James Rhodes “Muchos no sabemos cómo vivir”

Cuando era ya un pianista de prestigio, se convirtió además en mediático al revelar los abusos que sufrió de niño, y sus secuelas, en su libro ‘Instrumental’. James Rhodes (Londres, 1975) asegura que la música le salvó la vida, aunque no ha logrado ahuyentar algunos de sus fantasmas, como la depresión o la ansiedad. De ello habla, con un punto de ironía, en su nuevo libro, ‘Fugas’.

A James Rhodes le hace gracia que, por su aspecto, se le compare con uno de esos científicos excéntricos que salvarían a la humanidad entera en un filme de ciencia ficción y palomitas. Pero su sonrisa tiene un final triste. Como si no terminara de darse permiso. Sometido a partir de los 5 años a abusos sexuales por parte de su entrenador deportivo, de forma reiterada, arrastra secuelas físicas y psíquicas que le instalaron en la adicción y le han llevado varias veces al borde del suicidio: que le hacen estar permanentemente al límite y de vuelta, según explica. Cuando decidió arrancárselo de dentro contando sin medias tintas el sufrimiento vivido, a través de un libro, Instrumental –de enorme éxito editorial y revuelo mediático–, tuvo que batallar en los tribunales para que le permitieran publicarlo contra los deseos de su entonces esposa, que pretendía que aquello podía dañar la sensibilidad del hijo de ambos. Cuando se editó, ya era uno de los concertistas de piano más prestigiosos del momento. Sus recitales, en vaqueros y en los que cuenta al detalle el porqué de cada pieza elegida –nunca falta su inseparable Bach–, han revolucionado la fría liturgia de la música clásica. Aprendió a interpretarla de forma prácticamente autodidacta algunas décadas después de aquellos sucesos que han marcado su vida, porque “sólo el sonido del piano consiguió, y aún hoy lo hace, acallar mi ruido interior”, subraya mientras ojea distraído las páginas de la continuación de aquella dolorosa pero extrañamente positiva autobiografía que, con el título de Fugas, o la ansiedad de sentirse vivo (Editorial Blackie Books), presenta estos días. En ella ya no cuenta lo que le ocurrió, narra lo que, a resultas de aquello, le pasa cuando emprende cada día la búsqueda de “algo parecido a la felicidad”. 


“Parecía que los abusos eran cosa de la Iglesia, pero han existido allí donde hay una relación de poder: la escuela, el deporte, Hollywood. Es como un cáncer. Y el poder se autoprotege”

¿Cree que haberse expuesto tanto le ayuda en esa batalla diaria que dice librar para aparentar normalidad?
Es una buena pregunta que no sé contestar. No me gustaría haberme convertido en un fenómeno. Es una suerte que escribir, que nació como algo curativo, haya llegado a tantas personas, especialmente en España, donde se toma una bebida a la caída de la tarde, se cuentan las penas y se sigue adelante. Llevo cuatro meses viviendo en Madrid y me he enamorado de la ciudad, del país, de la gente, de la cultura, de la comida, del ritmo de vida, de la empatía y de la amabilidad y aprendiendo mucho de ustedes. Está siendo un nuevo comienzo para mí. Hay momentos en los que me siento muy afortunado, pero, incluso ahora, tengo miedo. Todo el mundo sabe lo que me pasó y, a veces, todavía me da mucha vergüenza y pienso que quizás haya sido un gran error.

¿Cómo reunió fuerzas para contar las atrocidades que vivió de niño y su infierno posterior?
Necesitaba hacerlo y me alegro de haber contribuido a que se hable abiertamente de un tema sobre el que siempre se ha preferido mirar para otro lado. Durante un tiempo pareció que los abusos eran cosa de la Iglesia, pero han estado presentes en todos aquellos lugares donde existe una relación de poder: en la escuela, en el deporte, en Hollywood. Es como un cáncer. Y el poder se autoprotege: ampara a los delincuentes y trata de acallar a las víctimas. Y cuando se ha conseguido llevarlo a primera página, siempre había algún “es que había bebido”, “es que llevaba una minifalda”. Pero esto se ha acabado; a pesar del trauma y el dolor estamos hablando de algo que lleva enterrado muchos años. Así, de pequeño, desde la indefensión, cada vez que veías a tu abusador acababas aparentando normalidad aunque estuvieras muerto por dentro. Y acababas siendo cómplice; parte del delito. 

