Icíar Bollaín "La crisis arrasó nuestro paisaje interior”

Fue actriz juvenil a las órdenes de grandes cineastas como Erice o Cuerda hasta que, hace veinte años, se puso tras la cámara e inició una carrera de títulos memorables, como 'Te doy mis ojos', que le aportó dos Goya. Icíar Bollaín (Madrid, 1967) vuelve a las salas con 'El olivo', una entrañable historia de lucha y valores.

Aunque para muchos sigue siendo la actriz de mirada franca, sonrisa abierta y hoja de servicios impecable, en la que figuran los nombres de Erice, Borau, Cuerda o Gutiérrez Aragón, Icíar Bollaín (Madrid, 1967) se descubrió hace dos décadas como cineasta con mucho que contar. Hola, ¿estás sola? y Flores de otro mundo allanaron el camino a Te doy mis ojos, en la que narró un escalofriante episodio de violencia de género que le valió dos premios Goya, como guionista y directora. Cinco años después de su último título, Katmandú, un espejo del cielo, presenta El olivo, en la que la nieta de un trabajador del campo mediterráneo busca, para traerlo de vuelta a sus tierras, el árbol milenario que su familia vendió por necesidad en plena crisis, lo que sumió al anciano en la tristeza y el mutismo.

¿Si no luchamos por lo que nos define, perderemos nuestra identidad?
La metáfora del olivo funciona en muchos sentidos. Es nuestro árbol, el que está presente en nuestras raíces. El que conforma nuestro paisaje interior y exterior. Si lo arrancamos de nuestra vida, cualquier cosa puede suceder. Mirándolo desde fuera, el auge inmobiliario que generó aparentemente tanta riqueza destrozó nuestro entorno hasta hacerlo irrecuperable en muchos casos. Después, la crisis económica y política ha arrasado también nuestro paisaje interior creando sufrimiento, inseguridad y decepción. Falta el sentido de preservar; de valorar y cuidar lo que tenemos, que nos hace particulares y diferentes. Pero no hay interés por el bien común.

¿Tiene arreglo?
Pese a lo mucho que nos han decepcionado los que estaban a cargo de que todo marchara, comparto la esperanza de los movimientos de cambio que luchan en muchos ayuntamientos. Hay demasiadas cosas podridas; el propio sistema ha generado una corrupción que hay que atajar. Lo único bueno es que ya sabemos que este no funciona; que es un desastre.

“No nos podemos quedar sentados viendo pasar los días y esperando a tener todas las respuestas. Sólo el hecho de levantarnos ya mueve el aire”

Su protagonista es una luchadora sin hoja de ruta…
Paul Laverty, el guionista, quería subrayar la idea de inconformismo, de resistencia ante el sistema y ante el propio desánimo. Es muy interesante el viaje personal de esta casi niña que se queda herida cuando le arrebatan el árbol donde jugaba con su abuelo, llevándose por delante su infancia y sus lazos familiares, pero que en lugar de quedarse atascada en el dolor, se esfuerza por avanzar. No nos podemos quedar sentados viendo pasar los días y esperando a tener todas las respuestas. Sólo el hecho de levantarnos ya mueve el aire. Y, como dice uno de los personajes, ojalá tengamos dos mil años más para hacerlo por lo menos un poquito mejor.

¿En qué ha fallado nuestra ­especie?
Hay muchas cosas que me tienen alucinada. Es de una evidencia abrumadora que el cambio climático está haciendo nuestra vida cada vez más incómoda y que el planeta está en peligro y en cualquier momento puede darnos una sorpresa sin vuelta atrás. ¿Cómo es posible que la mayoría de los gobiernos de los países desarrollados no se tomen esto en serio? ¿No se preguntan qué clase de mundo van a dejar a los que vienen detrás? Por otro lado, está la gente que lucha contra ello, que se deja la piel en el activismo. Así somos los humanos. Capaces de la ambición más corrupta y de la solidaridad más impresionante. Somos contradicción.

¿Cree que, al menos hasta ahora, la humanidad ha ido de la mano de la codicia?
Y no ha resultado. Por eso ha llegado el momento de pensar a largo plazo y en el bien de todos, en lugar de preservar los intereses de unos pocos que acumulan fortunas inimaginables y que deben de pensar que, como a los faraones, les van a enterrar con sus maletines de dinero. De otro tipo de organización que trabaje para la mayoría. En algunos lugares ya se está en ello. En Castellón, donde hemos rodado, un grupo de trabajadores del campo ha conseguido que se apruebe una ley que protege al olivo milenario, por ejemplo. Sin tanto político por medio.

