Clara Lago "Mantener el éxito te puede hacer infeliz"

Cine, televisión, publicidad...Tiene 25 años y ya se ha comido un trocito de mundo. ‘Ocho apellidos vascos’ catapultó a Clara Lago, actriz con la cabeza bien amueblada, ideas políticas que no teme expresar y una creciente aversión a la fama que alcanzará cotas aún más altas con el estreno de los ‘apellidos’ en versión catalana.

Tras las gafas de sol, la amplia melena suelta y el atuendo informal, nadie reconoce a la considerada “chica del momento” cuando acude a la cita, en un céntrico hotel madrileño. El rostro menudo de Clara Lago está en el punto de mira de los publicistas que se la rifan para que protagonice anuncios, de los diseñadores que se afanan por que vista sus modelos en la temporada de galas que se prepara y de los productores que querrían contar con ella a poco que le cuadre algún papel en sus proyectos. La actriz, nacida en Madrid hace 25 años, nació para la gran pantalla en el 2002 cuando fue elegida por Imanol Uribe para interpretar El viaje de Carol, que le valió una candidatura al Goya revelación antes de cumplir los 12. Para entonces, ya llevaba en la mochila, además de los lápices y los cuadernos de la escuela, un puñado de apariciones televisivas en series tan populares como Compañeros o Manos a la obra. Después se ha puesto a las órdenes de cineastas del alcance de Gutiérrez Aragón, Sánchez Arévalo o Gómez Pereira y ha protagonizado dos de las películas más taquilleras de nuestro cine: Tengo ganas de ti, con Mario Casas, y Ocho apellidos ­vascos, líder en el mencionado listado. Algo más de un año después del fenómeno, presenta la secuela, que, con idéntico tono de comedia romántica costumbrista, se traslada a Catalunya para seguir las aventuras de sus populares personajes, bajo el título de Ocho apellidos catalanes

“En ‘Ocho apellidos catalanes’ no hay pretensión política alguna, ni mucho menos. Es un entretenimiento que sólo pretende que nos riamos de nosotros mismos con muy buen rollo”

“Amo Catalunya, tengo muchos amigos allí. Egoístamente no quiero que se vayan, pero si es lo que quiere una mayoría importante... No preguntarles por ello ha sido un error”

“Vivimos inmersos en un sistema social absurdo basado en tener más. Y eso crea una enorme desigualdad: pocos con mucho y muchos con poco o nada. Es un mundo egoísta, falto de generosidad”

¿Está la situación de Catalunya para bromas?
Es evidente que el momento es complicado, pero lo último que se pretende es crear polémica. No hay maldad en la película en ningún sentido. No hay pretensión política alguna, ni muchísimo menos. Es un entretenimiento que sólo pretende que nos riamos de nosotros mismos con muy buen rollo. Cuando hicimos la anterior, al vasco le hacían gracia las cosas de los sevillanos, pero también se reía de las suyas, porque se reconocía en los personajes. Todos somos un poco andaluces, un poco vascos y un poco catalanes.

¿Se ha formado una opinión sobre el tema?
Sí, aunque creo que tienes que ser catalán para entender de verdad, en toda su complejidad económica, cultural o histórica, las razones por las que hay un buen número de personas que prefieren la separación. Yo he vivido allí un año y medio. Amo Catalunya; me encanta y forma parte de mí. Tengo muchos amigos allí. Egoístamente no quiero que se vayan. Tampoco me imagino cómo sería la independencia. ¿Qué nos va a separar? ¿Un muro como el de Berlín? ¿Va a ser todo así de radical? Me entristece muchísimo, pero si es lo que quiere una mayoría importante... Es como cuando un matrimonio no funciona y uno quiere acabar la relación y el otro no. Al final, las cosas no se pueden forzar. Tampoco se les ha preguntado abiertamente sobre ello, lo que ha sido un error. Como tantos y tantos.

¿Tan mala es su perspectiva del momento?
Como la de la mayoría. Pero no sólo en España. Vivimos inmersos en un sistema social absurdo basado en los intereses personales y en lo económico. En tener más. Y eso, por lógica, genera una enorme desigualdad: pocos con mucho y muchos con poco o nada. Es un mundo egoísta, falto de amor, de empatía y de generosidad. Pero para todo: maltratamos al hombre, al planeta, a los animales… ¿Cuándo se nos ha ido la olla? ¿Cómo podemos seguir llenando el campo de porquería que va a durar más que nosotros o echando vertidos al mar? Y, por otro lado, ¡hay tanto que no sabemos sobre cómo funcionan en realidad las cosas! Por eso es tan importante que haya una información veraz, que se garantice que no está mediatizada. 