¿Entiende a los que han sufrido y han callado, ya de adultos? 
Cuando eres mayor, la dinámica no es la misma, pero se mantiene el mismo principio: si tienes que denunciar a alguien con mucho poder, que sabes que puede cargarse tu carrera o hablar de ti en la prensa de una forma degradante, te lo piensas. Y muchos han preferido pasar página. Sobre todo, si adviertes cómo el sistema judicial ha permitido que Roman Polanski se les escape, que profesores que se han acostado con sus alumnos sólo hayan ido a la cárcel tres meses o les hayan puesto una multa de 5.000 euros, o cómo en algunos lugares estos delitos prescriben a los diez años, justo cuando un niño que ha sido violado tendría edad para poder explicarse y actuar. Entiendo que se piense: ¿para qué voy a hablar? Si va a ser un calvario, me voy a exponer, me van a decir que lo provoqué, me va a mirar todo el mundo… Pero había que hacerlo, porque si habla uno, hay otro que lo hace detrás y otro y otro. Y resulta que es el único modo de evitar que sucedan tantos casos y de acabar con la impunidad de los violadores.

Muchas personas lo consideran un héroe…
No me siento así. Todos hemos sufrido. Es parte de la condición humana. Se nos mueren nuestros padres, estamos enfermos o nos violan, o se nos rompe el corazón o pasamos hambre. Me gustaría que mis libros sirvieran para que otros entendiesen que no son los únicos que se sienten solos y, a veces, fuera de lugar. Que somos muchos los que no sabemos cómo vivir. Yo no ­tengo los saberes para arreglar la vida a nadie, ni siquiera a mí mismo. Pero sé que tenemos que dejar de pensar que si sufrimos ansiedad y nos odiamos a nosotros mismos somos débiles. Es lo contrario: cuando eres capaz de darte cuenta de eso, es que eres alguien muy fuerte y poderoso. Al final, todo se reduce a hacerlo lo mejor que podemos. Hoy, por ejemplo, es un buen día.

“Muchas víctimas han preferido pasar página. Sobre todo, viendo cómo el sistema judicial permite que Polanski se les escape o que otros casos se resuelvan con una multa”

¿Y ayer?
Ayer no lo fue. Me desperté a las cuatro de la mañana con un caos tremendo en mi interior. Ya no me hiero, pero sé que dentro de un mes puedo sentirme tan mal que lo necesite. No he bebido en 22 años, pero no quiere decir que no lo haga mañana. No he intentado suicidarme hace diez, pero no sé qué va a pasar la semana que viene. Así que tengo que ser muy cuidadoso: comer bien, dormir cuanto pueda. Mi novia me ayudó mucho hace unos días. Estaba muy agobiado, tenía muchas voces dentro; había una locura en mi cabeza, y me dijo algo muy bonito: “¿Por qué no te tratas a ti mismo como me tratas a mí? Con cuidado, con generosidad, con pasión, con amor”. Y entendí que ahí está la clave. Pero me resulta muy difícil. Creo que cuanto más hablemos de los temas que nos dan vértigo, mejor. Debemos hacerlo simplemente para intentar que nuestra vida mejore. 

