Dennis Lehane “Todos somos juguetes rotos en algún grado”

Escritor imprescindible del noir actual, Dennis Lehane (Boston, 1965) combina la ácida crítica social de su obra y su desengañada visión del ser humano con su ironía y trato afable. El autor de las memorables novelas 'Mystic River' o 'Shutter Island', éxitos luego en cine, y la reciente 'Después de la caída', repasa sus 25 años de carrera.

Quizás rompa algunos esquemas saber que el escritor que ha diseccionado los bajos fondos de Boston sin ahorrarse detalles escabrosos es de risa fácil. A Dennis Lehane le gustan las frases con doble lectura y tiene una especie de don para empatizar con el sentido del humor de su interlocutor, sin perder por ello su acidez, su toque de cinismo y su compromiso a la hora de retratar una sociedad que definitivamente no le gusta, utilizando la novela policiaca para ello.
Mientras su última obra, Después de la caída –en la que por primera vez narra desde el punto de vista de un personaje femenino–, vende miles de ejemplares en todo el mundo, celebra sus primeros 25 años como autor, con la tranquilidad de haber conseguido situarse como uno de los pocos imprescindibles del noir de su generación. Gracias a Mystic River o Shutter Island, a los detectives Kenzie y Gennaro, que protagonizan varios de sus libros o a la saga criminal de los Coughlin, situada en la época de la Prohibición; todas obras con referente cinematográfico.
Ya hace mucho tiempo que abandonó el peligroso barrio de Dorchester, donde se crió con su familia –inmigrantes católicos de origen irlandés–, para, tras innumerables idas y venidas, acabar cerca de Hollywood, atraído por el mundo del cine y de las series, “aunque echo mucho de menos el frío que hace allí”, y buscando compañía laboral, “porque al final te cansas de escribir solo en una habitación”.

“El ser humano nunca deja de ser corrupto o cruel y asqueroso con los demás. Es inherente en nosotros. Sin embargo, la honestidad, la generosidad y la empatía también nos acompañan siempre”

¿Conecta el auge de la novela policiaca con el momento tan convulso que estamos viviendo?
Son tiempos estupendos para el noir, aunque, en realidad, creo que siempre lo son. El ser humano nunca deja de ser corrupto o cruel y asqueroso con los demás. Resulta inherente en nosotros. Pero lo contrario, la honestidad, la generosidad y la empatía, también nos acompañan siempre. Eso es igualmente verdad. Ahora mismo, estos tiempos parecen terribles, pero son como tantos. En nuestra historia como especie, el horror y la bondad existen al mismo tiempo, lo que no deja de sorprenderme. Somos muy complejos. A menudo me pregunto por qué recordamos siempre mejor lo malo que nos ha ocurrido antes que lo que nos hizo sentir plenos. Lo puse en boca de uno de mis personajes: “La felicidad sólo nos recuerda lo que nos gusta sentirnos así”.

Una de las novedades positivas de este momento es el impulso que está recibiendo la igualdad entre géneros. ¿Se considera usted un adelantado en esta materia?
En cierto modo, sí. Siempre he colocado en el centro de mis historias a personajes femeninos independientes que no necesitan un hombre para definirse. Rachel, la protagonista de la última, una periodista con gran carácter a la que le hunde la carrera un momento de debilidad ante las cámaras mientras narra en directo la tragedia de Haití, es sólo otra de muchas, como Angie Gennaro, Annabeth Marcus o Graciela Couglin: mujeres trabajadoras capaces de sostenerse de sobra por sí mismas.

El arquetipo de la femme fatale, tan del género negro, ¿es machista o feminista?
Depende del escritor. Las mujeres fatales pueden ser grandes iconos feministas si se mira desde la perspectiva adecuada. Suelen ser mujeres que deciden no tener en cuenta las normas establecidas por los hombres o que las utilizan tan bien que lo hacen mejor que ellos. Mujeres como Kathy Moffat de Retorno al pasado o Matty Walker, la protagonista de Fuego en el cuerpo o algunos de las grandes personajes femeninos de Jim Thompson o James M. Cain son así. Ellas deciden no comer mierda ni disculparse por quiénes o cómo son. Adoro esto.