¿Cree que hace falta un cambio profundo?
Pero reflexionado. Cuidado con el efecto dominó cuando se tira una ficha. Mi madre es muy de “hay que cambiar, hay que confiar”, y yo la admiro mucho por ello, pero no sé por dónde hay que empezar. Hay que ir pasito a paso; no podemos empujar para que se desmorone todo a la vez y esto se convierta en un lugar en el que impere más aún la ley de la jungla. Es muy complejo y muy preocupante. 

¿Cómo vive ese contraste con su éxito actual?
Esa palabra se me hace extraña. La mejor definición sobre eso la dio Manuel Alexandre, que dijo que el éxito es poder ir a cenar un día a la semana al restaurante que se quiera y volver a casa en taxi. Pues sí. Si puedes hacer eso, podría pensarse que tienes éxito.

Pero ¿usted puede hacerlo?
No. Por eso hay que relativizar todo lo más posible. Se habla de que soy la chica “de moda” y es verdad que se baraja mi nombre para los proyectos en los que hay un personaje femenino de veintitantos. Eso, en este momento y tal y como está la industria, es el mayor de los éxitos para alguien al que le guste su trabajo, como me ocurre a mí. Pero a la hora de sentarme en un restaurante a cenar no lo tengo nada fácil.

Comentaba Dani Rovira, su coprotagonista en esta serie de películas de los Apellidos..., que al ser ustedes pareja en la realidad, la presión mediática y del público es mucho mayor…
Yo no lo paso bien. Lo primero, por pudor. Me da vergüenza cuando alguien se acerca y pide una foto. Pero luego, si estoy ocupada o no es el momento adecuado y les digo que no y me sueltan una bordería o me ponen una mala cara, es todavía peor. La gente asume que tienes que estar currando 24 horas al día, porque es “el precio de la fama”. La frasecita me la voy a tatuar en el brazo para que no se me olvide. El hecho de ser un personaje público no te convierte en un objeto público que se pueda zarandear. Se nota mucho cuando se acerca alguien que admira lo que hacemos o que sólo quiere fardar en el Twitter o en Facebook para conseguir un montón de likes. Los caprichos, que se los pague cada cual. De todas formas, que estamos juntos fue noticia en su momento, pero ya no lo es.

¿Tuvieron Rovira y usted que crear una estrategia para hacer frente al asunto?
Algo hubo, pero prefiero dejar eso para nuestro círculo de confianza. Tampoco hay una manera concreta de hacer o dejar de hacer… Al final, hay que echar mano de la naturalidad y del buen humor. Yo soy discreta, pero no pienso dejar de vivir mi vida como quiero. Soy una persona apasionada que disfruta de las cosas: me gusta mucho estar en una terraza tomándome un vino y con mi cigarro en la mano y no voy a esconderme por tener un fotógrafo enfrente. No voy a dejar que castren mi día a día, que, por otro lado es de lo más normal.

“Me da vergüenza cuando alguien se acerca y pide una foto. La gente asume que tienes que estar currando 24 horas al día, porque es ‘el precio de la fama’. Me voy a tatuar 
la frasecita”

“Hay que buscar el equilibrio, ni estar con la olla perdida, ni ser un sumiso: no eres nada sin el director, el guionista o la peluquera que te ha hecho el moño”

“Nada más pisar un plató me enganché con esta profesión. Rodando ‘Manos a la obra’ estaba tan fascinada por todo que, aunque yo ya había acabado mi parte, quería quedarme a tomar el bocata con el equipo, aunque tenía colegio al día siguiente”

¿No debería estar acostumbrada? Lleva trabajando desde los 10 años…
He crecido habituada a ser señalada, observada y “autógrafo va, autógrafo viene”, pero con las nuevas tecnologías todo el mundo es un paparazzi en potencia y las fotos van directas a las redes sociales. Esto está descontrolado. Pero lo peor de todo es que le he cogido miedo al éxito. Es muy peligroso porque te crea unas expectativas personales, desde lo profesional, que, si luego no eres capaz de mantenerlas, te dejan la autoestima por los suelos y te hacen muy infeliz. Hay muchos compañeros que incluso han sufrido una depresión. O sea, que el momento muy guay y todo lo que se quiera, pero hay que andar con ojo. Y además hay que tener cuidado de no ponerse tonta y pensar que te da igual lo que la gente piense de ti, aunque no los conozcas, porque es mentira. Si eres una persona popular, van a hablar y no bien en muchos casos. Aunque te quieras impermeabilizar, es imposible. Eres vulnerable, y lo que digan te puede hacer daño. Es muy chungo también. 