¿Es posible, ahora que la desconfianza parece haber echado raíces? 
Intuyo que ya no tenemos muy claro lo que significa ser humano. Somos casi una especie en extinción. La vida sería más fácil si fuésemos transparentes; no podríamos ocultar nada. El problema es que, cuando te abres a los demás, temes que puedan usar lo que cuentes en tu contra, casi como un arma. Si llamas a tu jefe y le dices que no puedes ir a trabajar porque te has roto el tobillo, no hay problema, pero si la razón de que faltes es que estás enfermo de ansiedad, no lo va a entender, puede que incluso te despida, y si no lo hace, nunca te dará un puesto de responsabilidad y además, cuando vuelvas, los compañeros te van a mirar raro. Eso no puede seguir así. Por otro lado, a menudo se confunde bondad con debilidad, y la desconfianza vuelve a hacer su aparición. Hace unos días, en Londres, le abrí la puerta a una mujer para que pasara y se enfadó conmigo, me increpó, me dijo que por qué hacía eso, que si quería ligar con ella, que si era un machista. Nunca pensé que pudiera haber algo raro en ser amable.

¿Cómo cree que se ha llegado hasta este punto?
¿Porque no soy el único chiflado? No, porque si fuéramos conscientes de lo irracionales que podemos llegar a ser, el mundo sería un lugar más seguro y estaríamos más unidos. Pero la realidad es que nos estamos destruyendo a nosotros mismos y el lugar que nos sustenta y parece que no lo queremos ver. Tenemos a un loco a cargo del país más poderoso del mundo. Eso aclara mucho las cosas. No conozco a nadie que no tenga estrés o que no sufra. La vida no es sólo difícil para mí. Lo es para todos, aunque cuando veamos reflejado el día a día de muchas personas en su Instagram, parezca que tengan una vida perfecta. Pero no es así, seguramente porque nadie es lo que parece ser a través de una red social. A veces, el mero hecho de acabar el día es un acto heroico. Salir de la cama, desayunar, vestirnos, ir a trabajar, atender y tener tiempo de calidad para los niños, estar con tu pareja… tanto junto resulta agotador. Y todo va tan rápido, es un vértigo de estímulos... 

¿Qué es para usted el éxito? En un sentido convencional es algo que, de un tiempo a esta parte, le acompaña…
Si lo definimos midiéndolo por la cantidad de dinero que tenemos en el banco o lo famosos que somos, es que formamos parte de quienes están enfermando la sociedad. No creo que esas cosas sean indicadores del éxito. Nunca he hecho un concierto en el que piense que he tocado muy bien el piano; no creo que sea posible, ni que vaya a escribir un libro que me parezca maravilloso. Estoy seguro de que nunca me miraré al espejo y me sentiré satisfecho con lo que veo, pero existe un equilibrio; una paz –que no tiene por qué acompañarnos siempre y estar presente todo el rato– que definiría como éxito. Pero es muy difícil de conseguir. 

¿El equilibrio como punto medio entre lo perfecto y lo imperfecto?
Es que es justamente lo que más nos trae de cabeza. Ser perfectos es imposible y nos frustra no llegar ahí. Ser imperfectos es una fuente inagotable de malos rollos. Sólo puedo aspirar a ser lo suficientemente bueno como novio, padre, músico, escritor y humano. Si nos podemos ir a la cama por la noche pensando que el día no se ha dado mal del todo, que ha estado razonablemente bien, yo estoy conforme con eso. Estaría cerca de esa paz.

¿Cree que los que vienen detrás –los jóvenes, los adolescentes– lo tendrán más fácil? 
Sinceramente, no creo que las cosas vayan a mejorar en mucho tiempo. Vivimos en esta época de velocidades increíbles y tecnologías sin precedentes, pero con lado oscuro, que nos hacen sentirnos mal si no estamos a la última. A la vez, también hay cosas que han cambiado para mejor en el ámbito de la medicina y de la salud mental. Hace un tiempo era impensable que se hablara de lo que a mí me ocurrió. Pero no me gustaría ser adolescente en el mundo de hoy. No me puedo imaginar lo difícil que es todo para ellos; a lo que tienen que aspirar para ser aceptados en este mundo de exigencia constante. No creo que estemos diseñados para esto.