¿Le resulta difícil meterse en el pensamiento y en los sentimientos de una mujer para contar una historia desde su punto de vista? 
Creo que hombres y mujeres miramos el mundo de forma distinta. Probablemente es algo que tiene que ver con la educación que hemos recibido, casi siempre enfocada a perpetuar los roles. Confieso que, a veces, he tenido que revisar profundamente lo escrito para asegurarme de que no estaba filtrando a Rachel o a cualquiera de ellas bajo una perspectiva masculina. No obstante, una parte muy destacada de mi trabajo consiste en introducirme bajo la piel de otras personas. No encuentro mayor dificultad para colarme en la mente de una mujer que en la de un jugador de béisbol negro de Ohio o de un contrabandista de origen irlandés en 1943.

“Las mujeres fatales pueden ser grandes iconos feministas si se mira desde la perspectiva adecuada. Suelen ser mujeres que deciden ignorar las normas establecidas por los hombres”

Si le dicen que es un escritor muy cinematográfico, ¿qué piensa?
Que no acabo de pillar qué es lo que quieren decir. Verá, puede que yo escriba de un modo vívido que hace que escoja los detalles especificos que crean imágenes complejas en la mente de un lector. No digo que no sea bueno en eso. Di­ckens lo hizo. Poe, también. Como Homero. Lo que significa que esa forma de escribir, que yo considero que es “la Buena” con mayúscula, ya estaba ahí muchos siglos antes de que el cine hiciera su aparición. Dicho esto, estoy muy orgulloso de las adaptaciones a la gran pantalla de mis novelas Mystic River o Shutter Island. Esas películas no son mis libros, al igual que mi perro no es mi gato, pero opino que son, en sí mismas y por los méritos de quienes las llevaron a cabo, unas obras maravillosas.

Normalmente la mayoría acaba diciendo que “el libro es mejor”.
(Risas). Eso es verdad, lo dicen siempre, incluso cuando no es así; cuando la película es infinitamente mejor, como es el caso de Tiburón, por ejemplo. Lo ideal sería que ambas obras sean piezas maestras, cada una en su ámbito. 

¿Qué es Boston para usted? Está tan presente en su obra que parece un personaje más…
Yo siento como si lo fuera. Es mi fuente. El gran amor no humano de mi vida. Conozco esa ciudad hasta la médula. Sé todo lo que no es atractivo en ella y escribo sobre esas cosas para que nadie pueda acusarme de amar a ciegas, pero, a pesar de todo, lo hago de forma salvaje y apasionada. Todo esto está muy ligado al amor que tenía por mi padre. Él amaba esa ciudad como los inmigrantes adoran los lugares que los adoptan. Y solía guiarme a través de ella, por lo que se convirtió en un gran vínculo entre nosotros. Tiene un tirón emocional innegable para mí. Pero ahora vivo en Los Ángeles, al lado de la playa, porque trabajo en Hollywood, y mis hijos están encantados. Pero desde que vivo aquí he escrito dos novelas y las dos están ambientadas en mi ciudad. Necesito imaginar el escalofrío, la suciedad, la luz del día nublado, para darle consistencia a lo que he pensado. Incluso aquí vivo rodeado de ruido y de movimiento. No me gusta el si­lencio complaciente de esta ciudad que parece estar siempre de vacaciones.

En Mystic River usted utiliza la narración para denunciar la mentira, la inseguridad y la violencia que nos rodea. ¿Son sus preocupaciones centrales?
Algunas de ellas. Por eso resultan tan apasionantes de explorar. La mayoría de los escritores tenemos unas cuantas obsesiones centrales a las que volvemos de vez en cuando de forma consciente o inconsciente, pero sabiendo que son asuntos sobre los que nunca sabremos lo suficiente. Hay autores que han decidido mostrar de forma fehaciente lo que sienten o piensan. Yo he elegido no indagar tan de cerca sobre mí mismo y prefiero exponer lo que me preocupa. Dejo que sean los lectores y los críticos los que decidan hasta qué punto me retrato en lo que escribo.