¿Cómo se mantiene a raya el ego en estas situaciones?
No hay que dar nada por sentado y agradecer sinceramente lo que estás viviendo. Hay que tener claro que los regalos que recibes no llegan porque seas muy maja; siempre hay un interés por algún lado. Pero si das por sentado que ese hacerte la vida fácil, agradable y ese rodearte de privilegios te va a acompañar toda la vida, lo llevas claro. Porque entonces cambias y ya no eres Clara, te conviertes en otra que es estrella de cine, que está por encima de todo y de todos y tiene una vida fastuosa. Ahí es donde está el peligro de verdad. 

¿La legendaria inseguridad del artista equilibra un poco las cosas?
A veces. En esto está bien ser un poco inseguro. La mayoría somos una mezcla extraña entre apariencia de que te comes el mundo y vacilación. Muy a menudo se subraya lo primero para esconder lo segundo. Aunque es difícil, hay que buscar el equilibrio y tratar de estar centradito: ni hay que estar con la olla perdida, ni ser un sumiso de la vida. Y luego, tener muy claro que no eres nada sin los demás; que trabajas para un director, con las palabras que ha escrito un guionista, con el moño que te ha hecho la peluquera y que se te ve la cara porque hay un señor que pone las luces. 

¿Por qué cree que su carrera profesional está siendo tan afortunada?
Bueno, también he hecho trabajos que han pasado sin pena ni gloria. Está siendo afortunada porque he podido caminar sin prisa pero sin pausa y no he tenido la desgracia de que me catapulte a la fama una serie de televisión y de haberme dado un batacazo espectacular poco después. En esto sí que ha habido estrategia; un claro intento de no dejarme encasillar, que es algo que aquí gusta mucho. 

¿Cómo aceptaron sus padres que quisiera dedicarse a la interpretación?
Pues bien. Con naturalidad también. Yo llegue un día con diez años y dije “mamá, quiero ser artista”. Nadie se lo tomó como una sentencia determinante para el resto de mi vida, pero enseguida empezaron a pasar cosas…

¿Gracias al rito de la siembra que practica su madre? 
Seguro que sí. Ella cree mucho en esas cosas. Es una especie de conjuro en el que siembras, como si fueran plantas, tus ilusiones. En realidad sirve para enfocar toda tu energía en aquello que deseas. Lo difícil es saberlo, pero eso es otra. Total, que a mí me ocurrió. Hice el rito; sembré los deseos que había escrito en un papel y a los pocos días fuimos a la cafetería donde merendábamos y vimos, en otra mesa, a una chica que, en ese momento, trabajaba en Globomedia. Mi padre la conocía, pero me dijo: “¿Tú no decías que querías ser actriz? Pues ve ahí, te presentas y se lo cuentas. A ver qué pasa”. Y allá me fui, con todo el morro de mis nueve años, y me dijo que me harían una prueba de cámara. No sé cómo me cogieron porque llegamos al casting dos horas y media tarde; nos pasó de todo. Me pidieron que les contara algo, para ver qué tal, si tenía naturalidad ante la cámara, y como mi madre es cuentacuentos, pues les solté uno, pero en verso. Y gracias a eso entré en el reparto de la serie Compañeros.

¿Esas cosas pasan?
Pasan. Pero yo ya había hecho verso. De Ratita Presumida en una función del colegio cuando tenía cuatro años, poniendo una voz de pito horrible. Bromas aparte, nada más pisar un plató me enganché con esta profesión y no la he vuelto a soltar. Rodando Manos a la obra recuerdo que estaba tan fascinada por todo que, aunque yo ya había acabado mi parte, no les dejaba que me mandaran a casa. Quería quedarme a tomar el bocata de la cena con el equipo, aunque tenía colegio al día siguiente. No me despegaban de allí ni con agua caliente. Fue amor a primera vista elevado a la enésima potencia; un flechazo. 

¿Qué sembraría ahora?
Es complicado porque soy muy afortunada y feliz, la verdad. Mis deseos están centrados en lo personal, en mis amigos y familia. En mi abuelita, que ya es mayor y quiero que esté contenta. Y sembraría tranquilidad a la hora de trabajar y buenos proyectos, quizá. Pero sin estrés.

¿Trabajaba más relajada de pequeña?
Siempre he sido muy responsable, desde el primer día, pero es cierto que estaba más relajada, Todo se empezó a complicar, y con los años aumentó la propia presión que ejerzo sobre mí, pero he llegado a un punto en el que he mandado el estrés a tomar viento. Quiero volver a disfrutar de este proceso, y conseguirlo pasa por no mirarme tanto desde fuera; no colocarme a mí misma todo el rato en el punto de mira. Esto será muy importante para mí, pero no estoy salvando vidas. Mi trabajo es entretener y, con suerte, hacer que el público se plantee cosas, pero nadie se va a morir porque haga una mierda, la verdad.