Iris Apfel “Hoy, vamos uniformados”

Convertida cuando ya había cumplido los 80 años en icono de la moda, Iris Apfel es crítica con la falta de creatividad de la sociedad actual. La considerada más veterana entre las 'it girls' demuestra con su impactante imagen que se puede ser elegante y extravagante a la vez.

La fama le sobrevino a esta mujer, que mantiene la mirada tan viva como la mente, pasados los 80. De ser una decoradora de interiores reconocida pero no popular pasó a convertirse en objeto de deseo de los fotógrafos más reputados y portada de las revistas de moda. Todo empezó en el 2005, cuando el Metropolitan Museum de Nueva York organizó –para sustituir una muestra que les había fallado– una exposición con buena parte de la ropa, los complementos y otros objetos de su colección privada. Apenas tenían presupuesto para publicidad, pero la muestra fue cobrando repercusión a medida que recibía visitantes: unos se lo recomendaban a otros y al final de la cadena empezaron a interesarse por quién había detrás los medios de comunicación de moda. Esa fama la llevaba hace unos meses a Barcelona como invitada de honor del 080, y se convertía en el personaje más relevante de ese certamen de moda.

A quienes no les suene su nombre, Iris Apfel, les resultará más familiar esa imagen de pelo corto blanco, enormes gafas redondas y un rostro surcado de arrugas tan bellas como reveladoras. Son las de una mujer de 93 años que acepta su edad y jamás se ha puesto en manos del cirujano plástico para disimularla. También denotan una sabiduría (que no es por diablo) de la que no hace alarde, pero que se interpreta de sus respuestas ágiles y a menudo cargadas de sentido del humor. Le parece divertido ser una especie de it girl nonagenaria, aunque se diferencia de estas jóvenes, entre otras muchas cosas, en que ella no ha dejado, todavía, de trabajar.

“Los jóvenes ya no hablan entre ellos, sólo aprietan botones. Es una locura, no entiendo nada. Por eso no duran las relaciones. Desde el punto de vista de la tecnología, vivo en el siglo XVII”

Es evidente que su vida cambió después de la exposición.
Tremendamente, porque he conocido a miles de personas interesantes, y me ha dado la oportunidad de expresarme por medio de la moda, cosa que no había hecho antes. He podido diseñar zapatos, bolsos, e incluso una línea de maquillajes para M.A.C. Está siendo maravilloso.

¿Qué la anima a levantarse todas las mañanas?
Mi pasión por estar viva. Y que me gusta hacer cosas creativas y muy distintas unas de las otras. Estoy contenta de haber dejado la decoración –su profesión– y dedicarme a la moda. Y una de mis actividades más satisfactorias es la tutoría que ejerzo en la Universidad de Texas con estudiantes de moda. Además, estoy a punto de publicar un libro y tengo otros muchos proyectos en mente.

Uno de ellos, ya cumplido, ha sido protagonizar el documental Iris, del ya fallecido director Albert Maylses, que también se presentó en Barcelona. ¿Cómo fue la experiencia?
Yo apenas era consciente de que me filmaban. Albert iba siguiéndome con la cámara a todas partes, pero sin molestar. No tenía guión ni había nada premeditado; grababa lo que iba surgiendo. Fue un rodaje largo en el tiempo, pero de tomas cortas, y con el material que tenía podría haber hecho dos o tres películas más. Estoy feliz con el resultado.

También aparece su marido, Carl (fallecido el pasado 1 de agosto con más de 100 años). ¿Qué les ha mantenido juntos casi siete décadas?
El sentido del humor. Y que siempre me ha dejado mucho espacio. Bueno, en todo excepto en el armario (añade dando muestras de ese sentido del humor que le parece imprescindible en la vida y que también exhibe Carl en el documental).

¿La curiosidad es lo que nos impulsa a seguir adelante?
A mí, sí. Nunca tendría un amigo que no fuera una persona curiosa. Me parece tan imprescindible en la vida como el humor. Yo todos los días descubro algo nuevo, aunque la curiosidad implica mucho más, porque te obliga a salir, a averiguar cosas, a investigar. Aunque no hay que confundir la curiosidad con el cotilleo: no me interesa saber quién se acuesta con quién ni qué desayuna alguien por la mañana.