“La corrección política apesta. Es un tipo de discurso controlador que nos lleva a que nuestra conducta y pensamientos acaben atados de pies y manos y desarrollándose dentro de un cercado”

La violencia siempre esta presente en su obra de un modo u otro. ¿Cree que los humanos somos violentos por definición?
Sí.

¿No le da una vuelta por aquello de la corrección política?
No (risas). Diablos, la corrección política apesta. No decir claramente lo que se piensa, llamando a las cosas por su nombre, ha hecho mucho daño y nos ha hecho retroceder tanto en materia de ­libertades y derechos, que nos ha dejado en la situación política tan atrasada que estamos viviendo ­actualmente en Estados Unidos. Creo que, como escritor, soy una persona sensible y respetuosa cuando considero que debo serlo, pero la corrección políti­ca es un tipo de discurso controlador que nos lleva a que nuestra conducta y nuestros pensamientos acaben atados de pies y manos y desarrollándose dentro de un cercado. Como ferviente demócrata que cree en la libertad de expresión y de pensamiento ante todo, preferiría que la gente expresase lo que siente, aunque no esté de acuerdo con ellos, a que callen por temor.

La comunidad literaria y artística, en su mayor parte, se ha convertido en el azote de Donald Trump…
Ese señor es una abominación. Una mancha en nuestro país. Washington, Jefferson y Lincoln no han dejado de removerse en sus tumbas desde que llegó a la Casa Blanca. Él es la antítesis de lo que es mi gran nación. Mi mayor preocupación es cuantas décadas tardaremos en limpiar la porquería y el olor que deje.
 

¿La novela policiaca americana es demócrata o republicana?
Esta es buena; no lo había pensado. Yo creo que es demócrata por actitud más que por contenido. De todos modos, lo de “demócrata contra republicano” es un concepto fabricado, en cuyo fuego se ha vertido una gran cantidad de combustible en los últimos 30 años para tener un medio simplista –y adecuado al servilismo ante el poder– de etiquetarnos. Tengo muchos amigos que son republicanos y nos entendemos bien; lo que significa que no todo está tan claro y tan “colocado en categorías”. Sin embargo, no tengo amigos que sean neoconservadores de los que no permiten el intercambio de pensamientos y opiniones. No se trata de dónde te encuentras en un tema en particular, siempre que lo hayas reflexionado y estés convencido de lo que piensas. El lío lo arman los ideólogos que sólo aceptan como válido lo suyo situándose más allá de cualquiera razonada discusión. Si haces eso, estés en la derecha o la izquierda, desde luego formas parte del problema.

“Ese señor (Trump) es una abominación. La antítesis de lo que es esta gran nación. Washington, Jefferson y Lincoln no han dejado de removerse en sus tumbas desde que llegó a la Casa Blanca”

La religión, y más específicamente el concepto de culpa, está presente en casi todas sus novelas. ¿Hasta qué punto influyen las creencias en su escritura?
Sí. Por supuesto no soy practicante ni creo en ninguna fe. Pero soy un escritor católico por definición. Nací y crecí en un ámbito en el que ese era el credo y lo impregnaba todo hasta el punto de que todo aquello no se ha despegado fácilmente; por tanto, soy un autor obsesionado con la culpa y la redención y el lugar que han de ocupar la moralidad, la integridad y sus opuestos es este mundo. Y tengo que decir, por otro lado, que es un territorio amplio, inquietante y muy interesante en el que andar investigando. No parece tener fin.

