hacer entrar más personas a la Capilla Sixtina de las que entran hoy. Estamos abriendo más horas al día, y eso ayuda. Las aperturas vespertinas del viernes tienen cada vez más éxito. Animo a todos a venir el viernes por la noche porque es un momento tranquilo, estival, fresco, para visitar los museos, y al mismo tiempo estamos sensibilizando sobre tantos lugares muy bellos del museo donde perderse y que no son tan conocidos. 

¿Hay algún rincón concreto, aparte de la Capilla Sixtina, que le guste especialmente?
Adoro la galería de los mapas; pienso que es un lugar mágico. Ciertamente, como decía Gregorio XIII, es recorrer Italia sin salir del Vaticano. Encuentras el detalle de cada pequeño pueblo, de todas las regiones italianas. Está el pueblo de mi padre, en Apulia, y tantos otros, con gran precisión topográfica. Yo me ocupé de cartografía durante más de veinte años. Allí está, representado en pintura, el conocimiento de muchos cartógrafos y topógrafos de la época. Otro lugar privilegiado es la terraza de Belvedere, la terraza que primero Bramante y luego Pirro Ligorio realizaron. Se tiene una perspectiva muy hermosa del museo.

Además de custodiar este impresionante patrimonio cultural, usted debe ser también un mánager. Los museos son una de las principales fuentes de ingresos de la Ciudad del Vaticano. ¿Es difícil combinar ambas funciones? ¿Hay fricciones?
No, no hay fricciones. Yo me encontré un equipo muy bien organizado. Fuera de aquí, el ministro de Cultura italiano, Dario Franceschini, está creando una escuela del patrimonio, específica para formar mánagers y directores de los museos, que son más de 4.000. Pero, sí, es algo complejo. Mi formación, hace 35 o 40 años, fue esencialmente histórico-artística. Con el pasar el tiempo, el papel del historiador del arte ha evolucionado. Mi experiencia de gestión en la Biblioteca Vaticana, aunque fuera en un ámbito menor, y también en recaudación y organización de exposiciones me ha ayudado. Tenemos un equipo amplio y podemos equipararnos a grandes museos internacionales como el Prado, por mencionar a España, y también al Museo Británico, la National Gallery o el Louvre. Está claro que el director debe tener un equilibrio entre los dos aspectos.

¿Cree que las nuevas generaciones italianas son conscientes del patrimonio que hay en este país?
Creo que todas las operaciones mediáticas que se han hecho en los últimos años han sensibilizado. Yo lo veo en la generación de mis hijos. Aparte del pequeño, que tiene 14 años, detecto una sensibilidad en los veinteañeros.

Conservar un patrimonio tan inmenso parece una tarea de Sísifo, casi imposible…
No creo. Yo enseñé durante muchos años en la universidad de Nápoles, en paralelo a mi trabajo en la Biblioteca Vaticana. Allí, en la facultad de Bienes Culturales, se formaba a gente que tenía esta sensibilidad. Debo decir que en los años noventa estaba muy llena de estudiantes. Ahora se cursan másters dedicados precisamente a la gestión.

¿Fuera de Italia le gusta algún museo en especial?
Hay muchos. Sin duda el Prado es uno de los grandes museos. En España, como en el mundo anglosajón, están muy desarrolladas las webs de los museos. La web del Prado es un bello modelo. Y hablando de otros ejemplos, estuve hace poco en Lisboa. El Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa en un museo muy bien concebido. Cuando viajo voy mucho a los museos. Y, al hacerme mayor (ríe), el interés no está tanto en los grandes como en museos más pequeños, de arte decorativo, del llamado arte menor, que en el fondo son el fruto de la devoción de artistas, de artesanos, hacia formas de expresión artística.

¿Y en Barcelona?
De Barcelona me gustó mucho el Park Güell, que no es un museo. Pero, sabe, hace unos años subí a la montaña de Montjuïc, en bicicleta, para ver el parque olímpico. Me interesaba mucho la parte arquitectónica, que es menos conocida. También fui por la Barceloneta, aunque eso fue más fácil porque hay carriles bici. Sí, la primera cosa que hice al llegar fue ir al parque olímpico en bicicleta. Mi marido pensaba que estaba loca. Lo hice subir a Montjuïc. (Risas).