Precisamente a uno de esos hombres del campo mediterráneo le ha convertido en actor por unas semanas…
Quería un rostro y unas manos curtidas, que los actores profesionales no pueden tener porque no hacen ese trabajo. Tuvimos la suerte de encontrar a Manuel Cucala, que se identificó mucho con el personaje porque su vida es parecida. Tiene un olivo al que le habla; una relación con la naturaleza no mitificada. Nos sorprendió en el rodaje, donde yo le iba diciendo cada día lo que tenía que hacer. No le di el guión porque no quería que se agobiara ni que estudiara. El resultado es muy natural.

Recuerda a Omero Antonutti, el protagonista de El sur
El primer actor con quien rodé una escena. Omero tiene también esa especie de nobleza mediterránea. Tengo muy buenos recuerdos de él. Era muy juguetón y muy gamberro. Me siento muy feliz de haber iniciado así mi carrera como actriz, teniendo en cuenta que no entraba en mis planes a los 15 años. Víctor Erice iba al instituto y, durante unas semanas, se sentaba en el vestíbulo, veía pasar chicas y hablaba con alguna. Incluso puso un cartel para hacer unas pruebas, pero yo no me presenté. Y un día, me entró. Y yo le dije que no le podía atender porque tenía un examen. Me esperó, hablamos, me hizo unas fotos y me dio el papel.

“El mundo está lleno de mujeres espléndidas de 50 años, activas, inteligentes, que son parte esencial de la sociedad, y nadie habla de ellas, luego no estamos contando la vida como es”

¿Le costó sentirse actriz?
Tardé un poco. Claro, es que antes de El sur ni se me había pasado por la imaginación. Acabé el bachillerato y durante un par de años participé en alguna película, en la que fundamentalmente hacía de mí misma. Cuando rodé Malaventura con Gutiérrez Aragón, donde tenía que interpretar a una chica muy alejada de mí, muy trágica, ya sí me lo tuve que creer. Me puse a estudiar y a buscar mi voz, que, como era tan tímida, estaba en la habitación de al lado. Durante mucho tiempo fui muy insegura sobre si valía para esto.

Y mientras tanto, trabajaba con Cuerda o con Borau…
Sí, que por algo llamarían, claro, pero yo entonces no lo valoraba así. Me decían que comunicaba mucho haciendo muy poco y como no tenía que esforzarme demasiado, me dio la impresión de que esto era muy fácil, al principio. Gran error, que ya percibí trabajando sobre todo con Borau, que me daba personajes muy alejados de mí y que necesitaban otra concentración porque eran complejos, muy intensos. Algunos nunca los entendí, aunque me ponía en sus manos con una fe total. Pero a menudo iba a ciegas.

Muchos actores no son tan generosos con los directores…
Yo he tenido suerte porque he contado con actores que han sido muy valientes. Claro que te persiguen y te preguntan, pero es bonito y forma parte del proceso. Lo que hicieron Luis Tosar y Laia Marull en Te doy mis ojos fue extremadamente generoso, tirando de su interior, para que pudiéramos mostrar la atrocidad de la violencia de género. El actor siempre tiene un punto ciego, que para el director no lo es, porque conoce la globalidad de lo que quiere contar. Al final, esto siempre tiene algo de ejercicio de fe.

¿Que le llevó a la dirección, en tiempos en que apenas había mujeres cineastas?
Tampoco hay muchas ahora. Aunque vivimos un mejor momento, estamos lejos de tener una representación igualitaria. Siempre he contado historias, desde niña. A veces también las escribía. Trabajando con estos estupendos directores descubrí que tras las cámaras pasaban cosas muy emocionantes. Alguno me dejaba ir al montaje, que es como la cocina del cine, y me fue interesando cada vez más ser quien cuenta, en lugar del vehículo para contarlo.