Por todo esto y por lo que a usted le sucedió, ¿cómo reaccionó cuando supo que iba a ser padre?
Me sentí culpable. Aunque tengas un niño del que cuides, al que quieras mucho, al que trates de proteger de traumas y de heridas, sabes que eso es imposible. Y además no todo depende de los padres. La mayoría de los niños no salen del colegio preparados para el mundo real. Los planes educativos los diseñan los gobiernos, a los que, por alguna razón, no les cala el mensaje de que la formación va mucho más allá de aprender matemáticas o historia. Me pregunto por qué no se dedican tan sólo 20 minutos a la meditación en el colegio todos los días para que los chavales aprendan a reflexionar sobre sus cosas; sobre sí mismos y sobre su entorno. Si en la escuela cada niño aprendiera a tocar un instrumento o participara en una orquesta o una banda de música, se encontraría con su creatividad y podría desarrollar aspectos de su personalidad que ni siquiera sabe que están ahí. Es más importante cómo nos sentimos dentro de nuestra cabeza que el éxito que tengamos en nuestra carrera profesional. 

“Mi novia me ayudó mucho el otro día. Sentía locura en mi cabeza y me dijo algo muy bello: ‘¿Por qué no te tratas a ti como me tratas a mí? Con cuidado, con pasión, con amor’. Y entendí que ahí está la clave”


¿Siempre se acaba echando la culpa de algo a los políticos?
Para eso están, pero en este caso me gustaría tener delante a uno de ellos, de los que opinan que la enseñanza musical es un lujo que los padres deben pagar y por tanto estar aparte de los planes educativos, para decirle en su cara lo equivocado que está porque, de ese modo, está dejando en vía muerta un aprendizaje que puede ser útil y saludable para quienes tienen menos recursos. Si nadie cuestiona que hay que ejercitar el cuerpo y hacer deporte, ¿por qué se pone constantemente en entredicho todo lo que tenga que ver con la creatividad?

A usted literalmente la música le salvó la vida…
Sin ninguna duda. Todavía lo hace. Los estudios prueban el impacto positivo que tiene aprender a tocar un instrumento en el parkinson, en el alzheimer, en funciones cognitivas, pero también en la autoestima, la concentración, el aprendizaje de los números y las matemáticas, cómo fomenta el trabajo en equipo. Me he ofrecido a sufragar aulas musicales en algunos centros, y me han dicho que no; que mejor que gaste mi dinero en libros de texto o en otros componentes porque no tenían tiempo para desarrollar lo que les proponía. Es deprimente.

Resulta curioso porque, además, no hay muchos jóvenes a los que no les guste la música…
Pero de la clásica salen huyendo aunque reconozco que, una vez que los tienes ahí sentados, son más abiertos de mente que los adultos. Los chavales ven a los clásicos como algo que no tiene nada que ver con ellos; que es cosa de gente mayor y un poco pedante. Y, en cierto modo, tienen razón. ¿Hay algo más rancio que las portadas de discos de clásica?

Sus conciertos, en los que no para de contar historias sobre lo que están escuchando, ¿son del agrado de los puristas?
Para nada. Hay mucho imbécil en esto. Siempre me miran por encima del hombro. Fui a ver a uno de los pianistas más grandes del mundo en un recital en Madrid, y no se dirigió en ningún momento al público que seguía el concierto por el programa de mano. ¿Qué le costaba utilizar tres minutos para explicar algo sobre la sonata de Beethoven que iban a escuchar y que provocó el intento de suicidio del vecino del músico? Es fundamental establecer un diálogo, una comunicación. A mí no me interesa ese 1% de la población al que le importa la clásica en algún grado sino el 99% restante que la rechaza porque no la entiende. Vivimos en una época en que la tecnología permite que con un teléfono cualquiera pueda acceder a cualquier pieza musical o canción que se haya compuesto a lo largo de la historia. Eso supone tener al alcance de la mano algo que puede cambiar para siempre nuestra vida.