Ha realizado importantes aportaciones como consejero en casos de niños y jóvenes maltratados. Vivir de cerca esas situaciones… ¿ha cambiado su punto de vista sobre la humanidad?
Probablemente. Mire, todos somos juguetes rotos en algún grado. Todos hemos perdido algo que nos ha dolido intensamente e intentamos luchar cada día para encontrar sentido a nuestra propia existencia. Y ese objetivo es hermoso. Sobre eso precisamente es sobre lo que escribí por primera vez en mi vida. Hay muchas cosas admirables en ese empeño y en no permitir que nos mueva y nos empuje ni el pasado, ni los pactos que hicimos sin estar preparados para ello, ni nuestros propios límites. Como persona, me gusta esa lucha y quienes la aceptan como parte de sus vidas, y como escritor me brinda unas oportunidades dramáticas in­creíbles.

¿Les hizo escribir, a estos chavales, como parte de su proceso de mejora o curación? 
Es algo tremendamente útil en todos los sentidos. Mucho más si has tenido problemas de esa envergadura siendo tan joven. No fue mi caso. Empecé a poner el lápiz sobre el papel a los ocho años aunque vengo de una gran familia de contadores de historias; de una tradición oral, no literaria, que rompí.

¿Cómo recuerda a aquel Dennis Lehane que tuvo que hacer de todo para subsistir (incluso conducir limusinas), mientras buscaba su oportunidad para publicar?
En constante movimiento y lleno de sueños. U2 tiene una canción que lo define bien: Running to stand still. Así me sentía yo. Corriendo para mantenerme en alto. Iba a un ritmo furioso y me imaginaba viviendo más vertiginosamente aún. Pero a veces me decía a mí mismo: “Siéntate el tiempo suficiente como para escribir lo que tienes en la cabeza en un pedazo de papel que alguien más que tú quiera leer”.

“Todos hemos perdido algo que nos ha dolido intensamente e intentamos luchar cada día para encontrar sentido a nuestra propia existencia. Y ese objetivo es hermoso”

Cada persona que se dedica a su profesión escribe por diferentes razones. ¿Cuál es la suya?
Supongo que creo tener algo que decir. También sé que necesito comunicarme y subrayar que estoy aquí. Y además, gracias a este don, si queremos llamarlo así, puedo dar voz a gente que quiere decir lo mismo que yo, pero no tiene ni las herramientas ni el entrenamiento para ello. A estos, particularmente, espero serles útil.

Ya era un escritor que tener en cuenta cuando se incorporó como guionista a la legendaria serie The Wire. ¿Qué le aportó?
Yo, a la serie, le aporté un final que fue criticado hasta por Obama (risas). Era un gran seguidor y digamos que no le gustó nada cómo acabó, pero no fue culpa mía porque yo no tenía influencia sobre unas tramas que había que escribir, pero que ya estaban diseñadas. Supe desde el principio que estaba trabajando en algo realmente bueno y éramos completamente anónimos, no como ahora, que es el momento del “creador”, que es alguien tan popular como las estrellas que protagonizan la serie. Pudimos trabajar sin presión, con tranquilidad. Y resulta que aquel trabajo estaba iniciando una nueva edad de oro de las series de televisión. 

Después trabajó en Boardwalk Empire, ambientada en los años de la ley seca, con Scorsese como productor ejecutivo, y en la reciente Mr. Mercedes, sobre un asesino en serie. ¿Le persigue el toque negro en todo lo que hace?
Bueno, es lo mío, pero no me lo llevo al cuarto de estar. Me encanta la comedia y considero que es la forma narrativa más difícil de manejar, mucho más que los dramas. Por eso, las buenas son tan difíciles de encontrar. Si me pongo a ver una de los Monthy Python o El jovencito Frankestein o Con la poli en los talones, que es una obra maestra de lo criminal, estoy en el cielo.

Y entre unas cosas y otras llegó la cincuentena a su vida (acaba de cumplir 54). ¿Cómo asume el paso del tiempo?
Pues hasta ahora estaba genial, porque le había dicho a todo el mundo que tenía 47, pero lo acaba usted de fastidiar, así que me voy a ir a algún lugar a acurrucarme a leer El rey Lear o algo similar y a llorar por mi inexorable decadencia. Qué horror…