Entiendo que se refiere a las redes sociales. ¿Le han llegado tarde?
Afortunadamente, porque están matando las relaciones personales. Los jóvenes ya no hablan entre ellos. Son capaces de leer, escribir, hacer operaciones matemáticas, pero sólo aprietan botones, parece que es lo único que saben hacer. Si tienen que quedar para salir, no se lo dicen, lo teclean, y aunque estén uno frente al otro se comunican a través del móvil. Es una locura, no entiendo nada. Por eso no duran los matrimonios ni las relaciones.

Pues su nombre tiene muchas entradas en internet.
Lo sé, pero no hago ningún caso. Desde el punto de vista de la tecnología, vivo en el siglo XVII. Es cierto que hay cosas maravillosas en internet, pero se está exagerando excesivamente su uso. El problema es que la gente ya no piensa y ha perdido la curiosidad. Si quieres saber algo, basta con apretar el botón. Me parece que todo eso está poniendo la humanidad en peligro.

“Para mí es preferible estar cómodo que ir a la moda, ser feliz que ir bien vestido. Es una tontería volverse loco por la moda”

La veo un tanto pesimista.
En este momento el mundo es un lugar triste, por toda la destrucción que se está produciendo. No veo mucho de positivo. Bueno, sí, hay grandes descubrimientos científicos, pero no creo que haya ni vaya a haber a corto plazo ninguna explosión artística. ¿Usted sí?

Choca que con sus ganas de vivir lo vea todo tan negro.
Es que cada día nos despertamos con un atentado terrorista, da mucho miedo.

¿Es más positiva respecto a la moda?
No, es muy aburrida y triste, ya no hay creatividad ni originalidad. Lo único que interesa a los diseñadores es la seguridad, no arriesgan. Piensan que basta con hacer un dibujo en un papel y mandarlo a China para que lo reproduzcan en un vestido. Antes podías comprar cosas muy distintas en cada lugar y eras capaz de distinguir de dónde era una persona sólo por la forma de vestir. Ahora vamos uniformados. ¿Cuántos vaqueros tenemos todos en el armario? No me interprete mal, me gustan y los uso; de hecho, creo que fui de las primeras mujeres de mi país en llevarlos. Pero toda la ropa es muy parecida. En Nueva York las mujeres siempre van de negro.

Excepto usted.
Cuando lo hago me pongo unos accesorios y zapatos que contrasten y llamen la atención. Me gusta la ropa original, los colores, los estampados. Como esta chaqueta de Custo que llevo. Es atrevida. La compré en Barcelona. ¿A que es bonita?

¿Su estilo es algo estudiado, premeditado, o lo ha ido desarrollando con el tiempo?
Nunca en la vida he hecho nada premeditado, ni siquiera en los negocios. Hago las cosas como siento que debo de hacerlas en cada momento y supongo que luego van evolucionando. Pero nunca he sido consciente de ello.

Ahora es usted un icono de la moda, pero la mayor parte de su vida ha sido usted interiorista. ¿Lo echa de menos?
En absoluto, la moda es más divertida. Además, en el arte y la decoración también falta originalidad. Las casas que salen en las revistas son todas iguales, parecen habitaciones de un hotel de lujo, elegantes pero sin personalidad. En una casa donde se habita tiene que haber algo fuera de lugar; si no, carece de alma.

Habrá sido interesante haber trabajado en la Casa Blanca para nueve presidentes de Estados Unidos.
Hay una cierta confusión en eso, lo que yo hacía era restaurar cosas como los cortinajes o las tapicerías, porque con mi marido teníamos una empresa en la que reproducíamos telas antiguas por métodos artesanales. Nadie puede tocar la decoración de la Casa Blanca, hay un departamento que lo controla, excepto en las habitaciones privadas de los presidentes. Lo único que se puede hacer es restaurar los muebles o los papeles de la pared de la manera más fidedigna. Tú puedes aportar ideas, pero el resultado tiene que ser lo más cercano a lo original, aunque sea horroroso.

“Es ridículo ver a mujeres de más de 50 años con ropa pensada para cuerpos jóvenes. ¿Por qué nadie hace vestidos de noche con mangas?”

¿Cree que la moda es un reflejo de lo que ocurre en otros ámbitos de la sociedad?
Por supuesto que es un espejo de todo lo que pasa, desde la política hasta los movimientos sociales, la economía, la cultura popular de nuestro tiempo.