“Está bien que los hijos sepan que el dinero no cae de los árboles, pero no que se obsesionen para lograrlo a costa de lo que les haría felices. Así pueden frustrarse grandes vocaciones”

Su obra está marcada por la intención social…
Me interesa lo que ocurre a mi alrededor, entender el mundo en que vivo; supongo que me fascinan las relaciones entre nosotros y cómo intentamos ser felices. El cine siempre es testigo de su tiempo, incluso a su pesar y también por lo que no cuenta. Es el medio idóneo para investigar. Incluso el de entretenimiento incorpora, a menudo, mensajes muy potentes. No hay película inocua.

¿Echa de menos interpretar?
Sí, pero la dirección ocupa mucho espacio. Al final estás dos años poniendo en pie una película. Y además veo a tantas actrices de mi generación, fantásticas, que trabajan poco porque no hay papeles para nosotras a partir de una cierta edad, que entiendo que no me llamen a mí, que tengo otra ocupación. Pero querría volver a trabajar como actriz porque me gusta y por recordar lo duro que es.

¿Cómo lleva la invisibilidad de la mujer madura en el cine?
Mal. Es una enorme irrealidad. El mundo está lleno de mujeres espléndidas de 50 años, activas, inteligentes, que son parte fundamental de nuestra sociedad, y nadie habla de ellas, luego no estamos contando la vida como es. Hay un estudio que afirma que si viniera un extraterrestre y conociera al ser humano mediante el cine, pensaría que la población tiene 30 años, es blanca y heterosexual.

Usted está ya en el disparadero de los 50. ¿Cómo les está haciendo sitio en su vida?
Me agobiaba más hace unos años. Sigo igual de inquieta, y las inseguridades ya me dan un poco igual. Tengo otra tranquilidad, y no me afecta tanto lo que piensen de mí. El otro día escuché en la radio a una señora de 95 que, cuando le preguntaron cuál había sido su mejor edad, contestó que los 55, ­porque todavía estás fuerte, los hijos ya son mayores, tienes tiempo y sabes qué quieres hacer. Me dejó tan contenta el comentario porque pensé que lo mejor aún no ha llegado. Y cuando sea mayorcita buscaré tiempo para escribir, como Gutiérrez Aragón.

Su pareja, Paul Laverty, es guionista y tienen tres hijos. ¿Alguno se interesa por el cine?
Somos un poco desastre. No tenemos home cinema ni esas cosas que tiene la gente normal. Y hablamos de cine en casa, pero también de otras muchas cosas. Por ahora ninguno parece que vaya a seguir ese camino.

¿Les animaría?
Como madre les apoyaré en lo que decidan. Su relación con lo audiovisual es muy distinta. Para empezar, no ven la tele. Están en YouTube e Instagram y cuelgan sus cosas. Consumen mucha imagen, pero la manejan ellos. Yo no hacía eso con diez años. Tuve una cámara patatona a los veintitantos. Los niños ahora desde los cinco tienen en la mano un móvil, y quien más, quien menos hace sus pinitos como realizador. Es otro mundo.

Convive con tres integrantes de las nuevas generaciones. ¿Cómo los definiría?
Más allá de mis hijos, yo diría que parecen más conscientes de todo. Creo que han oído hablar mucho de la crisis, y en muchos casos la han vivido en su casa y eso les ha hecho menos inocentes y más conscientes de que hay que ganar dinero. Eso está muy presente.

¿Ve algo de positivo en ello?
Poco. No es bueno que los vaivenes económicos y sociales les hayan robado una parte de la infancia. Está bien que sepan que el dinero no cae de los árboles, pero no que se obsesionen para lograrlo a costa de lo que les haría felices. Si se es tan consciente de que hay que hacer tal o cual cosa para que te dé de comer, es muy probable que se frustren grandes vocaciones. Por otro lado, me preocupa el control de muchos chicos hacia las adolescentes, vía móviles y redes sociales. Ellas creen que lo hacen porque las quieren, pero no es cierto. Denota posesión y suele conllevar celos y broncas.

¿Se les están ofreciendo los modelos correctos?
No lo creo. Se siguen fomentando valores sexistas y en los que la riqueza tiene un papel esencial, a través de los medios audiovisuales. Por más que se quiera contrarrestar su efecto con la educación en casa o la escuela, el bombardeo de imágenes que expone a la mujer como objeto sexual no cesa. Hay un rollo con el cuerpo –también entre chicos– que encuentro excesivo y peligroso; se hacen unas fotos que dan miedo. Pero es el comportamiento que perciben y, por tanto, reproducen.