En su larga vida, ¿cuál ha sido el momento más interesante desde el punto de vista de la cultura y el arte?
De los cincuenta a los ochenta. Fueron años muy creativos y rompedores. Me encantan esos tiempos en que las mujeres intentaban estar guapas: cuando tenían una cita iban a la peluquería, se arreglaban. Me resulta chocante ver ahora a la gente todo el día con chanclas y vestida como para ir a la playa. Creo que nos ayudaría a estar mejor vestir bien y cuidarnos más.

Ir todo el día de punta en blanco no resulta muy cómodo.
Es que no es necesario arreglarse como para ir a una fiesta. Y tampoco hay que elegir entre ir elegante o cómodo. Se puede lograr las dos cosas a la vez. Para mí es preferible estar cómodo que ir a la moda, ser feliz que ir bien vestido. Es una tontería volverse loco por la moda. Pero tampoco hay que llegar a los extremos actuales.

Usted da importancia a la ropa y los accesorios, a juzgar por la imponente colección que se ve en el documental.
Me interesa más el estilo que la moda. Porque es algo que te sale de dentro y que no puedes conseguir con dinero. La moda la puede comprar cualquiera; el estilo hay que trabajarlo, es una actitud y no tiene que ver con que la ropa sea más o menos bonita. Quien tiene estilo sabe combinar lo que lleva y no le hace falta pagar mucho para distinguirse de los demás.

Usted habrá invertido lo suyo en ropa y en joyas.
Pues no crea, yo no tengo buenas joyas; no me interesan ni los diamantes, ni el oro, ni las piedras preciosas, prefiero la bisutería innovadora y especial. En los encantes de Barcelona, por 50 dólares me compré varios collares y pulseras y dos botones de nácar. No tengo nada contra la alta joyería, pero es demasiado clásica. No es para mí.

A medida que uno cumple años se vuelve más conservador...
Mucha gente piensa que hacerse mayor es una especie de pecado o algo desagradable. Es de locos. Pero es que además, esa idea está matando la industria de la moda.

¿Y eso?
Cada vez hay más gente mayor con un poder adquisitivo elevado, sin cargas familiares, con una vida social activa y buena salud. No entiendo que las grandes firmas sigan haciendo ropa para mujeres de 18 años, que no se la pueden permitir porque es muy cara, y no piensen en las mayores de 50. Es ridículo ver a mujeres de esta edad con ropa pensada para cuerpos jóvenes. ¿Por qué no hacen vestidos de noche con mangas? Como dije a una señora en una conferencia: “Querida, si pagas 15.000 dólares por un vestido, tienes derecho a que le pongan mangas”. Estoy pensando en montar una tienda en la avenida Madison de Nueva York. La llamaré Sleeves (mangas). Seguro que me hago de oro.

Dice usted que una de sus experiencias actuales más enriquecedoras es el curso que da en la Universidad de Texas.
He constatado que en las escuelas de moda, en Estados Unidos por lo menos, no enseñan a los alumnos a manejarse en la vida, y estos creen que la moda es una burbuja aislada del mundo. Yo trato de inculcarles que existen otras muchas facetas interesantes y que la moda no acaba en la alfombra roja. Les hago venir a Nueva York y durante una semana les llevo a conocer a personas que se dedican a este negocio en sus distintas vertientes. Así ven que pueden dedicarse al marketing, a desarrollar licencias, a hacer trabajos en museos, en revistas... Y se lo explican los mejores profesionales del sector, gente de mucho nivel que está encantada de recibirles.

¿Sacan buen provecho?
Muchos me han dicho que había sido la mejor experiencia de su vida. Les sirve para sumergirse en un mundo que desconocían por completo, les abre la mente. Reciben lecciones de vida.

¿Qué consejos les da?
Les digo que intenten averiguar quiénes son de verdad y qué quieren conseguir. Que no se salten pasos ni sigan las tendencias que marcan los demás. Y que no tengan tanta titulitis. Es mucho más importante ser honesto con uno mismo y poner pasión en todo lo que se hace, sea lo que sea, porque si no, no valdrá la pena el esfuerzo. También procuro inculcarles que hay que empezar desde abajo, porque no les espera un trabajo maravilloso a la vuelta de la esquina. Los que se imaginan famosos nada más empezar acaban frustrados, se rinden y vuelven a casa entre lágrimas y lamentos. Tienen que aprender bien el oficio, pero que no se les caigan los anillos si el jefe les pide que pasen la escoba.